2.1 EL INDIVIDUALISMO MODERNO
2.1.4. Individualismo y democracia
Para analizar las implicaciones conceptuales de esta relación social y política, parece aconsejable seguir las descripciones de un autor que, a mi parecer, en nuestro país no ha sido muy estudiado: Alexis de Tocqueville. Este francés del siglo XIX escribió una obra que hoy día se ha revelado como una de las que mejor anticiparon las "patologías de la democracia moderna". Nos referimos a La democracia en América (1835-1840).
Tocqueville realizó una descripción sociopolítica sobre la democracia norteamericana que prefiguró la mayoría de los males que hoy aquejan al actual sistema democrático liberal y burgués. Dejando de lado su origen aristocrático y su sentido de lo religioso, hay que ver en su teoría política una de las mejores críticas del "individualismo insolidario y narcisista" en que han derivado las democracias modernas del mundo industrializado. El talante moral y el análisis psicológico que impregna toda su obra es de gran actualidad. Su análisis de los peligros y defectos de la democracia americana, que para él simbolizaba un modelo extraordinario de convivencia exportable a todo el mundo, hoy son tenidos en cuenta por todos los estudiosos de la moderna democracia en los países del capitalismo avanzado.
Lo más típico de la democracia como forma de organización política es el avance imparable de la igualdad en la participación de todos los ciudadanos en la vida pública. Esos deseos de igualdad, de estabilidad y de seguridad, señala Tocqueville, se ven satisfechos en la vida privada del individuo, en el campo de la vida doméstica. Allí, todos los pequeños placeres, todas
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las pequeñas ambiciones materiales, todos los deseos pequeño-burgueses, todas las comodidades domésticas y baratas son satisfechas. Los ciudadanos americanos se habían convertido ya en el siglo XIX en personas insatisfechas, obsesionadas únicamente con la posesión de objetos materiales. Vivían únicamente del presente, del culto a lo efímero e inmediato y de la pasión por lo tangible y visible.
El individuo americano, señala Tocqueville, se refugia en la vida individual doméstica y se olvida de la comunidad; se hace insolidario y narcisista y por ello la envidia se convierte en la pasión democrática por excelencia, ya que la mayoría de los ciudadanos no admite que alguien sobresalga y sea eminente por encima de los demás. Es el "aburguesamiento" y el debilitamiento de toda la sociedad. Es, en definitiva, el falso igualitarismo de la democracia burguesa y liberal. La lucha por la igualación económica se opone aparentemente a la lucha por la libertad colectiva y se desentiende cada vez más de los ideales comunes y de las virtudes públicas (vgr. la solidaridad y la cooperación). Las relaciones económicas en la democracia liberal y burguesa americana han hecho creer a los individuos que son autosuficientes e independientes y que por tanto "nadie necesita a nadie" para seguir viviendo. El aislamiento y el repliegue en el refugio seguro del hogar van aniquilando los ideales colectivos y la lucha por las libertades públicas.
En esta dialéctica entre lo público y lo privado, que hoy día se ha hecho ya tan patente, Tocqueville considera que lo privado ha ganado la batalla. Lo público se ha convertido en sinónimo de "multitud", de "tumulto molesto" para el individuo. Es el espacio del ruido y del pasatiempo; de la masa y de la indiferenciación social. En cambio, lo privado es sinónimo de "autenticidad", de "realización personal"; es el ámbito de la intensidad vital del yo, del refuerzo de los lazos de parentesco y de la seguridad individual frente a los peligros públicos. La tarea del Estado es garantizar el orden social y político que salvaguarde el bienestar individual y familiar. Por eso, el olvido de lo público trae como consecuencia que solamente los expertos se ocupen de la política y que los ciudadanos dejen en sus manos todos los asuntos públicos. Así, advierte Tocqueville, el peligro de un nuevo despotismo de los "expertos" se cierne sobre la debilidad del "individuo democrático"; tesis que ha sido también compartida más tarde por Weber y aplicada por él a todo el campo de la organización económica de la sociedad cuando insiste en el tema del "gobierno de los expertos". Los “expertos en política” gobiernan casi a su antojo en las democracias modernas.
