3.CAPÍTULO
3.2 La identidad de género
Las identidades muy rígidas no sólo son excluyentes, además, son agresivas. Si para demostrar que se es muy hombre hay que ser violento, depredador, cazador, carente de piedad y sin ternura, más vale ser menos hombre. Si para demostrar la feminidad es necesario ser sumisa, humilde, masoquista y renunciar al propio deseo, no vale la pena ser mujer.
(Anónimo, cit. en Colorado, M.; Arango, L. y Fernández, S., 1998: 93)
Así como la identidad de sexo o identidad sexual es “el resultado del juicio que cada individuo realiza acerca de su propio cuerpo” (Jayme y Sau, 2004: 60), es decir, aquello que hace que una persona se identifique a sí misma como hombre o como mujer en función de sus características físicas, la identidad de género es “un conjunto de valores, comporta- mientos y creencias que diferencian la actitud con la que nos enfrentamos a
la vida los hombres y las mujeres” (Hernando, Op. Cit., p. 18). La identidad de género, pues, describe los sentimientos y cogniciones que cada persona tiene por el hecho de ser una mujer o un hombre (Jayme y Sau, Op. Cit., p. 60) y también puede definirse como “el sentimiento estructurado por identificación con el igual y complementación con el diferente” (Money, cit. por Dio Bleichmar, 1996: 134)
Es decir, hombres y mujeres han desarrollado actitudes y valores “complementarios” y, por tanto, diferentes a lo largo de la historia. Esto produce conflicto en la modernidad tardía, que genera posiciones igualmente individuali- zadas para ambos.
Siguiendo nuevamente a Hernando
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fundamental reside en que la individualización constituía ya parte de la identidad masculina, pero no de la femenina. Las mujeres siguen siendo incentivadas por el orden
patriarcal a desarrollar roles
“afectivos” y “expresivos”, justifi- cándose en “la necesidad funcional para la conservación de la familia como grupo social (Parsons y Bales, 1955, cit. por Burin, 1987: 92). A las mujeres se las desanima a desarrollar roles “instrumentales” que, por el contrario, son alentados en los
hombres. Las mujeres siguen
reproduciendo un modo de estar en el mundo que espera la aprobación de los demás en mucha mayor medida que los hombres y en ellas, por tanto, resulta mucho más conflictiva la individualización que en aquellos. Gayle Rubin utiliza por primera vez el término “sistema de sexo-género” en 1975 para referirse al conjunto de rasgos que una determinada sociedad atribuye a sus miembros en función del sexo biológico. Estos rasgos para “ser mujer” o “ser hombre” son
variables según las culturas,
sociedades o épocas, aunque parezca que han sido inmutables a lo largo del
tiempo. Suelen tener como
característica común la división sexual del trabajo. Las mujeres han desarrollado habitualmente a lo largo de la historia un género social relacionado con el ámbito privado, la reproducción, el cuidado de los hijos/as, las personas ancianas,
discapacitadas, enfermas, la
preparación de alimentos para toda la familia, etc. Según Nora Levinton (2000: 69), dentro de los ideales que conforman el modelo de género femenino se ha privilegiado la emotividad, sobrevalorándose todo lo correspondiente al ámbito de las relaciones y concretándose la meta en
“querer y ser querida”. La prioridad en las actividades que se realizan es encontrar el incremento del vínculo afectivo con otras personas, más que la actividad en sí misma. La característica esencial del modelo de feminidad, continúa Levinton, será “ser mujer es igual a ser madre”, reforzando por tanto en las niñas la empatía, la atención y dedicación a otro, por encima del registro de las propias necesidades. Emilce Dio Bleichmar (1998: 37) afirma en este sentido:
En síntesis, los rasgos contenidos en el formato de feminidad remiten a la abnegación, a ponerse al servicio de otros, a la capacidad de entrega, a la postergación y renuncia de los deseos y proyectos personales, a la
sobrevaloración de la pareja y la familia como la empresa principal a
salvaguardar, a tratar de contener las ansiedades y tensiones del entorno donde se circula, etc. Al ser éste el contenido internalizado como ideal, la dificultad para alcanzar la meta deseada es vivida como incapacidad y acarrea el sentimiento de imposibilidad de
realización del deseo, que desemboca tan frecuentemente en la depresión, como manifestación recurrente del ataque interno a la propia autoestima. Es un sentimiento ligado a la impotencia para modificar la situación: no se puede lograr que su deseo (ideal de pareja, de familia) se realice, ni dejar de desearlo.
