1.4 ¿Dónde murió la dictadura?
4.7 Un final no esperado
El final del proyecto de La Central del Corto tiene fecha, el año 1982. Seguramente no es casual. El 82 que es utilizado en muchos análisis para poner el punto final de la Transición española a la democracia en este caso también nos sirve. No porque, como argumentan los defensores de esta cronología, suponga el ascenso de la izquierda al poder y el final del franquismo. Tiene más que ver con el hecho de que la Transición sea un proceso para acordar las reglas del juego y después de las elecciones de 1982 ya se han puesto los límites. Las propuestas de ruptura, entre las que estaba la que representaba la CDC ya no tienen espacio.
Si queremos entrar en detalle en el análisis de las diferentes circunstancias que tuvieron que ver con el final deberíamos tener en consideración cuestiones diversas, por ejemplo, el aumento de los costes de los materiales utilizados para hacer este tipo de cine. A finales de los setenta y comienzos de los ochenta el formato de 16 mm es progresivamente sustituido por la aparición del vídeo. La
película que era de uso común subirá de precio al ser ya más minoritaria, pero pasarse al nuevo formato supondría hacer una gran inversión. Si esto hubiera pasado en un momento álgido para el cine alternativo, en un momento favorable para las posiciones que ellos representaban, seguramente no hubiera tenido casi incidencia. Pero no es así. Ahora bien, ¿cómo puede ser que en la etapa democrática se sintieran más débiles que en la franquista? En Cataluña, supuestamente, habían ganado los suyos. La izquierda llegaba a las instituciones, los ayuntamientos, las diputaciones. El modelo que la CDC representaba era lo que durante el franquismo había promovido el PSUC. Era el momento para empezar a implantarlo. No debía ser difícil conseguir la gestión de locales por toda Cataluña que sirvieran como espacios para la proyección, el debate, la creación... Lo que tenían en mente era seguir el modelo que el PCI tenía en Italia con ARCI. ¿Por qué no había de ser posible. Se iniciaron los contactos con las instituciones, primero con el Ayuntamiento de Barcelona y la Diputación. No hubo respuesta. No se hizo.
Cinema 2002 La revista dedicó el número que iniciaba su sexto año
(marzo-abril de 1980) a hacer balance del cine español de una década, del año setenta al ochenta. Martí Rom, alma de la CDC fue el encargado de hacer el análisis del cine marginal y militante- alternativo. Entiende que la crisis que está viviendo este cine se tiene que observar en el marco de la evolución de la sociedad española en los últimos cuatro años (1975-79). La aparición de las filmotecas supone una competencia, ya pueden proyectar una parte de los filmes que antes sólo se podía ver en su circuito y que les garantizaban una cierta aportación económica (Eisenstein, Buñuel...). A eso hay que añadir la vida limitada de las copias, 60- 70 pases, que obligaba a su reposición y las dificultades para ampliar el catálogo, para adquirir material. Habla, también, de las dificultades para la realización de este cine. Hay un importante desequilibrio entre el coste de producción de un film y lo que se pueda recoger con su exhibición. Para ellos el objetivo es que lo vea mucha gente no la recaudación. El coste de la producción está condicionado por las multinacionales de la tecnología cinematográfica (Bolex, Kodak...) y por las pequeñas y medianas empresas (laboratorios de revelado, montaje, sonido...) los precios de las cuales acaban siguiendo al de las grandes.
Martí Rom define a este cine como pobre; se reduce al mínimo el coste de producción que recae en buena medida en la aportación del equipo realizador. Es un cine que, como cualquier actividad que no quiere ser comercial, cuenta con escasos recursos y se acostumbra a fundamentar en la implicación de aquellas personas que la hacen posible. La práctica realizada responde a una manera determinada de entender el trabajo cultural y político:
Los objetivos básicos de la actuación cultural del individuo son los que determinan si nos encontramos o no en un caso de auto-explotación; el caso de una práctica cultural marginal voluntariamente asumida, entiendo que es análoga al del trabajo aportado a la colectividad por algunos ciudadanos desde las asociaciones de vecinos u otros organismos populares; es un trabajo adicional (y no retribuido) del desarrollado a lo largo de la jornada laboral.70 Asumimos, pues, que se trata de una práctica político-cultural con importantes limitaciones, en lo referente a los costes. Es un proyecto ambicioso que descansa en un equilibrio precario por las dependencias que ha adquirido. Pero es un proyecto que funciona, que está llevando el cine alternativo por España. Un proyecto que se guía por el deseo de contribuir a la reflexión, la discusión, la construcción de una sociedad más participativa, menos desigual, más libre. Unos criterios que no habría extrañado que hicieran suyos los nuevos gobiernos democráticos que surgían. Pero no fue el caso. Martí Rom lo veía ya el año 80, y decía más. Hablaba de un proceso de desmovilización asociado a las primeras elecciones del 15 de junio de 1977. El proceso electoral pedía toda la implicación posible en los trabajos de partido, se abandonaron las entidades culturales populares, la doble militancia. Se creía que era una opción temporal. No fue así. De las instituciones tampoco llegó la respuesta esperada. La previsible creación de plataformas culturales animadas por los partidos políticos de izquierda y por los sindicatos de clase no se hicieron realidad. Martí Rom finalizaba su análisis con una reclamación en nombre del conjunto del movimiento del cine marginal (alternativo, militante...):
70
Josep Miquel Martí Rom, “La crisis del cine marginal” en Cinema 2002, nº 61- 62, p. 102.
En el momento actual en el que representantes elegidos por la clase trabajadora (PS y PC) ocupan diversos organismos de la gestión pública, el cine marginal reclama a éstos la ayuda económica que pueda posibilitar su existencia; en virtud de dos aspectos: 1) como reconocimiento del trabajo realizado por los colectivos cinematográficos desde la clandestinidad del franquismo hasta la naciente democracia actual, y 2) como medio necesario de concienciación popular a oponer el aparato industrial totalmente controlado por las multinacionales (distribuidoras) americanas.71 El cine alternativo fue la expresión de aquel cine que pretendía hablar de aquello que no se podía, que creía en la verdad como fundamento de la liberación. Era un cine básicamente documental, había que explicar qué pasaba para intentar transformar el mundo en el que se vivía. Hacía falta informar y formar sin consignas. Aspiraban a hacer un cine que no se había podido hacer en los años de dictadura y a consolidarlo en democracia para contribuir a la acción ciudadana. La desmovilización individual y colectiva y los criterios comerciales se impusieron. Pero sin la contribución del cine alternativo y de las publicaciones que van desde Objetivo a
Cinema 2002 no podríamos entender la creación de conciencia
crítica en este país en los últimos años del franquismo y la transición.
71
Josep Miquel Martí Rom, “La crisis del cine marginal” en Cinema 2002, nº 61- 62, p. 103.