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III. LA REESCRITURA AUTORIAL EN FOE 1: EL ANÁLISIS ASIMILATIVO

1. La reescritura de la autoría de Defoe en Foe

1.5. Las inversiones de poder

El último de los ítems en los que se ve la asimilación que hace Coetzee de la ‘función-

autor’ y la ‘condición-autor’ son las continuas inversiones de poder que se hacen inter y

extratextualmente en toda la novela. Lo interesante en este aspecto es la manera en que lo marginal y secundario pasa a ocupar el papel principal y a tomar el control de la situación, dentro de la narración es Susan y Viernes sobre Cruso y el señor Foe, y extratextualmente es Coetzee sobre Defoe.

La protagonista de Foe se le podría caracterizar como un personaje errante. Esa ‘mujer

sola’ como ella se denomina pareciera no tener ningún asidero. No sólo se trata de que no

posea una ‘historia’ que cuente la verdad de sí misma y que orientaría todo el curso de su ser, pues en una dimensión menos existencial, dentro de la novela es alguien que sólo va de un lado para el otro sin tener un hogar o alguna persona a quien recurrir. Su condición, como Susan misma lo afirma, es la de ser una gitana (sin rumbo fijo, sospechosa) y soportar el rechazo que al resto de la gente esa apariencia le causa: “Esta es una casa decente, no servimos ni a vagabundos ni a gitanos” (Foe 102). Tiene que vagar, nunca encajar del todo con los demás personajes que parecen más consolidados, y en general, nunca sobresale o tiene un papel significativo en el mundo en el que vive. Si a esto añadimos que es una mujer en un mundo narrativo ambientado en el XVII, dominado completamente por hombres y por estamentos que no la favorecían, acompañada por un misterioso negro en unas condiciones similares a las de ella, se trataría de un ser marginal y marginable, puesto siempre en un segundo lugar.

De esto eso habría un replica en lo extratextual, pues ¿quién es Susan Barton, la náufraga de Coetzee, frente a personajes como Robinson o Roxana u otros grandes hitos de la literatura inglesa, sino una don nadie sin importancia? Ella no ha causado impactos, no ha dado pie a tradiciones narrativas, en fin, podría ser tomada como un personaje de segunda creado por un autor que en el momento de la publicación Foe (1986), tampoco tenía mucho reconocimiento dentro de la literatura en inglés ni fuera de ella.

Pero, aun dentro de esa marginal dentro y fuera de la narración, Susan, como mencionábamos arriba, es una mujer fuerte que consigue dominar a los hombres principales del relato, quienes representan nada más y nada menos que a dos de las figuras más importantes de la literatura inglesa: Cruso (Robinson) y el señor Foe (Defoe). La “inofensiva” náufraga se hace poderosa y sin dudarlo abre su propio camino en esa tradición en la que está tratando de entrar.

Tomando en consideración lo que dice el artículo Foe. La herencia de Robinson (Jurado Bonilla), el ingreso de Susan y Viernes a la casa abandonada del señor Foe es una alegoría de la invasión que hacen estos personajes a la larga tradición de la novela inglesa: “Hemos tomado su casa por residencia y desde ella le escribo. ¿Le sorprende oír esto?” (Foe 66). Estos aparentes ‘marginados’ se hacen dueños del lugar. No hay nadie que les impida reclamar allí un sitio y atreverse a entrar en un sitio que sería reservado exclusivamente para grandes figuras e ilustres escritores. ¿Por qué deberían resignarse a no hacerlo? Todos aquellos personajes tuvieron un inicio similar al de ellos y eso no los detuvo para llegar allí. Además, usurpar de esta manera ese espacio que no les pertenece tiene también otros fines. Por una parte, servirse del lugar puede ser interpretado también como una manera en que los dos personajes, que se terminan por hacer inseparables, consigan esa ‘sustancialidad’ de la cual carecen, es decir, que dentro de la narración, busquen entre las cosas del señor Foe recursos con los cuales Susan pueda escribir su ‘historia esencial’, y por otra, fuera de la narración, que esta mujer y su acompañante como personajes nuevos que son utilicen todo lo que se ha construido antes de ellos para fortalecerse y tomar posición allí.

