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FOUCAULT: EL XVII, SIGLO DE LA GRAN RUPTURA

LA MANO DEL HOMBRE, EL PENSAMIENTO DE DIOS

2.2 FOUCAULT: EL XVII, SIGLO DE LA GRAN RUPTURA

David Hume escribió en la segunda mitad del

siglo XVIII: "El mundo es tal vez el bosquejo

rudimentario de algún dios infantil, que lo

abandonó a medio hacer, avergonzado de su

ejecución deficiente; es obra de un dios

subalterno, de quien los dioses superiores se

burlan; es la confusa producción de una

divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha

muerto"

En El idioma analítico de John Wilkins. Jorge

Luis Borges

La posición del autor ante la escritura, nos remite a pensar en la importancia que ha tenido el lenguaje la relación que ha tenido el ser humano con el conocimiento.

Michel Foucault en su libro “Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas”, expone la función y las determinaciones que lenguaje y el conocimiento han cumplido en diferentes periodos de la cultura occidental. Destaca la posición de inclusión – exclusión del hombre frente a cuestiones que han sido desde siempre de su competencia directa, como son, su posición ante la escritura, la generación del saber y la transmisión del conocimiento. En todas ellas hay puntos de encuentro y desencuentro que, gracias a la investigación que Foucault ha desarrollado, nos permiten estudiar, desde la perspectiva de una arqueología del

saber, los diferentes mundos que el hombre ha vivido desde el renacimiento hasta nuestros días.

En la introducción del texto citado, Foucault destaca la importancia del espacio epistémico que se crea a partir de la relación entre las palabras y las cosas. En cada una de las épocas que describe, nos encontramos con un elemento común a todas ellas; la preocupación del ser humano por crear órdenes explicativos de la realidad a partir de la elaboración de sistemas de clasificación por medio de los que se pretende controlar y abarcar la diversidad de lo vivido.

Sobre la inclinación a clasificar, Foucault menciona el ensayo de Jorge Luis Borges "El idioma analítico de John Wilkins"37, en el que Borges parte del punto de vista de que todos los idiomas del mundo son inexpresivos, y que la ilusión de crear un nuevo idioma que contenga a todas las cosas del mundo, ha sido compartida en la historia de la humanidad por estudiosos de diferentes disciplinas.

En 1629 Descartes planteó que con el sistema decimal era posible nombrar todas las cantidades del universo y escribirlas en un nuevo idioma “el de los guarismos”, de la misma manera sostuvo que podía crearse otro idioma en el que quedaran comprendidos todos los pensamientos humanos38. Ante esta propuesta cartesiana John Wilkins ideó en el siglo XVII un idioma universal en el que cada palabra se definiera a sí misma, para llevar a cabo semejante tarea dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, que contenían una serie de diferencias las que a su vez se subdividían en especies. Asignó a cada genero un monosílabo de dos letras;

37Borges, José Luis. El idioma analítico de John Wilkins. En Otras inquisiciones. Ediciones Emecé. Buenos

a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Cada una de las partes que formaba este idioma era importante en el conjunto porque remitía a un código complejo de desciframiento, pero con la particularidad de que al tener como objeto al universo en su bastedad, el idioma creado también debía bastarse a sí mismo. La arbitrariedad de lo clasificable y de lo que podía ser nombrado rebasó el propósito inicial lo que provocó que cayera en el absurdo.

Borges escribe sobre “El emporio celestial de los conocimientos benévolos”, enciclopedia china descubierta por el doctor Franz Kuhn que contiene una particular clasificación de las diferentes clases de animales que habitan la tierra. Enlistados alfabéticamente, crean la ilusión de que se está ante un sistema secuencial que refleja fielmente el orden de la realidad: “En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”39. Es tal la heterogeneidad de lo clasificado que en un mismo espacio se encuentra mezclado lo empírico, lo fantasioso, lo quimérico y lo ilusorio.

Ofreciendo otros ejemplos similares, Borges sostiene que no hay clasificación que escape a lo arbitrario, la conjetura siempre será bien aceptada porque es importante no olvidar como principio de todo trabajo de categorización que se parte del hecho de que ignoramos que es el universo.

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En taxonomías tan singulares como la que presentan estos proyectos totalizadores del lenguaje, se puede observar como en sus encasillamientos se mezclan todo tipo de seres, de objetos, de situaciones emotivas, estéticas o morales, pretendiendo imponer aproximaciones a la realidad construidas a través de un lenguaje que intenta englobar el universo humano para instituir un orden espacial de las cosas.

