EVOLUCION HISTORICA DE MESOPOTAMIA
LA EPOCA NEOBABILONICA
Nuevamente alcanzó el poder Babilonia, convirtiéndose así, junto con Media, en uno de los más importantes países del Oriente Próximo (véase mapa n.° 5). Tras la muerte de Nabo- polasar (en el año 604 a. de C.), su hijo Nebukadnezar II, co nocido bajo el nombre griego de Nabucodonosor, prosiguió la organización del reino. En la política interior buscó el apoyo de la influente clase sacerdotal y dirigió sus intentos expansionis- tas principalmente contra Siria y Palestina. En el año 586 a. de
Mapa aúm. 5.—EÍ reino neobabilónico
Y Z A
Núcleo del reino Zona de influencia lidia
El reino medo
C. saqueó Jetusalén, llevándose cerca de 70.000 judíos, princi palmente artesanos y comerciantes, a Babilonia. La expedición qué emprendió contra Egipto aseguró las fronteras del sur de Palestina.
Babilonia se convirtió en la más importante metrópolis del mundo de entonces. El rey puso un extraordinario interés en la ampliación y embellecimiento de la ciudad. Este esplendor ex terno atestigua indudablemente un considerable nivel econó mico y cultural, pero, condicionado por las diferencias de clases y por los Opuestos intereses de la población del reino, consti tuida por diferentes grupos étnicos, llevaba ya dentro de sí el germen de futuras divergencias. Los disturbios estallaron inme diatamente tras la muerte de Nebukadnezar II. Durante los -seis años siguientes se sucedieron tres reyes en el trono de Babi lonia, de los cuales dos fueron eliminados por medio de la 'violencia.
Nabuna’id (Nabónido), el último soberano del reino neoba- ‘bilónico, fue consciente del peligro que amenazaba a su país •ídésde Persia. Desde el momento de su subida al trono, en el
año 556 a. C., intentó conjurar este peligro. Proyectó el trasla do hacia el norte, a la ciudad de Kharrán, famosa por el cuito al dios lunar, del centro de su reino. Se despreocupó pues de Babilonia, delegando el poder en su hijo Bélsharusur (más co nocido como Baltasar). La clase sacerdotal babilónica recibió con especial desagrado las reformas de Nabónido, ya que con ellas perdían una parte considerable de sus anteriores ingresos (por ejemplo, con la supresión de la fiesta babilónica del Año Nuevo, considerada por toda la población como una de las más importantes festividades del país. Sobre esto, véase cap. XI). Los sacerdotes babilonios se decidieron por ello a conspirar con Ciro II, el rey persa. Ni siquiera el retorno de Nabónido a Babi lonia y el restablecimiento de la festividad del Año Nuevo p u dieron influir en la situación. El conocido relato del Antiguo Testamento sobre la misteriosa inscripción en los muros de la sala del trono del palacio de Nabónido en vísperas de la ca tástrofe nos ofrece un claro testimonio de la tensa situación. Los persas se encontraban ya en territorio babilonio. A Nabóni do no le quedaba tiempo suficiente para organizar la defensa. Los mismos sacerdotes abrieron las puertas de Babilonia, salu dando a Ciro como al libertador del país y como al rey de «Ba bilonia, Sumer y Akkad».
Ba b i l o n i a b a j o e l d o m i n i o e x t r a n j e r o
El rey vencedor demostró poseer una gran inteligencia tácti ca y se comportó con prudencia en cuanto sé refería a Babilo nia, predominantemente semita. La unión a Persia de Babilo nia, como región autónoma, se realizó mediante la persona del soberano común. Nabónido, que había sido hecho prisionero, fue perdonado. Se mantuvo la tradición cultural y religiosa de Babilonia. El acadio —a veces, incluso el sumerio— continuó siendo la lengua empleada en los monumentos literarios y en las transacciones comerciales y jurídicas. No obstante, en Babi lonia se instituyó como lengua oficial el arameo, que dos siglos más tarde fue sustituido por el griego. A lbs judíos se les per mitió regresar a Jerusalén. La situación política de Babilonia só lo cambió con Jerjes I. Desde el año 482 a. de C., éste dejó de llamarse «rey de Babilonia, Sumer y Akkad». Al mismo tiem po, abolió también el culto a Marduk, el principal dios babilo nio. Pero el acadio continuó siendo, durante tres siglos más, la lengua de los monumentos literarios y de la liturgia (véase cap. II).
Cuando, en el año 331 a. de C., entró Alejandro Magno en Babilonia, encontró allí aún una gran tradición acadia, pero no llegó a realizar su deseo de hacer de Babilonia la metrópolis de su imperio. Su prematura muerte le alcanzó precisamente en 60
Babilonia. Durante el gobierno de sus sucesores, los seleúcidas, la situación económica y social de Babilonia no fue muy favo rable. Poco a poco fue apagándose la vida cultural, principal mente en los templos, a pesar de haberse renovado el culto al dios Marduk. Berosio, un culto sacerdote de la época postale- jandrina, escribió, ya en griego, una crónica en tres volúmenes de la historia de su país, a la que dio el título de Babiloniaca. Esta obra es una de las más importantes fuentes sobre el pasado de Mesopotamia, de las que hemos podido disponer hasta la mitad del siglo pasado. Así pues, durante aproximadamente dos milenios, la cuna de una de las mayores civilizaciones de la humanidad, en la que se han inspirado más tarde otros pueblos y otras épocas, quedó sumida en un profundo olvido. Debemos a los filólogos, a los arqueólogos y a los incontables obreros anónimos que han retirado con sus manos los es combros depositados a lo largo de milenios, el que este olvido no haya sido eterno. A estos investigadores y a estos obreros, dedicaremos los dos siguientes capítulos.