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LA CULTURA Y EL TERRITORIO YA NO SON LOS MISMOS
4.1. Relatando el territorio, historias de vida 1 Don David, el último llanero de Villanueva
4.1.2. Heriberto Mina, el primer afrocolombiano coleador
Cuando me llegó la historia de un coleador afrocolombiano, no dudé en buscarlo para que me contara su testimonio (entrevista 2). Fui hasta su casa, lo encontré bajando mangos de un árbol, lo acompañaba uno de sus hijos. Le comenté el por qué me interesaba entrevistarlo. Le noté un brillo en sus hijos, y me dijo sonriendo: hagámosle. Sacó unas sillas, sirvió un par de tintos de un termo, nos sentamos y nos sumergimos en su pasado, presente y futuro. Heriberto vive con sus dos hijos pequeños y su esposa.
De Puerto Tejada, Cauca a Villanueva
“Yo nací en Puerto Tejada, Cauca. Yo trabajaba allá en oficios varios, en cultivos, limpiando soya, limpiando maíz, trabajé en una hacienda donde había ganado, desde que era pequeño me gustaba la ganadería, a los 14 años me compré la primera novilla, cuando yo me vine para el llano, yo ya tenía como unos 5 animales en la casa. Aquí en el Casanare llegué a tener 95 reses. Desde niño me ha apasionado esa actividad. No he tenido finca propia porque eso requiere mucho capital, nunca me ha llamado mucho la atención esa idea.
Yo llegué a Villanueva porque aquí vivía un tío y un hermano. Ellos iban cada año a la casa. La verdad, yo no tenía muchas ganas de venirme para acá, más bien vine como de
paseo, como a cambiar de ambiente, y me terminó cautivando, me gustó y me quedé, yo llegué al Casanare en el año de 1989, tenía 21 años.
Figura 10. Heriberto posando como llanero.
Vine como a darme una vuelta, tenía familiares acá y aproveché eso. Comencé trabajando en las palmeras, trabajé como auxiliar de campo. Yo en el Cauca había trabajado con animales, me gustaba mucho la ganadería. Pedí un curso en la empresa para estudiar en el Sena, me lo aprobaron, estudié por dos años en Villavicencio, yo soy técnico agrícola. Luego de eso, llegué a trabajar en el Palmar del Oriente como supervisor.
Al llegar acá, la gente de aquí en esa época, a nosotros nos miraba con la misma importancia que tiene un papel quemado, fue bien difícil que la gente se acostumbrara a verlo a uno. La tradición del Casanare en esa época, era gente a caballo, descalza, con una camisa de manga larga, y buen sombrero. La gente tomaba en las cantinas, dejando los caballos amarrados en un palo”. (Como en el viejo oeste norteamericano).
“Cuando yo llegué a trabajar en el palmar del Oriente, me hice amigo del vaquero de la empresa. Un domingo me invitó a que fuéramos donde un señor que tenía unas hijas bonitas, que fuéramos a visitarlas. Cuando llegamos, me miraron los niños y salieron a correr, yo dije ¡caramba!, que será eso. Fue complicado ese contacto con la gente local.
Pero más difícil para mí fue cuando me autorizaron el curso en el Sena, para trabajar como supervisor, llegar un negro a mandar, ahí hubo problemas. Me tocó demostrarles que sí sabía, que el que sabe exige, que esto lo vamos hacer así y así. Yo cuando estudié en el Sena me le pegué a un veterinario que hacía la pasantía y él me enseñó muchísimo. Le preguntaba y le preguntaba, y gracias a eso, pude enriquecer mis conocimientos. No me quedó grande manejar la parte que correspondía al cuidado de los semovientes (búfalos, bueyes y mulas), que se usaban para jalar las zorras de recolección de frutos y las búfalas de cría para el ordeño, como la cría de equinos.
