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Funciones de los materiales curriculares

Las prácticas relacionadas con el currículum son diversas y pertenecen también a ámbitos distintos. Gimeno (1988) contempla ocho ámbitos o subsistemas. Siete de ellos son los siguientes: ámbito de la actividad político-administrativa; subsistema de participación y control; ordenación del sistema educativo; ámbitos de creación cultural, científicos, etc.; subsistema técnico-pedagógico (formadores, especialistas e investigadores en educación); subsistema de innovación; subsistema práctico-peda- gógico. A éstos, añade el sistema de producción de medios: «Los currículum se concretan en materiales didácticos diversos, entre nosotros casi en exclusiva en los libros de texto, que son los verdaderos agentes de elaboración y concreción del currículum».

Los materiales curriculares cumplen una función de mediación en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Esta función general se desglosa en diversas funciones específicas que, en ocasiones, el profesorado no percibe en su totalidad, lo que au- menta la incidencia de los materiales curriculares en los procesos educativos. Los autores que han abordado la cuestión de las funciones de los materiales curricu- lares (Zabalza, 1989; Gimeno, 1991; Sarramona, 1992) inciden, respectivamente, en algunas de ellas. Las funciones que pueden cumplir los materiales pueden ser las siguientes:

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Innovadora, al introducir un nuevo material en la enseñanza, aunque en

ocasiones puede tratarse solamente de un cambio superficial y no de una verdadera innovación.

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Motivadora, captando la atención del alumnado.

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Estructuradora de la realidad, ya que cada material tiene unas formas es-

pecíficas para presentarla.

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Configuradora del tipo de relación que el alumnado mantiene con los con-

tenidos de aprendizaje, ya que cada material facilita preferentemente un determinado tipo de actividad mental.

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Controladora de los contenidos a enseñar.

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Solicitadora, al actuar el material como guía metodológica, organizando la

acción formativa; y comunicativa, ya que los materiales constituyen una condición estructural básica de la comunicación cultural pedagógica.

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Formativa, global o estrictamente didáctica, ya que el material ayuda al

aprendizaje de determinadas actitudes, dependiendo de las características del propio material pero también del tipo de uso que se haga de él.

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De depósito del método y de la profesionalidad, ya que precisamente es el ma-

terial lo que cierra el currículum y se adapta (especialmente en el caso de los libros de texto) a las necesidades del profesorado más que a las necesidades del alumnado, lo cual explica por qué fracasan los materiales excesivamente innovadores; pero, a la vez, el material condiciona el método y la actuación del profesorado.

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De producto de consumo, que se compra y se vende, aunque de forma sin-

gular ya que se trata de un producto de consumo obligado y que se vende prácticamente en régimen de oligopolio.

Refiriéndose a esta situación oligopólica, Gimeno, citando datos del Ministerio de Cultura, destaca que el curso 1988-89 había en el mercado un promedio de 20,4 libros por asignatura entre los cuales podía escoger el profesorado pero más de una cuarta parte de la producción estaba controlada por el 0,77% de las editoriales de libro educativo; el año 1987, un 50% de la oferta vigente pertenecía al 3% de las edi- toriales.

Escudero (1983) señala que cualquier medio instructivo tiene tres dimensiones: semántica (su contenido), estructural-sintáctica (manera de organizarse y sistema de símbolos), pragmática (propósitos del material, uso, etc.). Junto con otros autores, Es- cudero ha destacado que la importancia del medio didáctico no radica sólo en el hecho de facilitar el acceso a determinados contenidos sino que, además, condicio-

na el propio mensaje (el medio es el mensaje): «El medio proporciona una determi- nada experiencia de la realidad, y, además, el sistema de símbolos con que funciona, al referirse a la realidad de una determinada manera, exige del sujeto ciertas opera- ciones cognitivas en la extracción del significado que comporta». En la misma línea, Martínez (1992) escribe que «el material, en sí mismo, es también un mensaje. Los es- tudiantes aprenden que lo que vale la pena saber está en el interior de la cartera que arrastran todos los días de casa al colegio». El mismo autor señala que el alumnado aprende también que:

[...] existen dos culturas disociadas; la que es importante puesto que se da en la es- cuela y está contenida en el libro de texto, y la que no vale la pena aprender (pues- to que no va para examen) y se encuentra en la calle, en las experiencias de su vida cotidiana. Y aprenden también que existen contenidos culturales que nunca están presentes en el material de trabajo en la clase: determinados tratamientos de la vida sexual, o cuestiones social y políticamente conflictivas, por ejemplo.

Los materiales curriculares también educan a las familias, por ejemplo en el sentido de medir el progreso de su hijo o de su hija en relación a las preguntas que se formulan en el libro de texto.

La función general de mediación en el proceso de enseñanza-aprendizaje y las distintas funciones específicas que pueden cumplir los materiales curriculares pue- den llegar a tener una influencia muy relevante en dicho proceso, entre otras cosas porque pueden llegar a condicionar las características de muchas de las variables que interrelacionadamente constituyen el ambiente de aprendizaje que se da en un aula e, incluso, llegar a constituir el elemento con más relevancia en la configuración del ambiente.

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Libros de texto y otros materiales