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La historia fue narrada por el profesor Luis N Rivera Pagán de

2 / Reflexión crítica

2 La historia fue narrada por el profesor Luis N Rivera Pagán de

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copiado en proposiciones «correctas», en una teoría (a saber, una contemplación de ese universo) que corresponde a esa ver- dad. Luego, en un segundo momento, aparece la «aplicación» de esa teoría a una situación histórica particular. La verdad es pues preexistente a su efectividad histórica e independiente de ella. Su validez o legitimidad ha de ser comprobada en relación a ese «cielo abstracto de verdad», totalmente aparte de su his- torización.

Es esta concepción de la verdad la que ha hecho crisis én la teología latinoamericana. Cuando Assmann habla del rechazo de «toda logia que no sea logia de la praxis» 3 o Gutiérrez es-

cribe sobre «la ruptura epistemológica» 4 no se limitan a afir- mar que toda verdad debe ser aplicada, ni siquiera que hay una relación entre la verdad y su aplicación. Dicen, en realidad, que no hay una verdad fuera de los eventos históricos en los cuales los seres humanos actúan como agentes. No hay, por lo tanto, conocimiento aparte de la acción, del proceso de trans- formación del mundo mediante la participación en la historia.

Tan pronto se formule esta posición, se plantearán varias ob- jeciones: 1) que la verdad bíblica es reducida a acción ética —la herejía clásica de diversas formas de humanismo—, 2) que la dimensión «vertical» de la fe es reabsorbida en la «horizon- tal», 3) que ésta es, en realidad, sólo la teoría marxista de la verdad y del conocimiento.

Antes de llegar a tales conclusiones deberíamos plantear al menos dos preguntas respecto del punto de vista «clásico». La primera tiene que ver con el concepto bíblico de verdad. A este fin bastará mencionar algunas líneas convergentes de in- vestigación e interpretación bíblicas. Por más que debamos precisar o matizar algunas de sus formulaciones más absolutas, quedan pocas dudas de la exactitud de la conclusión de los más destacados eruditos veterotestamentarios (Wright, von Rad, Eiohrodt, etc.) de que para el antiguo testamento la palabra de Dios no consiste en una comunicación conceptual sino en un

H. Assmann, Teología desde la praxis de la liberación, Salamanca 21976, 63.

evento creativo, en un pronunciamiento que se historiza y crea historia. Su verdad no reside en su correspondencia con una idea sino en su eficacia para llevar a cabo la promesa de Dios o para cumplir su juicio. Consiguientemente, lo que se exige de Israel no es una inferencia ética sino una participación obe- diente —por la acción o por el sufrimiento— en la justicia y la misericordia activas de Yahvé. La fe es siempre una obe- diencia concreta que se apoya en la promesa de Dios y se vin- dica en el acto mismo de obedecer: Abrahán ofrece a su único hijo, Moisés entra a las aguas del mar Rojo. No hay posibili- dad de alcanzar previamente o de poseer de antemano alguna clave teorética. No hay un «nombre de Dios» para conjurar —o interpretar— aparte de la presencia misma de Dios en su po- der (es decir, en sus actos poderosos). Por ello, la fe de Israel no se presenta como una gnosis, sino como un camino, una forma particular de obrar, de relacionarse dentro y fuera del pueblo elegido, de ordenar la vida en todos sus aspectos, de acuerdo al «camino» (la forma de actuar) de Dios con Israel. Este contexto, tan claramente expresado, por ejemplo, en los salmos, ubica la apropiación de Jesús del símbolo del «camino» para referirse a su propia persona. El mismo motivo, por otra parte, reaparece en la literatura paulina en las secciones pare- néticas. La fe es un «caminar» o «conducirse». Es bien cono- cido que aun el concepto de conocimiento v el sentido del ver- bo «conocer» tienen en la Biblia este contenido activo y parti- cipatorio.

Esta forma de concebir la verdad encuentra una explícita confirmación en el énfasis juaneo en «hacer la verdad». La pa- labra de Dios (su logos) es una palabra encarnada, una «carne» humana que ha plantado su tienda en la historia. El conoci- miento de ese logos es comunión, participación en esa nueva «vida» que se ha tornado accesible en medio del viejo «mundo». Es un «nuevo nacimiento». No puede ser alcanzado mediante un mero análisis exegético de la enseñanza: «¿Por qué ustedes no comprenden mi lenguaje (lalia)? Es porque no pueden escu- char mi palabra (logos)» (Jn 8, 43). Es necesario estar dispues- to a entrar activamente en esta relación, en esta vida: sólo el que hace la palabra conocerá la doctrina. Las epístolas juaneas

Reflexión crítica elaboran el mismo tema vinculando el conocimiento de Dios con el amor a los hermanos. Dios es desconocido a menos que el nombre participe en su vida concreta mediante el ejercicio activo del amor. No se trata de una minimización de la revela- ción histórica en Jesucristo; por el contrario, ésta es para el autor una prueba decisiva. Pero esta revelación no es un cono- cimiento teórico abstracto sino una existencia concreta: la exis- tencia en el amor 5.

Este mismo punto podría elaborarse mucho más amplia- mente con respecto a otros bloques de material bíblico. Parece evidente que la concepción clásica no puede reclamar una base bíblica para su concepto de verdad o para la distinción entre un conocimiento teórico de la verdad y la aplicación práctica de la misma. Un conocimiento correcto depende de una acción correcta. O más bien, el conocimiento se desvela en el hacer. El mal obrar es ignorancia. Por otra parte, también podemos preguntarnos si esta distinción de la concepción clásica es feno- menológicamente sostenible. ¿Existe, de hecho, un conocimien- to teórico previo a su aplicación? Parecería que el análisis so- ciológico y la Escritura nos dan el mismo veredicto: no hay tal conocimiento neutral. La sociología del conocimiento documenta ampliamente el hecho de que siempre pensamos (y teorizamos) a partir de un contexto específico de acción y de relaciones, a saber, a partir de una praxis particular. Lo que Bultmann ha sostenido tan convincentemente respecto de una pre-compren-

sión que todo intérprete aporta a la hermenéutica de un texto, debe ser profundizado y concretizado, no en el formal análisis de la existencia sino en las condiciones concretas de personas que pertenecen a un cierto tiempo, pueblo y clase social, que están embarcados en determinados cursos de acción, incluso de acción cristiana y que leen los textos y los interpretan dentro de esas condiciones y a partir de ellas.