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La primera versión de la reescritura: un ataque contra Robinson

II. SOBRE ISLAS Y NÁUFRAGOS: LA REESCRITURA HIPERTEXTUAL COMO

2. Foe : ¿una reescritura de Robinson Crusoe ?

2.1. La lectura hipertextual: Foe reescribiendo Robinson Crusoe

2.1.1. La primera versión de la reescritura: un ataque contra Robinson

En la primera versión, la más difundida, tiene un enfoque comparativista. Se contrasta la manera en que los elementos son presentados tanto en Robinson Crusoe como en Foe, asumiendo que en la segunda se muestran como una especie de parodia que ataca la ideología y los imaginarios de la primera obra.

Hay que comenzar por revisar la primera parte de Foe que concentra la mayor parte de lo las transformaciones de Robinson Crusoe. En esta Susan cuenta –en forma de carta dirigida al señor Foe– cómo dirigiéndose a Inglaterra el barco en el que iba como amante del capitán es tomado por un motín de la tribulación y ella, abandonada a su suerte con el cuerpo de su amante, logra llegar a la isla donde vivían desde hacía muchos años Cruso y Viernes. La narración habla de las condiciones del lugar, de la personalidad de los otros dos náufragos, de los conflictos entre Susan y Cruso, y sobre los misterios que rodeaban aquel lugar. Con esta primera parte como punto de referencia podemos trabajar en este momento la representación de la isla y la figura del náufrago.

En Robinson Crusoe veíamos que el paisaje de la obra, la isla desierta, era como un pequeño trozo del Paraíso cerca a las costas de Brasil: plantas, animales, paisajes y también tesoros –una cueva llena de diamantes que Robinson encuentra por causalidad–, todo es descrito con el mayor exotismo y colorido; no había nada de desierta en ella. Pero no basta con ser un lugar casi soñado, puesto que también es un espacio acogedor que recibe sin

reservas al recién llegado. La tierra a la que arriba el náufrago se abre a él, lo provee en todas sus necesidades y jamás lo deja desamparado. La isla se doblega a los deseos de Robinson, él nunca pasa momentos difíciles porque todo se le presta muy bien.

Por el contrario, Foe trae consigo una imagen muy diferente de este espacio:

Al lector aficionado a los relatos de viajes, el término ‘isla desierta’ le sugerirá, sin duda, un lugar de blandas arenas y frondosos árboles, donde los arroyos corren a apagar la sed del náufrago y donde las manos se le llenan de fruta madura con solo

extenderlas […]. Pero la isla a la que yo fui arrojada era un lugar bien distinto: una

gran mole rocosa […], salpicada de arbustos grisáceos que nunca florecían […]. […] bancos de algas parduscas que […] desprendían un olor nauseabundo y se cubrían de enjambres de enormes pulgas de un color pálido (Foe, 9).

La isla de Cruso es la destrucción del imaginario de Robinson Crusoe. Susan se lleva un fuerte impacto ante el desvanecimiento de todo lo que esperaba encontrar. La vida en aquel lugar era lucha interminable contra todos los factores que los rodeaban: un ambiente árido, con un clima hostil –vientos que cegaban y lluvias estruendosas que duraban– y una naturaleza con pocos recursos para la supervivencia. No hay nada de gozoso en la vida de Susan, Cruso y Viernes; sólo tienen el hábito de vivir bajo esas condiciones, puesto que no pueden ir a ningún otro lugar. La naturaleza es indómita y les manifiesta en todos los aspectos que ellos no pertenecen a aquel lugar, ni tampoco conseguirán alzarse sobre ella como sus regentes. Esta resistencia de domesticación se puede ver en la imagen de Susan y el lagarto: “una vez cogí uno, lo metí en una bolsa e intenté domesticarlo, dándole de comer moscas; pero se negaba a comer carne muerta, y al final lo dejé otra vez en libertad” (Foe

9).

Otro rasgo sobre la isla de Robinson era que en el oeste de este territorio había una zona en la que el náufrago procedía con cautela. Con el paso del tiempo también la ‘conquista’, y se convierte en el lugar que lo saca de su soledad, pues en ese sector encuentra a la gran mayoría de los otros hombres que lo acompañan en su relato: los caníbales, Viernes, los españoles. En últimas, este sector posibilita varias de las aventuras de Robinson y su encuentro con la alteridad, aunque siempre mediada por un temor.

Por otra parte, en Foe, este espacio no existe. Lo más parecido es una zona dominada por monos que Cruso denomina el ‘North Bluff’, un lugar rocoso al que los primates escaparon después de que él y Viernes desplegaran una cruel matanza cada vez que veían uno. Se suprime ese espacio en que la huella y la alteridad pasaban por una amenaza; se cierran las puertas a todas las aventuras relacionadas con los caníbales, los españoles y el motín del barco inglés. Viernes es el único testimonio de alteridad y a él dedicaremos un análisis más preciso en un momento.

