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La Construcción Sociocultural de la Realidad desde una perspectiva Queer. Coral Herrera Gómez

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Academic year: 2021

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Otras realidades

son posibles.

La construcción sociocultural de la

Realidad desde una perspectiva

Queer.

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“¿Qué es, pues, la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias,

antropomorfismos… que tras un prolongado uso parecen firmes, canónicas y obligatorias para la gente; las verdades son ilusiones que hemos olvidado que son ilusiones”.

Nietzsche (1979).

“El no poder superar la velocidad de la luz tiene toda clase de insólitas consecuencias. Es responsable de nuestro aislamiento astronómico, y no sabemos por qué no podemos superar ese límite. Estamos condenados a una perspectiva de mentalidad provincial”.

John Barrow (1998).

“No hay relación de poder sin la correlativa constitución de un campo de conocimiento, y no hay conocimiento alguno que no presuponga y constituya al mismo tiempo relaciones de poder”

Michel Foucault (1977).

“Soñamos narrando, nos ensoñamos narrando, recordamos, anticipamos, esperamos, desesperamos, creemos, dudamos, planeamos, revisamos, criticamos, construimos, charlamos, aprendemos, odiamos y amamos a través de la narración”.

Hardy (1968)

“Lo que estoy intentando vender es lo que todo el mundo quiere, felicidad. Eso es lo que todo el mundo quiere, ¿no es así?, un poco de felicidad”

Walt Disney.

“Si entendemos nuestro cuerpo como si de un hardware se tratase, podemos instalar nuevos software que escapen a la socialización hegemónica heteronormativa”

Genderhacker & Nodo Transhackerfeminista 2012

“Dividir a la humanidad en dos partes para tener la sensación de haber hecho un buen trabajo me parece bastante grotesco”. Virginia Despentes

“No hay diferencia sexual, sino una multitud de diferencias, una transversalidad de las relaciones de poder, una diversidad de las potencias de vida. Estas diferencias no son “representables” dado que son “monstruosas” y ponen en cuestión por eso mismo no sólo los regímenes de representación política sino también los sistemas de producción de saber científico de los “normales”. Beatriz Preciado (2008)

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INTRODUCCIÓN

Ciencia, sexualidad, amor, conocimiento, comunicación, género, ideología,

estructuras, cuerpos, saberes, y resistencias…

1.

¿QUÉ ES LA REALIDAD?

1.1 LA REALIDAD Y EL CONOCIMIENTO 1.2 EL SEXO Y EL CONOCIMIENTO 1.3 LA CIENCIA MODERNA

1.4 CRITICAS A LA CIENCIA MODERNA

1.4.1 LA TEORÍA CRÍTICA

1.4.2 LA INVESTIGACIÓN FEMINISTA: LA ANTROPOLOGÍA DE GÉNERO 1.4.3 LA SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO

1.4.4 EL CONSTRUCTIVISMO

1.4.5 EL CONSTRUCCIONISMO SOCIAL

1.5 EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO EN LA ACTUALIDAD 1.6 EL FIN DEL PENSAMIENTO BINARIO.

DESMONTANDO LA DICOTOMÍA NATURALEZA/CULTURA. DESMONTANDO LA DICOTOMÍA RAZÓN/EMOCIÓN.

1.7. LA REALIDAD DESDE UNA PERSPECTIVA QUEER

APORTES DE LA TEORÍA QUEER AL ANÁLISIS Y TRANSFORMACIÓN DE LA REALIDAD.

EL QUEER COMO HERRAMIENTA DE DE-CONSTRUCCIÓN Y CONSTRUCCIÓN SOCIAL.

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2

LA CONSTRUCCIÓN SOCIOCULTURAL DE LA REALIDAD

2.1 LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD. 2.1.1 LAS IDEOLOGÍAS

2.1.2 LOS MECANISMOS DE CONSTRUCCIÓN SOCIAL

2.1.3 LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA IDENTIDAD DESDE UNA PERSPECTIVA QUEER:

La construcción sociocultural de la identidad La construcción social del género

2.2 LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL DE LA REALIDAD

2.2.1 HAY OTRAS REALIDADES, PERO ESTÁN EN ÉSTA. 2.2.2 EL SENTIDO Y LAS REPRESENTACIONES

2.2.3. LAS CULTURAS Y LAS CONSTRUCCIONES CULTURALES:

EL LENGUAJE Y LOS SÍMBOLOS LOS MITOS Y LOS RITOS

LAS NARRACIONES HUMANAS

EL FIN DE LA HISTORIA: EL POSMODERNISMO CULTURAL

2.2.4. LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL DE LA IDENTIDAD

3

PROPUESTAS PARA TRANSFORMAR LA CONSTRUCCIÓN

DE LA REALIDAD DESDE LA COMUNICACIÓN

BIBLIOGRAFÍA

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¿Cómo construimos la Realidad?, ¿cómo la percibimos y cuáles son nuestras limitaciones físicas y cognitivas para poder entenderla?, ¿qué es la Realidad?, ¿quién o quienes definen lo que es real?, ¿son la misma cosa la realidad y la ficción, se diferencian en algo?, ¿cómo aprendemos a pensar y a sentir?, ¿cómo aprendemos a ser hombres o mujeres?, ¿quién define lo que es “normal” y lo que no lo es?, ¿cómo construimos la cultura y la ciencia actual?, ¿cómo heredamos y transmitimos las estructuras?, ¿cómo atraviesa la ideología el cuerpo humano?, ¿cómo actúa la ideología capitalista y patriarcal en nuestra forma de convivir, de relacionarnos y de organizarnos?, ¿por qué los medios no representan la diversidad y la complejidad de la realidad?, ¿por qué hay realidades visibles, y realidades invisibles?, ¿por qué unas realidades valen más que otras?, ¿por qué pensamos en términos de blanco/negro?, ¿para qué sirven los mitos?, ¿cómo creamos conocimiento?, ¿qué es lo que no podemos conocer?, ¿son el amor y el sexo vías de conocimiento?, ¿cómo podemos empezar a pensar de otras maneras?, ¿cómo romper con las estructuras binarias del

patriarcado?, ¿cómo inventarnos otros cuentos, otros métodos, otras hipótesis, otras preguntas, otras dudas, otras formas de pensar, de construir y de relacionarnos con la realidad?

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INTRODUCCIÓN

Ciencia, sexualidad, amor, conocimiento, comunicación, género, ideología,

estructuras, cuerpos, saberes, y resistencias…

Otras realidades son posibles: otras formas de pensar, otras visiones de mundo, otras formas de comunicarnos, de intercambiar información y saberes, de transmitir conocimientos, de hacernos preguntas, de narrar la Historia del pasado y del presente, son posibles. Otras formas de estar y de relacionarnos con nuestro entorno son posibles. Otras formas de percibir y conocer, y otras formas de hacer ciencia y de producir cultura son también posibles. Otras formas de construir nuestra identidad, de relacionarnos con nuestros cuerpos, de amar y de organizarnos social, afectiva y políticamente, son posibles. Y necesarias.

Escribo este libro desde el convencimiento de que podemos transformar la Realidad porque es una construcción social, política, económica y cultural que puede deconstruirse,

transformarse, mutar, revolucionarse. Mi apuesta es reivindicar la complejidad y la diversidad del mundo que construimos entre todos y todas, dejar atrás el pensamiento binario que reduce la realidad a dos pares de opuestos, deshacernos de las ideologías hegemónicas que perpetúan el capitalismo y el patriarcado dentro de cada uno de nosotros, cuestionar todas las verdades dadas por supuestas.

Mi enfoque está basado en la teoría queer, que reivindica la subjetividad, que sigue

criticando la normalidad y la verdad, que visibiliza lo invisible, que rompe con la tradición y la modernidad, y aplica un enfoque transdisciplinar y diverso en la forma de hacer ciencia y de pensar la Realidad.

marco teórico

Esta obra surge del primer capítulo de mi tesis doctoral1, que estuvo centrada en la investigación sobre la construcción social y cultural de la realidad, de las identidades de género, y del amor romántico. Este libro es una síntesis subjetiva de la crítica al pensamiento binario y la ciencia tradicional en la que aporto una visión queer al análisis del conocimiento sobre la Realidad. En Otras realidades son posibles he querido analizar el modo en que nos adaptamos a la norma, o nos alejamos de ella: todos los procesos de imposición generan resistencias, de ahí que podamos jugar con la Realidad, deconstruirla, desmontarla, analizarla, y elaborar nuevas construcciones bajo la premisa de que otras realidades son posibles.

