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EL GRAN CAMBIO, MICHEL DE MONTAIGNE: EL AUTOR ESCRITO POR LA OBRA

LA MANO DEL HOMBRE, EL PENSAMIENTO DE DIOS

2.1 EL GRAN CAMBIO, MICHEL DE MONTAIGNE: EL AUTOR ESCRITO POR LA OBRA

El cambio que se produjo en el paso de pensar al yo o sentirlo tuvo influencia en la función del autor sobre lo escrito. En san Agustín encontramos reformulada la oposición platónica de lo material y lo inmaterial en términos de lo interior y lo exterior. La diferencia entre Platón y san Agustín radica en que para el primero la importancia estaba en las ideas, mientras que el segundo privilegiaba la búsqueda interior como una forma de comunicación con Dios. En términos de Taylor es en la “reflexión radical” donde se aprecia la diferencia entre las técnicas antiguas cuyo objetivo estaba centrado en los actos y los comportamientos del yo, y la propuesta agustiniana basada en una búsqueda en la que lo fundamental era la forma en que el yo se experimentaba26.

Era a través de la reflexión como el sujeto tenía acceso al auto conocimiento, siendo este proceso el que llegaría a convertirse en el modelo del pensamiento de la modernidad. Con la salvedad de que en “Las confesiones” san Agustín toma como punto de partida de la autoconciencia a la presencia divina, Dios es el guía, mientras que en el relato autobiográfico es el yo el que toma sólo su camino.

Con san Agustín nace la dimensión interior del sujeto habitada por Dios, gracias a ella el hombre puede hacer uso de la auto referencia y experimentar la verdad, El sujeto debe encontrar en su intimidad su lugar ante el creador y dar testimonio de

ello por medio de su fe, que es en sí misma una prueba de la presencia de Dios dentro del yo.

La escritura aparece en “Las confesiones” como el mejor medio para que el yo se narre, a través de ella se produce el momento culminante de la autorreferencia y la forma más directa de que el yo se legitime. La diferencia entre las “Confesiones” y la autobiografía moderna es que lo esencial de la vida no está en lograr la individualidad, sino en la elevación a la vida verdadera que es la vida en Dios, y desde la que cada individuo obtiene los principio organizadores27.

La presencia del otro en el yo es indispensable para comprender no sólo la forma en que el sujeto puede llegar a dar cuenta de sí mismo, sino también para explicar la dependencia que tiene de ese otro; sin tú no hay yo.

En Montaigne la escritura es un acto indisociable del vivir; en él escribir es existir. Al hacerlo su existencia adquiere sentido, y en ese momento su existencia adquiere sentido. Su pensamiento es el que transmite esa vivencia, por ello escribir forma parte del vivir, de cómo se experimenta la vida cada día, haciendo de ese testimonio del yo el centro, pero en la medida de que el medio es la escritura se evita caer en la vanagloria del narcisismo, “Soy el tema de mi libro”.

Con su estilo no solo introduce al lector a sus reflexiones, sino también a un tiempo, pausado que deja entrever que ese yo no es el protagonista glorioso, el que habla triunfalmente sino el que se encuentra puesto a prueba todo el tiempo, por eso el

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título de su obra “Ensayos” tiene la acepción de experimentos, de “essais” sobre su yo. Es a través de ese yo efímero, lábil, que se relatan los más variados temas en los que se muestra como ese yo está permanentemente sujeto a la fortuna y a los avatares de su propia experiencia.

Por su estilo y por el contenido de sus reflexiones, autores como Rigolot han considerado que al igual que muchos de sus contemporáneos Montaigne se encontraba afligido por la melancolía28, en este sentido, Aulotte afirma que su conocida pregunta ¿Qué se yo? sería en realidad ¿Quién soy yo?, porque con ella, no se refiere a la relación del conocimiento por el conocimiento ni tampoco su fin es lograr el dominio sobre lo que le rodea, básicamente es una pregunta sobre sí mismo que se renueva a lo largo de toda su obra, es él el objeto de su pregunta, de su libro, pero al mismo tiempo el sujeto y agente del mismo.

Montaigne rompe con la asignación que tenía el sujeto en el siglo XVI como sujeto público de la monarquía en la que el sujeto privado no existía, en él se bosqueja el sujeto del cartesianismo como el que se piensa a sí mismo y que piensa a los otros desde sí29.