Ante todos estos excesos del individualismo como forma de vida narcisista y apolítica y llena de obsesiones económicas pequeño-burguesas, Tocqueville propone una serie de medidas que deben contribuir a mejorar la vida social, la participación democrática y la cohesión social. En primer lugar, una teoría del interés particular que sea compatible con el interés general de la comunidad. Para ello adopta la teoría utilitarista de J.Bentham y de J.S.Mill que proponían una conjunción aritmética de los intereses egoístas en proporción adecuada con los intereses generales,
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con el fin de lograr la felicidad de la mayoría de la población. En segundo lugar, Tocqueville propone una sublimación de la vida por encima de los intereses materiales y del vacío interior en que viven la mayoría de los ciudadanos. En contra de lo que habían preconizado los revolucionarios franceses, la religión cristiano-católica debía ser una fuerza de moralización positiva y de cohesión social entre los individuos. Por último, Tocqueville considera que la revitalización de la democracia pasa por el asociacionismo de los ciudadanos, por su participación directa en el control de la gestión de los asuntos públicos a fin de que los individuos se organicen frente a los posibles abusos del Estado.
Estas son las líneas básicas de la relación dialéctica entre el individualismo como forma de vida y la democracia norteamericana tal y como las describió Tocqueville. El tipo de conclusiones a que llega este autor nos puede servir de ayuda en nuestro análisis de las actuales democracias sumidas en una creciente "apatía política" de los ciudadanos y en un neonarcisismo consumista interesado ante todo por lo doméstico. La actual teoría política en su análisis de la democracia insiste en que la vida política debe impregnarse también de sentido ético y no solamente de eficacia técnica. Por eso merece la pena recordar este bello fragmento de Tocqueville en el que muestra su profundo sentido moral de la política:
Después de la noción general de la virtud, no sé de ninguna otra tan bella como la de los derechos; mejor dicho, estas dos nociones se confunden. La noción de los derechos no es más que la noción de virtud introducida en el mundo político. A través de la noción de los derechos han definido los hombres lo que eran libertinaje y tiranía. Iluminados por ella todos pudieron mostrarse independientes sin arrogancia y sometidos sin bajeza. El hombre que obedece a la violencia se doblega y se rebaja, pero cuando se somete al derecho de mando que reconoce en su semejante, se eleva en cierto modo por encima del mismo ser que le manda. No hay grandes hombres sin virtud, ni grandes pueblos sin respeto a los derechos; sin respeto a los derechos no hay sociedad, pues ¿es ésta, acaso, una reunión de seres racionales e inteligentes únicamente unidos por la fuerza? 89
No puede plantearse mejor colofón a este apartado que tratar de profundizar en las perversiones del sistema democrático actual en la línea de la crítica al individualismo hecha por Tocqueville. Es decir, que: no puede haber democracia sin virtudes privadas y virtudes públicas; y
89 A.de Tocqueville. "La democracia en América" 2 vols. SARPE. Madrid. 1984.
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al darse un divorcio tan abismal entre la ética y la política pueden peligrar al mismo tiempo las instituciones democráticas. Al releer a autores actuales como Norberto Bobbio en su análisis de los males de la democracia actual, uno no puede dejar de acordarse de Tocqueville.
2. 1. 5. Individualismo y cultura moderna: el “laberinto de las ciudades”
Si en el plano del análisis histórico-social de la influencia de la mentalidad luterana en la conformación del capitalismo fue Max Weber el autor más importante, fue sin duda Georges Simmel (1820-1918) el sociólogo que mejor captó la sensibilidad de la cultura y la sociedad moderna e industrializada en la que hoy vivimos. Simmel, injustamente olvidado hasta hace poco por los académicos de la sociología, fue sin embargo el verdadero creador de la psicología social y de un "impresionismo sociológico" sugerente y lleno de anticipaciones. Por algo lo llamó nuestro Ortega y Gasset "ardilla sociológica". Escribió acerca de filosofía, historia, psicología y estética. Fue el primero que realizó una crítica de la modernidad desde la vertiente ética y desde la estética, analizando con gran agudeza fenómenos sociales como la moda, la coquetería, el secreto, la vida en la ciudad etc. Fue, al decir de la sociología actual, el primer sociólogo de la modernidad. Es decir, fue el primero en comprender y describir en sus retratos de paisajes y figuras sociales lo que Nietzsche había sentido acerca de la cultura occidental: la trágica fragmentación entre la vida y la razón.