La Realidad que construimos está determinada por la ideología capitalista y patriarcal que atraviesa nuestras estructuras sociales, económicas, políticas, culturales, y religiosas. Pero también construye y determina nuestras estructuras afectivas, emocionales y sexuales.

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Atraviesa nuestro deseo, nuestros cuerpos, nuestra autoestima, y nos limita a la hora de relacionarnos con la comunidad en la que vivimos.

La ideología es transmitida por la cultura, en ella se articulan todos los procesos de construcción de pensamiento y conocimiento, interconectados entre sí de modo que

conforman una Realidad completa, coherente, sólida. A través de los productos culturales y la comunicación de la información, se transmite una visión del mundo y se invisibilizan otras perspectivas y otras formas de construir y relacionarse con la Realidad.

La ideología hegemónica es entonces, el eje vertebrador de nuestras formas de organización, de lenguaje y pensamiento, de relación con el mundo y con nuestros semejantes. Desde esa ideología se construyen mapas, esquemas, modelos de referencia que sirven para imponer unas estructuras emocionales y sentimentales. A través de la cultura aprendemos lo que es “normal” y lo que no lo es, y asumimos todas las estructuras impuestas como si fueran “naturales”, divinas o eternas.

Afortunadamente, nuestra perspectiva crítica nos permite cuestionar las normas, las

estructuras, las creencias, los modelos y los patrones que aprendemos en nuestro proceso de socialización y educación. Esta capacidad de cuestionamiento nos permite analizar

críticamente la Realidad y deconstruir el concepto de “normalidad” o el de “naturalidad” que se impone en cada época histórica de acuerdo a la ideología hegemónica de cada sistema social y cultural.

En las sociedades occidentales la ideología hegemónica está basada en las jerarquías de poder, en las categorizaciones excluyentes, y en las oposiciones duales. La estructura de pensamiento más primaria que heredamos y que seguimos utilizando para pensar es el “pensamiento binario”, según el cual percibimos la realidad desde pares de opuestos. Cada par de etiquetas contiene dentro de sí extremos basados en la idea de lo bueno y lo malo, lo superior y lo inferior: por eso dividimos el mundo entre buenos/malos, ricos/pobres,

normales/raros, blancos/negros, masculino/femenino, civilizados/salvajes, heterosexuales/homosexuales, colonizadores/colonizados.

Esta es la razón por la cual no nos gusta la ambigüedad, nos da miedo lo que no logramos etiquetar, nos inquieta la indefinición, y nos sentimos perdidos cuando un objeto, ser vivo o situación es inclasificable dentro de nuestras reducidas estructuras mentales. Quizás por este miedo a lo desconocido o a lo diferente, la gente rechaza otras orientaciones sexuales, otros acentos, otros colores de piel, otras religiones, u otras formas de pensar.

La ideología occidental hegemónica basada en el pensamiento binario y jerárquico tiene tres vertientes: la económica (capitalismo), la política (democracias), la sociocultural y

emocional (el patriarcado). Estas tres grandes construcciones están interrelacionadas entre sí, se apoyan mutuamente, y se nutren de la misma ideología: unos gobiernan, otros son

gobernados; unos tienen los medios de producción, otros trabajan para ellos; unos tienen privilegios, otros tienen necesidades; unos emiten información, otros la consumen. Vivimos en un sistema diseñado para el bienestar de las minorías que acumulan poder.

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Para que este sistema basado en la desigualdad y la acumulación de poder se sostenga es necesario transmitir sus valores a través de los medios de comunicación, de modo que todos asumamos como propios intereses ajenos y necesidades fabricadas por otros. Aprehendemos el mundo, aprendemos a pensar, a hablar, a sentir, a relacionarnos con los demás, a con-vivir en nuestra sociedad a través de las instancias educativas, pero principalmente a través de la cultura, que nos ofrece modelos a seguir, idealizados y mitificados.

Estas estructuras socioculturales nos resultan reconfortantes porque nos permiten desarrollar nuestra identidad para poder integrarnos y adaptarnos a la comunidad en la que vivimos. Pero también nos limitan y nos aprisionan porque son las únicas que tenemos, y porque cualquiera que se desvíe de la estructura normativa es señalado, condenado o rechazado por las estructuras judiciales, legales, y sociales que marginan todo aquello que no se ajusta a la visión de mundo propuesta por el capitalismo patriarcal.

Sin embargo, otros sistemas de pensamiento son posibles, y más allá de estas estructuras simples y representaciones tipificadas, la realidad es más compleja, rica y diversa. Si nuestros productos culturales y mediáticos son tan repetitivos es porque el sistema, para seguir funcionando, necesita mostrarnos héroes y heroínas con quien nos podamos identificar, conflictos entre extremos y soluciones sencillas, pensamientos reduccionistas, pensamientos mágico-religiosos que moldeen nuestras aspiraciones. Nos crean las metas a seguir y como no nos enseñan a gestionar las emociones, nos ofrecen relatos en los que nos transmiten las estructuras emocionales para sentir “patriarcalmente”. Por eso amamos patriarcalmente.

Los sistemas educativos son una pieza esencial en la perpetuación del statu quo de la realidad: en ellos los niños y las niñas asumen conceptos e internalizan los valores de nuestra sociedad sin elaborarlos con una perspectiva crítica. Las preguntas incómodas con contestadas con verdades absolutas para que todo siga como está: por eso en los medios de comunicación la diversidad de la realidad es invisibilizada y por eso solo vemos modelos basados en patrones tradicionales cargados de ideología individualista y consumista. La sociedad, de algún modo, tiene que lograr que sus miembros adopten los patrones de conducta sin demasiadas transgresiones, pues las protestas y los cuestionamientos son perjudiciales para la salud de cualquier sistema basado en los grupos de poder y las categorizaciones establecidas para crear diferencias.

La Verdad es una de las mejores herramientas para hacernos creer que unas cosas son ciertas y otras son mentira. La Verdad varía según el punto de vista desde el que se enuncie, pero nos la presentan como algo absoluto, cerrado en sí mismo, objetivo “porque sí”, y que requiere aceptación inmediata, como el acto de fe. Gracias a la verdad creemos poder distinguir, también, qué es ficción y qué es real.

La Realidad es una construcción creada desde las instituciones, desde los grupos de poder económico, desde los grupos de poder político, desde nuestras vidas cotidianas, por eso puede transformarse, cuestionarse, derribar antiguas estructuras e inventar otras nuevas. Los medios de comunicación y las industrias culturales nos transmiten y crean la Realidad desde

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la ideología hegemónica, pero afortunadamente existen otras formas de percibir, pensar y comunicar las diferentes realidades en las que vivimos.

Todos nosotros, todas nosotras, construimos nuestra realidad individual y colectiva día a día, y son minoría las personas que se adaptan fielmente al sistema propuesto por la televisión y los medios tradicionales, dada esta capacidad humana para generar crítica, para analizar los mensajes y las normas que se nos imponen, y para proponer nuevas formas de construir la Realidad, o de visibilizar las realidades.

enfoque queer

El enfoque queer desde el que he trabajado pretende aportar a la deconstrucción del pensamiento binario, explicar por qué pensamos en sistemas de pares de opuestos, y visibilizar el modo en esta forma de pensar nos empobrece y nos limita. La reivindicación política de este texto reside además en la visibilización de nuevas formas de pensar, de percibir, de relacionarnos con la realidad. Visibilizar, también, otras ideologías alternativas que sostienen otros discursos, que crean otras performances, que nos cuentan otros cuentos. En este siglo XXI; el Queer ha incorporado la identidad, el género, el cuerpo y la sexualidad como construcciones sociopolíticas al análisis de la Realidad y del conocimiento. Y desde hace unos años, estamos también incorporando las emociones y los sentimientos, porque son asimismo construcciones culturales y sociales basadas en la misma ideología hegemónica. El Queer no es una metodología ni posee pretensiones de universalidad, de modo que no existe una “nueva forma de pensar” que nos sirva de guía. Tampoco tiene un modelo ideal o una propuesta determinada en el ámbito económico o político. Sin embargo, para mí es esencial como herramienta de análisis y de activismo sociopolítico, precisamente porque no ofrece paraísos ni utopías ni esquemas con carácter absolutista, y permite así que se sucedan las críticas y las propuestas con mucho mayor margen de maniobra.

Además al rechazar los binomios, el queer no se instala cómodamente en el activismo o en el academicismo, sino que transita entre la calle y las aulas, los museos y las discotecas, los congresos y los centros sociales okupados. Los procesos de crítica y la demolición de los edificios de la tradición se producen desde todos los rincones de nuestra cultura y se dirigen hacia todos los frentes, en todos los niveles.

