2 ¿COMO CONSTRUIMOS LA REALIDAD?
2.1. LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD.
2.1.2. LAS IDEOLOGÍAS
Lo que distingue a una ideología, según Berger y Luckmann (1967), es que un mismo universo general se interpreta de maneras diferentes que dependen de intereses creados concretos dentro de la sociedad de que se trate. La ideología, pues, está en una definición particular de la realidad anexada a un interés de poder concreto46.
De este modo, lo que es una versión de la realidad, una versión adecuada a unos
presupuestos ideológicos determinados, no se interpreta como el fruto de un orden social existente, sino como una consecuencia lógica del orden natural. Louis Althusser (1974) entendía precisamente que uno de los efectos de la ideología “es la negación práctica del carácter ideológico de la ideología... mediante la ideología”.
En la actualidad, Anthony Giddens (1991) la define como un conjunto de ideas o creencias compartidas que sirven para justificar los intereses de los grupos dominantes. Existen, pues, ideologías en todas las sociedades en las que se producen desigualdades sistemáticas y arraigadas entre grupos.
45 “La realidad de la vida cotidiana no requiere verificaciones adicionales sobre su sola presencia y más allá
de ella. Está ahí, sencillamente, como facticidad evidente de por sí e imperiosa. Sé que es real. Aun cuando pueda abrigar dudas acerca de su realidad, estoy obligado a suspender esas dudas puesto que existo rutinariamente en la vida cotidiana”. (Berger y Luckmann)
46 La enciclopedia Brockhaus nos ofrece la siguiente definición de ideología: “El conjunto de sistemas de pensamiento, valoraciones, criterios intelectuales fundamentales producido por un movimiento, un grupo social o una cultura ( a menudo se lo designa como “doctrina”) ; en un sentido específico: sistemas de ideas artificiosamente engendrado”. En Watzlawick y otros (1994).
El concepto de ideología está estrechamente relacionado con el de poder, “puesto que los sistemas ideológicos sirven para legitimar el poder diferencial que mantienen los grupos”, según Gonzalo Abril (1997),. La distorsión ideológica puede producir distintos efectos: representar como universales los intereses, valores o aspiraciones particulares de la clase dominante; hacer concebir como naturales u objetivas, y no como convencionales e históricas, las normas sociales; representar como autónomos y abstractos los productos del trabajo y de la práctica social, etc.
Antonio Gramsci abrió una línea de investigación de lo ideológico a partir de la noción de hegemonía. Su idea básica es que la dominación de clase no se ejerce sólo por imposición de la fuerza, sino a través de la creación y el mantenimiento de un espacio simbólico, un ámbito de sentidos socialmente compartidos.
Williams (1977) cree que la hegemonía es todo un cuerpo de prácticas y expectativas en cuanto a la totalidad de la vida: nuestros sentidos y asignaciones de energía, nuestra conformación de percepciones de nosotros mismos y de nuestro mundo. Es un sistema vivido de significaciones y valores; es una “cultura en el sentido más fuerte del término”. Lo hegemónico, en cuanto forma de “naturalismo social” enclavado en el sentido de la realidad, afecta, según Abril (1997) al conjunto de las experiencias de la vida cotidiana y a todos aquellos actos socialmente regulados (rituales, actividades técnicas, impartición pública de normas, etc.) que reclaman un sentido compartido y se refuerzan reflexivamente en su ejercicio. “La hegemonía afecta, pues, al sentido común en las dos acepciones de esta expresión: la capacidad general de juzgar y actuar razonablemente, y la percepción de la realidad y la normalidad generalmente compartida”.
Algunas ideologías son hegemónicas y otras son marginales; la diferencia es que las
hegemónicas han pasado por un proceso de reificación, de modo que su poder simbólico es invisible, y por ello es difícil que sean detectadas como constructo cultural por los miembros de la sociedad que comparten esa visión de la realidad.
También es difícil que perciban que esas ideologías tienen beneficiarios que trabajan para sostener su construcción de la realidad, por más que todo el mundo sepa que en el mundo capitalista “les va mejor a los ricos que a los pobres”. En general, se considera que la riqueza y la pobreza “son cosas del destino”, o que “unos nacen ricos, y otros pobres, y nosotros no hemos tenido suerte”, como si la desigualdad y la injusticia fueran nociones relacionadas con la buena o la mala suerte individual, o como si fueran algo consustancial a la realidad, y no al sistema ideológico hegemónico del capitalismo.
Pierre Bourdieu (2000), ha acuñado el término de violencia simbólica para expresar el modo en como las ideologías hegemónicas ejercen su poder simbólico sobre la realidad. Esta violencia simbólica es “amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, y se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y
del conocimiento, o más exactamente del desconocimiento, del reconocimiento, o en último término, del sentimiento”47.
