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L A REENCARNACIÓN EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

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El concepto de reencarnación es muy antiguo y ampliamente difundido. Entre todas las ideas de la historia de la religión y filosofía, ninguna ha preocupado más a los pensadores en diversas y diferentes culturas durante miles de años. Ha aparecido tanto en formas muy primitivas de religión como en las altamente desarrolladas y bajo varios nombres: reencarnación, transmigración, renacimiento, metempsicosis y metenso- matosis.

La reencarnación también tiene una larga historia en Occidente. Un gran número de importantes pensadores de todas las épocas en la Historia occidental han abogado por la idea de repetidas existencias sobre la Tierra o la han considerado favorablemente. Sin embargo, la mayoría de la gente asume que la reencarnación está en contradicción con la tradición fundamental de la Iglesia cristiana y la Biblia. Pero, ¿esto es verdad? ¿Es la reencarnación verdaderamente incompatible con la fe cristiana? ¿Es el concepto realmente ajeno a su forma de pensar?

Trasfondo histórico del cristianismo primitivo

El cristianismo se originó durante la época del imperio romano, bajo el reinado del emperador Augusto, en un momento en el que todo el mundo mediterráneo estaba unido por Roma y las condiciones para la labor misionera eran más favorables que nunca. Según Orígenes, teólogo cristiano del siglo III, esto no fue ningún accidente, sino parte del plan divino. La gente tenía libertad para moverse de un país a otro y llegó a ser cosmopolita.

El trasfondo religioso de esta época era una mezcla tolerante y sincretista de muchos cultos y mitos. Los Misterios estaban en el cénit de su popularidad y el ambiente intelectual estaba del todo imbuido por las ideas de la filosofía griega.

La reencarnación no era un tema tan relevante como en la literatura religiosa de la India, pero tampoco era un concepto ajeno. No sólo formaba parte de la tradición mistérica, sino también de la tradición pitagórica y platónica. Se cree que las escuelas mistéricas griegas son copias de los Misterios hindúes y egipcios más antiguos. Herodoto afirmó que fueron introducidos en Grecia por Orfeo. «La doctrina de la metempsicosis –escribe el catedrático Zeller– parece haber pasado realmente de la teología de los Misterios a la Filosofía. En la teología órfica aparece claramente la transmigración. Hay muchos motivos para creer que se enseñaba en los Misterios órficos antes de Pitágoras. Según Herodoto, los órficos la tomaron de Egipto. Pero también cabe la posibilidad de que esta creencia, cuya afinidad con las doctrinas hindúes y egipcias indica una fuente oriental, pudiera haber emigrado originalmente de

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Oriente con los mismos griegos, y haber estado restringida inicialmente a un estrecho círculo, llegando a ser después más importante y difundida119».

Ferekides de Siros, de quien se dice que fue el maestro de Pitágoras, escribió sobre la doctrina de la metempsicosis en el siglo VI a.C. La reencarnación era también una de las enseñanzas principales de Pitágoras, a quien se dio el apellido de «Mnesarquido», que quiere decir «el que se acuerda de sus orígenes» (es decir, de sus vidas anteriores). El hecho de que Platón y su escuela de pensamiento enseñaban la reencarnación era bien conocido durante los siglos que precedieron a los orígenes del cristianismo, y formaba parte del suelo sobre el que creció.

Sin embargo, el entorno más próximo y reciente de los primeros cristianos era el judaísmo, puesto que los primeros miembros de la fe cristiana fueron judíos, como lo era el propio Jesús. No obstante, el concepto de reencarnación tampoco era del todo ajeno a la religión judía, que ya se había visto influenciada por las ideas del mundo helénico.

La reencarnación en el pensamiento judío

Es posible que los Tanaim, que ya aparecieron en Jerusalén en el siglo III a.C., y que luego fueron aclamados como los antecesores espirituales de los cabalistas medievales, puedan haber enseñado nociones sobre la reencarnación. Tales nociones parecen haber sido acogidas por algunos maestros judíos más cerca de la época de Jesús. Es posible que entre ellos se encontraran Hillel y el alejandrino Philo Judaeus.