La Teoría Queer tiene una línea de continuidad con los feminismos y el posestructuralismo, pero su producción artística, intelectual y su lucha social le convierten en una corriente más integral, pues no se encajona en un solo ámbito o disciplina y ofrece miradas diversas sobre la realidad.

Al no creer en el concepto de “verdad”, no ofrece soluciones totalizantes ni mapas para reconducir el sistema hacia un punto determinado. El Queer está descentralizado, y teóricamente tampoco acoge en su seno las jerarquías características de los sistemas democráticos en los que vivimos. De este modo, el Queer se parece a Internet en que los

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textos, las deconstrucciones, las preguntas, las propuestas, las imágenes, las reflexiones, se relacionan de un modo horizontal, esto es: unos textos no son más válidos que otros, y unas preguntas no son más representativas que otras.

El Queer reivindica la complejidad de la realidad, la visibilización de lo invisible, la necesidad de defender la diversidad frente a los procesos de homogeneización y

globalización cultural. El Queer entona un “nosotros/nosotras” radicalmente inclusivo que reniega del individualismo del “sálvese quien pueda” y del miedo atroz al otro, a los otros, a las diferentes, a los extraños, a las extranjeras, a los negros, a los rojos, a las mujeres

transexuales, a los maricas, a las raras. Los y las queers hacen gala de sus rarezas, de sus diferencias, y claman contra toda forma de pensamiento autoritaria y rígida.

De este modo, el queer no solo rompe con el pensamiento binario, sino también con toda la producción asociada a este pensamiento binario y jerárquico: el patriarcado, la

globalización, las democracias actuales, el fascismo y el capitalismo. Pero también con toda forma de hegemonía que al imponerse sobre las demás ideologías, discrimina a las mal llamadas “minorías”. El racismo, el sexismo, la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, la misoginia y el machismo son todas enfermedades sociales que rechazan la diversidad y provocan muchos millones de muertos cada año en todo el mundo.

Desde esta postura crítica, posestructuralista, deconstructivista, feminista y queer partimos para analizar los planteamientos de diversos teóricos y teóricas de diferentes épocas

históricas que han institucionalizado el pensamiento binario como un fenómeno “natural” en la Humanidad. Y a partir de ahí visibilizar a aquellos y aquellas que proponen sistemas más diversos y complejos de pensamiento y que se dedican a seguir batallando por deconstruir los pilares de conceptos contrarios sobre los que se asienta nuestra cultura

(objetivo/subjetivo, correcto/incorrecto, orden/caos, razón/emoción, masculino/femenino). Mi intención ha sido trabajar desde el pensamiento en red queerizado que conecta todas las dimensiones de las realidades para explicar cómo interaccionan y se influyen mutuamente la dimensión política, económica, social, sexual, emocional, cultural, religiosa. Creo que lo personal es político, que lo que se construye se puede deconstruir, y que otras realidades son posibles.

Construcciones y deconstrucciones

El libro comienza con un breve recorrido cronológico por la Historia de las ciencias y las filosofías de nuestra civilización occidental desde una perspectiva crítica y multidisciplinar. El primer capítulo es un breve repaso por las principales corrientes teóricas que han

reflexionado en torno a la Realidad como fenómeno completamente externo a nosotros, o como un constructo sociocultural que varía según las épocas históricas, o las zonas

geográficas. Navegaremos por esas reflexiones en torno a cómo percibimos la Realidad, y los límites físicos y culturales de la percepción en la especie humana. Analizaremos nuestro papel como constructores y constructoras de realidad en el ámbito político, económico,

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social, cultural, religioso, ético y moral, sexual y emocional, desde las instituciones que creamos y desde nuestras vidas cotidianas.

Para ello repasaremos brevemente los mecanismos de construcción de realidad que propusieron Berger y Luckmann, de modo que entendamos un poco mejor cómo los humanos aprendemos a pensar y a comportarnos, como aprendemos a sentir y a

relacionarnos, como asumimos y rechazamos normas, como las transmitimos a la siguiente generación, como aprendemos a reprimirnos en sociedad. Solo que lo haremos con un enfoque de género, transversal en todo el estudio.

La construcción de las identidades determina nuestro modo de ser, de estar, de sentir, de comportarnos, de relacionarnos con el mundo, de tomar decisiones, del disfrute de nuestra sexualidad, entre otras muchas cosas. La apuesta tras la reflexión en torno a la construcción del género es romper con las etiquetas que nos encierran en roles bajo estereotipos

reduccionistas que constriñen nuestra libertad, nuestros afectos, nuestras trayectorias profesionales y vitales. Para ello es vital que deconstruyamos los mitos, que apostemos por otros productos culturales alternativos a la tradición, que inventemos otros modelos de referencia, que sigamos construyendo nuestros medios de comunicación.

Analizaremos cómo los medios de masas construyen realidades que asumimos como

verdades inmutables: a través del espectáculo y de la seducción mágica de los relatos se nos imponen unos patrones sentimentales que poseen unas consecuencias visibles en nuestro modo de organizarnos política, económica y socialmente.

Estos mensajes de ideología están invisibilizados, pero se repiten hasta el infinito: la publicidad, las empresas, los bancos, los partidos políticos, las élites eclesiásticas, las élites monárquicas. Es un discurso conservador y sumamente mitificado por los medios, que nos ofrecen paraísos emocionales, utopías amorosas y realidades ficcionalizadas. No solo nos ofrecen paraísos, sino que reprimen el resto de paraísos no hegemónicos. Nuestra sociedad, afirmaron Freud y Marcuse, está basada en la represión de nuestros instintos sexuales. Cada cultura posee sus tabúes, normas, prohibiciones, creencias y costumbres, en torno a la sexualidad y las emociones.

Amor y sexo están regulados para que nos adaptemos al esquema de

normalidad/anormalidad construido desde la hegemonía ideológica. La ideología patriarcal y capitalista construye estas estructuras amorosas desde la cultura: teorías, ritos,

mandamientos, creencias, mitos, discursos, declaraciones, relatos, canciones, noticias. La cultura está influida e influye en las demás estructuras. Entonces crea y a la vez refleja, en un proceso bidireccional múltiple, la sociedad, la política, la economía, los medios de comunicación, etc. Por eso los medios son fundamentales en la actualidad para explicar cómo se crea la realidad desde la cultura, y como la ideología hegemónica es el hilo conductor de todas nuestras demás construcciones.

El capitalismo y el patriarcado no son solo estructuras sociopolíticas y económicas. Se encuentran insertos también en nuestros cuerpos, en nuestro deseo, en nuestras estructuras

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emocionales, y determinan nuestro comportamiento, deseo, sentimientos, aspiraciones. Por tanto escriben el guión de nuestra historia de vida, instauran los raíles por donde nuestra cotidianidad va a transcurrir, determinan nuestra identidad, nuestra sexualidad, nuestras profesiones, nuestras maternidades, nuestro modo de vida, nuestras relaciones.

Tener en cuenta como se construye Realidad desde estos esquemas hegemónicos nos sirve para poder desmontarla y para la construcción de otras realidades posibles.

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“Vivimos bajo la ingenua suposición de que la realidad es naturalmente tal como nosotros la vemos y que todo el que la ve de otra manera tiene que ser un malicioso o un demente”. Paul Watzlawick (1994).

1

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1 ¿QUÉ ES LA REALIDAD?

1.1. LA REALIDAD Y EL CONOCIMIENTO.

¿Qué es la realidad?, ¿podemos conocerla?, ¿cómo podemos acceder a ella?, son algunas de las preguntas que se ha formulado el ser humano desde la Antigüedad hasta nuestros días. Estas preguntas han ido ligadas a la noción de la apariencia de las cosas, al modo en como captamos la realidad a través de nuestros sentidos (si lo hacemos fidedignamente o estamos limitados por nuestros sistemas de percepción), y sobre todo, a los límites en torno a qué es lo que podemos conocer.

Occidente y Oriente han sostenido dos formas contrapuestas de entender qué es la realidad. La Filosofía Oriental es holística en el sentido de que no divide las esferas de la realidad dicotómicamente, sino que las integra en un todo. El vacío está integrado en la nada, lo masculino en lo femenino, el bien en el mal, la cultura en la naturaleza, y viceversa. En la mentalidad oriental el acceso a la realidad está determinado por dos dimensiones que no se superponen jerárquicamente, sino que ambas explican y conforman lo real. Por ejemplo, la muerte para el pensamiento oriental no es algo distinto de la vida, no considera que sean conceptos contrarios o paradójicos entre sí; ambos se engloban en un todo y no pueden entenderse el uno sin el otro.

