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MECIO FUFECIO Y NAMUCI 3.

¿Habrá que subrayar el estrecho paralelismo estruc­ tural y de sentido entre este episodio y el mito de

MECIO FUFECIO Y NAMUCI 3.

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Mediante una técnica ex­ traña, sustentada por ambigüedades, sólo una vez empleada, y adap­ tada al instrumento que permite a Indra volver el acuerdo (ba­ tido, giro de la cabeza en la espuma), Namuci es decapitado.

b) Mediante una técnica

horrible, empleada sólo una vez en Roma, y que traslada a su cuer­ po la duplicidad con que quebrantó el acuer­ do, Meció es estirado,, dividido en dos. Insistamos aún sobre un punto. Por una parte y otra hay pecado, pero entre el relato de los Bráh- mana y la narración romana se advierte la misma diferencia que señalamos ya a propósito de la muer­ te del adversario triple: en la India, se recordará, es esta muerte misma la que mancha a Indra y a Trita, en tanto que deja limpios de culpa a Horacio y a Tulo, y es luego la muerte de su hermana la que mancha al joven héroe.

Otro tanto aquí: el pecado de Indra, reconocida y deplorado por los doctores hindúes, reside en la propia astucia por la cual Indra vuelve la conven­ ción, en el acto mismo de volverla. Estos doctores son menos sensibles, según vimos que notaba Bloom­ field, al hecho de que Namuci fuese el primero en traicionar, que al de que Indra se comprometiese con un acuerdo que no tiene sentido si no equivale a incondicional y total renunciación a la violencia. Pero mató.

El pecado de Tulo, reconocido y lamentado por Tito Livio, no está aquí: Tulo tuvo razón a todo respecto, aun moralmente, de castigar a un traidor y responder a la duplicidad con la duplicidad. Su yerro no comenzó hasta la crueldad, al infligir al culpable un suplicio excesivo, inhumano.

Así, en Roma la falta no surge de lo esencial, del centro del episodio, sino de un detalle suplementa­ rio, periférico, ideológicamente inútil. De pensarse

—como me lo parece— que los relatos hindúes son a propósito de este punto más satisfactorios, de te-

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ñor más sencillo y fuerte, se admitirá que en Roma se ha corrido el punto de aplicación de la falta. Tal vez, tanto por lo que toca al vencedor de los Curiados como por lo que respecta al matador de Meció, tal retoque resulta del carácter nacional, hasta nacionalista, adquirido por la epopeya: Roma no podía considerar pecados, que a ella misma hu­ biesen manchado, dos homicidios cometidos en in­ terés suyo evidentísimo; era preciso que la hazaña de Horacio y la astucia de Tulo fuesen, en la medida en que ambos personajes servían y representaban a Roma, cosas enteramente “buenas”. La noción de “pecado” que sin duda la tradición anexaba a los prototipos, a las formas prerromanas de estos dos actos, no se perdió por ello; tan sólo fue trasladada a puntos en los que ni Horacio ni Tulo comprome­ tían a Roma, donde el uno cedía a su orgullo y a su cólera, donde el otro se abandonaba a su cruel na­ turaleza, transformando una ejecución necesaria en una tortura repelente.

En la historia del reinado de Tulo no hay solamente sucesión sino nexo causal entre el episodio de los Curiados y el de Meció: es por haber sido vencidos los trigéminos Curiacios —y, a través de ellos, Alba— por el tercer Horacio por lo que comienzan, entre Meció y Tulo, esas trampas sobre la fides que aca­ barán perdiendo a Meció y, a través de él, a Alba. La articulación de los dos episodios está en que Me­ ció quiere el desquite de la derrota de los Curia­ cios. ¿Responde también la India a este conjunto? No bien se trata del conjunto, se nos escapa 'el testimonio de los himnos védicos. El RgVeda no es, no podía ser, narrativo; suponiendo conocida la tra­ dición —digamos los itihása, el “quinto Veda”—, los autores de los poemas que elogian a Indra ora mul­ tiplican las menciones de los puntos más diversos de dicha tradición, ora exaltan un punto particular, pero no se cuidan de presentar entero un episodio, ni de establecer entre sus alusiones a diversos epi­ sodios un orden lógico o cronológico; ni siquiera

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se atienen —acabamos de verlo a propósito de Tri­ ta— a una sola variante y, en el mismo himno, no temen la contradicción: qué importa, puesto que to­ das las versiones de estos grandes acontecimientos concurren a la gloria, al “hinchamiento” del dios. No hay que pedir a un tipo de documento indica­ ciones que no puede dar.

Pese a su fecha más tardía, los Bráhmana y las epopeyas son textos mejores a este respecto. Cierto es que el decorado, el detalle, el espíritu, la inten­ ción de las aventuras acaso estén rejuvenecidos, pero, aspirando a hacer exposiciones dogmáticas o dramáticas, los autores atienden, en un episodio y a veces entre varios, a la articulación causal, y al­ gunas de estas “tramas” reaparecen con demasiada constancia a través de variantes, sensiblemente dife­ rentes, con todo, como para no descansar en una tradición auténtica, que el puntillismo natural de los himnos no deja aparecer, pero tampoco autoriza a negar. ¿Pasa esto en el conjunto que nos ocupa?

La tradición bráhmánica no establece regularmen­ te vínculo entre los episodios del Tricéfalo y de Na- muci: a menudo son relatados cada uno por su lado. No obstante, hay textos que declaran una conse­ cuencia lógica: en la narración del áatapathaBráh- mana citada antes (xn, 7, 1, 1-9 y 10-13),42 si Namuci puede despojar de sus fuerzas a su “amigo” Indra es a favor de un debilitamiento previo procurado por Tva$tr, el propio padre del Tricéfalo, que quiere vengar a su hijo. En los numerosos aprovechamien­ tos épicos y puránicos del segundo episodio, la víc­ tima de Indra ora guarda el nombre de Namuci, ora recibe el de Vrtra.43 Ahora bien, en este último caso, el conflicto es presentado muy a menudo como se­ cuela lógica más directa aún de la derrota del Tri­ céfalo: furioso por la muerte de su hijo, Tva$tr pro­ crea o suscita mágicamente para vengarlo un ser muy fuerte, Vrtra, y es con Vrtra con quien Indra

42 Cf. Tarpeia, 1947, pp. 123-124.

43 Cf. ya Léon Feer, “Vritra et Namoutchi dans le Mahá- bhárata", R evue de Vhistoire des religions, xiv, 1886, pp. 291- 307.

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concluye el pacto, el mismo pacto que con Namuci, a menudo enriquecido con nuevas cláusulas pinto­ rescas que volverá de la misma manera. Pronto to­ paremos de nuevo con esta correlación en un con­ junto más vasto aún. ¿Será lícito pensar que, bajo una u otra forma, la más vieja mitología hindú esta­ blecía ya una sucesión temporal y causal entre estas dos grandes y graves iniciativas de Indra, y que las dos lecciones se completaban así como lo hacen en la gesta del rey guerrero de Roma?

IV . RELACIONES DE LA FUN CIÓ N GUERRERA