En “Los ensayos” se esboza la construcción del sujeto occidental moderno, en ellos se aprecia una nueva perspectiva para pensar el lugar y la función social de lo público y lo privado, de lo masculino y lo femenino. Sus reflexiones tuvieron repercusión en su época, prueba de ello es lo que ocurrió con Marie de Gounray, su último amor, quien a sus veintitrés años quedó primero capturada por la lectura de

28Rigolot, François. Perspectives modernes sur la subjectivité Montaigne. En La problématique du sujet chez

“Los Ensayos”, y después por el autor. Es ella quien se encargó de la edición de los mismos tras la muerte del escritor, y también quien encontró en ellos la fuente de inspiración para escribir libros de carácter feminista; en 1622 “Igualdad entre los hombres”, y en 1626 defendió la igualdad entre los sexos30.

Con Montaigne el autor deviene humano. Desde su perspectiva no es posible concebir una obra sin considerar a quien la ha escrito, por lo que el individuo que la produce pasa a ser tan importante como el resultado de su trabajo, y más aún cuando la escritura forma parte de la historia del autor, de su sufrimiento, de sus pérdidas importantes, como lo fue la de su gran amigo Étienne.

Para algunos la escritura de “Los Ensayos” pudo haber sido el resultado de un duelo, lo que parece una hipótesis fundamentada. Como lo señala Jean-Michel Delacomptée, la relación de amistad que mantuvo con Étienne La Boétie fue fugaz e intensa, por lo que se puede afirmar que no sólo tuvo influencia sobre su escritura sino que fue su motivo31. En el capítulo “De la amistad” Montaigne declara: “Yo le vi morir. Hice que se imprimieran algunos escritos suyos, y respecto al libro de la Servidumbre, le tengo tanta más estimación, cuanto que fue la causa de nuestras relaciones, pues mostróseme mucho tiempo antes de que yo viese a su autor, y me dio a conocer su nombre, preparando así la amistad que hemos mantenido el tiempo que Dios ha tenido a bien, tan cabal y perfecta, que no es fácil encontrarla semejante en tiempos pasados, ni entre nuestros contemporáneos se ve parecida. Tantas circunstancias precisan para fundar una amistad como la nuestra, que no es peregrina que se vea una sola cada tres siglos”.

30de Biasi Pierre-Marc. « La stratégie d’éros ». En Le Magazine Littéraire. N 464, Mai 2007. p. 45 31

Su amistad duró entre cuatro y seis años, hay información diferente al respecto, desde el principio del encuentro fue Montaigne quien quedó impresionado con La Boétie, entre ellos había una diferencia de tres años de edad y era una relación como la que pudo haber tenido con un hermano mayor. La Boétie era su otro, su espejo; “Él era él, él era yo”. “Éramos la mitad de todo”, “Me acostumbre a ser el segundo, me parece no ser más que la mitad”.

La Boétie murió por contraer la peste a los 32 años, Montaigne asistió a su amigo en los últimos momentos. Ocho años después comenzó la redacción de “Los ensayos”, el duelo por la muerte de su amigo se vio reforzado cinco años después por la muerte de su padre a quien profesó su más grande admiración, y quien le insistió que llevase a cabo la traducción de la obra de Raymundo de Sabunde. Su padre murió coincidentemente el día que terminó de traducir dicha obra, en su vida la escritura estuvo ligada a pérdidas importantes, tal vez fue una influencia en su estilo testimonial, subjetivo, en él no hay escritura sin yo pero ¿de qué yo se trata? ¿Por qué la necesidad de escribirlo?

Al respecto, Aulotte sostiene que con la pérdida de su gran amigo, Montaigne había perdido el espejo en el que se reflejaba, el único recurso que le quedó fue la escritura para poder vivir a través de ella, en su libro, se encuentra, no se deja perder. Por medio de sus testimonio logra dar el paso para que su yo (moi) se exprese como yo (je)32.

Los ensayos son en última instancia una autobiografía que no puede ser reducida al diario personal, al registro meticuloso del día a día. Representan el intento de hacer un registro de todo aquello que su autor experimenta33, están compuestos por pedazos, por fragmentos de palabras cargadas de afecto que el autor ha elegido por el azar de la inspiración. No podría ser de otra forma puesto que el yo del que se ocupa cuando parece olvidado está también fragmentado. No posee coherencia psicológica y él se encarga de recordarlo a lo largo de su obra34, misma que Antoine Compagnon divide en cuatro tiempos35:

Primer tiempo; Se produce la ruptura con la tradición y el autor pasa a ser central en la escritura, ya que el saber sobre su historia, sobre su vida, su persona, forman parte de la obra. Deja su lugar de autoridad para adquirir su condición humana, motivo por el cual Montaigne se declara en contra del uso excesivo de las citas, de la alegoría, de la escritura ambigua y oscura, porque su autoría deja de ser la expresión de las ideas para imponerse como el testimonio de una “individualidad inalienable”; lo fundamental es que aparezca el hombre con el autor.