En la clasificación que Wilkins propone, encontramos relaciones tan arbitrarias como las de la enciclopedia china: “Casi tan alarmante como la octava, es la novena categoría. Ésta nos revela que los metales pueden ser imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre). La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo, oblongo”40.

Frente a lo que se presenta como imposible de pensar se abren vías que permanecen circunscriptas a los códigos que rigen el pensamiento occidental, por el vacío que pone en evidencia la falta de saber, el ser humano inventa formas ficticias de comprensión para aliviar el desconcierto que le provoca lo infinito, lo inclasificable. No obstante, al forzar la unificación de lo diferente nos encontramos con el problema de que el pensamiento ante lo desconocido se aparta del saber y acude a la imaginación.

El ordenamiento alfabético, arbitrariamente establecido, produce la ilusión de proximidad y convivencia entre los seres reales y los fantásticos. La “monstruosidad” reside no en los caprichos de la imaginación sino en el espacio común que

comparten estos seres que se caracteriza por ser impensable pero no inimaginable. Sin embargo, afirma Foucault que rebasando el espacio de las comunidades extraordinarias generadas desde la ilusión clasificatoria, se intuye que hay un gran desorden, un caos inevitable conformado por lo que es prácticamente inclasificable. En la cultura occidental se piensa que los sistemas de clasificación han derivado del conocimiento científico, olvidando que lo cierto es que en gran medida han respondido a una necesidad de control de las diferencias, por este motivo la clasificación ha sido utilizada para implantar un orden previo a la experiencia que reúna en un mismo espacio a lo similar y lo diferente.

La relación entre las palabras y las cosas es mucho más compleja que el pensarlas como resultado del encuentro entre un ser capaz de conocimiento y un mundo empírico que está para ser captado. Por ello es necesario ponderar que en los códigos propios de cada cultura, los seres que pertenecen a ella, se encuentran bajo los dominios de lo manifiesto y de lo latente que está presente en los esquemas, símbolos, valores etc. que prescriben la forma en que el ser humano tiene que concebir su universo, verse constituido en él y darse un lugar dentro del mismo. En este sentido, la investigación que realiza Foucault destaca el papel de los “a priori” y la manera en que ellos han influido en el surgimiento y en la caída de los saberes característicos de cada periodo de la humanidad. La aproximación de esta investigación ha consistido en sacar a la luz lo que permanece oculto, poniendo atención a los espacios en los que predominaron las rupturas entre las representaciones de la realidad, los desplomes de los sistemas de pensamiento y el surgimiento de nuevas explicaciones científicas y filosóficas que han delimitado los campos epistemológicos.

El estudio que este autor llevó a cabo más arqueológico que histórico, partió del pensar que cada época se encontraba delimitada por el conjunto de relaciones que servían de unión a diferentes discursos. Su intención fue cuestionar “la práctica milenaria de lo Mismo y de lo Otro”41, que ha servido principalmente para modelar el saber dominante ofreciendo una visión lineal de la historia, desde la cual se deriva una concepción del mundo que lo presenta como un gran universo organizado por campos perfectamente identificables y relacionados entre sí. Visión que en sí misma se ha caracterizado desde siempre por servirse de la frágil apariencia del fenómeno que se quiere estudiar. Por este motivo es que Foucault al definir la estrategia de la investigación arqueológica, ha subrayado el valor que tienen para la misma las costumbres sociales, las opiniones cotidianas, las ideas filosóficas, las relaciones comerciales, la normatividad de cada sociedad etc. para contrastarlas con el conocimiento científico, el discurso filosófico y los principios religiosos de cada tiempo. El objetivo que persigue es hacer balance comparativo entre los discursos oficiales y las prácticas discursivas que en la cotidianidad se llevan a cabo en los intercambios sociales, ya que el lenguaje y la realidad son más bastos de lo que el ser humano puede percibir y decir de ellos.

Una vez rota la ilusión de estar frente a una realidad unificada, se hace evidente “la multiplicidad de regiones fragmentarias que no están vinculadas ni tampoco ancladas a un referente común, caemos en la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente”42.

La evidente separación entre las palabras y las cosas echa por los suelos el espejismo del saber absoluto. La pregunta que corresponde ante este descubrimiento no apunta más a la ilusión de la unidad sino a los procesos que la hicieron posible, con el fin de dar cuenta de cómo fue establecido el a priori en el imaginario de un universo colmado de semejanzas, analogías e identidades43.