A continuación está la figura de Cruso, que se puede resumir en pocas palabras como la antítesis del Robinson de Defoe. El primer contraste es un cambio en el nombre, la perdida de la ‘e’ al final del apellido: Cruso(e) y la falta del nombre de pila del marinero inglés. Es una variante sutil, pero que indica la toma de distancia con el personaje original de Defoe. Si Robinson era un hombre dinámico, activo, ingenioso y, prácticamente, capaz de cualquier hazaña, el que crea Coetzee es un viejo senil. Cruso es un ser apático al que no le importa nada más que mantener la rutina a la que está acostumbrado en su isla y a la vida parca que ha tenido durante muchísimo tiempo allí; no tiene la intención de buscar una salida a Inglaterra, ni siquiera cree posible esa alternativa:

Pronto, pues, empecé a darme cuenta de que instar a Cruso a que se salvase era un gasto inútil de saliva. El hecho de ir envejeciendo en su reino insular sin nadie que le llevase la contraria había estrechado de tal modo sus horizontes […] que había llegado a la convicción de que ya sabía del mundo todo cuanto había que saber (Foe

15).

Tampoco se tomó la molestia de rescatar herramientas que le pudieran servir, ni crear campos de cultivos o establecer una ganadería moderada. Cruso apenas tiene un cuchillo que usó para tallar herramientas y objetos muy rústicos, ciertamente no se parecen a la

indumentaria que Robinson tenía a su disposición: “pues si hubiera salvado además algunos

útiles de carpintero […] habría podido fabricar utensilios mejores, y […] llevar una vida

menos laboriosa, o incluso […] escapar a la civilización” (Foe 18). Si no tiene los cultivos

o el ganado que su contraparte poseía, se debe a las condiciones de la isla que ya anotábamos: no hay semillas para sembrar ni animales domesticables.

La actividad principal del náufrago es una tarea que ante los ojos de Susan resulta inútil: la construcción de unas terrazas para los colonos del futuro. Es algo a lo que Cruso le dedica todo su esfuerzo cada día; una labor titánica para un hombre de su edad, que al mismo tiempo parece un círculo vicioso, ya que su trabajo es siempre arreglarlas, no hay mayor progreso en ellas. Cruso piensa que todo se va a justificar cuando vengan colonos a la isla, quienes aprovecharan el trabajo ya hecho y podrán cultivar con confianza; pero Susan es escéptica al respecto:

Cuando pasaba por delante de las terrazas y veía a aquel hombre, que ya no era joven, esforzándose por extraer una enorme piedra […] o cortando pacientemente la hierba, a la espera, año tras año, de que algún náufrago providencial llegara en un bote y pusiera a sus pies un saco de semillas, todo aquello se me antojaba una variedad de agricultura verdaderamente extravagante (Foe 36).

La esperanza de Cruso, la fantasía irracional que persigue, era que en algún momento alguien hiciera todo lo que él no pudo hacer, que pudiera servirse de la isla y no padecer las condiciones que ésta imponía; pero jamás se cumplirá, al menos no dentro de los límites de la novela de Coetzee.

Los últimos dos detalles acerca de Cruso son definitivos como ataque a los valores imperialistas en Robison Crusoe. Según una posición como la de Jo Allison Parker –de la que ya hablábamos en el primer capítulo– (21), estos rasgos de Cruso sería una crítica al

Homo economicus que encarna el personaje de Defoe, es decir, esa sed de conquista y explotación que estaba en el corazón de las cruzadas expansionistas de los imperios europeos. El Cruso de Coetzee se burlaría abiertamente de esas aspiraciones, creando una versión en la que estas aspiraciones por el control y sumisión de territorios del Nuevo mundo se parodian y se hacen imposibles. Incluso la actitud del colono que estaría en Robinson se lleva al absurdo haciendo de éste un antihéroe sin ninguna capacidad verdadera para dirigir un trabajo colonizador.

Pero hay otro rasgo a reescribir que significa una separación con los modelos coloniales: el manejo del tiempo, especificado en la resistencia de Cruso por llevar un diario y un calendario. En el texto de Defoe, apenas Robinson pudo hacerse con las plumas, la tinta y

los libros, comenzó a escribir. Llevaba un registro detallado de todas sus actividades y de cómo progresaban sus proyectos a medida que iban tomando forma. Tenía también un lugar acondicionado en su cabaña con una mesa y una silla, donde se sentaba a escribir muchas de las entradas que aparecen registradas en la novela que le servían además para confirmar su relato de náufrago. Junto con el diario estaba su improvisado calendario con el que le hacía seguimiento a los días que había pasado en la isla con una precisión enorme.