Ya en la época de Jesucristo, la noción de que el alma humana es inmortal había llegado a formar parte de las enseñanzas de varios grupos y sectas judías. El historiador judío Flavio Josefo (37-100 d.C.) escribe en sus Antigüedades Judías (Libro 18, cap. 1, n.° 2) que había tres sectas filosóficas entre los judíos: los esenios, los fariseos y los saduceos. La doctrina de los saduceos era que las almas mueren con los cuerpos. Pero tanto los esenios como los fariseos, según afirma, creían en el renacimiento. En cuanto a los fariseos, nos dice que afirmaban que las almas de todos los hombres son incorruptibles y que, mientras las almas de los perversos se verán abocadas al castigo eterno, las de los hombres buenos se trasladarán a otros cuerpos120.

En su libro La Guerra de los judíos Josefo nos ofrece un cuadro fascinante de la vida comunitaria de los esenios, que se han hecho famosos debido al descubrimiento de los rollos del Mar Muerto. Un pasaje en el Libro 2 (cap. 8, números 10-11) muestra que los esenios enseñaban la preexistencia del alma –el fundamento de toda la enseñanza de la reencarnación–, pero no está claro si las palabras dan a entender un renacimiento. Sin embargo, en Die Christliche Mystik (la mística cristiana), J.V. Görres dice que «la cábala era muy apreciada por los esenios121 en particular», y que la reencarnación era

119 Edward Zeller, History of Greek Philosophy. Londres: Longmans, Green, 1880, págs. 67, 69, 71-81. 120 Flavio Josefo, La Guerra de los judíos. Traducido al inglés por W. Whiston, II, 8, 14.

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fundamental en el pensamiento cabalístico. Otros estudiosos demuestran que los esenios se vieron influidos por los monjes budistas que invadieron Oriente Medio en los siglos que precedieron a la era cristiana.

En la tradición cabalística, que afirma recoger una sabiduría oculta o secreta, la reencarnación es una noción central. El rabino Chajim Vital, que expone las enseñanzas del rabino Isaac Luria, fundador de una escuela cabalística en el siglo XVI en España, escribió un trabajo llamado Otz Chüm (El árbol de la vida) que recoge enseñanzas basadas en la reencarnación. Yalkut Reubeni, reflejando una actitud que hoy suena muy ‘machista’, advirtió que el hombre que es muy tacaño con sus talentos y bienes será castigado reencarnándose como mujer. Las nociones sobre la reencarnación están tan fuertemente arraigadas en la literatura esotérica judía, que los judíos que siguen la vía cabalística hablan como si la reencarnación fuera un elemento casi esencial de la fe judía.

Otro movimiento místico relacionado con la cábala, el llamado hasidismo, ha influido mucho en la vida de los judíos. En el hasidismo, la reencarnación llegó a ser una creencia universalmente aceptada, familiar en la literatura yiddish, que se ha enseñado claramente en tiempos recientes; en el Dybbuk, por ejemplo, una leyenda mística popular de S. Ansky, y en los escritos de Sholem Asch.

Ya que el judaísmo es capaz de desarrollar de manera tan marcada la doctrina sobre la reencarnación, no es de sorprender que encontremos alusiones en la Biblia.

Alusiones sobre la reencarnación en la Biblia

Los antiguos judíos estaban siempre esperando la reencarnación de sus grandes profetas. Moisés era, en su opinión, Abel, el hijo de Adán; y su Mesías iba a ser la reencarnación del propio Adán, que ya había vuelto por segunda vez como David. Parece especialmente significativo entonces que las palabras finales del Antiguo Testamento (Malaquías 4:5) mencionan esta profecía: «Yo os envío al profeta Elías antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible». Elías ya había vivido entre los judíos. Ahora bien, el primer libro del Nuevo Testamento se refiere a esta profecía en tres ocasiones, relacionando así el Antiguo con el Nuevo Testamento en torno a la idea del renacimiento.

«Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, se dirigió a sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» Ellos dijeron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas122».

Esta declaración de Mateo 16 se repite casi palabra por palabra en Marcos 8:27- 28 y en Lucas 9: 18-19.

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«Cuando descendieron del monte, Jesús les dijo: «No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos». Entonces sus discípulos le preguntaron: «¿Y por qué dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?» Jesús les respondió: «Elías vendrá primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le reconocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá por ellos». Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista» (que ya había sido degollado por Herodes123).

«Entre los que nacen de mujer, no ha habido otro más grande que Juan el Bautista... Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis entenderlo, él es aquel Elías, que había de venir. El que tenga oídos para oír, oiga124».

La declaración anterior de Mateo 17 se repite en Marcos 9: 9-13, pero omitiendo el nombre de Juan.

También hay alusiones acerca de la reencarnación en el Evangelio según San Juan. Cuando los discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento, se preguntaron en voz alta quién había pecado, si él mismo o sus padres125. Si hubiera sido él, tendría que haber pecado en una vida anterior. Los discípulos tuvieron que tener la idea de la reencarnación en mente, pues es evidente que si el hombre hubiera nacido ciego, su pecado no podría haber sido cometido en esta vida. Si la doctrina hubiera sido equivocada y perniciosa, habría sido el momento adecuado para que Jesús negara la teoría por completo. Pero no lo hizo, aunque en este caso dijo que la ceguera tenía otros motivos.

Para alguien familiarizado con la idea de la reencarnación, estas citas parecen indicar sin lugar a dudas el concepto subyacente de la reencarnación. Sin embargo, la Iglesia siempre ha tratado de encontrar otras explicaciones. El filósofo decimonónico Francis Bowen, de Harvard, observa en su artículo Christian Metempsychosis126: «Que los comentaristas no hayan querido recoger, en su sentido obvio y literal, unas afirmaciones tan directas y repetidas con tanta frecuencia como éstas, sino que han intentado encontrar otras explicaciones en un sentido poco natural y metafórico, es un hecho que no prueba nada sino la existencia de un prejuicio invencible contra la doctrina de la transmigración de las almas».

Sin embargo, como veremos más adelante, el concepto de reencarnación continuó apareciendo en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia y pensadores cristianos.

123 Mateo, 17: 9-13. 124 Mateo, 11: 11-15. 125 Juan, 9: 1-3.

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Cortesía de Nueva Acrópolis España, www.nueva-acropolis.es La reencarnación en el

pensamiento del cristianismo primitivo

Tenemos que tener en cuenta que cuando el cristianismo empezó a extenderse, tuvo que empezar a convertir a la gente de otras creencias aparte del judaísmo. Este proceso fue iniciado por San Pablo, quien era originalmente un fariseo ferviente que perseguía a la Iglesia primitiva. Cuando estaba en una misión para perseguir a los seguidores de Jesús, Pablo fue súbitamente convertido a la fe en Cristo y, simultáneamente, a la convicción de que el Evangelio debía pasar al mundo no judío. A través de este contacto con el mundo gentil (no judío), el cristianismo se vio obligado a helenizarse. En otras palabras, tuvo que elaborar un sistema de fe que pudiera explicar sus principios en términos intelectualmente satisfactorios. Así, muchos conceptos del platonismo y del estoicismo fueron incorporados a la estructura emergente de la nueva religión.

Los escritores cristianos de los primeros siglos que contribuyeron a la formulación del canon, credo y organización episcopal de la fe cristiana se llamaban Padres de la Iglesia. Por razones obvias, había muchas disputas y opiniones divergentes entre ellos, y en las congregaciones cristianas de los dos primeros siglos la variedad de ritos y credos era casi tan grande como en las comunidades mistéricas.