Para el pensamiento oriental, la realidad es una ilusión creada por nuestra mente, y percibimos influidos no solo por nuestros pensamientos, sino también por nuestros condicionamientos sociales, culturales, religiosos, emocionales y sentimentales. El ser humano esta constreñido por las restricciones que impone el Ego en forma de miedo, deseo, intereses personales, subjetividades, etc.

Parte de la Filosofía Oriental ha insistido en que lo único que podemos tratar de conocer es nuestra propia mente, y liberarla de sus ataduras, prejuicios, valores, etc. para poder tener acceso a lo que es. “Toda cosa que vemos, la vemos a través de nuestra propia experiencia, de nuestro propio trasfondo. De modo que la realidad no puede ser totalmente

independiente del hombre”, afirma Krishnamurti (1975).

Como el ser humano conoce a través de su mente, nunca podrá conocer la realidad porque siempre la verá distorsionada, a través de un proceso de autoengaño e ilusión. De modo que siendo todo una ilusión, siempre surge la pregunta de si hay algo que podamos conocer, si hay un afuera de nuestras construcciones mentales y sociales, si existe una realidad no condicionada culturalmente, de carácter objetivo o universal.

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La Filosofía y el pensamiento occidental evolucionaron por caminos totalmente diferentes, hasta llegar a un proceso de empirismo y positivismo que entendía que solo es real lo que se puede comprobar por los sentidos, a través de la experiencia. Una de las características fundamentales del modo de pensar occidental es que divide la realidad en dos categorías contradictorias (cuerpo/alma, hombre/mujer, fuerza/debilidad, día/noche, etc.).

Estas dicotomías encuentran su fundamentación metafísica en el dualismo ontológico de Platón, creador del logocentrismo y de la metafísica de la identidad. Para el filósofo griego, la realidad se presenta dividida en dos mundos distintos y contrapuestos: por una parte, el mundo superior, invisible, eterno e inmutable de las ideas y, por otra, el universo físico, visible, material, sujeto a cambios y a mutaciones. Purificación Mayobre (2007) entiende que el dualismo ontológico platónico da pie a un “dualismo antropológico que,

consecuentemente con los principios metafísicos en los que se basa, defiende la idea de que es el alma, la mente o la razón la que permite trascender lo meramente corporal, lo casi animalesco, y alcanzar la dignidad humana. Dicho estatuto humano según la filosofía platónica está sólo al alcance de los varones, ya que las mujeres participan muy imperfectamente de la capacidad racional”.

La filosofía de Platón es, pues, para esta autora, la causante de una importante jerarquía entre espíritu y naturaleza, mente y cuerpo, hombre y mujer etc., a pesar de que Platón admite una cierta interconexión entre ambos mundos. Para el filósofo griego, la filosofía es amor a la sabiduría y no solamente la posesión de la sabiduría, por lo que “Eros” (el amor) desempeña un papel esencial de mediador entre el mundo sensible y el inteligible. Sin embargo, el Eros estará reservado sólo a los varones y será precisamente ese amor homosexual lo que permita que los varones den a luz a la Filosofía.

Aristóteles, en esta línea, también afirmó que la realidad está dividida en pares de opuestos, que son la base del pensamiento humano y nuestra forma de acceso al conocimiento. Esta idea culmina en la Ley del Tercio Excluso, que forma parte de las denominadas leyes del pensamiento (junto con el principio de identidad, de no contradicción y de razón suficiente) elaboradas por Aristóteles y que han seguido vigentes hasta el siglo XX. Esta ley también se conoce como "tertium non datur" ('una tercera (cosa) no se da), y según este principio, toda proposición es verdadera o falsa. Entre estos dos valores de verdad no se admite nada intermedio o “tercero”.

Sin embargo, esta concepción dualista y excluyente de la realidad es anterior a Platón y Aristóteles, ellos solo llevaron a cabo una sistematización de esta forma de pensar. Hay científicos e intelectuales que defienden la idea de que esta estructura de pensamiento es universal; por ejemplo desde el paradigma estructuralista de Lévi-Strauss, que en su estudio sobre cómo la mente estructura y organiza ideas sugiere la existencia de una estructura profunda del pensamiento humano que realiza el mismo tipo de procesos mentales en todas las sociedades en forma de contrastes binarios. Según él, las categorías naturaleza y cultura forman una matriz dicotómica que la mente humana desarrolla para organizar el mundo: “Sostenemos que todo lo que es universal en el hombre corresponde al orden de la

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norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y de lo particular” (Lévi-Strauss, 1949).

Otros autores piensan que aun siendo un sistema básico de comprensión de la realidad, ni es el único ni es el caldo primigenio del que surgen todas las culturas humanas. Joseph

Campell desde la antropología, por ejemplo, afirma que esta forma de pensar (binaria y jerárquica) se impuso como consecuencia de una mutación fundamental que

experimentaron algunas culturas humanas a finales de la Edad del Bronce y principios de la Edad del Hierro: la sustitución de la Gran Diosa o la Madre Naturaleza por dioses y mitos patriarcales.

Joseph Campbell (1964), explica en su obra que en la primera de las grandes civilizaciones, Sumeria (3500-2350 a.C.), la Gran Diosa de veneración suprema fue un símbolo metafísico totalizante, que abarcaba toda la realidad, la cognoscible y la incognoscible, el tiempo y la materia, lo oscuro y lo luminoso, lo masculino y lo femenino.

“En los más antiguos mitos y ritos de la madre tanto los aspectos luminosos como los oscuros de esa mezcla de ambos que es la vida, habían sido honrados por igual, mientras que en los posteriores mitos patriarcales, orientados hacia el varón, todo lo que es bueno y noble se atribuía a los nuevos y heroicos dioses dominantes, dejando a los poderes

naturales nativos sólo el carácter de oscuridad, al que ahora se añadía también un juicio moral negativo”.

Según Campbell, los nómadas arios desde el Norte, y los semitas del Sur, pastores de ovejas y cabras, impusieron violentamente estos héroes y dioses masculinos. Las literaturas de la primera Edad del Hierro están atravesadas por el tema de la conquista por un héroe radiante del monstruo oscuro y desacreditado del anterior orden divino, de cuyos anillos se obtendría algún tesoro: una doncella, una tierra, un regalo de oro o la liberación de la tiranía del propio monstruo.

En la cultura griega, gracias a la victoria de Zeus sobre Tifón, (el menor de los hijos de Gea, la Diosa Tierra), quedó asegurado el reino de los dioses patriarcales del Monte Olimpo sobre la anterior progenie de la Gran Diosa Madre.

“En Occidente, el principio de indeterminación representado por el héroe que actúa sobre la historia, dotado de libre albedrío, no solamente conquistó el terreno, sino que lo ocupó y lo ha conservado hasta el presente. Esta victoria del libre albedrío, junto con su corolario de moral de la responsabilidad individual, establece la primera característica destacada del mito específicamente occidental: aquí quiero incluir mitos no sólo de la Europa aria

(griegos, romanos, celtas y germanos) sino también de los pueblos semitas y arios de Levante (semitas, babilonios, fenicios, hebreos, árabes, arios, persas, armenios, frigios, tracios, eslavos, etc.). Porque, tanto si pensamos en las historias de Zeus y Apolo, Teseo, Perseo, Jasón y los demás sobre los dragones de la Edad de Oro, como en las de Yahvé sobre Leviatán, la lección que se obtiene es la de un poder autónomo más grande que la fuerza de cualquier destino sujeto a la tierra como el de la serpiente”.

Según Jane Ellen Harrison, citada por Campbell, esta mitología se presenta

“primero y principalmente como protesta contra la adoración del Tierra y los demonios de la fertilidad de la tierra. Así, el punto de vista patriarcal se distingue de la anterior visión arcaica porque separa a todos los pares de opuestos: varón y hembra, vida y muerte, bueno

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y malo, verdad y mentira, como si fueran absolutos en sí mismos, y no meros aspectos de la más amplia entidad de la vida”.

