3 4 el ciudadanismo ante las clases populares
3.4.2. Gestionar un escenario post-empleo para las clases populares Por tanto, las clases medias creativas, participativas y cosmopolitas-
orientan sus políticas sociales y urbanas hacia los barrios populares desde un nuevo enfoque, a partir de la irrupción del movimiento 15M. no pudiendo eludir, al implementarse en estos territorios, la imagen del «barrio pobre» que entidades asistenciales y vecinales han venido construyendo con el nuevo si- glo. el objetivo común de ambos conglomerados, de representación y de ges- tión, converge en la necesidad de gobernar un escenario post-empleo para las clases populares. Pues el anterior abandono de las mismas, tal y como señalan los diagnósticos comunitarios (giménez et al., 2015; revitasud, 2005), pone en riesgo a la «ciudad segura» (garnier, 2010: 239).
¿Qué o quiénes son sujeto de esta gobernanza neoliberal, que prioriza territorios? Más allá de las clasificaciones de renta que los mapeos de la geo- grafía urbana nos proponen, nuestro análisis señala a una población residual (bauman, 2005: 24), que ha perdido su partida en el juego del libre mercado: descualificada, envejecida, «desadaptada» cívica y culturalmente, etc. Para este creciente porcentaje de quienes habitan los barrios de la antigua corona obrera, en lugar de la justicia social o redistributiva que el estado del bien- estar impulsaba, según el relato socialdemócrata, la ciudad neoliberal plantea un colonialismo interior, en el que las clases populares son perimetradas (geo- localizadas), infantilizadas (dependientes) y «etnificadas» (problematización de la migración internacional). Para ello se recurre a mecanismos de securiti- zación altamente tecnológicos (rigouste, 2007), entre los que podemos situar a las propias ciencias sociales. a los que acompañará, según el modelo del Estado del Bienestar mediterráneo, el conglomerado benéfico-asistencial.
en el caso aragonés, huyendo tanto del obrerismo propio del asociacio- nismo vecinal tradicional como del vecindario ajeno a la «inclusión a través del empleo», el municipalismo recurre al término «gente» como pantalla para mantener en una higiénica indefinición a las clases populares (Delgado, 2016: 16). clases a las que durante la observación anotamos que se condena por su «conservadurismo», por su escaso «dinamismo» (especialmente comercial) o por lo inapropiado de una escena urbana que nunca ha diseñado: «tu barrio es muy feo». aquí, la multiculturalidad, al contrario que el centro histórico, en
proceso de gentrificación (Sorando y Ardura, 2016), es sujeto de alterización y problematización: «esto afecta a vecinos e inmigrantes».
Por otra parte, ¿dónde se encuentran estos territorios prioritarios? Por de- finición, los barrios «no creativos”, «no emprendedores», «no cosmopolitas» y poco «participativos» (epstein, 2009: 81) son aquellos no habitados (toda- vía) por las clases medias correspondientes. especialmente, cuando no son capaces de atraerlas ni a ellas ni a sus inversiones, locales o supralocales. los barrios abandonados por el capitalismo financiero, primero, y desbordados por la pobreza que han generado las políticas públicas de la austeridad, des- pués (renes, 2015: 101). excepcionalmente, estos barrios pueden cambiar su posición en la ciudad neoliberal, si mantienen relación con infraestructuras de transporte, que los pueden situar en el contexto de la metropolización (gar- nier, 2014). en ese caso, pueden ser «re-» generados mediante las políticas urbanísticas que introducen la mixité o mezcla social, bajo riesgo de que sus habitantes sean sustituidos por las clases medias globalizadas (epstein, 2016).
dada crisis de legitimidad del relato socialdemócrata en la ciudad obser- vada, por el papel clave de éste en el periodo de la especulación inmobiliaria (a zofra, 2013), el municipalismo ha dirigido su discurso y su gestión, explí- citamente, a los barrios perdedores de la ciudad globalizada. Confluyendo así en las políticas participacionistas las clases medias cosmopolitas y los gesto- res del conglomerado benéfico-vecinal asentados en los barrios de la ciudad consolidada. entre ambos se están delimitando, como hemos visto, las zonas prioritarias de estos barrios. en el estudiado, se recurre para ello a la catego- rización de «periferia interior» de su centro histórico (revitasud, 2010: 34). señalando así al conjunto de espacios degradados que se ubican en el centro del barrio, correspondientes a zonas de una antigua periferia que quedó con- gelada en el tiempo; pues el crecimiento de la trama urbana la atravesó en su recorrido, dejándola olvidada en su desarrollo (Kápstein, 2010: 31). la au- sencia total o parcial de regulación urbana durante el periodo especulativo del desarrollismo franquista, ha causado la aparición de estas áreas «vulnerables» en el interior de los barrios. Áreas más o menos vivibles, hasta que, tras otro periodo de acumulación capitalista a través de la especulación urbanística, se traspasa el «umbral desencadenante» o momento crítico, determinado por la combinación de factores económicos (gran recesión), de planeamiento urba- no (vínculo entre asociacionismo vecinal y urbanismo socialdemócrata), de
contexto social (barrio multicultural), etc. ese es el escenario actual (renes, 2015).
