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2. Desalojos y relocalización a causa del desarrollo

2.1 En la Mendoza del siglo XIX

2.1.2 Intercambios mercantiles y la participación de “Potrerillos”

Aludiendo a Brachetta et. al (2012), después de 1820, el perfil económico de Mendoza se organizó como espacio económico intermedio entre los mercados vinculados al comercio internacional de Buenos Aires y Valparaíso. Se ligaba a los mercados de algunas áreas de Buenos Aires y Santa Fe, y la región chilena del Valle de Aconcagua. Siguiendo a las autoras, Buenos Aires era la principal compradora de vinos, frutas secas, trigo y harinas producidas localmente. Chile, por su parte, importaba de Mendoza hacienda en pie y productos derivados de la ganadería, como cueros, jabón y sebo. De Santa Fe provenía yerba originaria de Paraguay como también arroz y azúcar para consumo; y de las ciudades portuarias provenían productos importados como algodones ingleses, papel y elementos de ferretería que no se producían en la región. Sin embargo, este flujo comercial no se tradujo en beneficios relevantes para la provincia.

Luego de 1825, debido a las distancias geográficas, los costos del sistema de carga y transporte que se realizaban en carretas y recuas de mulas, los impuestos que cobraban las provincias y la disminución del consumo de vinos cuyanos por la preferencia en Buenos Aires de licores importados -en su mayoría de origen español- el intercambio se tornó desfavorable para la economía local. Ante esta situación, el entonces gobernador Pedro Molina, gestionó ante el gobierno de Rosas medidas proteccionistas para la economía local y firmó en 1835 junto al gobierno de San Juan un convenio con el país de Chile para fomentar el intercambio comercial entre lugares vecinos (Ibidem, p. 83).

Pero esta vez, arguyen las autoras, Mendoza no participó del intercambio por su perfil vitivinícola, lo hizo por la actividad ganadera (ganado en pie) y la producción de trigo y alfalfa. El mercado mendocino se acoplaba a la tradicional reexportación de ganado de Buenos Aires, del sur de Santa Fe y Córdoba hacia Chile, rubro este que por décadas se constituyó en el principal exportable del país junto al de las frutas secas, el sebo y el jabón -en menor medida-.

Vinculado a la exportación de ganado hacia Chile, Mendoza emprendió el negocio de engorde del ganado en tránsito; para ello, las tierras cultivadas de la provincia se cubrieron de alfalfares, así como de plantaciones de trigo, que hicieron relevante la producción de harina local. Debido a la extensión que adquirió el negocio de engorde de ganado, la provincia de Mendoza fue denominada el potrero de la Confederación

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Argentina (Ibidem, p.84), calificativo referido a la gran presencia de animales que se utilizó

también para denominar a uno de nuestros lugares de estudio como Potrerillos en el que se desarrollaba esta actividad.

Volviendo a considerar los estudio de Brachetta et. al (2012), las relaciones comerciales trasandinas crecieron notablemente entre los años 1860 y 1872. Mientras se importaban lienzos, tejidos, arroz, licores, cigarros, aceite, medicamentos, café, máquinas, elementos de mercería y ferretería, muebles, té, yerba, pieles, papel, indumentarias, sombreros y calzados, se continuaba exportando en primer lugar ganado, a lo que se incorporó minerales de plata, cueros y jabón.

Si bien esta ruta de intercambio obtuvo resultados beneficiosos para los empresarios mendocinos, siguiendo a las autoras citadas, la provincia no logró amortiguar los desequilibrios comerciales que mantenía en el intercambio con la región del Litoral, lo cual se debía al hecho de que el trigo y las harinas de la provincia competían en precio y calidad con los producidos en el sur de Santa Fe. Ante este panorama, los políticos y empresarios provinciales comenzaron a revalorar la actividad vitivinícola como estrategia alternativa para reconvertir la economía de la provincia. Actividad que en el tiempo se vio asociada a nuevas prácticas económicas, como por ejemplo al turismo, así como a nuevas rutas comerciales que con el correr de las décadas fueron consolidadas por la intervención estatal con obras de infraestructura que favorecieron y aceleraron el intercambio mercantil, lo cual se facilitó aún más con la llegada en 1885 del ferrocarril a la capital de Mendoza.

La adopción de la vitivinicultura como motor de crecimiento provincial en las últimas décadas del siglo XIX implicó la ampliación de las áreas cultivadas para la producción agrícola. Para ello se realizaron obras hidráulicas por parte de los empresarios vitivinícolas, así como desde el estado con sus expertos contratados - entre los que se destacó el Ing. Cipoletti-. Esta opción fue acompañada por la Ley de Tierras y la legislación de aguas para administrar el riego (1884); así también un papel primordial en este desarrollo lo tuvo la mano de obra proveniente de Italia, España y Francia en su mayoría la que ingresó al país hacia fines de siglo que incidió en la conformación sociocultural de la provincia (Ibidem, p.108).

El dominio de estos negocios en los que se basaba la economía mendocina era liderado por una élite de empresarios regionales que mantenían el control de establecimientos productivos (chacras, haciendas y estancias) dispersos a lo largo de la ruta comercial -de la época colonial- que conectaba a Mendoza con el litoral y a Mendoza con Chile. Estos

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establecimientos eran organizados de acuerdo al ciclo de producción como en relación con el acceso al agua (Ibidem, p.86).

En el distrito de Potrerillos, en la época colonial, el capitán Juan Luis de Guevara, constituyó una de sus estancias de haciendas, con distintos potreros (Maza, 1990). Allí se localizaron la estancia El Plata, de propiedad de Genaro Segura y Frankil Guevara, que luego pasó a ser propiedad de Gaetano Larroca; la estancia San Ignacio, de propiedad del Dr. Juan Agustín Maza, la cual pasó a su descendencia; y la estancia El Salto, que fue adquirida en propiedad por el Ing. Luis Fourcade y hoy pertenece a sus sucesores. Estas grandes extensiones se proveían de las aguas del río Blanco y de los arroyos Salto de las vacas y Las mulas, los cuales han sido fundamentales para los asentamientos humanos.