En la India, en cambio, la antigua mitología del poder de la serpiente recuperó fuerza al poco tiempo, hasta que hacia la mitad del primer milenio a.C. absorbió la totalidad del panteón y el espíritu de los dioses védicos –Indra, Mitra, Vayu y los demás. La diosa Kali de la India concede con la mano derecha sus dones y en la izquierda sostiene una espada alzada. De Kali nacen todos los seres del universo, sin embargo la lengua le cuelga roja y larga para lamer su sangre. Lleva un collar de cráneos y una falda de brazos y piernas amputadas. Ella es el Tiempo Negro, tanto la vida como la muerte de todos los seres, el útero y la tumba del mundo: la primigenia, la sola y la única, la realidad última de la naturaleza, de quien los propios dioses no son sino los agentes operantes.

El poder de la Diosa Madre acabó prevaleciendo de tal manera que el principio de iniciativa del Ego masculino fue suprimido, incluso hasta el punto de anular el deseo de vida

individual. En Grecia, sin embargo, la voluntad y el Ego masculino no sólo se mantuvieron, según Campbell, sino que prosperaron de una forma que en aquella época fue única en el mundo, por la forma de una inteligencia responsable de sí misma, que considera

racionalmente y juzga responsablemente el mundo de los hechos empíricos, con la intención última no de servir a los dioses, sino de desarrollar y madurar al ser humano.

Los rituales hindúes del sacrifico humano ante Kali ignoraban al individuo; eran disciplinas destinadas a inspirar y consumar una espiritualidad de devoción impersonal a los arquetipos mitológicos del orden social. Pero en Grecia, con su apreciación apolínea de la forma individual, su belleza y su excelencia particular, el acento de los antiguos temas míticos básicos pasó del arquetipo repetido continuamente a la individualidad única de cada víctima en particular: y no sólo a esta individualidad, sino también a todo el orden de valores que podemos llamar “personal” en oposición a los impersonales. Este cambio trascendental es lo que Campbell señala como el milagro griego, y afirma que es comparable a una mutación psicológica evolutiva.

La victoria de las deidades patriarcales sobre las anteriores matriarcales no fue tan decisiva en la esfera grecorromana (los dioses no exterminaron a las diosas de la Tierra, sino que se casaron con ellas, con lo cual siguieron teniendo poder e influencia) como en los mitos del Antiguo Testamento: “En la mitología de los nuevos dioses se dirigió la atención hacia las figuras en primer plano de la dualidad y el combate, poder, beneficio y pérdida, por donde suele discurrir el pensamiento del hombre de acción. Mientras que el propósito de la mitología anterior había sido sostener un estado de indiferencia hacia las modalidades del tiempo y la identificación con el misterio no dual que reside en todo ser, el de la nueva era exactamente lo opuesto: alentar la acción en el terreno del tiempo, donde el sujeto y el objeto son dos separados y no iguales, donde A no es B, la muerte no es la vida, la virtud no es un vicio, y el asesino no es el asesinado. Todo es simple, luminoso y recto”.

Según Joseph Campbell, la nueva mitología se utiliza para crear no sólo un nuevo orden social, sino también una psicología nueva, una nueva verdad, una nueva estructura de

pensamiento y sentimiento humana a la que se atribuye alcance cósmico. La batalla, como si fuera la de los dioses contra los Titanes antes del principio del mundo, en realidad se libró

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entre dos aspectos de la psique humana en un momento crítico de la historia, cuando las funciones racionales y luminosas, bajo el signo del Varón Heroico, derrotaron a la fascinación del oscuro misterio de los más profundos niveles del alma.

Además, Campbell cree que el hecho de que la Gran Diosa Madre haya sido relegada, insultada, sustituida, y asesinada por sus propios hijos en la mitología griega sigue actuando como oponente en el inconsciente de la civilización actual, lo que ha creado una especie de neurosis de evitar todo lo que ella representaba y ha reducido nuestro pensamiento a pares de elementos en los que uno prevalece sobre el otro, declarándose superior y conformando dimensiones jerárquicas que marginan lo oscuro, lo misterioso, y lo que se presenta

inaccesible a la razón.

La revolución patriarcal contra la parte femenina de la sociedad fue decisiva para el establecimiento de un sistema patriarcal. La base de esta revolución, según Campbell, fue de carácter cultural: se impusieron símbolos y héroes masculinos, se aniquilaron o relegaron los femeninos, y de este modo comenzó un sistema patriarcal con consecuencias en

políticas, sociales y económicas conocidas hoy por todos nosotros.

Un vestigio de la denigración simbólica de lo femenino es que en nuestras sociedades, aún en la fase Terminal del patriarcado, sigue sin valorar ni incentivar la tarea reproductora y las esenciales tareas cotidianas para la supervivencia de la especie. Seguimos viviendo en una cultura violenta que no otorga prestigio a la capacidad de dar vida, sino que venera y admira la capacidad de dar muerte y someter al Otro.

En el seno de este sistema patriarcal encontramos que nuestra concepción de la realidad se reduce a dos colores: blanco o negro. Es de este modo cómo, durante siglos, hemos estado insertos en un paradigma de conocimiento de carácter dialéctico, tratando de acercarnos a la Realidad (si esta existiese) mediante pares de elementos que se oponen entre sí:

razón/emoción, cultura/naturaleza, mente/cuerpo, masculino/femenino, sujeto/objeto, verdad/falsedad… En este orden opera el dominio de una sobre otra, dejando a un lado todo lo que se considera malo, falso, caótico, oscuro o irracional.

Este pensamiento binario basado en términos contrarios tuvo, a mi juicio, unas consecuencias desastrosas porque propició el reduccionismo, la polarización y la

simplificación del pensamiento, empobreciéndolo y limitándolo. Afortunadamente, una vez superada la oposición entre naturaleza y cultura, y una vez cuestionada la ley dicotómica del tercio excluso, el pensamiento posmoderno llegará a reconocer la importancia de lo que Edgar Morín denomina pensamiento complejo, el pensamiento en red de Helen Fisher o la Teoría Queer; todas estas perspectivas pretenden tomar en cuenta multitud de variantes y factores que actúan interrelacionados, lo que ha ampliado las posibilidades de conocimiento y ha abierto numerosas áreas de investigación, entre ellas las dedicadas al estudio de las emociones que atraviesan toda nuestra sociedad y nuestra cultura.

Pero antes de llegar a esta propuesta holística, queremos repasar brevemente la evolución del pensamiento Occidental desde Platón a la actualidad atendiendo principalmente al modo en cómo el ser humano se ha acercado al conocimiento desde la Ciencia y la Filosofía, y otras

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disciplinas científicas a través de la cual tratamos de entender , pero también de construir, la Realidad.

1.2. EL SEXO Y EL CONOCIMIENTO.

Para Evelyn Fox Keller (1989) las respuestas a las cuestiones fundamentales de qué es lo que hace posible el conocimiento y de cómo podremos llegar a ese conocimiento, están vinculadas a las imágenes subyacentes de mente y naturaleza, de sujeto y objeto. Para esta autora, sin mediación, puesta en común o intercambio entre sujeto y objeto, no es posible el conocimiento. En la historia occidental, una de las metáforas más comunes de esa mediación ha sido la relación sexual: el conocimiento es una forma de consumación del mismo modo que el sexo es una forma de conocimiento.

Siguiendo a Keller, nos centraremos en este apartado en dos autores que sostuvieron ideas diferentes y que han influido en el pensamiento occidental durante siglos: Platón y Francis Bacon.

Platón fue el primer escritor de la historia intelectual occidental que hizo un uso explícito y sistemático del lenguaje de la sexualidad en el conocimiento. Para Platón, así como para los pensadores griegos anteriores a él, mente y naturaleza estaban vinculadas por una esencia común, y divididas por una diferencia esencial. El Logos es aquello que es explicable, o mensurable, y que busca explicaciones racionales a las cosas. Pero también están las fuerzas irracionales y oscuras, simbolizadas en las Furias.

Para Platón, del mismo modo que el deseo es causa del amor, el amor es causa del conocimiento. Eros empuja al alma en dos direcciones, hacia la razón y hacia la pasión, hacia lo sublime y hacia lo sórdido. La dialéctica entre inmanencia y trascendencia tiene pues, lugar en el ámbito de Eros. Para mostrar su visión del acoplamiento espiritual entre mente y forma, Platón ideó una nueva imagen de amor homosexual y pederasta. De las tres formas sociales de relacionarse sexualmente en la sociedad griega, la más valorada, y la única que para Platón constituía un modelo relevante, era la relación entre un varón adulto (el erastes, o amante) y un joven de un estatus social comprable (eromenos, el amado). Esta relación se distinguía de la sodomía y el coito heterosexual en muchos aspectos cruciales. Aunque comúnmente se daba entre un hombre mayor y otro más joven, era la única relación sexual que se producía entre iguales; también era la única relación sexual que se consumaba en una posición frente a frente2, en un coito intercultural.

