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INDRA PECADOR

¿Habrá que subrayar el estrecho paralelismo estruc­ tural y de sentido entre este episodio y el mito de

INDRA PECADOR

dioses guerreros, ni de ningún dios: plegarias, elo­ gios, no admiten sombras en sus cuadros. Mas las sombras existen. Están en la mitología, rica entre todas, del nivel guerrero, a la que los himnos sólo hacen líricas alusiones, pero cuyas exposiciones dis­ cursivas de los Bráhmana, de las epopeyas y de los Purána, nos informan completamente. Por lo de­ más, la antigüedad de estos mitos es garantizada por el paralelismo que se advierte entre varios de ellos y las tradiciones de otros pueblos indoeuro­ peos.

A través de uno de estos cuadros heredados de su lejana prehistoria común, vamos a seguir al dios guerrero de la India, al modelo de los campeones escandinavos y al más patético de los héroes de la fábula griega hasta el término lógico de su solitaria libertad: en sus faltas, en sus desdichas.

II. INDRA PECADOR

En los Bráhmana, en las epopeyas, Indra es un pe­ cador, pero no es señalado como tal en el RgVeda. Los esfuerzos de Hanns Oertel en 1898 21 por des­ cubrir, en algunos pasajes de los himnos, los rastros de una censura, una alusión a lo que más tarde será denunciado como criminal o escandaloso, no han rendido nada verosímil.

Cuando RV, vi, 47, 16-17, muestra a Indra incli­ nado a ayudar ora al uno y ora al otro, separándose de sus anteriores amigos para pasarse a otros, basta referirse al contexto, lo hemos visto,22 para com­ prender que el poeta no percibe aquí sino una mani­ festación, que registra sin censurarla ni deplorarla, de la independencia, de la autonomía necesaria y sana del dios guerrero. Es artificial comparar seme­ jante texto, como lo hace Oertel, con la violación de

21 “Indrasya kilbisáni", Journal of the Am erican O riental Society, xix, pp. 118-Í25.

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palabra que hallamos, al nivel de los Bráhmana, en la historia de la muerte de Namuci.

Cuando vi, 46, 3, llama a Indra sahásramuska, “de los mil testículos“, este epíteto alude de cierto a la supervirilidad que todos los pueblos gustan de atri­ buir a los hombres y a los dioses guerreros: las can­ ciones de soldados, de siglo en siglo, asocian cons­ tantemente los diversos oficios del macho, y el avés- tico Varaöragna, dios de la victoria, homólogo en parte de Indra Vrtrahan, es invocado también para obtener srdiöis xa, fontes testiculorum. Mas nada autoriza a buscar aquí, con Sáyana, una referencia precisa a los pecados sexuales, a los adulterios de Indra que encantarán a la literatura épica.

En cuanto a v, 34, 4, la estrofa sin duda no dice lo que Oertel y otros muchos autores le hacen decir. La simetría impone traducir en el último verso kíl-

bisüit como un ablativo objetivo, referente no a

una falta de Indra que no hallaría eco ninguno en el resto del himno, sino a la falta de un hombre con quien, pese a ella, Indra entra en relaciones. El sentido sale ganando en fuerza y en belleza:

De aquel de quien, fuerte, ha matado al padre o a la madre o al hermano, de éste no se aparta; haciendo un arreglo incluso busca sus ofrendas. De la falta no se aparta, él, el donador de bienes.23

“De la falta", es decir, “del hombre en falta". La intención de este verso —como la de toda la estro­ fa— es recordar que Indra, a diferencia de Varuna, por ejemplo, no lleva cuentas rigurosas, no conoce los atolladeros del derecho, no se detiene en sus relaciones con los hombres donde se paran por fuer­ za los dioses soberanos: este dios fuerte, y que mata llegado el caso (es su misión), se reconcilia con los hijos o hermanos de los enemigos que tuvo que matar, y tampoco excomulga al pecador.

