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EL MATRIARCADO AGRICOLA
Uno de los más importantes componentes de la evolución es piritual de los habitantes de Mesopotamia fueron sus concep ciones religiosas, en las que se reflejan todos los fenómenos na turales, cuyos efectos y esencia nó podían comprender. Las re laciones de los hombres de entonces con la naturaleza eran muy estrechas. Los mesopotámicos fueron incesantes observa dores de la fuerza generadora de la tierra y del nacimiento y destrucción de todo lo vivo. Observaron y sintieron en sí mis mos los efectos benefactores y destructores de los elementos na turales. Todo esto influyó notablemente en el origen de sus concepciones religiosas, las cuales se pusieron de manifiesto en el culto a ía fuerza eternamente generadora y procreadora per sonificada en la figura de la diosa-madre (véase sobre esto lo "a mencionado en la pág. 44). Constituyeron el distintivo característico de la ordenación matriarcal. A la veneración a la diosa-madre se añadió luego el culto al dios masculino de la naturaleza generadora, subordinado a la diosa cuyas raíces retroceden hasta los rituales efectuados por los cazadores en las épocas de apareamiento sexual. Las concepciones totémicas se conservaron hasta la época histórica, como demuestran clara mente las diversas representaciones de dioses sumerios con fi gura de animales o semianimales. Las profundas raíces de estos vestigios se pueden rastrear con gran facilidad eh los mitos y epopeyas sumerios y acadios (véase cap. XVI).
El ORIGEN DEL PANTEON MESOPOTAMICO
La directa relación de los habitantes de Mesopotamia con la naturaleza dio lugar a sus concepciones sobre un mundo de
dioses en el que se encuentran aún vestigios de animismo. Las fuerzas elementales de la naturaleza, tanto las benefactoras co mo las destructoras, fueron personificadas y elevadas a la categoría de dioses. Los sumerios conocían en el tercer milenio cientos de dioses. De todos ellos, la tríada formada por An —dios del cielo—, Enlil —dios de la tierra— y Enki —dios del agua— adquirió la supremacía en el panteón sumerio. El cuar to lugar le estaba reservado a la diosa Ninkhursag, la madre de todas las criaturas vivientes. Se hablaba también de dos gran des grupos de dioses: Anunnaki (dioses de la tierra y del cielo) e Igigi (dioses de los infiernos). También aquí se aprecian vesti gios del primitivo animismo. Las diversas ciudades mesopotá- micas tenían sus dioses protectores. Algunas deidades cayeron en el olvido con el curso del tiempo, mientras que otras, por el contrario, adquirieron una posición predominante, al aumen tar el poder político de las ciudades en las que eran veneradas. Formalmente, las concepciones religiosas, en sus manifesta ciones externas, se han mostrado siempre muy conservadoras, por ejemplo las oraciones que continuaron vigentes desde la III dinastía de Ur hasta la época tardía babilónica. Los objetos li túrgicos; tampoco sufrieron cambios importantes en este período| que duró casi dos mil años.
LOS PRINCIPALES DIOSES Y SU FUNCION SOCIAL
Con ^a evolución hacia una ordenación esclavista y con la di ferenciación en clases de la población, el panteón mesopotámi- co cumplió determinadas funciones sociales. Enlil, cuyo cuitó estaba cjoncentrado principalmente en Nippur, era el dios que decidía sobre el destino humano. Se le consideraba una deidad benefactora y se le atribuía la creación de las más importantes fuerzas generativas del cosmos, la fundación de las ciudades, la creación de las plantas y el descubrimiento de la azada y del arado. Á pesar de ello, a veces pasaba por ser un dios cruel ya que, por ejemplo, no impidió la destrucción de Ur. El dios del agua era Enki (en acadio, Ea),, vocablo que ha sido reciente mente atribuido a la llamada población Ubaid de Mesopotamia (véase pág. 33). Este papel de dios de las aguas se debe a que se le consideraba el dios de la sabiduría, pues los benefactores efectos del agua eran sobradamente conocidos. Se creía tam bién que era el creador de la artesanía, de la escritura y de las ciencias y que había dado a los hombres estas elementales ad quisiciones culturales. Hoy se le considera como la más antigua deidad sumeria que nos es conocida, porque su nombre apare ce ya en los documentos arcaicos de Uruk, Shuruppak y otras ciudades sumerias.
dioses babilónicos, pero sin que se le atribuya ninguna función determinada. Su culto tampoco estaba especialmente extendi do, lo que demuestra el fuerte desarrollo del sentido de la rea lidad de los sumerios. Según sus concepciones, el dios que recibía el nombre de «padre de los dioses» o de «soberano de los dioses» estaba demasiado lejos de los sencillos mortales, ya que no sólo no se preocupaba de ellos sino que incluso los odiaba; Por esto se lo incluía también a veces entre las deidades más te midas, a quienes había que predisponer favorablemente por medio de sacrificios especiales. En el mito sumerio de la crea ción, este dios aparece junto a su esposad la diosa de la tierra, llamada K1 (que significa la tierra). A ella se le dio también el nombre de Nin-tu, es decir, la señora que regala la vida. Su nombre está también escrito como Ninkhursag o Ninmakh (la noble señora) en las listas de dioses sumerias. Más adelante, su lugar fue ocupado por Inanna (en acadío Ishtar), la amada de An. Se lá representaba con figura de mujer de la que crecían ramas (una nueva expresión del culto a la naturaleza). Su culto se extendió por todo el Cercano Oriente, recibiendo, la diosa, diferentes nombres (como, por ejemplo, la fenicia Astarté). Ganó en popularidad incluso a la esposa del dios Enki, la diosa Damkiná, y a la esposa de Enlil, la diosa Ninlil, cuyo nombre variaba según los lugares en los que se le rendía culto (en Isin, Ninisinna; en Nippur, Ninnibrua, etc.).
