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LOS TEMPLOS SUMERIOS Y LA ADMINISTRACION DE SUS BIENES El título de ensi da a entender que en un principio el deten­

LA ADMINISTRACION PUBLICA EN MESOPOTAMIA

LOS TEMPLOS SUMERIOS Y LA ADMINISTRACION DE SUS BIENES El título de ensi da a entender que en un principio el deten­

tador del poder gubernamental era también la cabeza de la cla­ se sacerdotal del templo. De este hecho sé infiere la gran im­ portancia de los antiguos templos sumerios en la vida social, económica y cultural de la época . También la palabra sumeria que significa templo, é . gal, «la casa grande», da a entender que era el lugar de residencia del soberano. El poder y la im­ portancia de los templos sumerios eran sobre todo consecuen­ cia de sus grandes posesiones territoriales, que habían logrado poco a poco con los regalos y ofrendas que se hacían al templo y también mediante compras. Algunos investigadores creyeron antes que todo el terreno pertenecía al templo, por lo que hablaron de «ciudades-templos». Las investigaciones realizadas más tarde, especialmente las llevadas a cabo por los sumeriólo- gos soviéticos, han demostrado que junto a los terrenos del templo había también terrenos que eran propiedad de la co­ munidad rural e incluso de algunos miembros de las más im­ portantes familias.

La extensión de los terrenos del templo era considerable. Un documento sumerio que data de los últimos años de la primera dinastía mencioria el tamaño de los terrenos que pertenecían a uno de los templos de la ciudad de Lagash, el de la diosa Baba, que era el segundo en importancia dentro de esta ciudad: abar­ caban 4.500 ha. La superficie construida dentro de estos terre­ nos comprendía tres categorías. Una cuarta parte aproximada­ mente era directamente administrada p o r el templo, y los be­ neficios obtenidos se empleaban para subvenir a los gastos del culto y de la administración interna del mismo. La segunda categoría la formaban aquellos terrenos que se ponían a dispo­

sición de los empleados del templo para su usufructo, que no era hereditario y que no podía transferirse; esto es, se les asig­ naban para su propia manutención. El resto de los terrenos del templo se arrendaban y como precio del arrendamiento se exigía la octava o la séptima parte de los beneficios obtenidos con las cosechas, hasta la época de la III dinastía de Ur, y a par­ tir de entonces una tercera parte.

Para poder administrar estos terrenos era necesario todo un complicado aparato administrativo, en el que puede distin­ guirse una serie de categorías de dignatarios (véase cap. XI) y de empleados que se preocupaban de los trabajos agrícolas. A la cabeza de estos últimos se encontraba el intendente general (nubanda o a veces también agrig), que se ocupaba de las cons­ trucciones, especialmente de las instalaciones hidráulicas y de la administración de los bienes. Bajo él se hallaban los capata­ ces y los órganos ejecutivos, que tenían a su cargo los trabajos de construcción y la recogida de impuestos (los llamados mash- kim y ugula). Como capataz para los trabajos agrícolas se nombraba al uku . u sh, que se elegía entre los militares de ba­ jo rango. La actividad burocrática usual corría a cargo de los escribas (dubsar), entre los cuales pueden distinguirse también distintas categorías.

Finalmente, había un número de empleados asalariados que realizaban los trabajos agrícolas, la pesca y se ocupaban de los graneros. El templo empleaba a un gran número de artesanos: arquitectos, picapedreros, carpinteros, orfebres, curtidores, pa­ naderos, carniceros, cerveceros, etc. A las mujeres se Ies con­ fiaba en general la molienda del grano, o bien trabajaban co­ mo hilanderas o tejedoras. En el curso del tiempo, la creciente economía del templo condujo a una oposición de clases cada vez mayor en la sociedad sumeria. Los empleados del templo, llamados guru sh, que en un principio eran libres, pasaron a formar parte de la clase de los esclavos, destino que afectó tam­ bién a otra categoría de servidores del templo, los igi — nu — dug. Existían también los llamados sbublugal, que eran muy numerosos. En las épocas de paz, el soberano les entregaba terrenos para su explotación y durante la guerra estaban obliga­ dos a tomar parte en las campañas del rey. El personal del templo nó poseía autonomía. Sus miembros dependían de la administración del templo. Sólo en los comienzos del período presargónico, durante el que los terrenos del templo pertene­ cían todavía a la comunidad rural y eran explotados por los miembros de ésta, la autonomía de la comunidad alcanzaba por supuesto también a estas personas.