Segundo tiempo; Hay un antes y un después del acto de escribirse, es el nombre propio lo que está en juego tal y como puede observarse en el capítulo XVIII del libro 2 “Del desmentir” el autor no es ajeno a su escritura, en Montaigne “la causa material, formal y eficiente confluyen en un solo sitio: el autor”.

33En este sentido Peter Bürger, señala que esta forma de escritura se volverá a ver mucho tiempo después den

Stendhal, en los surrealistas y en Michel Leiris. op. Cit. p. 37,

34Cfr. Manager, Daniel. L’autoportrait. Magazine Littéraire, op. cit. p 39 35

A lo largo de la escritura hay una transformación, el yo deja de ser el que era y surge algo nuevo en él. La escritura hace al nombre y el nombre no pertenece a un ser inmutable sino sensible a la experiencia especialmente a la escrita, el yo es objeto, es sujeto, es texto en un permanente devenir en el que es más importante la experiencia de la escritura en sí misma que la mirada de los otros: “Y aun cuando nadie me lea, ¿perdí mi tiempo por haber empleado tantas horas ociosas en pensamientos tan útiles y gratos? Moldeando en mí esta figura, me fue preciso con tanta frecuencia acicalarme y componerme para sacar a la superficie mi propia sustancia, que el patrón se fortaleció y en cierto modo se formó a sí mismo. Pintándome, para los demás, heme pintado en mí con colores más distintos que los míos primitivos. No hice tanto mi libro como mi libro me hizo a mí; éste es consustancial a su autor, de una ocupación propia: parte de mi vida, y no de una ocupación y fin terceros y extraños, como todos los demás libros36”.

Tercer tiempo; La Intertextualidad y la dialéctica son los fundamentos del gran cambio provocado por Montaigne en la segunda mitad del siglo XVI. En su escritura la afirmación de sí va acompañada de la negación de otros autores, porque, por una parte se ha alejado del uso de la alegoría y en cambio crea su estilo testimonial que da cuenta subjetivamente de su yo, de sus experiencias, por este hecho algunos le critican su excesiva presencia en sus escritos, y por el mismo hecho otros le consideran ser el creador del género literario del ensayo.

Por otro lado, en cuanto a su función de autoridad se observa una renuncia a hacer uso de la misma, en la medida que prescinde de las ideas de otros autores

36Cfr. de Montaigne, Michel Eyquem. Essais, livre 2, Chapitre XII, Apologie de Raimond de Sebonde. Ed. H

reconocidos para avalar las suyas, lo que no significa que no haga uso de las bibliotecas, porque el fin de leer a otros autores es el de la intertextualidad, ya que refiriéndose a ellos logra una mejor expresión de sí mismo, el objetivo es el de introducir un movimiento dialéctico en el proceso de la lectura-escritura, de tal forma que no sea necesario utilizar la glosa para fundamentar sus ideas, sino que recurre a otros para presentarse a sí mismo, y viceversa cuando se acerca a lo más íntimo resulta inevitable la presencia de otros.

Cuarto tiempo: El lector suficiente responde a una nueva lógica del autor, es una idea renovada de la lectura que cambia radicalmente los fundamentos de las teorías contemporáneas de la inspiración. Para él, la fortuna y la felicidad son elementos aleatorios que sustituyen a la alegoría y la autoridad en el proceso creativo, en el que se impone la generación de ideas nuevas para continuar con las ideas que han sido enunciadas por otros. Fortuna y felicidad, hacen posible un sentido suplementario no previsto por los autores, ubicado más allá de cualquier propósito, algo externo que excede a la obra y a su autor pero que al mismo tiempo los une y le da sentido a su relación.

No se puede pretender la existencia previa de cualquiera de ellas, por eso son “suplemento de sentido”, así cuando “la fortuna” se aparece en las diferentes formas de expresión artística es reconocida al mismo tiempo como un factor ajeno. Su extranjería interviene en el momento de su creación, superando lo que el artista había planeado hacer.

Desde esta perspectiva, el autor está presente y al mismo tiempo es ajeno a su creación por lo que resulta un “lector insuficiente” de su propia obra, a diferencia del lector que ha sido ajeno a la obra y que desde un afuera puede leer mejor los elementos que estuvieron presentes en su formación. Es preferible que el autor antes de dar significado a su producción se remita a las impresiones de quienes la han leído, porque ellos serían los lectores “suficientes” capaces de generar nuevos sentidos.

La tarea del lector sería entonces la de descubrir esos trazos ajenos y propios que intervienen en el proceso de la elaboración y que van más allá de la inspiración o de la genialidad el autor. Leer no es solo captar el sentido evidente de la misma, sino los elementos intrínsecos así como aquellos que le son extraños y que son lo que hacen que un autor escriba una obra y que una obra escriba a un autor.