El modelo de Platón describe un nuevo tipo de mutualidad: una relación entre dos amantes participativos, en lugar de la relación tradicional entre el amante apasionado y el amado impasible. A través de este reflejo mutuo, por el que cada amante se convierte en un espejo de la belleza del otro, Eros inspira y es inspirado al mismo tiempo, hace brotar alas en los amantes y les eleva, en tándem, todavía más hacia la belleza y la verdad absolutas. Pero esta

2 Keller (1989) señala que el coito heterosexual aparece representado en las cerámicas por detrás, no frente a frente.

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reciprocidad tiene un precio: la represión sexual final. En el modelo platónico, el

conocimiento guiado por el amor (la única forma verdadera de conocimiento) no sólo exige una división entre orden y desorden, sino igualmente entre lo erótico y lo agresivo.

En la Época de la Edad Media, a partir del siglo XIII, la fundación de escuelas dejó de ser libre, local y espontánea para empezar a convertirse en una prerrogativa del papado. Estos y otros datos le ha llevado a David Noble a afirmar que la empresa científica ha sido una empresa clerical hasta el siglo XX; no una empresa laica y secular, como se decía

tradicionalmente.3 Las universidades medievales fueron fundadas como espacios para hacer ciencia y hacer conocimiento no sólo de hombres y entre hombres, sino que fueron, además, un espacio clerical, un espacio de hombres célibes o solteros dedicados a la vida religiosa. Fue en esos espacios donde, según Noble, la Iglesia católica centró su política de reforma de la sociedad feudal en general y del clero en particular. Estuvo orientada por un ideal ascético que excluía el matrimonio y también la relación con las mujeres y lo femenino.

Varios cientos de años más tarde, en el fenómeno que se conoce como la Revolución Científica del siglo XVII, intervinieron de forma muy activa los jesuitas, según María Milagros Rivera Garreta. Fue una orden religiosa que se negó rotundamente a aceptar mujeres dentro de ella, a pesar de las presiones que ejercieron mujeres como Juana de Austria. Revolucionaron las ciencias experimentales, especialmente la física. También fomentaron la colaboración científica entre hombres, fundando en su orden una verdadera sociedad científica. Para competir con los jesuitas se fundó a principios del siglo XVII la primera Academia de Ciencias. Fue la Accademia dei Lincei o de los linces, fundada en Roma por Johannes Heckius y el príncipe Federico Cesi, que tenían también una relación íntima. Esta academia excluyó al clero, pero insistió en la importancia del “entre-hombres” para hacer libremente Ciencia4.

Previamente al establecimiento definitivo de la Ciencia moderna, existieron dos filosofías o visiones de una “nueva Ciencia” que a menudo competían en las mentes de los pensadores: la tradición hermética y la tradición mecánica. En la tradición hermética, la naturaleza se halla en estado difuso junto con el espíritu; su entendimiento exigía la unión y el esfuerzo integrado de corazón, mano y mente.

Los alquimistas fueron los representantes contemporáneos de los herméticos, que preveían una Ciencia universal capaz de explicar el mundo natural en su totalidad. Sus principales éxitos, sin embargo, se dieron en la química y en la Medicina. Inspirados en los escritos de Paracelso, pertenecientes al siglo anterior, (“el arte de la medicina tiene sus raíces en el corazón” o “se descubren las virtudes curativas de los remedios con el verdadero amor”), los alquimistas se interesaron principalmente por los poderes transformadores,

3 Noble, David F: A World without women, William Whewell, On the conection of the Physical Sicencies, by Mrs.Somerville, “Quartely review” 51 (1834) 59. Citado en Rivera Garretas (2000).

4 Galileo Galilei fue desde 1611 su miembro más famoso: se sabe que se deshizo de su familia para poder dedicarse enteramente a la ciencia, como si nunca hubiera sido padre. Según Rivera Garretas, las universidades seguirían siendo exclusivamente masculinas hasta bien entrado el siglo XIX; las academias y las sociedades científicas tardaron bastante más en el transcurso del siglo XX.

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especialmente curativos, de las medicinas preparadas químicamente; además, su búsqueda de la transformación del metal base en oro fue emblemática.

La imagen básica de los alquimistas era el coito, la conjunción de mente y materia, y

afirmaban la necesidad de una cooperación alegórica, si no real, entre masculino y femenino. Su ideal era el ser hermafrodita, con ambos géneros fundidos en un solo: “un hombre sin una mujer no es un todo, únicamente con un mujer es un todo… ambos son de tierra y juntos forman un todo” , afirmó Paracelso

Además, los textos de la alquimia hacen un uso explícito y dilatado del matrimonio como la metáfora del principio de armonía que subyace a la relación del sol con la luna, de la forma con la sustancia, del espíritu con la materia, de la mente con la naturaleza, en resumen, la concepción que del cosmos tenían los alquimistas:

“El mundo en su totalidad está entretejido y trabajado en sí mismo; pues el mundo es una criatura viviente, hallándose en todas partes tanto lo masculino como lo femenino, y sus partes se acoplan… en razón de su amor mutuo”. Giambattista della Porta.

El énfasis que ponían los alquimistas en el poder del amor y en el parentesco entre la relación sexual y conocimiento amenazaba con embrollar a la nueva ciencia

simultáneamente con la pasión y con la herejía; ponía en peligro las nacientes pretensiones de pureza por parte de la ciencia. Lo que en el alquimista tenía mala fama, filosófica y teológicamente, en la bruja tenía una culpabilidad directa, por eso las brujas eran un foco de ansiedad para los pensadores adheridos a la tradición mecánica. Desde la perspectiva de la cosmología del siglo XVII, representaban la invitación de Satanás, nacido de una sexualidad desenfrenada.

En 1468, el Malleus Maleficarum (Kramer y Sprenger) había proclamado: “Toda la brujería procede de la lascivia carnal, que en las mujeres es insaciable… Motivo por el cual, en nombre de su lascivia, las mujeres se asocian con los demonios”. Dos siglos después, en el momento en que nacía la ciencia moderna, las brujas seguían encarnando los peligros del poder sexual femenino.

En la tradición mecánica, hubo filósofos que previnieron del “poder que nuestros afectos tienen sobre nuestra comprensión tan fácilmente seducible” (Glanvill, 1661). Este autor afirmaba también que “la verdad no tiene ninguna oportunidad cuando los afectos llevan los pantalones y manda lo femenino”. Los argumentos de More y Glanvill eran fieles tanto a las ansiedades de su época cuanto a sus propias aspiraciones de futuro.

Para Evelyn Fox Keller, la realidad de la brujería atestiguaba la gravedad de los peligros que las mujeres representaban; peligros contra los cuales la razón y la nueva Ciencia

prometían protección. Estos peligros “reforzaban los argumentos a favor de proscribir de la Ciencia a la Mujer, la sexualidad y la correlativa investigación “poco sobria” de los

alquimistas. En sus escritos, los autores pertenecientes a la tradición mecánica trataron de divorciar la materia del espíritu, la mano y la mente del corazón. René Descartes, por ejemplo, formuló el "gran paradigma de Occidente",

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Este paradigma se funda en la disyunción entre el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo. Descartes y el cartesianismo extenderán la idea de que pasión y racionalidad son dos extremos irreconciliables. El concepto de individuo o de persona que el cartesianismo crea es el de un sujeto autónomo que no depende de otros que relega al cuerpo y, por lo tanto, a las emociones y a los sentimientos, a la categoría de algo insignificante y despreciable: “Este modelo de subjetividad totalmente racional, imperturbable, autosuficiente, negadora del cuerpo y de la relación con los otros sujetos favorece la clásica economía binaria entre el principio activo del logos masculino y la pasividad de la corporeidad femenina, al tiempo que permite utilizar la contraposición razón/emoción para justificar la discriminación de las mujeres en nombre de su imperfecto control de las emociones” (Purificación Mayobre, 2007).

Sir Francis Bacon, el máximo exponente de esta tradición, y considerado uno de los padres de la Ciencia moderna, criticaría las tesis de Platón y elaboraría su célebre ecuación entre conocimiento y poder. Según Evelyn Fox Keller, la articulación baconiana de la Ciencia “fue al mismo tiempo provocativa y agresiva. Al percibir la Ciencia como poder creyó ver a la salvación de la Humanidad. Por lo que entendía como una responsabilidad moral de los hombres el asumir y ejercer ese poder. Su visión de la Ciencia entendía la soberanía, el dominio y la supremacía del hombre sobre la naturaleza. Es en la Ciencia donde el conocimiento y el poder humano se hacen uno, donde la ambición de poder, innata en el hombre, encuentra una salida constructiva, noble y humana”.

