“conversión” a Jesús
1. Indicaciones previas:
a) Es una materia en la que necesitamos colocarnos en el centro de equilibrio y no es fácil situarse en él.
De otro modo, por falta de la debida perspectiva podemos deslizarnos hacia uno de los dos extremos en los que solemos caer: Pensar que convertirse y caminar en conversión creciente es cosa de momentos, de días, a lo más de meses y que después todo se hace llano y carretero.
O, por el contrario, actuar como si la conversión y la perfección cristiana se hallara tan lejos de nosotros, que la desilusión, o la pereza en el caminar en pos del Señor nos dominen. El servidor no es al que se le exige ser un cristiano perfecto desde el comienzo. Pero debe tener en el corazón seguir cada vez más de cerca de Jesús. b) Cuando digamos lo referimos de un modo especial a los servidores, como una
aclaración necesaria a la instrucción precedente. Allí se ha intentado situar la meta un poco elevada, como un ideal sublime, progresivamente alcanzable.
Es, pues, preciso que tengan en su pensamiento y en su corazón, una sana persuasión del modo ordinario de actuar de la gracia de Dios, y, por tanto, de nuestra cooperación en esta obra que es suya y es nuestra a la vez.
d) Es preciso afirmar, ya desde el principio que la gracia divina, la acción del Espíritu Santo es soberanamente libre. Que no tiene regla ni metodología ya definitivamente dispuesta para ser aplicada. El mismo Jesús se encargó de insinuarlo a Nicodermo (Jn 3,8).
Pero al mismo tiempo que indicamos lo anterior, debemos afirmar que la podología más frecuente, de la actuación del Espíritu está relacionada con la respuesta de la persona, con sus hábitos, con su misma psicología y formación. El dicho de San Agustín, referido a la salvación: ―Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti‖, puede ser aplicado en este caso: El proceso de la conversión y de la santificación dependiendo todo de Dios, depende también todo de ti. Estamos de nuevo, en la sana armonización de la naturaleza y de la gracia; de la acción divina y de la libertad humana.
Por eso la afirmación de Jesús: ―Sin mí nada podéis hacer (Jn 15,5), hay que armonizarla con la colaboración del hombre que depende de la acogida una libertad de esa misma acción interior, necesaria, decisiva de Dios.
e) La conclusión parece ser obvia: Siendo un hecho real la actuación de Dios fulgurante, imprevista, profundamente transformante… no un momento de intensa afectividad, a lo San Pablo, en el camino de Damasco (Hech c.9), su acción suele ser más lenta, como quien prepara una gran obra a la que asocia a aquel, a favor de quien actúa. Este es el caso más repetido, por ejemplo, el de San Agustín, el de Ignacio de Loyola…
Por eso, alertamos discretamente a los miembros de la Renovación Carismática para que no crean que su participación en los grupos de oración, en la misma Efusión del Espíritu Santo, los va a transformar total y definitivamente, de una vez. El largo, pero ascendente proceso de purificación, de crecimiento y arraigo de la conversión, requiere tiempo, cooperación libre, y frecuentemente, dolorosa. Pero sabemos que la acción poderosa del Espíritu Santo nos anima y fortalece.
2. Delineación del proceso de conversión en Cristo:
a) Ver lo que hay en nuestro corazón:
La conversión, ordinariamente, tiene su comienzo en la luz de Dios.
El Espíritu de Jesús nos ilumina desde dentro y esa luz se convierte en un juicio (Jn 3,19). El nos hace ver, algo en parte;.lo que realmente hay en nuestro interior. Y esa visión intima nos hará descubrir el pecado que existe en nosotros. A medida que esa luz se intensifica, descubrimos también la profundidad de nuestro mal, y comenzamos a ver las cosas ―desagradables‖ que viven en nuestro corazón.
b) La aceptación de nuestra realidad:
La luz del Espíritu nos ilumina, pero nos deja en libertad para aceptarla o rechazarla. Podemos dejar que nos muestran las cosas que no son de Dios y acoger esta realidad que es la nuestra, o volver la cabeza y cerrar los ojos interiores a la luz. Entonces quedamos en una situación peligrosa porque, aunque la bondad de Dios nos persigue en su amor, no está obligada a iluminar nuestro interior hasta que nos rindamos.
La aceptación de lo que se nos hacer ver, nos dispone a dar otro paso que entra de lleno en el proceso de conversión.
c) Aceptar nuestra realidad de pecado desde la iluminación del Espíritu, nos dispone para aceptar otra gracia mayor: entregarnos a Dios, rendirnos a El, confesar que somos pecadores en su presencia, pero con la persuasión y la paz de que El nos escoge, nos acepta para perdonarnos.
Comenzamos a aprender a vivir con el Dios compasivo y misericordioso que perdona. Se nos muestra la fuerza del pecado con todo su poder destructivo. Pero él (el pecado) no tiene la última palabra. Esta le pertenece a Dios, y El, que ha suscitado en nosotros el arrepentimiento aceptado por nosotros, transforma nuestro camino sin salida en una senda hermosa de misericordia.
d) Esta maravillosa actitud de Dios para con nuestra maldad y actitud frente a El, en nuestro pecado, es una llamada a celebrar humilde, confiada y gozosamente el sacramento de la penitencia, en el que nos encontrarnos de frente con su perdón; con sus brazos extendidos para abrazarnos paternalmente y con Jesucristo en la cruz que nos espera ansioso de perdonarnos a través de su ministro, el sacerdote.
Y ese perdón penetra en la totalidad de la vida del pecador, pues Dios es la plenitud de vida que se nos da copiosamente (Col 1,19)
Dios, por su perdón, se mete en nuestro mismo ser para darnos su propia vida y proclamar el juicio de salvación.
e) Este proceso, ordinariamente se produce en un tiempo y circunstancia que sólo está en nuestra mano disponernos a esa gracia y acogerla sinceramente, aunque sea con temor, en nuestra intimidad.
f) A medida que el Señor va penetrando en nosotros con otras gracias: la oración, la eucaristía, su palabra…vamos profundizando y fortaleciendo nuestra conversión.1