Como decíamos, de forma intratextual, esta usurpación se manifiesta en dos momentos que podrían ser tomados como paralelos, puesto que son similares las coincidencias que se dan entre ellos: la interacción de Susan con Cruso y su posterior interacción con el señor Foe. En los dos casos, Susan llega a un espacio controlado por una figura de poder masculina que le exige someterse a los parámetros o normas que ésta le quiere imponer a la mujer, Cruso que deseaba que Susan siguiera sus reglas y el señor Foe que quería determinar cómo debía escribirse su relato y los dos momentos, Susan se rebela contra ellos y ratifica cuál es su voluntad al respecto, como mostrábamos en fragmentos anteriormente ya citados.

Pero hay otros momentos en los que no se ve sólo la rebeldía de Susan por no sucumbir ante las voluntades masculinas de la novela, sino que invierte los roles y se alza con el control absoluto de la situación: los encuentros sexuales y la posesión de la historia que quiere contar. El primero de estos dos ítems consiste en lo que decíamos acerca de la apropiación de la sexualidad femenina que había en Roxana. En la escena en que Susan se acuesta con Cruso, y luego la posterior en que lo hace con el señor Foe, se señala de manera clara que ella es quien está en control. La de Cruso es la siguiente:

Le quité la mano de encima y traté de levantarme, pero me sujetó con fuerza. No hay duda de que hubiera podido zafarme de él, pues yo era más fuerte. Pero me hice la siguiente reflexión: Él no ha conocido ninguna mujer en los últimos quince años, ¿por qué no habría de satisfacer su deseo? No ofrecí, pues, más resistencia y le dejé hacer lo que deseaba. (Foe 32. La cursiva es nuestra.)

Y la del señor Foe es similar, Susan de hecho reconoce la cercanía entre los dos hombres y su manera de proceder con ella en el acto sexual:

Luego se echó encima de mí, y por un momento me creí de nuevo en los brazos de Cruso; pues ambos tenían la misma edad, y sin ser fornidos los dos eran hombres igualmente bien dotados; y su forma de conducirse con una mujer asombrosamente parecida.

Traté de calmar a Foe.

–Permítame –Le dije en un susurro–, la primera noche me corresponde un privilegio que no dudo en reclamar. –Le ayudé a ponerse debajo de mí. Luego me despoje de la camisa y me senté a horcajadas sobre él, postura que una mujer no pareció hacerle mucha gracia. (Foe 139. La cursiva es nuestra)

Mirando las escenas con rapidez pareciera que se trataran de violaciones o de abusos que estos hombres tuvieron con la náufraga. Instantes en que se quisieron sobrepasar con ella y lograron su cometido por la fuerza; sin embargo, la manera en que las escenas están construidas dice todo lo contrario. Ellos sí trataron de imponerse, pero Susan se reconocía como la más fuerte, pues esos dos hombres ancianos no lograban igualarla. Sabe que si lo desea podría haberse librado de cualquiera de los dos con un golpe o un buen gesto de

rechazo, mas cede en ambas oportunidades con la conciencia que es ella la que manda. En el caso de Cruso, Susan cede por cierta lástima con él; el del señor Foe, por otra parte es un caso complejo, puesto que es una escena de la novela que encarna una metáfora sobre la creación y Susan asume el papel de la musa quien viene a unirse al artista sin ideas para que se fecunde la obra. Este segundo se mueve entre el plano de lo sensual, una escena erótica, y también en el plano de la producción artística, un posicionamiento que caracteriza a Coetzee en muchas de sus novelas, y que en últimas alude a la relación que se traza entre los escritores y sus obras; un cuestionamiento respecto de qué tan omnipotente resulta el creador frente a lo que produce o más bien de que la obra se impone en un cierto sentido frente a quien la escribe y cumple un papel importante para definirlo como autor. Esto lo desarrollaremos en la segunda parte del análisis.

El segundo ítem de las inversiones de poder consiste en el control que tiene sobre la historia que quiere contar, esto afecta a Cruso y al señor Foe de dos maneras diferentes. Cuando Susan se decide por primera vez a contar su historia, estaba consciente de que eso significaría también contar la de Cruso, a pesar de los vacíos e inconsistencias que había con el pasado del viejo marinero. El eje del asunto está concentrado en el momento posterior a cuando el náufrago muere, ya que sin él balbuceando las distintas versiones de su propio relato, Susan se hace dueña de la historia de Cruso, la única que puede contarla:

“Piense como guste, pero yo soy no solo quien compartió el lecho de Cruso y cerró sus ojos

en el instante supremo, sino que más importante aún, aquella a quien él legó todo cuanto dejó al morir, es decir, la historia de su isla” (Foe 47). El omnipotente Cruso, rey y autoridad única de la isla, queda sin los poderes que lo caracterizaban cuando se vuelve un personaje secundario en el relato de la náufraga, relato que posiblemente él no quisiera que fuera contado.

