LA ARCILLA Y LA ESCRITURA
INSCRIPCION CUNEIFORME PERSA DE JÍERJES I, EN PERSEPOLIS Transcripción:
1) X(a)-s(a)-y(a)-a-r(a)-s(a)-a; 2) x(a)-s(a)-a-y(a)-(a)-í-y(a); 3) v(a)-z(a)-r(a)-k(a); 4) x(a)-s(a)-a~y(a)-(a)-i-y(a); 5) x(a)-s(a)-a-y(a)-(a)-i-y(a)-a-n(a)-a-m(a); 6) D(a)-a-r(a)-y(a)-v(a)-h(a)-u-s(a); 7). x(a)-s(a)-a-y(a)-(a)-i-y(a)-h(a)-y(a)-a; 8) p(a)-u-c(a); 9) H(a)-x(a)-a-m(a)-n(a)-i-s(a)-i-y(a) Lectura:
Khsajarsa khsájathija vazrka khsájathijanam Dárajavahaus khsájathijahja pusa Hakhámanisija
Traducción:
Jerjes, el gran rey, el rey de reyes, hijo del rey Darío el aqueménida.
Grotefend no consiguió descifrar los otros dos tipos de escri tura de las inscripciones reales persas. Consideró una de ellas como una versión meda y la otra como una versión babilonia. Su preparación científica no era tan completa y los textos eran demasiado pequeños para poder constituir una base segura en relación al desciframiento de los signos, más numerosos que en la versión persa. El descubrimiento de Una gran inscripción en la roca de Behistun vino en ayuda de los investigadores. Esta roca se eleva en la llanura de la estepa irania, en las cercanías de
la ciudad de Kirmansha, hasta una altura de 540 m. En ella, Darío hizo cincelar su relieve junto con una inscripción en tres lenguas que comprende 400 líneas, a una altura de 120 m. sobre el suelo (véase lám. XXVI y XXVII). Esta inscripción fue descubierta en los años treinta del pasado siglo por un joven oficial inglés de la armada india, Henry Rawlinson. Tras ha berla observado con prismáticos consiguió trepar hasta la altura de la inscripción sirviéndose de cuerdas y de una escala. Para conseguir huellas exactas de los distintos signos cuneiformes, pudo ir sacando moldes de toda la inscripción. Este trabajo, que tuvo que interrumpir frecuentemente a causa de sus obli gaciones militares, duró casi un decenio.
Entretanto, también otros sabios trabajaban con inscrip ciones más pequeñas. Así, el sueco I. Lówenstern constató que algunas palabras estaban representadas por medio de varios signos mientras que otros signos tenían una significación ideo gráfica (como por ejemplo el signo para «rey»). El francés F. De Saulcy expresó la opinión de que el babilonio era una lengua semita, emparentada con el hebreo. Pudo averiguar que una misma consonante se representaba a veces mediante distintos signos. Esto fue explicado por el investigador irlandés E. Hinks, que opinó que estos signos no representaban solamente las consonantes, sino sílabas enteras. Algunos signos represen taban incluso sílabas compuestas por dos consonantes con una vocal en el centro (c + v + c). Al mismo tiempo, Hinks llega ba hasta la ley de la polifonía. Observó que algunos signos tenían no sólo un valor fónico, sino un valor ideográfico.
