Capítulo 1: Elementos conceptuales Una propuesta de lectura de las
1.4 La institución de la maternidad y la heterosexualidad obligatoria
Se ha visto cómo los cuerpos de las mujeres fueron apropiados por el capitalismo naciente, de la mano de la división sexual del trabajo. Se repasó cómo fueron colonizadas políticamente todas las esferas de la vida de las mujeres, mientras se las recluía en el ámbito doméstico y, paradójicamente, se producía un proceso de despolitización de la vida privada. Se puso de manifiesto cómo, incluso, el parto les fue quitado, mientras se las perseguía y acusaba por sus conocimientos relacionados a éste y a otras cuestiones, tales como la anticoncepción, la sexualidad, el aborto y la curación en general. En el presente apartado se dará cuenta de los pilares del imaginario que contribuyó a fijar a las mujeres en su rol de encargadas de la reproducción biológica y social: la institución de la maternidad y la heterosexualidad obligatoria.
Según Rich, existen:
“(…) dos significados superpuestos de maternidad: la relación potencial de cualquier mujer con los poderes de la reproducción y con los hijos: y la
institución, cuyo objetivo es asegurar que este potencial –y todas las
mujeres- permanezcan bajo el control masculino. Esta institución ha sido la clave de muchos y de diferentes sistemas sociales y políticos. Ha impedido a la mitad de la especie humana tomar las decisiones que afectan a sus vidas; exime a los hombres de la paternidad en un sentido auténtico, crea el peligroso cisma entre vida ‘privada’ y ‘pública’; frena las elecciones humanas y sus potencialidades. En la contradicción más fundamental y asombrosa, por causa de esta institución las mujeres nos hemos alienado en nuestros cuerpos, convirtiéndolos en cárceles.”40
Estos cuerpos de mujeres alienados, funcionales a las necesidades de un orden económico, político y social que las explota, son enajenados de la experiencia de la maternidad, como han sido enajenadas tantas otras experiencias vitales desde los orígenes del capitalismo. Los cuerpos-máquina, diferenciados en máquinas masculinas y máquinas femeninas, con funciones
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diversificadas y claras, deben alejarse de las experiencias que los distraigan de sus roles.
“Experiencias tales como la maternidad y la sexualidad han sido encauzadas para servir a los intereses masculinos. Los comportamientos que amenazan estas instituciones, como los amores ilegítimos, el aborto y el lesbianismo, se consideran desviaciones y actos criminales.”41
La maternidad y la familia heterosexual son instituciones que aseguran un determinado tipo de control social, cultural y familiar sobre las mujeres. Hilos que a simple vista no se perciben, pero que urden, y han urdido, una trama de dominación real e inexorable que retiene a las mujeres en el ámbito privado, cuando no aisladas, sí sometidas a reglas de juego de las que muy poco tienen para decir si pretenden ser “buenas” madres y esposas.
“Cuando pensamos en una institución la imaginamos instalada en un edificio (…) Cuando pensamos en la institución de la maternidad, no evocamos ninguna arquitectura simbólica, ninguna personificación de la autoridad, del poder o de la violencia real o posible. La maternidad se asocia con el hogar, y preferimos creer que el hogar es un sitio privado. (…). No pensamos en el poder que nos fue robado y extirpado en nombre de esa institución de la maternidad.
La institución de la maternidad es intocable e invisible (…). Debe seguir siendo evocada para que las mujeres no olviden nunca más que nuestros fragmentos de experiencia vivida pertenecen a un todo que no ha sido creación nuestra. La violación y sus consecuencias; el matrimonio y la dependencia económica, como garantía de propiedad de un hombre sobre “sus hijos”; el robo del parto a las mujeres (…); las leyes que regulan los nacimientos y el aborto (…); la negativa a considerar las tareas domésticas como parte de la “producción”; las mujeres encadenadas por el amor y la culpa (…); el confinamiento solitario de la “maternidad de dedicación exclusiva”; la naturaleza simbólica de la paternidad, que da al hombre derechos y privilegios sobre los hijos, frente a los cuales asume
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responsabilidades mínimas (…): todas estas realidades son como las fibras de la trama que compone la institución, y determinan nuestras relaciones con los hijos, nos guste o no. ”42
La reproducción y la actualización de esta institución y de su contraparte necesaria, el matrimonio heterosexual, no están garantizadas sólo por un actor social. La red es compleja y se nutre de elementos culturales aprendidos en la familia, en la escuela, en las diversas actividades sociales y deportivas, en los medios de comunicación, en el sistema médico. En palabras de Bourdieu, es la práctica misma la que contribuye a formar (o a deformar) los modos de ser femeninos y masculinos y las acciones y representaciones a ellos atribuidas.