Y, finalmente, ¿cómo se interviene para atenuar el conflicto social al que, en tanto que riesgo previsible, pretende anticiparse este nuevo modelo de me- diación (delgado, 2016)? la ciudad neoliberal despliega tres estrategias prin- cipales para el encauzamiento de las clases populares. la ya citada mezcla social o mixité, orientada a diluir demográficamente la concentración espacial de las clases diagnosticadas como «peligrosas» (Kirszbaum, 2014). la imple- mentación de políticas culturales que, mediante su expansión por el territo- rio, invisibilicen la desigualdad socioeconómica que la escena urbana podría transmitir (garnier, 2016: 71). y, con efecto corrector, a la vez que como bis- turí de la distinción (bourdieu, 1988), se renueva la exigencia de un civismo que remite a la cultura de las clases dominantes, como modelo universalizable (delgado, 2016: 91). la convergencia de ciudadanismo y actores del territorio ha adaptado estas estrategias al contexto de los barrios populares de zaragoza (y otras ciudades), en un proceso todavía en marcha.
en suma, esta problematización de la cultura endógena y de la vida coti- diana de un barrio multicultural es síntoma de que la clase media global y su cultura dominante necesitan ser reconocidas como tales (grignon y Passeron, 1992: 72). como reacción anudada, los antiguos barrios periféricos, del cin- turón obrero de las ciudades del siglo XX, reclamaron al estado las infraes- tructuras que su condición de ciudadanía incluida a través del empleo (y los impuestos) les permitía exigir. Mientras que ahora, una vez dotados de los servicios públicos welfaristas, en un escenario post-empleo y desde su cultura multiétnica1, no pocas voces de los barrios afirman que nunca serán como la
ciudad que «debe ser» (caldeira, 2010). durante la observación, un rapero local rimaba «aquí no viene el guiri, a visitar los monumentos,… organizan la city, de sus planes estamos fuera». distanciándose así de una intervención público-privada que identifican con los grupos sociales exclusógenos2 y de la
que querrían mantenerse cultural ¿y espacialmente? separados. esta es la otra co-construcción de la posición del barrio en la ciudad.
1 Que hemos observado, entre otros escenarios, en algunas actividades culturales juve- niles, como el hip-hop.
2 los grupos sociales que tienen acceso a los recursos ciudadanos, a los medios de consumo y a la información, y que generalmente viven al margen de los problemas sociales de los grupos subordinados (alguacil y renes, 2000).
3. 5. conclusiones
el trabajo de campo desarrollado en un barrio de la antigua corona obre- ra nos permite establecer dos conclusiones principales. en primer lugar, el abordaje de estos barrios desde el ciudadanismo municipalista se encuentra con una limitación que es común a todas las políticas de la ciudad: las palan- cas que pueden revertir la actual desigualdad social y económica no pueden activarse desde las instituciones locales (garnier, 2016). la inclusión social a través del empleo, propia del periodo previo a la gran recesión, no puede ser facilitada por quienes no pueden legislar sobre las relaciones laborales, la contratación pública de servicios o la regulación de los mercados internacio- nales. de ahí que la respuesta participacionista, pueda estar obviando cuál es la pregunta fundamental (subirats, 2010: 18), también por parte de las clases populares.
y, en segundo lugar, la apelación a que los excluidos participen de la vida política local (talpin, 2016) o a que imiten la cultura de la clase media global, remite a las clases populares a un escenario de responsabilización de su ale- jamiento progresivo de la «normalidad», tanto como de su propio «rescate». en línea con la culpabilización de los «vecinos residuales» que la ideología neoliberal esgrime para justificar la creciente brecha de oportunidades entre unos y otros barrios de la ciudad (renes, 2015: 102). esto es así, no tanto por lo que declaran las intervenciones en clave comunitaria: la aspiración a una mejor convivencia. si no por lo que no declaran: que, contra lo que propone la intervención social preventiva y promotora, renuncia a promover un cambio en la relación de fuerzas, en términos hetárquicos, y, por tanto, a un reparto diferente de la riqueza.
ambas conclusiones, la impotencia del relato ciudadanista local y la re- nuncia a promover un cambio de raíz, explicarían la escasísima concurrencia vecinal en los eventos participacionistas (constatada por todos los actores) y el consenso en torno a la emergencia de un vecindario revanchista. como las encuestas advierten, una cuarta parte del barrio estudiado desconfía de la administración local para la resolución de sus necesidades prioritarias. no acepta la multiculturalidad. y asume un discurso de competencia por abajo, ante las políticas de austeridad (giménez et al., 2015).
el mismo relato que hoy se yergue en barrios antes obreros y ahora «po- bres», donde nuevos caudillismos han encontrado su principal granero de vo- tos, apenas unos kilómetros al norte. el hueco dejado por el asociacionismo
vecinal obrerista queda así cubierto por nuevas expectativas de cambio social. y no por propuestas de «re-»generación del izquierdismo, aunque se postulen al margen del ciudadanismo, y que tan sólo han tenido impacto en otros acto- res en competencia por la hegemonía simbólica del barrio.