Nosotros vivíamos en los campamentos. Hace 18 años pude comprar esta casa con los ahorros. Dos cuadras allá, eso era una mata de monte. Pero no vivía acá, vivía en los campamentos pues me quedaba bien lejos. Pasó el tiempo, tumbaron el monte y empezaron a lotear todo eso. En ese entonces, había muchos burros sueltos, ganado suelto, las calles sin pavimentar, todo eso, se acabó, era bien bonito el pueblo”.
Al preguntarle cómo fue que empezó con el coleo, Heriberto se acomoda en su silla, se endereza, y hace un gesto que irradia júbilo.
Figura 11. Heriberto recién llegado a Villanueva
Figura 12. Heriberto trabajando llano Fuente: Archivo personal Heriberto
El primer afrocolombiano coleador
“En ese entonces, estábamos con unos compañeros del trabajo en Catama, Villavicencio, y les dio por ir al coleo, me invitaron, fui y vi como a un animal se le quebró la pata, justo en frente de donde yo estaba, eso no me pareció bueno, no me gustó eso. Se pasó el tiempo y se llegó el día en que la empresa, patrocinaba a dos coleadores de Villanueva
para ir a un evento. El día antes un coleador se accidentó, como la gente sabía que a mí me gustaba montar a caballo, y que lo hacía desde mi infancia, a pelo, en el Cauca se montaba sin silla, con un costal o un apero, aquí si era con silla, más seguro.
Un señor, me propuso que reemplazara al que había tenido el accidente, que hiciera parte del equipo. Yo le respondí que un negro del Cauca coleando, como sería la rechifla de la gente. Me dijo que practicáramos y a ver cómo me iba. Ni yo sabía, ni el caballo que yo tenía tampoco, éramos dos novatos. Fuimos y empecé a practicar, a correr ganado, a cogerlo por la cola y a tumbarlo. El señor me dijo que yo estaba listo, que no necesitaba practicar más. Vamos al coleo, a lo cual yo repliqué: pues vamos y nos fuimos a colear a Caribayona.
Los turnos para salir a colear, se hacen escogiendo balotas de una bolsa. Mi compañero metió la mano para escoger la balota que me correspondía a mí, y va y saca el número uno. Me avisó y yo no podía creerlo, le dije que cambiáramos de turno, que yo que iba a salir de primeras, yo primíparo, el caballo también, él había sacado el 20, le propuse que el saliera de uno y yo de 20. Cuando fuimos hablar con los organizadores, éstos no dejaron. Me tocó a mí de primero, y yo salí en tenis y cachucha. Salí detrás del toro y esa bulla de la gente y lo tumbé de costado, que equivale a 10 puntos. Al otro toro que me tocó, le metí 30 puntos, campana y campana. El primer día terminó y yo quedé con 40 puntos. Mi compañero quedó con 60. Ese día terminé de tercero.
Al otro día, yo hice 60 puntos y mi compañero de equipo, 40. En total yo hice 90 puntos, y quedé de segundas en el primer coleo que participaba. Suerte de principiante. Eso me motivó a mí para seguir coleando, desde ahí salió la idea del coleo. El segundo torneo al que fui, me lo gané y de premio me dieron una silla último modelo, bellísima. Ahí comenzó el negro coleador del palmar, ya cuando había torneos, la gente sabía de mí y se entusiasmaba al verme. El caballo que yo entrené, terminó siendo excelente. El caballo era de la empresa, yo le cuidé, le puse nombre, Parrandero, un caballo criollo muy bueno. Nos adaptamos el uno al otro y él ya me conocía como yo lo conocía a él.
En el palmar hay canales bien anchos, para el riego y yo me bajaba porque el caballo no era capaz de brincar conmigo al otro lado, yo me bajaba y me pasaba por la orillita y el caballo se me iba detrás, yo lo jalaba del lazo y él se iba detrás, me pasaba de lado y yo me le subía, y el caballo se dejaba, tranquilo. Hacíamos esas travesías para acortar camino. Yo tenía un buen caballo para el coleo. Me gané con él varios coleos pequeños.