Los latifundios que poseían los templos sumerios propor­ cionaron a éstos un gran poder político y económico. Los bene­ ficios obtenidos con los productos agrícolas y artesanales y con las empresas comerciales fluían a las arcas del templo. Por otro

lado, el templo tenía que preocuparse de la seguridad de su territorio, preocupación que se ponía de manifiesto en la cons­ trucción de murallas y fortificaciones y en la adquisición de material de guerra.

Los p r im e r o s i n d i c i o s d e d e s p o t is m o

La creciente importancia de los templos sumerios se manifes­ tó también en la posición de los máximos representantes de la economía del templo. Esta evolución afectó desde los ensio lu- gal, cuyo poder no rebasaba generalmente los límites del distri­ to del templo hasta el rey que se atribuyó finalmente el predi­ cado de «rey del país», utilizado ya por Lugalzagesi, el último soberano de la dinastía de Lagash, sucesor de Urukagina. Los soberanos de la dinastía de Sargón de Akkad utilizaron el título de «rey de Sumer y de Akkad». Junto al nombre de algu­ no de estos soberanos se encuentra también el título de «rey de las cuatro zonas del universo», en el que se aprecia ya claramen­ te su carácter despótico y el objetivo de dominar en todo el mundo conocido entonces. Los reyes de esta dinastía fueron di­ vinizados en vida. Narámsín se autodenominó «poderoso dios de Akkad». En su famosa estela se hizo representar con la tiara cornuda, que hasta entonces había sido el símbolo de los dioses. Igualmente los soberanos de la tercera dinastía de Ur sé divinizaron a sí mismos e hicieron que se les erigiesen templos y estatuas.

Durante el período presargónico algunos soberanos apro­ vecharon su situación de sumo representante del templo para enriquecerse a sí mismos a costa del templo (por ejemplo, secu­ larizando los bienes del templo). En el período sargónico co­ mienza claramente la evolución, que proseguirá luego con la III dinastía de Ur: el soberano no sólo se sitúa por encima de los miembros de la hierocracia del templo sino que coarta tam­ bién la autonomía de los prohombres de las comunidades rura­ les. La inscripción del obelisco de Manishtüshu documenta al­ gunos casos de venta de terrenos comunales al rey, cuya posi­ ción frente a la comunidad se consolida económicamente. Los ensi, descendientes de la aristocracia patricia, pierden su influencia al ser convertidos en órganos del aparato burocrático del rey y sus cargos oficiales dejan de ser hereditarios. Es el rey, según su propia voluntad, quien les sitúa o les destituye de sus cargos. De esta forma, el rey ataca a la propia comunidad que continúa existiendo aún formalmente, pero cuyos órganos sólo pueden tomar decisiones bajo las órdenes y vigilancia de aquél.

Los reyes de la III dinastía de Ur, aunque se apoyaban en un complicado aparato de burocracia oligárquica y con su autodi- vinización habían subyugado a la clase sacerdotal, no fueron

capaces de contener el general desmoronamiento del poder político en Sumer. La descomposición de la economía sumeria se reveló incontrastable. Se habían agudizado también, por otro lado, las oposiciones étnicas, ganando cada vez mayor influencia el grupo semita. Cuando los semitas procedentes del este, los amorreos,'consiguieron dominar también en Akkad, la influencia política de los sumerios en Mesopotamia se apagó completamente.