“Los condicionamientos asociados a una clase particular de condiciones de existencia producen habitus, sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer el propósito consciente de ciertos fines ni el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente "reguladas" y "regulares" sin ser para nada el producto de la obediencia a determinadas reglas, y, por todo ello, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta.”43
Estas disposiciones relativas al sexo, a la sexualidad, al cuerpo, a la maternidad/ paternidad, a la salud, al goce e incluso a la violencia han pretendido ser ocultadas a lo largo de la historia entre las cuatro paredes de un hogar o un consultorio médico, invisibilizando su significado y su carga política. Sólo después de muchos años de luchas feministas se comenzó a hablar de estos temas y a trabajar sobre ellos poniendo en cuestión los estereotipos de género.
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Íbid., pp. 269- 271 43
La institución de la maternidad despoja a las mujeres de la capacidad de decidir sobre sus cuerpos, pues instaura el mito de “la maternidad” sagrada, independiente de la clase, de la cultura, de la raza, de la edad. Una y la misma. Siempre heterosexual, siempre incondicional, siempre destino para las mujeres. Idéntica a sí misma, pues la maternidad ha sido y será “siempre” igual.
Ana María Fernández, psicoanalista argentina, sostiene que la construcción imaginaria de “la mujer” que las sociedades patriarcales elaboran se sostiene sobre tres mitos: la mujer=madre; el amor romántico y la pasividad erótica de las mujeres.44
Mientras tanto, el matrimonio heterosexual ejerce control sobre la sexualidad de las mujeres, atándolas a su función reproductora. Por supuesto, estas instituciones van cambiando levemente de formas para adaptarse a nuevas necesidades de época.
“La heterosexualidad institucionalizada ha inculcado en el ánimo de las mujeres, durante siglos, que somos peligrosas, impuras y la personificación de la lujuria, después se nos dijo que no <éramos apasionadas>, sino frígidas y sexualmente pasivas. En la actualidad, la institución prescribe que las mujeres de Occidente deben ser <sensuales> y <liberadas sexualmente> (…).”45
Se hace evidente, de este modo, la necesidad de intentar un análisis que se aleje de las naturalizaciones de sentido común acerca del rol de las mujeres en la vida privada y pública, para poner en cuestión qué elementos subyacen en el ejercicio de su sexualidad y en el acceso a lo que hoy llamamos derechos sexuales y reproductivos. La complejidad de este acercamiento radica en la mutua penetración de la esfera privada y la esfera pública o política.
“(…) las feministas consideran que la vida doméstica es privada por definición. Sin embargo, rechazan el supuesto en virtud del cual la separación entre lo privado y lo público se sigue inevitablemente de las
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Fernández, Ana María (1993) La mujer de la ilusión. Pactos y contratos entre hombres y
mujeres. Buenos Aires: Paidós.
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características naturales de los sexos y sostienen, por el contrario, que sólo resulta posible una correcta comprensión de la vida social liberal cuando se acepta que las dos esferas (…) presuntamente separadas y opuestas están inextricablemente interrelacionadas. Dicho de otra forma, que son las dos caras de la misma moneda, el patriarcalismo liberal.”46
Por esta razón, el presente trabajo, encarado desde un punto de vista feminista, pone en cuestión el “destino doméstico” que les correspondería a las mujeres por la prescripción que dicta que la biología (es decir, la capacidad de reproducir la especie humana) es destino. Las sexualidades de los/as sujetos no se ejercen de maneras que puedan ser llamadas “naturales”. Nuestras sociedades se han empeñado en despolitizar las regulaciones sobre la corporalidad, ocultando la lógica patriarcal, capitalista y heterosexista a través de la cual los Estados han regulado históricamente las formas de nacer, reproducirse y morir. Estas operaciones de neutralización atraviesan también el saber médico hegemónico y actúan como la defensa más eficaz de la institución de la maternidad.
Los capítulos que siguen permiten recorrer las transformaciones históricas que han posibilitado transitar del ciudadano neutro a la inscripción de derechos sexuados en los ordenamientos jurídicos y políticos de los estados.
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