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L A LEGITIMACIÓN DE LA EVALUACIÓN COMO CIENCIA

La rápida aceptación de la evaluación como medio de control y de legitimación es un hecho relacionado con la creencia cultural en la ciencia. Muchos opinan que la ciencia es el medio del progreso. Con ello se postula que el futuro se construye partiendo de un pensamiento planificador y racional y que los individuos son los dueños del cambio. Este último puede ser planificado haciéndose uso de la ciencia, considerada una forma de discurso autónoma. La práctica científica consiste en analizar racionalmente las condiciones sociales para llegar a conocer sus causas. El conocimiento de la ciencia es el del orden, el consenso y la reconstrucción sociales. A este respecto, ciencia e ideología se interrelacionan como parte de la construcción activa que hacen los individuos de sus mundos sociales. La ideología se caracteriza por hacer que sean grupos específicos los que asuman la responsabilidad de determinar el estado de los mundos actuales para dirigir sus posibilidades futuras.

En gran parte de los debates que se desarrollan hoy día en los ámbitos de la ciencia social y de la evaluación ha desaparecido la relación entre la apreciación positiva de lo que es y la creación de una identidad colectiva con capacidad de movilización para proyectos de futuro. Si se contemplan las obras de Comte, de Durkheim o de los primeros sociólogos americanos, la relación entre ciencia y progreso aparece con toda claridad. Lester Frank Ward, uno de los fundadores de la sociología norteamericana, afirmaba que la sociedad estaba en situación de

determinar su propio futuro, y que un progreso importante y rápido era posible artificialmente mediante previsiones claras y exactas (Ward, 1906). La fe de Ward en la ciencia dejó paso a la creencia en que esta última es un instrumento importante para dirigir los procesos sociales, los cuales pueden ser evaluados y planificados de manera ilustrada (véase Lundgren, 1979). La idea de evaluación se benefició de este supuesto de la ciencia como progreso, convirtiéndolo en algo a la vez profético y dogmático.

Para comprender el cambio fundamental de supuestos y prácticas que acompañó al giro de la ciencia hacia la evaluación, debemos detenernos por un

momento en el significado de “progreso”.4 Nuestras visiones del cambio, el

crecimiento y el progreso las hemos heredado en parte de los griegos. Para éstos, el cambio formaba parte de la naturaleza de todas las cosas vivientes, que tenían sus propias leyes de causalidad, operación y fin. La meta de la investigación era contemplar las maravillas de la naturaleza, no manipularlas. Es aquí donde tiene su origen el significado de teoría como opuesto a la práctica; esta última se relaciona con los intereses, exigencias y negociaciones no legaliformes) del mundo social y político. Posteriormente, los romanos transformaron las ideas de cambio y de progreso para incluir en ellas los aspectos físicos del hombre y de la sociedad, creando así una dicotomía entre los mundos social y físico. La cristiandad fundió la idea de progreso con la idea moral de la capacidad de las personas para crear y planear la sociedad. La concepción de un progreso indefinido se incorporó a la conciencia occidental, donde se unieron teológicamente la necesidad y la inevitabilidad históricas. La obra de San Agustín, por ejemplo, parte de la idea de necesidad divina, tomada del Antiguo Testamento, y de la necesidad interior de autoperfeccionamiento, que era un tema del pensamiento griego.

Este cambio de significado fue muy profundo: el progreso ya no se concebiría adaptándose a las circunstancias de lo que se entendía era la naturaleza de las cosas, sino como un eidos sobre el cual se podrían edificar planes y sistemas para la reforma social o para la revolución. En lo sucesivo, los individuos desempeñarían un papel importante en la determinación de su mundo.

En el siglo XVIII la idea del progreso indefinido experimentó un proceso de secularización. La creencia en el progreso se aplicó a todas las instituciones, a la felicidad humana, a las costumbres y formas de vida y al conocimiento. Esta concepción se modificó durante el siglo siguiente, cuando se descubrieron la evolución natural y las leyes de las sociedades aplicadas al desarrollo de los gobiernos, de la economía y de la cultura. La idea subyacente era que el progreso consistía en un desarrollo lineal y continuo de lo humano que la ciencia podía esclarecer y guiar de un modo más eficaz.

La idea de progreso de los siglos XVIII y XIX es la que subyace en la política estatal activa que se desarrolló a partir de la década de 1950 en Estados Unidos. En estos años se consideraba que la educación era un factor decisivo para la futura posición social del individuo, y que la gestión científica podría hacer realidad metas políticas y económicas muy amplias. Se debería crear una red nacional de centros de investigación y desarrollo encargada de ofrecer los conocimientos técnicos que posibilitarían la realización de reformas sustanciales y duraderas en la escuela. Sidney Marland (1972), de la oficina de Educación de Estados Unidos, afirmaba que

las escuelas podían aplicar los procedimientos gerenciales para asegurar “el funcionamiento sin trabas de nuestras instituciones educativas contemporáneas” (pág. 340).

Esta creencia en que la ciencia mejoraría la condición humana adquirió un significado estrechamente tecnológico cuando fue llevada a la práctica. La nueva profesión de la evaluación adoptó su enfoque propio desde “el marco de referencia racional/empírico/comportamental, inductor de supuestos pragmáticos tales como que la educación puede transformarse en una empresa organizada científicamente y que debe desarrollar un currículum y una instrucción definidos capaces de superar la prueba de un análisis de la eficiencia en relación al corte” (Yee, 1973, pág. 299). La evaluación debe gestionar y hacer más eficiente el proceso de cambio y. mejoramiento social a través de la información que facilita. Lester Frank Ward definió el progreso de un modo amplio y holístico; sin embargo, la nueva concepción del progreso científico era radicalmente limitada, al centrarse en elementos institucionales particulares sin relación con las transformaciones sociales y económicas.

La visión del progreso implícita en la política estatal se edificó sobre la concepción determinista de la física del siglo XIX; sin embargo, dicha concepción ha perdido su vigencia precisamente en el ámbito científico en el que surgió. La ciencia contemporánea contempla al científico como un participante en los procesos de teorización, a los individuos involucrados en procesos interactivos con los fenómenos naturales, y la ética como un elemento consustancial a la práctica científica (Toulmin, 1982).

La idea contemporánea de progreso ha de ser considerada también en el contexto de la profesionalización de la ciencia social, que se ha comentado en el capítulo V. Mientras que los primeros científicos sociales se interesaban por la interrelación de las cuestiones sociales, económicas e históricas, el profesional experto moderno se consagra al estudio de elementos aislados de la vida institucional. Este cambio experimentado en la ciencia social se relaciona con los procesos de acomodación considerados necesarios para que el profesional se ponga al servicio, en calidad de experto, de los responsables políticos.

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