Con Cruso, nada de esto se hace presente. La actitud senil y su despreocupación por el mundo externo hacen que su memoria caiga en medio de la confusión y el olvido. Él mismo acaba por ser un misterio, pues no parece saber cuál es su pasado, de dónde vino o por qué motivo llegó a la isla:

Ahora me gustaría relatarle la historia de este singular Cruso tal y como la escuché de sus propios labios. Pero las versiones que me contó eran tan dispares y tan difíciles de conciliar entre sí que, poco a poco, fui llegando a la conclusión que tanto el paso de los años habían cobrado su tributo a la memoria, y que ya no sabía a ciencia cierta dónde acababa la verdad y dónde empezaba la fantasía (Foe 14).

Sus recuerdos se desvanecen en relatos poco confiables. No hay certezas sobre el camino que ha recorrido Cruso, a diferencia de Robinson que concatena todos los eventos de su vida para justificar quién es y cómo entra todo eso en el plan de la providencia. El paso del tiempo tiene muy poca importancia para el náufrago de Coetzee, de allí que un diario y un calendario sea inútiles para él: los días y los eventos pasan; pero no tiene sentido

inventariarlos, no conducen a ninguna parte que le interese a Cruso: “–Nada está olvidado–

replicó. Y luego añadió –: Nada de lo que he olvidado merece recordarse (Foe 19). Como afirma Parker (20), esta versión de Robinson no tiene una noción de progreso en su manejo del tiempo: “Coetzee imagina un Cruso desinteresado en el cronometraje del tiempo o el progreso y cuya vida carece de una evolución lineal y de la instancia reveladora sobre la cual se predica la narrativa”18.

Según Parker, esta emancipación temporal de la lógica del progreso es también una lucha en contra del manejo del tiempo que supone el desarrollo económico: mientras que

18 “Coetzee imagines a Cruso disinterested in time-keeping or progress and whose life lacks the forward

Robinson, en su temporalidad cronométrica y controlada, daba el paso de un humilde náufrago a un terrateniente con la sucesión de los años, Cruso está fuera de esta dinámica. Se mueve a su propio ritmo y crea una temporalidad distinta, no lineal.

Aun cuando estos argumentos tienen fuerza, uno de los rasgos que más fascina a los defensores de esta primera versión de la reescritura, como Parker, es la inclusión de Susan en la narración: una mujer, inventada por Coetzee es el personaje central de la obra. Cuenta los hechos desde su perspectiva y neutraliza la visión masculina, patriarcal e imperialista que había en la obra de Defoe. Cambia el punto desde donde se observa todo, como si Coetzee estuviera emulando el gesto de Rhys de darle voz a alguien que puede cambiar el sentido de la historia. Pero lo más interesante de Susan no es que sea la narradora, es que cuestiona la voluntad de Cruso, ataca la autoridad del ‘rey’ de la isla:

–¡Mientras usted viva bajo mi techo hará lo que yo le ordene– me gritó golpeando el suelo con la pala […]. Pero si por un momento creyó que aquellas miradas iracundas iban a inspirarme temor y una obediencia servil, pronto se dio cuenta de su equivocación.

–Señor Cruso, yo estoy en su isla no por mi propia voluntad, sino como consecuencia de un desdichado azar –le repliqué poniéndome de pie, y casi era tan alta como él–. Soy náufraga, no prisionera. (Foe 22)

Con Susan usurpando el espacio su ‘reino’, Cruso pierde el control absoluto que mantenía en toda la isla, ese del que Robinson se jactaba. La presencia de Susan trae consigo no sólo la voz femenina –en una narración dominada por hombres–, el debilitamiento de la autoridad del náufrago, sino también su marginalización: Cruso tiene un lugar secundario en la historia, ya no tiene una voz propia, lo que se nos cuenta de él está mediado por Susan. Tampoco tiene un rol significativo en la novela. El protagonismo lo tienen los otros personajes, puesto que Cruso aparece exclusivamente en la primera parte y muere cuando ésta finaliza –jamás sale de la isla–.

El último de los elementos que Foe toma y transforma de Robinson Crusoe es Viernes. El antiguo ayudante de Robinson en su versión coetzeana es tal vez el elemento de la

narración que los comentaristas como Parker más resaltan para hablar de un ataque contra la novela de Defoe.