El dios de la luna, Nánna (en acadio Sin o Suen), era consi derado como el hijo de Enlil. Pasaba por ser un antiquísimo dios protector de los pastores. Con su esposa Ningál procreó a Utu (en acadio Shamash), el dios del sol, a quien se le atribuía la función, notablemente social, de dios de la justicia, que de rivaba de su primitiva función astral de dios del sol. Otro de los hijos de Enlil era Niñurta, el dios de la guerra y de la caza. Su nombre ha llegado hasta nosotros bajo la denominación bíblica de Nemrod. Los otrÓs dioses hijos de Enlil, Zababa y Ningirsu, tenían una: función similar. El último era considerado el dios de la agricultura. Su culto estaba concentrado en la ciudad de Lagash o Girsu.
Marduk, el primer hijo de Ea y de la diosa Damkina, se con virtió en una de las importantes deidades mesopotámicas. Le fueron transferidas las funciones de su padre como dios de la sabiduría y protector de los hombres. El que Marduk pasara a ocupar uno de los primeros lugares del panteón mesopotámico está relacionado con el auge político alcanzado por Babilonia. Junto con su esposa Sarpanítu (la radiante), procreó a Nabu, el dios de lá escritura y el protector de los escribas, que aportó la cultura a la humanidad. Otro de los dioses que pasaron a pri mera línea por la situación política fue el dios nacional asirio, Asur, que en el panteón asirio se elevó hasta la categoría de «rey de todos los dioses».
Entre los dioses más importantes que se veneraban en la épo ca tardía babilónica se encuentra también el dios amorita Adad (el sumerio Ishkur), que cumplía sus funciones en el marco de las fuerzas de la naturaleza, tanto de las benefactoras como de las destructoras, ya que era el dios del tiempo, de las tempesta des, de las tormentas y de las subidas de las aguas (véase fig. 44). Era pues uno de los dioses de la población agrícola. La ve neración del dios de la vegetación Dumuzi, el acadio Tam- muzu (nombre con el que se le menciona en la Biblia), teñía un carácter plenamente agrario. Su culto, que equivalía al de la naturaleza que se renueva eternamente a sí misma, estaba ex tendido por toda Asia Menor.
Fig. 44. El dios acadio del tiempo Fig. 45. Figurilla de bronce que
Adad. Sello de lapislázuli (en forma de representa al, demonio Pazuzu. Ai- figurilla), encontrada en Babilonia, tura, 14,5 cm. De procedencia des
procedente de la época de Asarhsd- conocida. Louvre, París
,dón. Altura, 20 cm. Staatliche Muse- ' en, Berlín
Entre los dioses de los infiernos, el primer lugar le estaba re servado a Nirgal. Originariamente, en los infiernos reinaba la diosa Ereshkigal —lo que supone, también en este terreno, un vestigio del primitivo matriarcado. Nirgal era el dios de las en fermedades y de la guerra. A Irra se le conocía como el dios de
la peste y, según un mito acadio, asoló la tierra mediante guerras e incendios, matando a los hombres con la peste.
El carácter astral de las deidades sumerias y acadias está muy claro, ya que a cada una de ellas le correspondía una de las estrellas del cielo. Este carácter astral está particularmente reflejado en los dioses del sol y de la luna. Á Ishtar le correspondía el planeta Venus; a Anu se le.situaba en el Ecuador celeste y a su lado se encontraban Ea y Enlil, Aries era la estrella de Tammuzu, Marte le correspondía a Nirgal e Hidra
a Ereshkigal. La estrella de Mar- duk era Júpiter, la de Ninurta, Sa turno, la de Nabu, Mercurio, etc. Junto al culto a los dioses flore ció también el culto a los buenos y malosrdemonios (véanse figs. 45 y 46). Los más temidos eran los «siete malvados». Frente a ellos es taban los «siete sabios», demonios bienhechores y amigos de los
- hombres. A todos estos demonios
se les representaba con figuras to- témicas. Los benefactores casi siempre se representaban como to ros alados con cinco patas y cabeza de hombre (representados con cin co patas porque estaban calculados para su contemplación de frente o de perfil. Vistos de frente se dis tinguen dos patas y, vistos de per fil, cuatro), o bien como hombres alados con cabeza de pájaro y los Fig, 46.^ Demonio con cabe- <<ma)[os>> demonios con cuerpo de
za de león. Figurilla de terraco- . L ■ ' r y