Y es que para Bacon, lo natural es guiar, conformar, e incluso acosar, conquistar y someter a la naturaleza; sólo así se revelará la verdadera “naturaleza de las cosas”: “La naturaleza va a ser la novia, la que requiere ser dominada, conformada y sometida por la mente del científico (…) He llegado a la verdad misma al traerte al a Naturaleza con todos sus hijos para someterla a tu servicio y hacerla tu esclava”5

.

La interpretación que Farrington6 hace del título de la obra de Bacon es que el autor insinúa que la ciencia anterior “representaba solamente un vástago femenino, pasivo, débil,

expectante, pero ahora ha nacido un hijo varón, activo, viril, generativo”. Los padres

fundadores de la Ciencia moderna rechazaron algunos elementos del pensamiento de Bacon y a menudo conservaron al menos cierto interés encubierto por la alquimia (Newton es un ejemplo notable). Sin embargo, su ruptura con los antepasados herméticos fue muy clara porque se adhirieron a la imaginería patriarcal de la Ciencia baconiana y rechazaron el lenguaje más participativo y erótico de los alquimistas.

De este modo, en el sistema ideológico que emergió y prevaleció, la Ciencia pasó a ser una aventura puramente masculina y casta que, más que mezclarse con ella, buscaba el dominio de la naturaleza femenina; prometía, y de hecho ayudó a promover la derrota simultánea de la naturaleza y la voracidad femenina. Según Keller (1989), a partir de entonces la Ciencia optó por una polarización cada vez mayor entre mente y naturaleza, razón y sentimiento, objetivo y subjetivo. Y, paralelamente a la desexualización gradual de las mujeres, ofreció

5 Bacon, citado en Keller (1989) 6 En Keller (1989)

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una concepción de la naturaleza desanimada, desantificada y cada vez más mecanizada y utilitarista.

1.3. LA CIENCIA MODERNA

Para los científicos y filósofos empiristas del siglo XVII ( Locke, Hume, Stuart Mill,

Comte), la pregunta importante era qué es la realidad, no qué debería ser; una preocupación en este sentido, decían, es pura metafísica. Paralelamente, la tradición racionalista

(Descartes, Spinoza, Kant) hizo hincapié en la racionalidad inherente al ser humano y la notable importancia de la racionalidad al determinar la naturaleza del bien. Kenneth J. Gergen (1996) explica que con este enfoque se dejó al individuo sin ningún sentido de la dirección ética, sin medios para evaluar lo justo y lo injusto, y sin motivos para desafiar el statu quo.

Jonathan Potter (1998), cree que la idea de que los hechos son un producto de la observación (la doctrina del empirismo) se dio tan por sentada y es tan fundamental para la comprensión que tienen los científicos de su práctica habitual, que es verdaderamente difícil no

considerarla evidente. Potter señala que una manera poderosa y fascinante de comprender los hechos se basa en considerar que son observaciones del mundo tal cual es, y distingue dos recompensas básicas que ofrece la observación directa. En primer lugar, parece ofrecer un acceso directo y sin mediación al mundo y a sus características, suponiendo que la realidad es tal como la vemos. En segundo lugar, parece dar cabida a un proceso básico de corroboración: cualquier observador que adopte la misma perspectiva debe ver lo mismo. Dos siglos más tarde, en el XIX surgió un movimiento filosófico, artístico, estético

denominado Romanticismo que también trató cuestiones epistemológicas y cuya pretensión fue acabar con el imperio de la razón y el positivismo. Según este punto de vista, el dominio más importante del funcionar humano está más allá del alcance inmediato de la conciencia. Es en ella donde se sitúan las facultades primordiales de la pasión, la inspiración, la

creatividad, el genio y la locura. Para los románticos, en el centro de ese interior profundo estaba el alma o el espíritu humano, relacionado por un lado por Dios, y por el otro enraizado en la naturaleza: “En su seno se encontrarían los valores inherentes o los sentimientos morales: orientación para una vida loable, inspiración para las obras virtuosas, recursos para resistir la tentación y fundamentos naturalizados para las formulaciones filosóficas y religiosas del bien” (Gergen, 1996).

Con una constelación de autores que surgen casi contemporáneamente (Fichte, Hölderlin, Hegel y Schelling), el encuentro entre la Filosofía y lo trágico, entre el conocimiento sereno y el dolor atormentado, entre logos y pathos, se realiza ahora sobre el terreno del

pensamiento, y no tanto desde la representación religiosa o artística, según Remo Bodei7.

7 Bodei, Remo: Dolor y pasiones como forma de conocimiento. Nómadas 7. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas. Issn 1578-6730 http://www.ucm.es/info/nomadas/0/rbodei.htm

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Con Fichte se comienza a reconocer que la conciencia está constitutivamente dividida, lacerada, siempre sujeta por la tensión y un esfuerzo continuos. Con Hölderlin el cambio es radical: la conciliación y la verdad se manifiestan en el interior de la división más alta. Ir hasta el fondo, aceptar experimentar lo inexperimentable, el caos fermentador de la conciencia, sus zonas oscuras, abandonar el centro de la conciencia poniéndose en una "órbita excéntrica" para hacer hablar al que aún no tiene voz: esta es la tarea del filósofo y del poeta, que "más distingue, piensa, confronta, forma, organiza y es organizado, cuanto menos es preso de sí mismo y menos es consciente de sí; así en él y por él, lo ignorante asume la forma de la conciencia y de la particularidad"8.

Gergen señala que mientras que el Romanticismo dejó de desempeñar un papel regente en el mundo intelectual, probablemente es el medio esencial a través del cual las personas en realidad justifican sus posiciones morales en la vida cotidiana. Nuestras acciones intuitiva e irresistiblemente “se sienten correctas”.

A finales del XIX, a raíz de la teoría del conocimiento de Charles Peirce, surge el pragmatismo como disciplina filosófica que se caracteriza por la insistencia en las consecuencias, utilidad y practicidad como componentes esenciales de la verdad. El

pragmatismo cree que el intelecto humano no representa la realidad; sostiene que sólo en la lucha de los organismos inteligentes con el ambiente que los rodea es donde las teorías y datos adquieren relevancia. Rechaza la existencia de verdades absolutas; las ideas son provisionales y están sujetas al cambio a la luz de la investigación futura.

La palabra pragmatismo proviene del vocablo griego pragma que significa acción. Para los pragmatistas la verdad y la bondad deben ser medidas de acuerdo con el éxito que tengan en la práctica. En el pragmatismo si algo no tiene un fin o uso determinado no hay razón para que tal cosa exista.

Las cuatro máximas, premisas de razonamiento, o puntos de partida de la teoría del conocimiento de Peirce9 son:

“No tenemos un poder de introspección inmediato o directo, sino que, todo conocimiento del mundo interno se deriva, mediante razonamiento hipotético de nuestro conocimiento, de hechos externos.

No tenemos un poder de intuición inmediato o directo, sino que toda cognición viene determinada lógicamente, por cogniciones previas.

No tenemos poder de pensar sin signos.

No tenemos concepción de lo absolutamente incognoscible, por ejemplo del noúmeno”. Para Peirce nuestro conocimiento del mundo está basado en suposiciones o creencias. La meta a la que aspira el razonamiento humano es la búsqueda de creencias estables y

verdaderas: en esta elaboración de las creencias juega un papel fundamental la imaginación. Según el filósofo, lo que pone en marcha el conocimiento como creencia no es sólo una sensación externa, sino esa sensación ligada a un proceso de hábitos que genera nuestra imaginación. A su vez la imaginación mediatiza nuestras propias sensaciones externas en forma de anticipaciones imaginativas.

8 Holderlin citado en Bodei.

9 En: Melián, Josefa López: El conocimiento como proceso y el método de la ciencia. La lógica de las creencias. Nómadas 7. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas. Issn 1578-6730

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Una situación imaginada nos lleva a idear una línea de acción determinada; tal situación contribuye a la formación de hábitos que llevan a actuar realmente de la manera imaginada cuando llega la ocasión apropiada. Esta línea de acción motivada por la imaginación,

produce un hábito. Este hábito, a su vez determina tanto lo que anticipamos imaginariamente como lo que después hacemos de hecho. Y a este hábito generalizado, que mediatiza la propia experiencia, Peirce lo denomina creencia, lo que implica que un conocimiento de este tipo puede ser al mismo tiempo verdadero y falso, acertado y erróneo, dado que lo propio de la creencia es admitir un cierto grado de indeterminación en algunos aspectos, mientras que en otros puede no estarlo.