Las tesis básicas de la sociología de la modernidad en Simmel son dos: la realidad única e insustituible de los individuos y las formas sociales del capitalismo que son la forma "dinero" y la división del trabajo. De estos dos conceptos va a surgir toda la "filosofía de la cultura" y todo el "vitalismo trágico" de Simmel. Por un lado, está el individuo moderno, solitario y anónimo en la gran ciudad, desposeído y desarraigado de sus propias tradiciones y raíces anteriores (religión, creencias, costumbres..) y por otro lado, está la sociedad capitalista en la que rige sobre todo la "forma-dinero", la cultura de los objetos y el intercambio monetario. Hay un antagonismo fatal, existe una división trágica entre el individuo y la sociedad industrial, moderna. El dinero se convierte en una forma de alienación del individuo y la división del trabajo no satisface las aspiraciones románticas de la libertad y la singularidad humanas. Simmel, heredero de una concepción romántica, goethiana de la libertad individual, ve en el trabajo y en el dinero las dos formas supremas de alienación del ser humano y de la tragedia de la cultura moderna. El pesimismo se adueña de los seres humanos que habitan la ciudad y viven todas las ambivalencias de la sociedad moderna. Creen ser libres y son esclavizados por el dinero; creen en la autorrealización por medio del trabajo y sin embargo la fábrica y la oficina les hace infelices. Libertad y desdicha son las dos caras inseparables de la vida y la cultura modernas. Simmel es el primer sociólogo que con toda crudeza analiza las "patologías de la vida moderna".
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Simmel considera que los individuos son singulares, únicos, diferentes todos y valiosos en dichas diferencias; sin embargo, en el paisaje de la metrópolis todos somos iguales, todos indiferenciados, todos somos una masa "informe" y "anónima". Ante ese paisaje uniformizador y amenazador algunos quieren diferenciarse mediante la extravagancia o la genialidad artística. Baudelaire, un "poeta maldito", un creador artístico a quien Simmel dedica sus análisis, fue un buen ejemplo de lucha contra el "anonimato" y contra las convenciones burguesas de la gran ciudad y de la cultura moderna. Pero también hay otros tipos sociales que representan bien la ley fatal de la sociabilidad urbana: el pobre y el forastero. Ambos son todavía hoy en nuestras grandes ciudades individuos y grupos de marginados que no entran en los límites legales del reconocimiento económico (dinero) o cultural (lengua, costumbres). En cualquier caso, la tragedia social de la modernidad hace que nos sintamos ciudadanos más libres que nuestros antepasados, pero no más felices, porque la sociedad capitalista no ofrece los cauces de la dicha a los individuos; es más bien su lado opuesto y la cara oscura y triste del progreso moderno.
Como señala Helena Béjar, la forma social del "dinero" está en la raíz de todas las ambigüedades en las que vive el ser humano en la avanzada sociedad actual. Por una parte, el
dinero está conectado con el individualismo moderno; así, el repliegue a la esfera de lo propio es consecuencia de sentir que la vida deviene algo ajeno. Desde este punto de vista, el dinero es fuente de alienación y soledad. Pero el dinero tiene también una influencia positiva al permitir al individuo ejercer una capacidad de elección retirándose a una esfera en la cual su dominio es completo 90
El malestar de la cultura moderna es descrito por Simmel al metaforizar la sociedad moderna en la imagen de "un laberinto”, de una "tela de araña" en la que el dinero sería la araña que teje el hilo que todo lo conecta. Antes que Freud, Simmel destaca los rasgos patológicos y neurotizantes de la sociedad moderna, al resaltar en su "filosofía del dinero" que todos los intercambios e interrelaciones personales está mediados por el intercambio monetario. El dinero, la gran abstracción que tiene valor de cambio universal y que es un poder autónomo e invisible, es la gran araña que todo lo "teje y atrapa" en nuestras interacciones sociales. Porque la sociedad no es nada como totalidad, sino la suma de todas las interacciones e intercambios humanos; no es un organismo por sí mismo, sino que se nutre de las interconexiones vitales de sus miembros, de los individuos.
David Frisby, uno de los mejores estudiosos de su sociología, insiste en varios de sus trabajos en que nadie como Simmel hizo unos análisis tan lúcidos y tan pesimistas de los
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fenómenos más definitorios del modo de vivir moderno: la metrópolis, la moda, el pobre, el forastero, el secreto, la prisa, el estilo etc. Fenómenos que él analizó desde el punto de psicológico, desde la perspectiva del sujeto, desde sus valores, ya que su visión de la sociología, de la ética y de la estética siempre se situaba en el interior del hombre. Su microscopio psicológico lo colocaba ante los fenómenos "microsociales" porque en ellos pretendía ver la dinámica de la totalidad social, la ambivalencia de las distintas fuerzas sociales en lucha y el momento fugaz de lo eterno. De modo un tanto curioso, muy parecido a lo que Baudelaire piensa de la modernidad, Simmel concibe el dinero como ejemplo paradigmático de la fugacidad y de la eternidad que la economía monetaria adopta en la sociedad moderna. El dinero como forma de intercambio que continuamente circula y dinamiza siempre todas las relaciones sociales (eternidad) y como símbolo de mudanza total en su valor de cambio (fugacidad, lo efímero).