Pero más interesante aun es el impacto que en este aspecto tiene Susan sobre el señor Foe, pues siendo la propietaria de un relato que podría generar tanto interés, ella sólo puede ser la mismísima fortuna: “Señor Foe, yo soy la viva imagen de la fortuna. De esa fortuna

venturosa que siempre estamos esperando” (Foe 50). El señor Foe podrá tener las

herramientas para escribir, conocer el ‘arte de la narración’, pero sin material para narrar es como si no tuviese nada verdaderamente. Sin sus confesados, el señor Foe no puede hacer

historias, ellos lo proveen de material para que la escritura se haga posible. Susan Barton llega ofreciéndole una oportunidad única, al poner en sus manos una historia que considera única y que podría ser más significativa que cualquier otra de las pequeñas confesiones de gente marginal que él haya escrito. Susan incluso es desafiante con el escritor; está segura que lo que le ofrece y de que ella es importante para ese hombre: “Y, sin embargo, ¿qué sería de usted ahora sin esa mujer? […] ¿Habría usted imaginado a Cruso y a Viernes, y a la isla entera, con todas sus pulgas, monos y lagartos? Me temo que no. Muchas son las cualidades que como escritor le adornan, pero, desde luego, la inventiva no es una de ellas” (Foe 73). Así como lo dominaba en la cama, montándolo, también intenta dominarlo en su proceso creativo. Si fuéramos más allá, podríamos también decir que quiere dominarlo también en la escritura: quiere que él escriba su confesión para que tenga el ‘arte’ del que ella carece, pero todo a la manera que Susan desea, tratando siempre de que sea ella la que se alce con la paternidad de su historia, o mejor con su maternidad. Es como si ella quisiera usarlo, solamente eso, y afirmar luego la seguridad y la ‘sustancialidad’ que la historia que el señor Foe pule, pero que ella ha determinado íntegramente, aunque esto sería ir muy lejos. Aun así, el señor Foe no pierde del todo el control, sigue manteniendo su posición y lo que se genera es una tensión entre los dos personajes que atraviesa toda la tercera parte, caracterizándose por una oscilación entre la amistad, la atracción y el completo rechazo. De allí que la escena en que Susan y posteriormente Viernes (aunque de aquí se deriven consecuencias diferentes) se sienta en el escritorio del señor Foe sea tan significativo en todo esto, ya que muestra esa necesidad que tiene Susan de los recursos de Foe, cómo trata de adueñarse de estos para poder ser ella una autora de su propia historia: “Me siento en su mesa y miro por la ventana. Escribo con su pluma en su papel y las hojas ya escritas las voy guardando en su arcón. Aunque usted no esté, su vida sigue siendo vivida como siempre” (Foe 66).

Esta inversión de roles que estamos señalando que concibe de manera extratextual cuando hablamos del ejercicio que desarrolla Coetzee en Foe. Él es un escritor que viene de antiguas colonias europeas y que ahora ha escogido el inglés como su lengua para crear. Al hacerlo, está entrando en una condición de marginalidad a esa tradición literaria de las letras inglesas, y aun así la asume, la rectifica como propia, la transforma y la utiliza para

su propia creación. Recurre entonces a Defoe como su interlocutor inmediato para crear desde toda su dimensión autorial algo completamente diferente, al mismo tiempo hace una reconstrucción de la concepción de éste como autor después de haber sido fijado por la crítica en su apariencia ‘inmortal’, hace una reescritura de autor, usando nuestros términos. Es como si en este ejercicio Coetzee hiciera lo mismo que Susan y usurpara por un momento el escritorio de Defoe, tomara su pluma y con ella escribiera esta historia que es

Foe, un relato muy suyo, pero que al tiempo quiere contar una confesión de quién es Daniel Defoe como autor, que hace aflorar lo ‘esencial’ de éste en su dimensión autorial y finalmente demoliera la inmóvil efigie que le había erigido por tanto tiempo.