Para quienes aspiramos a unos barrios y pueblos donde no se limiten las expectativas de vida, en beneficio de los intereses de los grupos exclusógenos (garnier, 2016: 208), urge provocar nuevos encuentros entre vecinos de dife- rentes culturas, pero con un mismo interés: una vida digna. es en lo que tene- mos en común donde está el relato autónomo que aún no hemos articulado.
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cuidadores ProFesionales eXtranJeros a
travÉs de las tecnologías
Mª Jose Gomez Poyato
Universidad de Zaragoza / Cruz Roja Zaragoza [email protected]
4.1. introducción
el concepto de cuidado ha sido una expresión constante en todas las so- ciedades. este cuidado se ha asumido como algo normal y cercano, desarro- llado por cuidadores informales (la familia) como pieza clave. sin embargo, este continuo cuidado lleva consigo unas consecuencias psicológicas, físicas, biológicas y emocionales que con el tiempo repercuten en su salud y por con- siguiente en la calidad de vida de los familiares.
con estas circunstancias en 2006, el gobierno con el apoyo de todos los partidos políticos y organizaciones sociales decidió poner en marcha el proce- so de debate y aprobación de lo que hoy se conoce como la ley de Promoción de la autonomía Personal y atención a la dependencia. esta ley de 39/2006 de 14 de diciembre, se propone ofrecer servicios y prestaciones económicas de atención a la dependencia y recoge, aunque de manera excepcional que al final se ha convertido en mayoritaria, la atención a la Dependencia en el do- micilio a cargo de familiares.
el cuidado realizado por familiares o amigos a los individuos que no pue- den cuidar de sí mismos es una práctica social extendida. en españa es una práctica muy común, que actualmente, aun existiendo la ley de la depen- dencia, supera ampliamente a la acción que tendría que venir del estado en el sistema de bienestar en el que nos encontramos. autores como gomá y subirats (2003) y rodríguez cabrero (2004) exponen que el modelo de bien-
estar característico de españa es el modelo mediterráneo. se pretende dar una visión general del estado de bienestar en españa, pero existe una extensa bibliografía al respecto, (para consultar autores como: gomà y subirats, 2001; arriba gonzález, 2008; antón Morón, 2009; esping andersen, 2010; del Pino y rubio 2013, etc). este modelo está sustentado sobre la familia, siendo éste uno de sus rasgos más característicos y destacables. la familia es la principal proveedora de cuidados.
estos cambios se han realizado a partir de cuatro procesos que han sido, la universalización, la moderación del gasto social, la descentralización del poder público y la privatización (navarro, 2006). todos los procesos que se ha desarrollado en distintas facetas políticas han confluido en la creación de un estado de bienestar dando lugar a que se tengan extensas coberturas y de- sarrollo de prestaciones de carácter asistencial, aunque desigual en su reparto dentro del territorio español como consecuencia de la descoordinación de las diferentes políticas estatales, autonómicas y municipales.
aun así, es cierto que aunque los modelos institucionales han variado con el tiempo y ha habido importantes transformaciones en las últimas décadas, cuando no llega el estado interviene el mercado con un elevado coste para las familias. el término familiarísimo hace referencia según esping andersen, (2004) a la forma conjunta en que el bienestar se distribuye por parte del esta- do, el mercado y la familia. el problema es discernir si estos cuidados son da- dos porque es algo inherente en nuestra cultura o es el resultado de la carencia de los servicios que tenían que ser prestados por el estado y el mercado. esto evidencia una carencia en las políticas sociales planteadas.
Como afirma Beck (2006), aún en la entrada en el siglo XXI, la familia sigue siendo el punto central donde se va a producir el cuidado de las personas dependientes aunque las estructuras familiares hayan variado del concepto tradicional de pareja estable y ahora son más inestables e individuales. esto no implica que aunque la familia no responda al modelo anteriormente conocido, la sociedad no asimile el concepto de cuidar, porque se siguen manteniendo los vínculos de apoyo entre familiares de carácter económico, solidario y de cuidado de forma distinta a la tradicional, con una apertura no sólo familista sino extensible a la contratación de personal dedicado al cuidado.
este tipo de atención dentro del domicilio, cuando es realizada por los propios familiares, se denomina cuidado informal y es el que se ejerce sobre aquellas personas más próximas a nuestro entorno sin recibir ninguna pres-
tación económica a cambio. sin embargo, el desgaste de los familiares en el tiempo hace que opten por la contratación de cuidadores formales. Muchos de estos cuidadores formales son extranjeros. algunos de ellos ya han vivido experiencias de cuidado de familiares en sus países de origen, pero esto no hace que sean eficientes a la hora de cuidar a personas de forma remunerada.
4.2. la tarea de cuidar
el ser humano a lo largo de la historia ha desarrollado su capacidad en re- lación al cuidado de los de su mismo género como una forma de garantizar la