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Karina: Me enganché con el chabón y como que me ilusioné y después me cagó… (…) Mi hermano tenía una banda [de rock] y él era amigo de esa banda y casi siempre cuando tocaban nos encontrábamos. Digamos que el chabón me pintó una cosa y… 19 años, pero re inmaduro, o sea a mí lo que me pareció. Si una persona viene y te dice “te quiero mucho” y hace seis meses que venís chapando con él, y yo le conté que no estaba con ninguno, nada más que con él y él me dijo “sí, yo también”. Y esa misma noche que me dijo “yo te quiero” y qué sé yo… “sí, yo también”. Y después de eso él se fue a un lado y yo me fui a otro con mis amigas, y estuvo con otra mina y ahí se me cayeron las ilusiones.

(Registro de campo, entrevista con estudiantes, escuela Sarmiento, 2 de noviembre de 2006)

Del denso mundo de afectos que tejen estudiantes adolescentes, sin duda aquellos sentidos y prácticas que se relacionan con el amor ocupan un lugar muy significativo. A veces parece que las y los estudiantes, al estar tan pendientes de miradas, palabras, pequeños gestos de acercamiento o distancia, ponen en marcha y mantienen siempre latente un deseo amoroso que busca incansablemente ser atendido.

Bauman (2006) plantea:

Después de todo, la definición romántica del amor –“hasta que la muerte nos separe”– está decididamente pasada de moda, ya que ha trascendido su fecha de vencimiento debido a la reestructuración radical de las estructuras de parentesco de las que dependía y de las

cuales extraía su vigor e importancia. Pero la desaparición de esa idea implica, inevitablemente, la simplificación de las pruebas que esa experiencia debe superar para ser considerada como “amor”. No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos: como consecuencia, el conjunto de experiencias definidas con el término amor se ha ampliado enormemente. Relaciones de una noche son descriptas por medio de la expresión “hacer el amor”. (p. 19)

El autor presenta algunos cambios respecto a las experiencias que son descriptas como “amor” en un contexto donde las relaciones familiares, las estructuras de parentesco y el matrimonio se han modificado.

Sin embargo, entre el amor para toda la vida y el amor de una noche parece haber alguna diferencia. Entre uno y otro amor aparecen distancias respecto al tipo de experiencias, significaciones y condiciones socioculturales que llenan ambas acepciones. Pero no todo es por siempre

o por hoy, no todo es solidez o fluidez, seguridades o inseguridades, certezas o incertezas, concentración o dispersión, sino que múltiples posiciones intermedias se despliegan en las prácticas de los sujetos. Y es justamente en esos grises donde cabe instalar la pregunta por lo que sucede con el amor y las y los estudiantes adolescentes.

Lejos de pensar que transitamos un tiempo de pasaje lineal de uno a otro polo en estas relaciones, la intención del análisis en este capítulo es instalar la duda como genuina posibilidad de cuestionar(nos) sobre los lazos amorosos, apostando a develar la originalidad de los senderos que bosquejan estudiantes adolescentes en su tránsito por la escuela.

Ello implica discutir el análisis polarizante para poder plantear preguntas que tensionen y relativicen los extremos. Al pensar acerca de los afectos, particularmente acerca del sentimiento amoroso en las relaciones entre estudiantes adolescentes, estos dilemas aparecen con sus particularidades y es necesario ponerlos en tensión, descubrir los matices con los que se presentan, saber qué implica para los propios actores “estar de novio”, “embrollar”, “enamorarse”, cuáles son los sentidos que llenan sus experiencias amorosas, cómo definen ellos lo que nosotros llamaremos provisoriamente relaciones juveniles de pareja. En este sentido, enamorarse/desenamorarse/no enamorarse implican el procesamiento simbólico de cierto orden de experiencias afectivas que se expresan en distanciamientos y solidaridades, y aportan diversas

perspectivas a una compleja construcción social moldeada de modo constante y conflictivo.

Recuperando los aportes de Le Breton (1999), las emociones y sentimientos son construcciones sociales que involucran a los individuos en determinadas coordenadas familiares, escolares y socioculturales. En esta línea de pensamiento es que nos adentramos en un conjunto de experiencias que pueden ser descriptas como un juego amoroso, espacio de construcción, reproducción, invención y apropiación de ciertos sentidos y prácticas ligados al amor. El juego amoroso supone un espacio dinámico de intercambios en el que, bajo ciertas reglas, estudiantes adolescentes movilizan intereses, expectativas y deseos que involucran a un otro (objeto de amor) con quien se proyectan experiencias sexuales y afectivas. Si bien por lo general en el centro del juego se ubica la pareja en cuestión (cualquiera sea su “orientación sexual”) compañeros/as o amigos/as de los principales protagonistas ocupan un lugar muy importante en el acompañamiento e intercambio de mensajes amorosos.

Según lo que he podido relevar en el trabajo de campo, en la escuela secundaria acaecen distintas experiencias en relación al amor, superficiales o profundas, cortas o duraderas, exclusivas o simultáneas. Algunos de estos calificativos corresponden a los noviazgos, otros a los “chapes” o “embrollos”. En todos estos casos se da algún tipo de reciprocidad, lo que implica algún tipo de logro y reconocimiento en distintos sentidos, no siempre positivos. Pero el amor no correspondido parece ser el principal motor del juego amoroso. Todo el tiempo en la escuela “gustar de” y no ser correspondido parece constituir la fuente principal de energía de esta máquina del amor que mueve a alumnas y alumnos a enviar cartas, escribir paredes, mirar sin descanso, perseguir y buscar continuamente motivos de acercamiento. Examinemos más de cerca algunos de los vericuetos de este juego amoroso.

Continuidades y rupturas en el juego amoroso: ¿embrollo