Es cierto que Simmel no analizó el proceso de producción de bienes como lo hizo Marx; a él le interesó sobre todo el proceso de consumo de los bienes y la forma cultural que eso ha generado: el ser humano como consumidor insaciable y eterno de productos. La alienación cultural de los "sujetos" por los "objetos" que nosotros no fabricamos y que nos resultan extraños es la perspectiva del análisis de Simmel. Y en ese sentido, el fenómeno de la moda en los términos en que él la analizó sigue teniendo enorme interés para nosotros, ya que es uno de los signos más claros de la nueva fase de desarrollo del neocapitalismo actual: el hiperconsumo y la publicidad. ¿Qué es hoy día la moda sino la fugacidad del estilo de vestir, de pensar y de vivir? La definición de la moda, lo que "hoy se lleva", encierra en sí misma el concepto de lo "efímero", de lo "presente e inmediato" frente al "ayer", "anticuado" y "clásico". Ningún otro fenómeno como la moda arropada y estimulada por una publicidad asfixiante ha llenado el modo de vida actual con tanta conciencia de lo instantáneo y de lo vertiginoso. Esa conciencia de la temporalidad como momento presente que se autodestruye al día siguiente o cada dos meses, es una de las mayores "patologías del hiperconsumo actual". Porque esta conciencia de "estar al día", "vivir al día", "pensar al día", "vestir al día" está germinando en la conciencia social de las generaciones jóvenes actuales a un ritmo vertiginoso y los procesos de producción y sobre todo de publicidad y de consumo de todos los productos (materiales y culturales) lo están manipulando con acierto.
Esa profunda conexión de la moda con la vivencia angustiada del instante presente, tan típica por otro lado de la "modernidad" (Baudelaire), es analizada por Simmel como uno de los síntomas más graves del "malestar y tragedia" de nuestra cultura. La moda es aquello que desaparece tan rápidamente como ha surgido. Por eso, escribe nuestro sociólogo: Entre las razones
por las cuales la moda domina hoy las conciencias se encuentra el hecho de que las convicciones mayores, permanentes e incuestionables han perdido su fuerza. En este sentido, los elementos fugaces y mudables de la vida humana han ganado mucho más espacio. La ruptura con el pasado... concentra la conciencia cada vez más en el presente. Este énfasis en el presente es
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claramente, al mismo tiempo, un énfasis en el cambio91
Aún no se ha escrito la historia de la recepción de la obra de Simmel por la Escuela de Frankfurt, aunque se conoce algo de su influencia en W.Benjamin y también algunas críticas de Adorno a su sociología, así como sus alusiones a él en su correspondencia con Benjamin a propósito de su estudio sobre Baudelaire.
El sociólogo David Frisby, considerado como uno de los mejores estudiosos de la sociología de Simmel y sobre todo de su particular actualidad, insiste en que cuando se escriba este capítulo se podrá entender mejor la aversión de Habermas por Simmel y también la simpatía de Benjamin por él. Una de las claves del desencuentro oficial entre la Escuela de Frankfurt y la "microsociología" de Simmel estriba probablemente en que su crítica ética y estética de la sociedad capitalista moderna no se apoyó en la interpretación marxista del mundo, de la historia y de la sociedad entendida ésta como un sistema racional; sino que, por el contrario, Simmel que tenía una óptica "vitalista" y apreciaba mejor las escisiones entre vida y razón, sentidos e inteligencia, sentimientos y razones, nunca pretendió ni con su método ni con su filosofía de la cultura ofrecer una visión unitaria y totalizadora de la sociedad y la historia, sino precisamente lo opuesto: la fragmentación, el "calidoscopio", los retazos y la tragedia de la vida y de la cultura modernas.
En el epígrafe final de la tesis dedicado a los nuevos escenarios de la reconstrucción del sujeto ético se ampliará esta visión sociológica de Simmel con la sociología del consumo y con la perspectiva de J.Lacan sobre el sujeto dividido y “tachado” que nos ayudarán a situar mejor las patologías del sujeto moderno y posmoderno.
2.1.6. Individualismo y "desintegración social"
En este apartado voy a intentar analizar las tesis del sociólogo Emile Durkheim sobre una de las paradojas que todos los sociólogos modernos han intentado armonizar; por un lado, la creciente especialización e interdependencia del individuo gracias a la división social del trabajo