Para este autor, quienes poseen el capital simbólico y quienes ejercen la violencia simbólica pueden construir la verdad e imponer una determinada visión del mundo social, establecer los criterios de diferenciación social, clasificar y construir los grupos sociales.
La violencia simbólica tiene un poder muy superior con respecto a la violencia física, y su objetivo suele ser el mantenimiento y la reproducción del orden social. El núcleo de la violencia simbólica está en la doble naturalización que es la consecuencia de la “inscripción de lo social en las cosas y en el cuerpo”. Por ello, la principal característica de esta violencia es que se ejerce sobre los individuos con su propia complicidad, y gracias a su
desconocimiento, porque no perciben la violencia como tal. Por ejemplo, si una niña pregunta a su madre porqué nunca puede estar con ella, puede que la madre se sienta culpable y conteste “porque tengo mucho trabajo” o “tengo que trabajar mucho porque no hemos nacido ricas, hija”, con resignación. Menos probable es que le explique a la niña que para que el capitalismo funcione y existan ricos y pobres, la gente tiene que entregar la mayor parte de su tiempo de vida a otras personas que poseen empresas.
El tomar conciencia de este hecho puede ser terrible para una persona, de modo que es mejor que piense que trabaja para mantenerse a sí misma, no para enriquecer a los dueños de esas empresas y perpetuar el estado de las cosas. En este sentido, Bourdieu subraya por un lado la facilidad con que la violencia simbólica se ejerce sobre los sujetos en el seno de una cultura, y por otro, la facilidad con la que los propios dominados asimilan y a su vez (re) transmiten esas ideologías dominantes:
“Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de
reconocimiento, de sumisión”.
Por ejemplo, el que se da cuando un individuo recibe un diploma por sus estudios, o cuando entra a formar parte de la comunidad católica, o de la institución matrimonial, o
simplemente cuando a través de los ritos institucionales pasa a formar parte de la
Universidad, o de un Ministerio, o de una empresa privada; en todos los casos los individuos se sienten felices de formar parte de estos ritos de institución.
Y si esto sucede es porque en ellos se crea una identidad social (a partir de ahora soy
cristiano, a partir de ahora soy padre, o soy del Barcelona F.C, o soy director de instituciones penitenciarias, o soy el portavoz de mi partido político; a partir de ahora soy una esposa, o soy budista, o soy feminista, o soy funcionaria), de modo que cuando ingresamos en empresas, instituciones, grupos sociales, etc., sentimos que formamos parte del engranaje social y nos sentimos reconocidos y reconocidas como personas o como profesionales, somos de algo, de alguien .
Es cierto que no a todo el mundo le gusta ocupar puestos de responsabilidad ni grandes cargos, y menos aún en estructuras tan competitivas y jerárquicas; pero también se da el caso contrario: las personas que se convierten en otras personas según la posición que ocupen en el organigrama de la empresa, en el estamento militar, en el aparato del partido político... Por ejemplo, el cabo que ha soportado órdenes, castigos, humillaciones por parte de su teniente puede ejercer la misma violencia, si es ascendido, con sus inferiores, perpetuando de este modo la organización jerárquica y la injusticia de un sistema desigual.
Lo impactante es descubrir que las personas asumen igualmente las estructuras de dominación independientemente de su posición: enfermo/doctor, alumno/profesor,
escritor/editor, empleado/director, ciudadano/policía, etc. A unos les toca ejercer el poder y a otros que el poder sea ejercido sobre ellos, pero en cualquier caso se asume como algo natural, y no se percibe el papel de sumisión al orden de la realidad económica, social y simbólica en la que se vive.
Las ideologías hegemónicas que se imponen reificadas se ven amenazadas continuamente por otras ideologías o visiones de la realidad alternativas, que suelen surgir en el seno mismo de esa cultura concreta como producto de la disconformidad y la crítica. También pueden ser, sin embargo, ideologías provenientes de otras culturas, espacios geográficos e incluso ideologías de otras épocas históricas que persisten en el tiempo. Cuando las culturas chocan entre sí, pueden fusionarse y mezclarse, enriqueciendo a todas las partes implicadas, o pueden entrar en guerra (de clase, de etnia, de religión, o por motivos económicos). En cualquier caso, las ideologías son un constructo cultural que las hace variables, porque se transforman con el tiempo y se interrelacionan entre sí a través de procesos de oposición, dominación o integración.
