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Ideología y cultura vividas

In document Michel Apple. Educacion y Poder (página 102-104)

En el capítulo 3 demostré que no relacionar las prácticas y los significa­ dos ideológicos con el conjunto de disposiciones sociales e institucionales pue­ de ser una postura monolítica. Como Gramsci, Wright y otros han ido apun­ tando inexorablemente, habrá tendencias de contrapeso y prácticas opuestas también. Estas tendencias y prácticas pueden no ser tan poderosas como las fuerzas ideológicas y materiales que apuntan hacia la reproducción; pueden ser intrínsecamente contradictorias y relativamente desorganizadas. Pero exis­ tirán; ignorarlas es ignorar que cualquier situación pueda contener elementos de resistencia, de lucha y contradicción, que actuarán contra la determinación abstracta de las experiencias reales de la vida de las personas. Como ya expli­ qué antes, la vida social y cultural es demasiado compleja para encerrarla en modelos totalmente deterministas.'’

Como dice Richard Johnson, esto sucede en parte porque la formación de prácticas y medios cotidianos que dan forma a las ideologías dominantes pueden ser inconsistentes en el fondo. Estos medios y prácticas son a menudo «profundamente contradictorias, matizadas a través [con] elementos ideoló­ gicos [y ] con elementos positivos».5 Además, junto con las creencias y accio­ nes que mantienen la dominación de las clases y grupos poderosos, habrá 3. Este no es el lugar adecuado para entrar en una discusión a fondo sobre si la clase ha perdido su fuerza como categoría central de la valoración de uno para estudiar los Esta­ dos Unidos. No es necesario decirlo, pero estoy satisfecho de ello. Para una extensa, aunque en ocasiones técnica discusión de muchos de los resultados empíricos y conceptuales apa­ recidos aquí, véase Erik Olin Wright, Class, Crisis and the State (Londres, New Left Books, 1978) y Erik Olin Wright; CZi3ií, Structure and Income Determination (Nueva York, Aca- demic Press, 1979). Véase también Jerome Karabel, «The Failure of American Socialism Reconsidered», en The Socialist Register 1979, Ralph Miliband y John Saville, eds. (Lon- - dres, Merlin Press, 1979), págs. 204-227.

4. Stanley Aronowitz, «Marx, Braverman and the Logic of Capital», The Insurgent

Sociologist V III (otoño 1978), págs. 126-146, y Wright, Class, Crisis and the State, capítu­

lo 1. Véase también Raymond Williams, Marxism and Literature (Nueva York, Oxford Uni- versity Press, 1977), Michael W. Apple, Ideology and Curriculum (Londres, Routledge and Kegan Paul, 1979) y el excelente estudio de algunas de las tradiciones discordantes en Centre for Contemporary Cultural Studies, On Ideology: Working Papers in Cultural Stu­

dies 10 (Birmingham, Inglaterra, University of Birmingham Centre for Contemporary Cul­

tural Studies, 1977).

5. Richard Johnson, «Histories of Culture/Theories of Ideology», en Ideology and

Cultural Production, Michele Barrett y colab., eds. (Nueva York, St Martin’s Press, 1979),

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elementos de comprensión profunda (aunque quizás incompleta), elementos que ven los beneficios y que penetran con profundidad en el centro de una realidad injusta. Johnson es muy clarividente cuando dice:

N o hay duda de que hay condiciones ideológicas para la existencia de un modo d e j) r o ^ c d p n _ .c p ñ c r é t o 7 ^ ^ ^ t ^ ñ o agota, en ninguna sociedad,, todo lo que pertenece a la instancia ideológica. H a y ' elementos culturales a los que el capital relativamente indiferente, y muchos que tienen gran dificul­

tad para cambiar y que permanecen presentes de forma masiva y residual.6 Es un programa claramente antirreduccionista, compartido cada vez por mayor número de teóricos de izquierdas. Los argumentos de Gramsci, Wright y Johnson muestran cuánto tenemos que aprender de quienes argumentan contra las teorías mecanicistas de la reproducción económica y cultural. Incluso un conocimiento relativamente superficial de sus ideas podría hacer que nos preguntáramos acerca de los procesos e instituciones sociales como la escuela, y evaluar su eficacia en la forma siguiente: ¿cómo es nuestro modo de pro­ ducción? ¿Qué grupos de personas y de clase se benefician más o menos de éste? ¿Cómo se realizan estos modelos de reproducción social y de beneficio diferencial en nuestra vida cotidiana, por ejemplo en los currículums actuales, en la actividad evaluativa pedagógica y educativa en la que participamos, y a la que los estudiantes responden, en las escuelas? Y aún habría que añadir algo más. Si las formas políticas e ideológico-culturales están dialécticamente rela­ cionadas con las fuerzas materiales (a menudo rectifican y median algunas de estas limitaciones y no se ciñen a ellas), ¿cómo funciona esto en estas mismas escuelas? Si las limitaciones reciben respuestas^e momento, si la reproducción se completa con el conflicto, con elementos de lucha positivos y también nega­ tivos, ¿cuáles son los campos actuales de lucha (por ejemplo, en qué se basan, sobre qué temas tratan, etc.)?

No son materias fáciles de tratar como podría imaginarse, porque nuestra valoración tiene que hacer dos cosas: no sólo debe ser estructural — es decir, debe ser lo suficientemente general en el nivel teórico, para proporcionar expli­ caciones fructíferas de cómo los órdenes sociales se organizan y controlan para conseguir una mayor acumulación de beneficio diferencial— sino que, al mismo tiempo, debería no ser tan general como para hacernos incapaces de estimar las acciones, luchas y experiencias cotidianas de los sujetos activos en su vida cotidiana, dentro y fuera de la escuela. Debe estimarse pues, cómo, dónde y por qué las personas se ven atrapadas y cómo pueden evitar serlo totalmente. Esto necesita .una perspectiva particularmente sensible, una combinación de lo qué podríamos llamarTiña aproximación socioeconómica para entender los fenómenos estructurales con lo que podría denominarse un programa cultural

Introducción | 109 de análisis para llegar a la realidad cotidiana.7 Nada menos que un programa doble, que büscá ias cdhéxlones e interrelaciones, no la limitación unilateral'de las <<áreas>> ecqnórriica, política y cultural puede vencer los problemas de los modelos infraestructura/superestructura. En resumen, lo que un marxista lla­ maría la etnografía de la vida en nuestras instituciones y alrededor de ellas. En la siguiente parte de la discusión, quiero aportar un análisis de las formas de integración dé estos elementos en una perspectiva coherente, enca- minada hacia las teorías de la determinación mecanicista. Comentaré un buen número de interesantes estudios, en particular la investigación de Paul Willis, recogida en su libro Learning to Labour

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el análisis de Robert Everhart de un joven estudiante de la última etapa en The In-Between Years,9 y la in­ vestigación de Angela McRobbie sobre las niñas de clase obrera en la es­ cuela

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Estas investigaciones aportan un importante punto de partida desde el que preguntarse sobre la relación entre las características internas de las escuelas, la cultura vivida por los estudiantes en ellas y las necesidades que las escuelas deben cubrir respecto a la legitimación y la acumulación. Nos ayudan a entender lo que sucede realmente en la escuela, cuáles son las expe­ riencias de los estudiantes hoy en día. Y al mismo tiempo, una vez más, apor­ tan valoraciones deterministas que algunos de nosotros, de izquierdas, hemos aceptado generalmente.

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