La identidad de género que han desarrollado los hombres, por el contrario, ha estado ligada al ámbito público, al desempeño de un trabajo remunerado, al control de la naturaleza, a la organización y representación social y política, a la guerra, al dominio de la técnica, etc. (Mayobre, s. f.: 2). En la siguiente tabla podemos ver, a modo de ejemplo, una serie de características
estereotipadas de género que
incluyen rasgos, roles, caracteres físicos y destrezas cognitivas:
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Rasgos Roles Caracteres físicos Destrezas
cognitivas ESTEREOTIPO MASCULINO Activo Decidido Competitivo Superioridad Independiente Persistente Seguro de sí Fortaleza psíquica Control económico Cabeza de familia Proveedor finanzas Líder Bricolaje Iniciativa sexual Gusto deporte TV Atlético Moreno Espaldas anchas Corpulento Muscular Fuerza física Vigor físico Duro Alto Analítico Exacto Pens. abstracto Destr. numéricas Capacidad para resolver problemas Razonamiento matemático Destr. cuantitativas ESTEREOTIPO FEMENINO Dedicación a otros Emotivo Amabilidad Consciente de los sentimientos de otros Comprensivo Cálido Educado Cocina habitualmente Hace compra casa Se interesa por la moda Fuente de soporte emocional Se ocupa de los niños Atiende la casa Belleza Ser “mono” Elegante Vistoso Gracioso Pequeño Bonito Sexy Voz suave Artístico Creativo Expresivo Imaginativo Intuitivo Perceptivo Tacto Destrezas verbales
Fig. 1. Fuente: Encyclopedia of Women and gender. Sex similarities and differences and the impact of society on gender. (Kite, 2001, cit. en Barberá, E., 2004: 63)
Sandra Harding (1996: 17) señala que la vida social generizada se produce a través de tres procesos distintos, pero relacionados entre sí:
a) El “simbolismo de género”, por el cual se asignan propiedades de género a diversas situaciones percibidas como dualistas que no tienen que ver con las diferencias de sexo. Por ejemplo: la naturaleza es femenina y la ciencia es masculina.
b) La “estructura de género”,
consecuencia de recurrir a estas divisiones para organizar las
actividades sociales entre
distintos grupos de seres
humanos: trabajo productivo
versus trabajo reproductivo.
c) El “género individual”, que hace referencia a cómo se produce la discriminación contra las mujeres y las consecuencias que tiene ésta en sus vidas.
Si no se tiene en cuenta que las diferencias simbólicas, estructurales e individuales de género no son simétricas se hará un análisis parcial de la realidad. Harding (Ibídem, p. 48) pone como ejemplo el que la escasa presencia de las mujeres en el ámbito de la ciencia se explique solamente alegando que las niñas no suelen tener motivación para desarrollar las destrezas o realizar los estudios
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necesarios para tener éxito en este campo. Diciendo esto se olvida que la división del trabajo según el género y el simbolismo de género del que participa la ciencia son dos factores fundamentales:
Mientras no se considere que el “trabajo emocional” y el “trabajo intelectual y manual” de la casa y el cuidado de los hijos constituyen unas actividades humanas deseables para todos los hombres, el trabajo intelectual y manual de la ciencia y de la vida pública no parecerán unas actividades
potencialmente deseables para todas las mujeres. Es más, las recomendaciones derivadas de la teoría de la igualdad piden a las mujeres que cambien aspectos importantes de su identidad de género por la versión masculina, sin que prescriban un proceso similar de “desgenerización” para los hombres.
(Ibíd.)
Uno de los objetivos del feminismo, tal como afirma Colorado [et al.] (Op.
Cit., p. 98) es la construcción de una
“identidad genérica abierta” que interrogue los roles y los estereotipos asignados a cada uno de los sexos y desmonte las ideas que sustentan jerarquías “naturales” entre ambos. La identidad de hombres y mujeres queda así cuestionada y puede trans- formarse, evolucionar. Por “identidad genérica abierta” las citadas autoras entienden el resultado de dos sujetos que reconociéndose autónomos se
aceptan como diferentes sin
preeminencia del uno sobre el otro. Porque las diferenciaciones genéricas no deben convertirse en sustento que legitime las desigualdades entre hombres y mujeres.