Figura 13. Heriberto en una de sus coleadas. Fuente: Archivo personal Heriberto
El primer caballo cuarto de milla que usé, fue en un coleo en Barranca de Upía, un coleo grande, famoso, y quedé de segundas. Ya coleaba con botas y casco, como exige el reglamento. Luego me invitaron a la Copa Mustang, en Medina, Cundinamarca, y allá quedé de tercero, ganándole a gente muy reconocida del llano. Así fue creciendo la fama, la bulla, el Mina, salí en revistas especializadas y todo.
La última vez que coleé fue hace cuatro años, y ahí me gané la Garza de Oro, en Maya Cundinamarca. Después de eso no volví a colear porque me agarraba un dolor en la cintura que terminó siendo una hernia discal, por eso, no pude volver a montar un caballo, me hicieron dos cirugías de columna. Yo no culpo al coleo, ya que en las palmeras trabajé duro, cortando y cargando frutos, vendí leche como 5 años, me echaba dos canecas al hombro, por eso no puedo decir que el coleo fue lo que me causó la hernia, de golpe fue la acumulación de todo lo anterior. Desde pequeño he hecho trabajos que implican mucha fuerza, con las cosechas, los bultos, las herramientas, entonces no creo que el coleo fuera el determinante”.
De la cultura llanera
“Cuando ganadiaba en las noches, nunca se me atravesó por el camino ni la bola de fuego, ni el silbón, ni la llorona, nada de eso. Amigos dicen que si han visto la bola de fuego. Me cuentan que si se aparece la bola de fuego, uno tiene que soltar el rejo y con la punta de la gaza meterlo en la cabeza de la silla y soltarlo, la bola de fuego llega hasta la
punta del rejo y no se acerca más. Uno no puede mirar para atrás, cuando uno la mira más lejos es cuando está más cerca y cuando la mira cerca, es que está retirada. A la llorona hay que correrla con el mandador, cuentan que aparece los viernes santos. Yo nunca he visto eso.
Al ganado le canto pero no lo rezo, en el llano hay personas que saben de esos rezos para blindar a los animales de enfermedades y mordeduras de serpientes, eso yo no lo hago porque no lo aprendí. La música llanera me fascina, no la bailo, pero escucharla y mirarla me gusta mucho, mis hijos si saben bailar, aprendieron en el colegio. Me gusta la música llanera recia.
A pesar de que quiera volver al Cauca, yo me siento más de acá que de allá, porque he vivido la mayor parte de mi vida”. Al preguntarle si se siente más llanero que afro, responde: “ahí si me la dejó difícil”, -frunce el ceño manifestando una duda profunda-, respira y contesta: “no, afrocolombiano”.
De la cultura afrocolombiana
“El rito del bunde poco se hace por acá. Sí se ha hecho, pero son pocos los niños que se mueren. Cuando se hace, se toca el bunde, unos bailan, unos cantan, de esos cantos no me acuerdo de ninguno, pero esa es la tradición, cantarle al angelito. La gente no lo llora, si lo lloran no se va al cielo. El bunde se hace hasta los 10 años de edad, a los mayores de esa edad, ya no se le hace el bunde, se vela normal, por nueves noches, todas las noches, se reza la novena y la terminación de la novena que sí la rezan toda la noche, a las 6 de la mañana entregan el rosario con unos reglamentos específicos. Me acuerdo de una señora que cantaba unos cantos bien bonitos en esas novenas.
También celebrábamos en el Cauca, el 28 de diciembre, el día de los inocentes, la gente se coloca máscaras, con cuernos, asemejando al diablo, colocarse una cola y un vestido rojo, con rejo en mano y esos diablos van dando fuete al que se atraviese. Los 31 de diciembre, aquí en Villanueva queman el año viejo, en el Cauca lo sacan a pasear, a bailar, una persona se viste de la viuda y se coloca un poco de trapos en la barriga y llora y pide plata, y después de eso, ahí sí lo queman. Yo a mis hijos les cuento sobre estas tradiciones que hacemos en el Cauca, pero acá en Villanueva, no se hacen.