Sin embargo, la creencia, según Peirce se sitúa en el plano de la verdad lógica. Por ello no condiciona, ni hace posible la verdad, ya que la verdad existe con anterioridad a la creencia, al menos la así llamada “verdad ontológica”. El propio Peirce inicialmente estableció una correcta separación entre la creencia y la verdad, como si ambos planteamientos fueran compatibles. A partir de 1878, lo intentaría de nuevo, con dudoso éxito, aunque la cuestión sigue siendo polémica en la actualidad.

Hoy en día la tradición positivista pervive en el pensamiento filosófico bajo la denominación de Realismo. John Searle (1997), es uno de los máximos exponentes del Realismo en la actualidad, y defiende la idea de que existe una realidad independiente de nuestras representaciones del mundo. Existe una realidad exterior a nosotros, afirma, porque “si nunca hubiéramos existido, si no hubiera habido nunca representaciones de ningún tipo (ni enunciados, ni creencias, ni percepciones, ni pensamientos), el grueso del mundo habría seguido su curso inalterado”.

Así, conocer significa estar en posesión de representaciones verdaderas, para las cuales podemos ofrecer determinados tipos de justificación o de evidencia. El conocimiento es, pues, objetivo por definición en el sentido epistémico, porque los criterios que se dan para el conocimiento no son arbitrarios, y son impersonales. Sin embargo, Searle admite que la objetividad epistémica completa es difícil y a veces imposible; principalmente porque los esfuerzos humanos reales para obtener representaciones verdaderas de la realidad están influidos por todo tipo de factores: físicos, culturales, económicos, psicológicos, etc.

Searle explica los argumentos contemporáneos a favor del realismo externo: la convergencia que se da en la Ciencia suministra una especie de prueba empírica del realismo. La idea es que hay una realidad que existe independientemente y que es la causa de su convergencia en las mismas hipótesis o teorías. Al mismo tiempo, el autor de La construcción de la realidad social admite el relativismo conceptual, que entiende que los sistemas de representación como los léxicos y los esquemas conceptuales son creaciones humanas, es decir, son arbitrarios.

Debido a ello, John Searle entiende que es imposible conseguir la coincidencia entre Verdad y Realidad que han parecido anhelar tantos filósofos tradicionales. Y critica la corriente constructivista al entender que no puede haber hechos institucionales sin hechos brutos: “una realidad socialmente construida presupone una realidad independientemente de todas

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las construcciones sociales, pues tiene que haber algo a partir de lo cual poder construir. Para construir el dinero, la propiedad y el lenguaje, tiene que haber materiales brutos tales como piezas de metal, sonidos y marcas, por ejemplo”.

Para Searle los hechos brutos pertenecen a la realidad objetiva, y los institucionales son hechos sólo merced al acuerdo humano. Es decir, admite que hay cosas que existen sólo porque creemos que existen: el dinero, la propiedad, los gobiernos y el matrimonio. El Realismo entiende que es posible tener un número indefinidamente grande de distintos sistemas de representaciones para representar la misma realidad. Es decir, hay un número indefinidamente grande de puntos de vista distintos, de aspectos distintos y de sistemas conceptuales distintos a cubierto de los cuales puedo representar una cosa cualquiera; pero “la realidad ontológicamente objetiva no tiene punto de vista”, concluye Searle.

1.4. CRITICAS A LA CIENCIA MODERNA

Durante el siglo XX la utilidad de la observación como fundamento para el conocimiento científico empezó a verse amenazada por diversos análisis filosóficos, históricos,

psicológicos y sociológicos situados en esta línea crítica. Para cuestionar la idea de que la experiencia visual es un acceso directo a la realidad y la verdad, muchos filósofos se basaron en investigaciones psicológicas sobre la percepción visual y sobre todo en los trabajos sobre ilusiones visuales que muestran que una misma imagen se puede ver de maneras diferentes. Asimismo “tuvieron en consideración el rol que desempeñan las expectativas culturales en la categorización de aquello que se ve” (Potter, 1998).

Autores como el científico y epistemólogo polaco Ludwick Fleck (1935) afirmaron que el conocimiento es la creación social por excelencia: “El conocer representa la actividad más condicionada socialmente de la persona. (…) En la misma estructura del lenguaje hay una filosofía característica de la comunidad, incluso una simple palabra puede contener una filosofía compleja. Cualquier teoría del conocimiento que no tenga en cuenta, como principio general y concreto, esta condicionalidad sociológica, es una trivialidad.”

Según Mary Douglas (1996), Fleck pensaba que el colectivo de pensamiento (equivalente al grupo social de Durkheim) y su estilo de pensamiento (equivalente a las representaciones colectivas), guían y educan los procesos de percepción y produce una acumulación de

conocimiento. Para Fleck era evidente que el estilo de pensamiento establece las condiciones previas a cualquier cognición y determina qué se puede considerar como una pregunta razonable y una respuesta verdadera o falsa; facilita el contexto y traza los límites para cualquier juicio sobre la realidad objetiva.

De este modo, surgieron en los 60 y 70 nuevas obras como la de Kuhn quien, inspirado por las obras de Fleck, declara que la búsqueda de la verdad científica podía ser un espejismo. Estructura de las revoluciones científicas (1962) provocó un gran impacto y fue el libro más citado en los Estados Unidos durante unos años.

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Por su parte, Mitroff (1974), en El lado subjetivo de la Ciencia, examinó la vertiente

emocional de los compromisos científicos, explorando los modos en que los diversos juicios científicos se basan en la personalidad y el prestigio. Barnes y Bloor (1976) propusieron que prácticamente todas las exposiciones científicas están determinadas por intereses sociales de orden político, económico, profesional, etc., y que eliminar lo que hay de social en lo

científico no dejaría nada que pudiera valer como conocimiento.

En los siguientes apartados vamos a repasar brevemente las corrientes teóricas en el ámbito de las ciencias sociales cuyas concepciones acerca de la Realidad y el conocimiento nos han resultado más esclarecedoras a la hora de estudiar el tema que nos ocupa. Estas disciplinas son la base teórica de mi investigación, porque considero que han revolucionado, gracias a su proceso de autocrítica y deconstrucción, el pensamiento científico. También porque han ampliado las áreas de investigación científica, aportando nuevos temas y nuevos retos científicos, y derribando mitos y suposiciones antes inmutables para la Ciencia,

enriqueciendo, de este modo, nuestro acceso al conocimiento y a la realidad.

1.4.1. LA TEORÍA CRÍTICA

En los años 30, la Escuela de Frankfurt critica la moral de la racionalidad ilustrada. Sus investigaciones continúan la línea crítica que desde la Ilustración francesa caracterizaba el pensamiento europeo crítico: la desobediencia a la tradición, la ruptura de lo admitido como real. Para esta corriente de pensamiento, el movimiento de lo real solo puede describirse desde una perspectiva dialéctica, y resaltan el papel de una racionalidad multidimensional, de una razón iluminadora y directiva de los esfuerzos prácticos de transformación de lo que históricamente se ha denominado “Realidad”.

Su herencia intelectual era significativa:

-el acento puesto por Kant en la importancia de la libertad individual y de la responsabilidad moral sobre el mundo científicamente concebido de contingencias materiales,

-el enfoque hegeliano de la razón y la moralidad incrustadas en las prácticas culturales y - la demostración que Marx hiciera de los sentidos en los que las formas de racionalidad estaban influidas por los intereses de clase.

Para los de Frankfurt, el compromiso con la Filosofía positivista de la Ciencia, el capitalismo y el liberalismo burgués –manifestaciones contemporáneas de la visión ilustrada- se prestaba a males como la erosión de la comunidad, el deterioro de los valores morales, el establecimiento de las relaciones de dominio, la renuncia al placer y la

utilización de la naturaleza. Esa forma de análisis, denominada “teoría crítica”, tenía un propósito claro: la emancipación ideológica. La apreciación crítica podría liberarnos de los efectos perniciosos de las verdades mistificadoras.

Horkheimer (1976) afirmó que la teoría crítica, “nunca busca simplemente un incremento del conocimiento como tal: su objetivo es la emancipación del hombre de la esclavitud. (…) La ciencia articulada como razón objetiva debe enfocarse sobre la idea del bien supremo, del

Referencias

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