Lo primero que llama la atención acerca de Viernes es la transformación en su aspecto físico. El Viernes de Defoe es caracterizado como un indígena del Caribe, un caníbal en los términos de la narración. Al encontrarlo, Robinson es minucioso con la descripción que brinda de él. Está fascinado ante aquel hombre al que acaba de rescatar y que encuentra inofensivo en contraste con los otros caníbales que iban a devorarlo. La descripción es larga, pero es necesario tener en cuenta todos los detalles para el contraste:

Era un individuo bien parecido, muy bien formado y fuerte, no demasiado alto pero de gran esbeltez, que contaría según calculé unos veintiséis años, tenía un rostro agradable, sin ninguna fiereza ni ferocidad, aunque advertí que sus facciones eran muy varoniles; cuando sonreía, encontraba yo en su rostro toda la suavidad y la dulzura de los europeos. Su largo y negro cabello no se encrespaba como lana; la frente era ancha y despejada, y había vivacidad e inteligente en su mirada. La piel no era negra sino atezada, pero sin ese desagradable matiz amarillento de los habitantes de Brasil, Virginia y otros lugares americanos, sino más bien un aceitunado oscuro que resultaba muy agradable de ver aunque no sea fácil describirlo. La cara era redonda y llena, con una nariz pequeña y no aplastada como la de los negros, una boca firme de labios pequeños y dientes tan perfectos y blancos como marfil (Defoe, Robinson Crusoe 208).

Está claro que, para Defoe, Viernes era una criatura tal ideal como el paisaje en el que vivía. Aun cuando su color de piel es moreno, todos su demás rasgos tratan de ser asemejados a los modelos de belleza masculina europeos; además, su belleza va de la mano con su actitud noble –una típica relación en la representación de personajes de la literatura europea– y lo distinguen de los demás salvajes.

Aquí viene el cambio. El Viernes de Coetzee es un negro, y Susan, a diferencia de Robinson, no es tan precisa con la descripción; es más somera y no tipifica al hombre que acaba de encontrar:

El hombre se sentó en cunclillas junto a mí. Era un hombre de raza negra: un negro con una cabeza de pelo ensortijado y lanoso y que, de no ser por unos toscos calzones, iba completamente desnudo. Me incorporé y me puse a estudiar aquel rostro achatado, aquellos pequeños ojos inexpresivos, la ancha nariz, los gruesos labios, aquella piel de un gris oscuro más que negra, seca como si estuviera rebozada en polvo. (Foe 8)

La primera impresión que da Susan de Viernes es la de un ser poco agraciado, más bien feo, cuyos gestos no dicen nada de él, ni de sus actitudes ni de su personalidad. Es un ser hermético en comparación al alegre compañero de Robinson que no puede manifestar en todo su jovialidad.

Es sugerente el cambio en el tono de la piel que escoge Coetzee, y es que al hacerlo negro introduce algo que en Robinson Crusoe no había de forma explícita: la esclavitud19. Mientras que en la obra del inglés, Viernes sirve a Robinson por voluntad, entrega su libertad a su salvador sin dudarlo; en Foe, Viernes es presentado como un esclavo de Cruso, que ha estado con él por un tiempo indefinido. Le sirve, sí, pero no con la misma presteza que su contraparte, sino de una manera más calmada, en la que no demuestra interés en aprender de Cruso –ni éste otro en enseñarle– esos gestos de ‘civilización que rescataron al otro Viernes de sus costumbres caníbales. Sólo obedece los pocos comandos que el náufrago le da: cocinar, cortar leña, etc.

Además, su aparición en la vida de Cruso no fue un rescate. El origen de Viernes tiene un rasgo oscuro en la novela del sudafricano, un pasado cruel de secuestro y tráfico humano; pero esta verdad no se puede conocer. La confusa memoria de Cruso no da una respuesta concreta y el negro carece de los medios mínimos para expresarse: no conoce el lenguaje de Susan y Cruso, no demuestra tener ningún medio por el cual manifestar sus pensamientos, y ante todo, es incapaz de hablar. Su lengua, aparentemente, ha sido cortada. ¿Quién lo

19 Existe otra lectura acerca de este cambio, que justifica a Viernes como negro a través del contexto social de

Coetzee. Se ve en uno de los artículos más antiguos que encontró nuestra búsqueda. Se trata de The noise of freedom: J.M. Coetzee's Foe (Post). En él se defiende una lectura alegórica que identifica los distintos sectores sociales de la Sudáfrica del apartheid con los tres personajes principales de la novela: Foe (como el gobierno blanco a cargo), Susan (como los blancos liberales que se oponen al régimen) y Viernes (como la población negra discriminada). Sin embargo, la lectura que presenta el artículo a veces trata de forzar mucho las escenas de la obra para que coincidan con su propuesta.

hizo? Nunca se sabe. Pudieron haberlo hecho los esclavistas, pudo haber sido Cruso. Lo