El DESPOTISMO DE LOS REYES BABILONIOS

Hammurabi se encuentra ya a la cabeza de un reino amorreo unificado. Este hecho se ve reflejado en el título de «rey de la totalidad», «rey de las cuatro regiones limítrofes» o «rey de las cuatro zonas del universo» (es decir, Sumer, Akkad, Subartu y Elam), adoptado por él. El rey es también el sumo administra­ dor, legislador, juez y general en jefe dé los ejércitos. Y fue también él quien llevó a cabo una importante reforma en las relaciones entre el palacio y el templo (véase cap. XI). El pala­ cio real poseía también grandes latifundios. El rey los admi­ nistraba directamente o los repartía entre los miembros que componían el aparato gubernamental, entre los militares, los artesanos, etc. De todos estos grupos de personas exigía el so­ berano la prestación de diversos servicios obligatorios (a los que se llamaba ilkum). Otras parcelas de terreno eran confiadas a agricultores que debían entregar una determinada parte de las cosechas. Estas entregas constituían una parte considerable de los ingresos de palacio. Las comunidades rurales poseían todavía terrenos propios, que eran administrados bajo la vigi­ lancia de un funcionario instituido por el propio rey. Algunas de las leyes de Hammurabi regulaban la obligación de los miembros de la comunidad de mantener el buen estado de los diques y canales.

Los reyes casitas se adaptaron a la cultura babilónica, conti­ nuando con la tradición de sus despóticos antecesores. El pri­ mero de estos reyes, Gandash, se autotituló «rey de las cuatro zonas, rey de Sumer y Akkad y rey de Babilonia». Algunos so­ beranos casitas hicieron anteponer a su nombre el signo cu­ neiforme que representa a dios (como expresión de su autodivi- nización) o se declararon a sí mismos equiparables a los dioses babilonios: Designaban los terrenos que acaparaban en sus ma­ nos como «préstamos transitorios» hechos por estos dioses, ve­ lando así el antagonismo de la situación social. No obstante, la mayor parte de estos terrenos fueron entregados por ellos a los templos o a personas individuales, como recompensa por servi­ cios prestados. El acto de cesión quedaba registrado sobre una

pequeña piedra oval (llamada kudurru) para que quedara constancia pública (la piedra permanecía en el terreno, hacien­ do la función de «mojón-límite»). Con esto, el concesionario debía quedar protegido ante eventuales demandas de terceras personas. Con frecuencia se conservaba también en el templo un duplicado del mojón-límite, con el fin de ganar la «protec­ ción de los dioses» para el terreno en cuestión. Los símbolos que representaban a los dioses se grababan por regla general en el extremo superior del mojón-límite (véase lám. XXVIII). También los terrenos que poseían las tribus casitas pasaron por este sistema a manos privadas. Esto se hizo por una indicación personal del rey a los jefes de estas tribus. Sin embargo, habi­ tualmente, el rey concedía una indemnización por los terrenos (que podía consistir en cereales, ganado, aceite, vestidos, etc.). A veces la cesión se realizaba sin recibir a cambio indemniza­ ción ninguna (aunque, por supuesto, siempre con la aproba­ ción del jefe de la tribu). La cesión de parcelas de terreno a ter­ ceras personas se hacía con el fin de premiar diversos méritos o servicios, porque proporcionaba diversas ventajas no sólo para los reyes sino también para los miembros de la tribu (por ejemplo, en el caso de tener que defenderse ante un ataque enemigo).