Como respuesta a esta pregunta, Foucault introdujo la noción de episteme como un recurso teórico que pretendía explicar la función que el lenguaje había tenido en momentos históricos precisos. En cada uno de ellos, los saberes locales se enfrentaron a la constitución de nuevos objetos de conocimiento, estableciendo una configuración epistemológica coherente que sirvió como fundamento en la delimitación del campo de posibilidades e imposibilidades de la palabra y del conocimiento44.

La episteme se compone de las relaciones y las correspondencias que guardan entre sí los discursos científicos en cada periodo histórico. Entendiendo como tales, no a la suma de conocimientos que se generan por medio de las relaciones entre los saberes especializados sino primordialmente a la distancia, a las oposiciones y las diferencias que hay entre los discursos, lo que significa que no toma como referente a una teoría subyacente con consistencia propia sino que da forma a una teoría que permanece abierta a un campo de dispersión: “La episteme no es un pedazo de historia común a todas las ciencias, sino un juego simultáneo de remanencias específicas”45.

43Ibid. p. 11

44Ewald, François. « La philosophie comme acte ». En Le Magazine littéraire. N 435, octobre 2004. Paris. 45

Bajo los criterios establecidos por esta definición fueron reconocidas tres formas de epistemes y dos discontinuidades que son los momentos de corte y transición entre cada una de las epistemes. Desde este horizonte foucaultiano, epistemes y discontinuidades son imprescindibles para explicar el mundo moderno: “Del Renacimiento hasta nuestros días Occidente ha habitado tres "mundos distintos" cuya diferencia se encuentra en los límites que cada uno trazó para lo enunciable, lo perceptible y lo practicable”46.

A cada dominio corresponde un ordenamiento a través de redes secretas que enlazan a sus elementos y que requieren de una mirada que los reconozca y de un lenguaje que los inscriba en el pensamiento humano47.

El primer dominio se caracteriza por ser el de las semejanzas, en él se encuentran los códigos de una cultura que son los que determinan a todos los elementos que intervienen en la organización de la realidad; normas, prácticas, y todo tipo de intercambio que se llevan a cabo dentro de ésta. El lenguaje propio de esta episteme es el lenguaje absoluto que comprende lo divino, lo natural y lo humano. Su aspecto más importante es que en él predominó el símbolo sobre el signo, destacándose la relación entre sujeto y predicado. Gracias a las raíces de las palabras se fortalecieron las formas de designación cuidando la congruencia entre la designación y lo designado.

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Bacarlett Pérez, María Luisa. Foucault y el Quijote: desbordando la episteme clásica. La Colmena, Revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, es un foro de expresión en el que confluyen la creatividad, la pluralidad y la libertad de pensamiento, mediante un ejercicio de análisis, reflexión y crítica.

http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2046/Aguijon/Maria.html Consulta Internet 16 de junio 2007

Como resultado la base de la interpretación fue la semejanza, en el siglo XVI las cosas podían ser descifradas, su espacio se encontraba organizado por cinco aspectos bien definidos:

1.- La noción de conveniencia –convenentia- se refiere a la adecuación entre los elementos que comprende lo semejante. Es el caso de la serie que va de lo animal a lo vegetal o del alma al cuerpo.

2.- La noción de simpatía -sympatheia- corresponde al reconocimiento de identidades en sustancias diferentes.

3.- La noción de emulación –emulatio- es el paralelismo de atributos en sustancias o en seres distintos, de tal forma que lo que caracteriza a un elemento se refleja en alguno de los componentes de otro. Como ejemplo, se pensaba que era posible observar la emulación del cielo y sus siete planetas en el rostro humano.

4.- La noción de firma –signatura- la firma, cuyo distintivo era que tras las propiedades visibles de un individuo, existía la imagen única de propiedad invisible y oculta.

5.- Por último la noción de analogía –analogía- se refería a la identidad de aspectos distintivos entre dos o varias sustancias diferentes.

En este tiempo la teoría del signo y las técnicas de interpretación, se fundamentaron según las formas de semejanza, de las que a su vez se derivaban dos tipos de conocimiento: la cognitio, que era el paso, en cierta forma lateral, de una semejanza

a otra: y la divinatio, que era el conocimiento en profundidad, yendo de una semejanza superficial a una semejanza más profunda. Por su parte, a la gran variedad de parecidos que había en el universo creado por el hombre se le concebía

como consensus que constituía el fundamento de su mundo, y como su opuesto

estaban las malas semejanzas, el simulacrum que se basaba en la antítesis entre Dios y el Diablo48.