En el año 1847, Rawlinson copió la versión babilónica de la inscripción de Behistun. Pudo descifrar aproximadamente 250 signos, es decir, más de la tercera parte de los contenidos en es ta versión. Lo acertado de su desciframiento quedó confirmado con su traducción de otra inscripción asiria. Pero con esto no se habían desvelado aún todos los secretos de la escritura cu neiforme babilónica. Nuevos hallazgos pusieron a la disposi ción de los investigadores un material cada vez más amplio. Así, por ejemplo, se encontraron duplicados de un mismo tex to: uno de ellos, escrito en babilonio antiguo y el otro en escri tura cuneiforme babilónica. La mayor dificultad estaba en la lectura de los nombres propios. ¿Cómo podía explicarse que en una inscripción el nombre del rey babilonio Nebucadnezar es tuviera representado por los signos an-ak-sha-du-shish ? Hasta que no se encontró el vocabulario de Nínive, donde junto al valor fónico se indica también el valor ideológico del corres pondiente signo, no pudo clarificarse este asunto. Para los sig nos an-ak se encuentra en este vocabulario la lectura ilu Na-hi- um, «dios Nabu»; para sha-du, ku-du-ur-ru, «frontera»; y, fi nalmente, para shish, na-sa-ru, «proteger», que en total nos
dan Nahu-kudurri-ussur, «Dios Nabu, protege las fronteras», así pues, la lectura del nombre de Nebukadnezar.
También se descifró pronto la segunda versión de la inscrip ción de Behistun. Basándose en inscripciones más breves de los reyes aqueménidas, ya Grotefend consiguió constatar que las cuñas verticales poseían un valor determinativo del nombre que seguía a continuación. El profesor londinense E. Norris consiguió obtener resultados decisivos en este campo. Tras comparar detenidamente los nombres propios, de los cuales hay aproximadamente 50 en esta versión, llegó a la conclusión de que se trataba de la lengua hablada en la provincia persa de Susiana, que antiguamente llevó el nombre de Elam. Mientras que de la escritura cuneiforme persa existían unos 40 signos en total, de la elamita había 111. La versión babilonia contiene más de 600 signos.
Entte tanto, los descubrimientos hechos en Nínive, Khorsa- bad, Nimrud y otros lugares sacaron a la luz nuevos documen tos sobre el pasado asirio del país. El número de las tablillas de arcilla, inscripciones murales, estatuas, relieves, sellos y sellos cilindricos fue en aumento. También creció el número de los que se dedicaron a la investigación de la escritura cuneiforme. Les seducía la dificultad de los problemas. Su trabajo no fue nada fácil. Ni siquiera Rawlinson ocultó las dudas que le asal taron al poner a prueba los conocimientos adquiridos al des cifrar la inscripción de Behistun en la investigación de otros textos asirios más pequeños. Hubo otros eruditos que aco gieron con reserva^ e incluso con desconfianza, estas nuevas in vestigaciones. :
Había que acallar las voces escépticas, que a veces eran tam bién irónicas. Para esto se hizo un examen, que, dentro de un marco festivo, tuvo casi carácter oficial. En el año 185.7, cuatro investigadores de la escritura cuneiforme se encontraron casual mente en Londres: H. Rawlinson, E. Hinks, el francés J. Op- pert y el inglés W. Fox Talbot. Por instigación de este último investigador, la Real Sociedad Asiática (Royal Asiatic Society) les dio a cada uno de ellos una copia litográfica de una inscrip ción asiría, que había sido descubierta hacía poco , con el encar go de constatar a qué rey hacía referencia. Debían también ha cer una traducción y enviarla en un sobre sellado, dentro de un plazo de tiempo fijado de antemano. Las cuatro llegaron en el plazo señalado a la mencionada sociedad. Fueron abiertas y leídas en una festiva sesión. Se puso de manifiesto que los cuatro investigadores no sólo habían constatado, acertadamen te, que la inscripción hacía referencia al rey asirio Triglatpileser I, sino que habían traducido sin diferencias fundamentales el texto total, que contenía los anales de los cuatro primeros años del reinado de dicho soberano. No sólo los cuatro «candidatos» pasaron este examen con la mejor nota, sino que, al mismo
tiempo, esa nueva especialidad del orientalismo, a la que se había dado el título de «asiriología», demostró su razón de exis tir. La denominación «asiriología» sólo era adecuada, no obs tante, para la investigación de aquellos documentos que habían sido escritos en asirio o en babilonio, es decir en los dialectos emparentados a los que hoy se conoce con la común denominación de «acadio». Pero, para la investigación de los documentos sumerios, elamitas, urarteos, etc., el nombre de «asiriología» sólo puede utilizarse de forma convencional.