Se ha dado por supuesta la necesidad psicológica que tienen los individuos de una ideología: parece que no podemos sobrevivir psíquicamente en un universo carente de sentido y de orden. Sin embargo, asumir el mundo como dado e inmutable tiene un alto coste psíquico para muchos de los miembros de la sociedad, especialmente para los que no son
beneficiarios de la ideología hegemónica y contribuyen a crear riqueza sin disfrutar de ella. Además de las minorías marginales que no se adaptan a la realidad hegemónica, también existen grupos que se automarginan voluntariamente y viven en colectividades
autogestionadas alejadas de la sociedad de consumo actual, por ejemplo comunas hippies, punkies o libertarias, o miembros de sectas religiosas antisistémicas.
Dentro de nuestra sociedad, existen multitud de individuos adaptados a esa realidad que luchan por cambiarla desde dentro, como es el caso de las personas que luchan por un mundo más justo, igualitario y sostenible medioambientalmente. También existen artistas e intelectuales que viven en esa realidad tratando de deslegitimarla, aunque sin mucho éxito porque el sistema es capaz de integrar la protesta, la transgresión y el rechazo convirtiendo los discursos alternativos en un elemento más de la cultura, sin que ésta llegue a verse amenazada.
Las disidencias políticas, ideológicas, religiosas e individuales están continuamente
propio sistema para hacerlas inofensivas. Así sucedió con el movimiento hippie o el movimiento punk, hoy en día despolitizados y convertidos en meros patrones estéticos y musicales, o el movimiento ecologista, que pasa de ser un movimiento rebelde antisistema a ser una mera etiqueta, puesto de moda por el star system hollywoodiense y compartido por las empresas que en su publicidad insertan el color verde en sus productos para mejorar las ventas.
En general, en nuestra sociedad actual posmoderna impera el individualismo, el conformismo amnésico y la necesidad generalizada de evasión, entretenimiento y
consumismo. Pero para las personas que se relacionan con el mundo desde una perspectiva crítica y no siguen la filosofía del sálvese quien pueda, es más fácil desreificar la realidad porque saben que ésta puede ser transformada. Son gente que trabaja en la transformación de la realidad (política, económica, social) en diversos grados y desde una tremenda diversidad de perspectivas o ideologías (socialdemócratas, crtistianodemocrátas, anarquistas,
comunistas, socialistas, ecologistas, feministas, etc).
Unos se dedican a analizar, reflexionar, debatir sobre la realidad en las academias, los congresos, las publicaciones; otras la cuestionan desde el humor, el teatro, las performances o el cine, unos combaten desde otros se reúnen en colectivos, asociaciones, asambleas, etc para proponer soluciones y aportar ideas. Unos trabajan en el ámbito de lo local (se reúnen para evitar la privatización de su centro médico, para evitar la instalación de una antena de telefonía en el barrio, para pedir un centro cultural al ayuntamiento, para limpiar los ríos de la zona), y otros en el ámbito nacional (gestionar denuncias colectivas contra banqueros o políticos, trabajar por cambiar las leyes hipotecarias, etc) o global (erradicar la violencia de género, los conflictos armados, el hambre o la homofobia).
Sin embargo, también existen las posturas fundamentalistas, dictatoriales, absolutistas, ultraconservadoras que desde otros frentes también luchan por derribar, o transformar el sistema. Son muchas las personas que abrazan posturas fascistas, por ejemplo, y que creen firmemente en las jerarquías, en la acumulación de poder solo para minorías, en el
mantenimiento o aumento de los privilegios de la clase alta, en los sistemas hiperregulados donde los individuos apenas tengan margen de libertad para poder ser controlados con firmeza. Estas personas también luchan por acabar con la democracia, con los avances en el área de derechos humanos de las mujeres, con la sanidad pública o con la educación pública, con la protección de parques naturales para explotarlos comercialmente, con los derechos de las personas migrantes. 48
Creo sin embargo que vivir adaptándose a unas normas impuestas desde fuera cuando se posee un mínimo de sensibilidad y sentido crítico no es nada fácil. La adaptación a la realidad económica y social tiene un alto coste psíquico y emocional, como muestra el aumento de las enfermedades mentales que afectan a las personas que no logran/no
quieren/no pueden adecuar su realidad a la “realidad suprema”. Basta con echar un vistazo a las tasas de suicidios, homicidios, depresiones y enfermedades mentales en el Primer Mundo
48
El fundamentalismo religioso, las comunidades territoriales la autoafirmación nacionalista o incluso el orgullo de la autodenigración, al invertir los términos del discurso opresivo son todos expresiones de lo que Castells denomina la
para darnos cuenta de lo difícil que es sobrevivir en un mundo que no parece tener sentido más allá del trabajo, el consumo y la reproducción.