Estas tribus, que poseían los terrenos en propiedad colectiva, tenían un alto nivel de organización. A su cabeza se encontra­ ba el jefe, con su aparato administrativo. El territorio de la tri­ bu abarcaba pequeños distritos, cuyo suelo se encontraba divi­ dido en parcelas independientes, explotadas por determinadas familias. Las familias constituían las unidades sociales y econó­ micas más bajas. El jefe de la tribu era el supremo administra­ dor de su distrito, al que se designaba como su «casa». Era el responsable de que los miembros de la tribu prestaran los servi­ cios obligatorios y de que pagaran los impuestos; de la cons­ trucción y mantenimiento de las instalaciones hidráulicas y carreteras; de qué se otorgasen terrenos para que pastase el ga­ nado del rey, etc. A cambio de esto, los agricultores y artesanos que se encontraban bajo su administración, debían hacerle entrega de determinadas contribuciones. El poder de algunos de estos jefes fue considerable, de modo que, unidos a los sa­ cerdotes y comerciantes, constituían un importante contrapeso frente al poder de palacio. El rey se vio obligado a conceder una relativa autonomía a algunas ciudades (Babilonia, Nippur y Sippar entre otras). La población de ellas se veía entonces libre del pago de impuestos y de la prestación de servicios obli­ gatorios. La consecuencia de todo ello fue la progresiva debili­ tación del poder del palacio. También la rivalidad de algunas «casas» paralizó el poder político y económico de los reyes casi­ tas, de forma que el reino no pudo oponer ningún tipo de re­ sistencia a los duros ataques de sus vecinos asirios.

La POSICION DE LOS PRIMEROS REYES ASIRIOS

También el poder de los reyes asirios tuvo una evolución paulatina. A comienzos de la época histórica, éstos utilizaban el título de «señor» y no el de «rey». Para poder ejercitar sus de­ rechos dependían de la aprobación de los prohombres de de­ terminadas ciudades. Estos prohombres eran principalmente ricos ciudadanos, especialmente comerciantes, reunidos en un órgano asambleario que recibía el nombre de kárum. También los asentamientos asirios fuera del país poseían su kárum (por ejemplo, el kárum de Kanish, una colonia comercial de la anti­ gua Asiria en Asia Menor). A los kárum les incumbía decidir sobre las cuestiones administrativas y jurídicas, en presencia de los representantes de ambos factores del poder político. En sus funciones de juez, el rey adoptaba el título de waqlum, así co­ mo en sus funciones de sacerdote supremo se presentaba como el representante del dios nacional de Asur (ishshiakkum). Los reyes asirios proclamaban también en sus inscripciones su supe­ rior autoridad, denominando a sus antepasados o a su sucesor «grandes» o «poderosos».

Los dignatarios, llamados lim u, formaban desde la época an­ tigua asiria, una clase aparte en el aparato burocrático del país. Ejercían su cargo durante un año, que era designado según el nombre del dignatario en funciones (una analogía de los poste­ riores epónimos griegos). Les incumbían las más importantes cuestiones administrativas (en Kanish, también la vigilancia de los colonos que se habían establecido allí).

Shamshiadad I, que venció a Hammurabi, se asignó ya dos títulos: «rey de la totalidad» y «general del dios Enlil», para dar así mayor realce a su autoridad suprema y al origen divino de su poder.

El DESPOTISMO DE LOS REYES ASIRIOS

Tras un intervalo que duró medio milenio, durante el cual sólo efícontramos «alcaldes» en Asur (íshshiakku), en el escena­ rio histórico aparece de nuevo el «rey del país de Asur». Ash- shuruballit I (mitad del siglo XIV a. de C.) se denomina a sí mismo en sus cartas a la corte egipcia de Tutánkhamón, «gran rey». Ashshuruballit utilizó además el título de «rey de la tota­ lidad». Declaró que su poder le había sido otorgado por el dios Enlil, el centro de cuyo culto era Nippur, indicando con esto que Asur debía ser considerada también como el centro jerár­ quico del país. Las ambiciones de los reyes asirios se reflejan igualmente en el título de «rey de las cuatro zonas del univer­ so», utilizado por ellos.