23 De otro modo Karl F. Geldner: “Der Mächtige geht dem nicht aus dem Wege, dessen Vater, dessen Mutter, des­ sen Bruder er erschlagen hat. Er fordert sogar nach Ge­ schenke von ihm, wenn er einen Vergleich macht. Er scheut vor keinem Unrecht zurück, der Verschenker des Gutes.“

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Queda, en el himno de la "infancia" dolorosa de Indra (iv, 18), el famoso verso en que se afirma que mató a su padre (estr. 12, v. 4). Esto sería gravísi­ mo, en efecto, si se supiera de qué se trata. Pero este enorme crimen ha hecho bien poco ruido, lo cual parece extraño cuando se piensa con qué celo los Bráhmana y las epopeyas recogen los chismes, peores o menores, acerca de Indra. Además, en la estrofa en la que se lo menciona, el crimen se pre­ senta en tales condiciones que resulta incoherencia y sinsentido. Se siente gran tentación de corregir la persona del verbo: cambiando una letra se cae­ ría en un tema de cuento y novela claro y conocido, el del futuro héroe —así el Batraz de los osetas— perseguido de todas las maneras a su nacimiento, y en particular huérfano. El poeta, lleno de consi­ deración, pregunta al pobre pequeño:

¿Quién hizo de tu madre una viuda?

¿Quién quería matarte, a ti, acostado o andando? ¿Qué dios se compadecía de ti...24

y, con el texto que leemos, el cuarto verso dice, con­ tra todo lo esperado:

... cuando hacías perecer a tu padre, cogiéndolo por los pies?

La extrañeza de la última pregunta salta a la vista: ¿a título de qué podía el niño esperar la piedad de los dioses cometiendo el peor de los homicidios? Se ha supuesto una persecución por el padre, una his­ toria del mismo tipo que la de los Uránidas. Es gratuito, y la pregunta planteada primero, en el pri­ mer verso, sugiere más bien que el perseguidor "que

24 Geldner: “Welcher Gott fand Gnade vor dir..." Esta interpretación de te parece contradecir la actitud de los dio­ ses hacia Indra, tal como se desprende del segundo verso de la estrofa precedente, bien vertido por Geldner (pala­ bras de la madre de Indra niño): “Mein Sohn, jene Gotter lassen dich in Stich." Por lo demás, en todas las demás partes del RgVeda los dioses son donadores, no beneficiarios de m ardiká, “piedad, gracia, favor" (raíz mpi-, “perdonar, dejar con vida, ser favorable").

hizo enviudar a la madre” es ajeno a la familia y que el padre fue víctima del mismo o los mismos enemigos que la madre y el niño. Lo raro desapa­ rece si, en el cuarto verso, "le” matasen al padre igual que, en el verso 2, "le” querían matar a él mis­ mo. Basta con leer, en este verso 4, dksinan (3 pl.), "ellos (los enemigos) hacían perecer”, o áksindt (3 sg.), "él (el perseguidor designado por '¿quién?' en los versos 1 y 2) hacía perecer”, en lugar de

áksináh, "tú hacías perecer”. Por muchos escrúpu­

los que se tengan antes de tocar la tradición tex­ tual védica, a veces no hay más remedio que resig­ narse.25

Así, en el RgVeda, Indra no tiene ficha judicial. Pero no se vaya a concluir entonces que era ino­ cente y que el ruido de sus faltas es una invención de los hombres que llegaron luego. Si Oertel no lle­ gó a nada en su indagación, cuando menos desde la primera página había reducido prudentemente la importancia del asunto: "Que los himnos védicos —decía— nos proporcionen al respecto pocos datos, es cosa debida al carácter mismo de los poemas, a su género literario; son invocaciones y alabanzas, peticiones de auxilio y exaltación de una grandeza que el elogio, según expresión de vm, 3, 13, no al­ canza, no agota. En tales alocuciones, la alusión a una conducto censurable, la insinuación de una cul­ pabilidad estarían evidentemente fuera de lugar, y por consiguiente no menos inoportuno sería, en nues­ tras deducciones, un argnmentwn ex silentio fun­ dado en su ausencia.”

Esto es muy cierto: los poetas védicos no podían dar un mal papel al dios que consideraban —la es­ tadística lo muestra de sobra— como el más útil. Valientemente, como buenos servidores, hubieran

25 Es cierto que de estas consideraciones podría dedu­ cirse, por el contrario, que debe conservarse áksináh, ya que es la lectio difficilior. Si se toma este partido, sigue en pie el hecho de que ningún otro pasaje del himnario menciona el parricidio de Indra y que este enorme crimen no figura en ninguna de las listas de pecados consignados en la lite­ ratura védica en prosa.