Muchos autores afirman que la ideología hegemónica anula la disconformidad y la crítica y mantiene a la gente entretenida con productos de consumo para que todo siga como está. La posibilidad de construir una realidad igualitaria, diversa y pacífica desde un proceso
revolucionario es contemplada por la mayoría de los habitantes de nuestras democracias como algo utópico o imposible. En primer lugar porque la Historia nos muestra que en las revoluciones también se instauran las jerarquías, se crean grupos de poder, surgen líderes de masas, y procesos de resistencia, de rechazo, o de propuestas alternativas a la hegemonía revolucionaria que son silenciadas o reprimidas, como es el caso del comunismo chino o cubano.
En segundo lugar por el miedo que despierta cualquier cambio o transformación (miedo al caos, miedo a perder las propiedades, miedo a la violencia de unos bandos contra otros), y en tercer lugar porque son millones las personas que creen que lo natural en este mundo es que unos pocos acumulen riquezas y la gran mayoría se muera de hambre. Es muy común encontrar gente que cree que uno debe conformarse con la suerte que le ha tocado, que es normal que haya ricos y pobres porque así es el mundo, así es la vida, así son las cosas. Es lo que Berger y Luckmann denominaban la reificación de la realidad, que sirve para que el sistema se autolegitime: que la gente no perciba que hay ricos y pobres porque el sistema es desigual e injusto, que la gente no se crea que la realidad podría ser de otra manera, sino que es como es, unos tienen suerte y otros no. De este modo vivimos de espaldas a otros mundos posibles porque preferimos pensar la Realidad como algo que nos viene dado desde fuera, como una estructura inmutable y eterna.
Además de instaurar esta lógica conformista, el sistema invisibiliza, neutraliza, ridiculiza o margina todas las propuestas e ideas contrarias a las hegemónicas. Se acepta la transgresión estética con mensajes vacíos, pero los discursos que promueven las transformaciones son tachados de “radicales”, un término que para los conservadores es sinónimo de “extremista o fundamentalista”, aunque en realidad tiene que ver con la voluntad de ir a la “raíz” de las cosas.
“Vivimos bajo la ingenua suposición de que la realidad es naturalmente tal como nosotros la vemos y que todo el que la ve de otra manera tiene que ser un malicioso o un demente”, afirma Paul Watzlawick (1994).
El descubrimiento de que nosotros mismos construimos nuestra realidad, y de que somos responsables del mundo en su totalidad y en mucha mayor medida de lo que admitimos, es por el momento algo casi inconcebible para nosotros, porque es más cómodo pensar que las cosas son como son y poco podemos hacer respecto a ello. Las soluciones que el propio
sistema nos propone son siempre individualistas y parciales (por ejemplo practicar la caridad, pero no transformar las leyes que perpetúan la pobreza)49.
Ideologías como el anarquismo, que prescinde del poder y propone la autoorganización y la autogestión no han triunfado sino en determinadas épocas y determinadas áreas geográficas. El principal argumento esbozado contra esta ideología, también, ha sido la de ser utópica (entendida en sentido peyorativo como irrealizable).
Sin embargo, la utopía forma parte de la capacidad simbólica del ser humano, y gracias a ella hemos logrado sociedades menos totalitarias y sangrientas como las democracias representativas actuales. Hace siglos estas democracias también fueron consideradas utópicas por esa visión pesimista hobbesiana acerca de la malvada naturaleza humana, que hace imposible la autoorganización política o social, y requiere que solo unos cuantos humanos establezcan las normas del juego y gobiernen al resto.
Para poder estudiar la ideología, coincido con Thompson (1991) en que es fundamental analizar las formas en que el significado contribuye al sostenimiento de relaciones de dominación. Una de esas formas es la fragmentación de la realidad en pares de opuestos jerarquizados: “las relaciones de dominación pueden mantenerse a través de la movilización del sentido en forma tal que fragmente a los grupos y coloque a los individuos y a los
grupos en oposición recíproca. Divide y vencerás es una conocida estrategia de los grupos dominantes”. 50
Por eso en los sistemas de poder capitalista y patriarcal estas principales divisiones del pensamiento binario se dan en torno al yo y al otro, o al “nosotros” y “ellos” y están basados en el concepto de normalidad (el normal versus el anormal), y otros conceptos como el sistema sexo-género (hombres versus mujeres), etnia (blancos/no blancos), orientación sexual (heterosexuales /homosexuales), religión, zona geográfica, etc.
Etiquetas que sirven para crear jerarquías y propiciar la exclusión social a todos aquellos que no se ajusten al concepto que tenemos de “normalidad”. Veremos más adelante como las industrias culturales y las mediáticas colaboran a propagar y difundir estos valores de modo que los llegamos a sentir como propios.