Recuerdo con regocijo la preparación del champús para semana santa en el Cauca. El chontaduro, yo tengo en la nevera mi chontaduro. Me lo envían, los cocino, los pelo y los echo a congelar. Saco unos tres y preparo el jugo.
No voy a la casa hace dos años, pero claro que he regresado, yo voy siempre. Mi madre y hermanos viven allá. Me comunico con ellos casi todos los días. Me gustaría vivir nuevamente en Puerto Tejada. Ahora, ya estoy pensionado, y en el Cauca la vida es muy barata, aquí en Villanueva es caro todo. Lo que allá es caro es la carne, el resto es muy económico. Con un sueldo mínimo como el que yo tengo de pensión, con eso vivo con mi familia sobrado.
La verdura que es bien costosa aquí, allá es muy barata, la papa es de Nariño, y como son vecinos con el Cauca, sale bien barata. Pocas cosas venden por libras, allá casi es por montones, allá siembran por montones gran variedad de verduras. El plátano no se compra por libras, allá le venden por racimos. Pensándolo bien, si me gustaría volver a casa. De herencia, mi abuelo nos dejó a mi hermano y a mí, un pedazo de tierra como de hectárea y media, entonces nosotros tenemos ese pedazo, que nos dejó el abuelo y me gustaría irme a vivir allá. Mi hermano vive allá, el cuida eso, allá tengo como unas 20 vacas que he enviado desde acá. El ordeña y vende la leche”.
Villanueva de mis afectos
“Venir a Villanueva me cambió la vida, tanto la vida misma, como los conocimientos, hasta la jerga llanera me la conozco toda. Lo que aprendí trabajando llano, en los palmares, en el Sena, en relacionarme con gente estudiada, los ingenieros, a nivel intelectual crecí en todos los sentidos.
Villanueva ha experimentado un cambio impresionante en los últimos años, cuando llegamos esto era un pueblo lejano de todo, ahora mire a su alrededor. El resplandor ganadero que vivió Villanueva en el pasado, disminuyó drásticamente, el ganado bajó mucho en densidad y hasta en los precios. Los insumos, las vacunas, las medicinas, son bien caras, hasta los trabajadores son difíciles de conseguir, pues prefieren trabajar con los petroleros, ganan más, y si uno les ofrece trabajo con ganado, cobran a precio de la bolsa de Nueva York” (Heriberto suelta una carcajada). “La economía de Villanueva gira alrededor de los palmares. Los finqueros se están asociando para sembrar palma, la ganadería y llanero serán un mero recuerdo de antaño. Ahora el petróleo, gente viene y
se va. La vida ahora va a mil, ya no es como antes. A pesar de toda esa transformación, Villanueva me sigue gustando mucho.
En Villanueva tengo tres casas, esta y dos más. Las otras, las tengo en arriendo. Vivo de eso, de la pensión y la lechería que tenemos con mi hermano en el pueblo natal. Si me llegara a ganar la lotería, me compraría una finca en el llano y ahí si ya no volvería al Cauca, me dedicaría a la finca”.
El futuro soñado
“Mi sueño, es montar un restaurante allá en mi pueblo, con las costumbres llaneras de preparación, y adornarlo con artefactos típicos de la cultura llanera. La casa de nosotros allá en Cauca, queda en una esquina donde la carretera hace una ye, y yo he querido colocar en ese punto un asadero de carne como se hace acá en el llano, con todas de la ley. Hacer el techo con palma de moriche, bien bonito. Tocaría llevar un llanero de por acá para que ase la carne, descalzo, con su sombrero y pantalón arremangado. Sería cebar al ganado ahí en el lote y sacrificarlos en el propio negocio, para darle toda la atmósfera llanera”.