ilimitado. En sus decisiones, estaban obligados a contar, por un lado, con los máximos representantes de la clase sacerdotal y, por otro, con la aristocracia militar. Ambos grupos defen­ dían tenazmente sus privilegios. Existe toda una serie de docu­ mentos que demuestran las desgraciadas consecuencias acaeci­ das a los déspotas asirios por no haber considerado suficiente­ mente los intereses de estos dos grupos. El trágico final de Sal- manasar Y y de Senaquerib, es el ejemplo de cómo se procedía con aquellos soberanos que se mostraban inflexibles ante las exigencias de estos grupos sociales: Cuando en estas clases so­ ciales se produjeron divergencias insalvables entre los propios miembros del grupo, el reino asirio llegó a su fin. El soberano, que de este modo permanecía totalmente aislado, no podía ya desviar el destino de su reino pues también la población se en­ contraba empobrecida como consecuencia de las largas campa­ ñas guerreras y de lo gravoso de las contibuciones.

LA SEPARACION DEL PODER DE PALACIO Y EL PODER DEL TEMPLO En la época neobabilónica tuvo lugar una importante secula­ rización del poder del rey: ante todo, éste ya no aparecía cómo el representante del dios principal de la metrópolis. Al mismo tiempo, disminuyó también la dependencia del soberano bajo la que se habían hallado los sacerdotes. Estos intentaron apro­ vechar todo indicio de debilidad del rey para reforzar su propio poder. Durante el período neobabilónico, que fue relativa­ mente corto, hubo dos intentos antidinásticos de ía clase sacer­ dotal del templo de Marduk en Babilonia, que revistieron es­ pecial importancia: Awil-Marduk, el hijo de Nebukadnezar II, fue acusado de impiedad y de llevar una vida inmoral y sufrió una muerte violenta. También Ía postura antijerárquica dei úl­

timo rey babilonio, Nabónido, tuvo para él fatales consecuen­ cias. Tras la derrota sufrida ante los persas, los sacerdotes de Babilonia abrieron a éstos las puertas de la ciudad; recibiendo al rey persa Ciro II como a su libertador.

Junto al palacio y al templo, algunas ciudades (Babilonia, Nippur, Sippar y Uruk), que disfrutaban de determinados pri­ vilegios, desempeñaron también un importante papel. La clase sacerdotal, cuyos representantes se contaban entre los más dis­ tinguidos miembros de íá asamblea de los ancianos de la ciudad, intervino frecuentemente en la administración y en la jurisdicción.

Una parte considerable de los terrenos situados fuera de la ciudad fue confiado por el rey para su explotación a las familias de soldados y funcionarios. Varias de estas familias, entre las que se habían repartido el suelo, formaron una unidad admi­

nistrativa (khatru). A la cabeza de estas unidades se encontraba el «administrador» (shaknu), que era responsable de las entre­ gas regulares obligatorias para las arcas de palacio. Algunas de las familias subarrendaron a su vez las «granjas» a «empresa­ rios», que entregaban directamente al soberano las correspon­ dientes contribuciones. Gon el curso del tiempo, hubo perso­ nas con especial poder económico que concentraron en sus ma­ nos muchas de estas «empresas» (que con frecuencia se transmi­ tían de una generación a otra), en el marco de las cuales les re­ sultaba posible realizar amplios negocios, principalmente ope­ raciones usurarias (sobre todo préstamos á altos intereses). Fuentes de la época neobabilónica nos han dado a conocer una serie de estas «casas bancarias» (como, por ejemplo la de «Mu- rashu e hijos» en Nippur y la de «Egibi e hijos» en Babilonia, entre otras).

L a l e g i t i m i d a d d e l o s r e y e s MESOPOTAMIOS

Para la sucesión en el trono, no siempre resultaba decisiva la legitimidad que se derivaba del parentesco sanguíneo con la dinastía reinante. Eran determinantes también otras influen­ cias, tales como la intervención de la clase sacerdotal o de la aristocracia, así como la de los ambiciosos generales del ejérci­