Uno de los temas recurrentes en estos primeros siglos era el concepto de la preexistencia del alma y de la reencarnación.

Los cristianos que enseñaron la preexistencia del alma llegaron a ser conocidos como los preexistiani. Pertenecer a este grupo, que también enseñaba un tipo de doctrina transmigracionista, no recibió siempre la desaprobación que llegó a evocar más tarde la adherencia a tales opiniones.

Uno de los primeros Padres de la Iglesia y miembro de los preexistiani era Justino Mártir (100-165 d. C). En su Diálogo con Trifón enseñó que las almas humanas habitan más de un cuerpo en el transcurso de su peregrinaje por la Tierra, pero que no pueden recordar sus existencias anteriores. Incluso sugirió la posibilidad de que los que viven vidas tan carnales que se privan de la capacidad de ver a Dios podrían verse reencarnados en bestias.

Las nociones acerca de la reencarnación eran comunes también en el entorno gnóstico en el que se desarrolló el cristianismo. El gnosticismo127 era un movimiento filosófico y religioso que tomó ideas de muchas religiones tradicionales e influyó en ellas. Estuvo presente en todas las tierras del Mediterráneo y se sabe que influyó en el cristianismo primitivo. Los descubrimientos de textos recientes van demostrando más que nunca la extensión de su influencia. Aunque las tendencias gnósticas fueron puestas bajo sospecha y finalmente condenadas por parte de la Iglesia, sus enseñanzas fueron una opción importante para las primeras generaciones de cristianos. Todos los gnósticos cristianos creían en la reencarnación. Se incluían los seguidores de Basílides, Valentino

127 La palabra gnosticismo, derivada del griego gnostikos (el que tiene gnosis, o conocimientos secretos),

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y Marción; los simonistas (discípulos de Simón el Mago); los priscilianos de España; los maniqueos semignósticos y muchos grupos menos conocidos.

El apologista cristiano Clemente de Alejandría (150-220 d. C) era platónico y dirigió la famosa escuela catequética de Alejandría. Seguramen-te se interesaba, por no decir algo más, por la especulación sobre lo que él llamó metensomatosis. Su contemporáneo Arnobio nos informa que Clemente de Alejandría había escrito cuentos maravillosos sobre la metempsicosis, y sobre los muchos mundos antes de Adán, pero estos textos no han sobrevivido.

Tertuliano (160-230 d. C.) fue uno de los primeros padres latinos de la Iglesia cristiana. Sus escritos vehementes contra las interpretaciones acerca de la reencarnación del credo cristiano nos muestran claramente la extensión de la influencia de tales opiniones.

San Gregorio de Niasa (257-332 d. C.) subrayó en sus escritos el principio de que la vida espiritual no es una vida de perfección estática, sino de progreso constante. Escribió: «Es absolutamente necesario que el alma sea curada y purificada, y si esto no tiene lugar durante su vida en la Tierra, debe cumplirse en vidas futuras128».

Arnobio el Mayor (convertido antes del 300 d. C.) escribió en su Adversus

nationes («Contra los paganos»): «Morimos muchas veces, y muchas veces resucitamos

de la muerte12911».

Orígenes y el concilio de Constantinopla

El caso de Orígenes (185-254 d. C.) merece especial atención. No sólo fue sin lugar a dudas el estudioso bíblico más grande de su época, así como la mente filosófica más original, sino que su nombre siempre ha sido asociado con la reencarnación. Fueron los anatemas (maldiciones) contra sus enseñanzas en el concilio de Constantinopla, en el año 553, los que dieron lugar a la desaparición total del concepto de la reencarnación en la literatura oficial del cristianismo durante los siglos venideros.

Sin embargo, las circunstancias que llevaron a su mala fama y a la supresión del tema de la reencarnación son muy complicadas y el final de la historia no es concluyente. Se ha perdido la mayoría de los textos originales de sus obras en griego y solamente han sobrevivido fragmentos o traducciones latinas. Por ello, no podemos saber con certeza cuáles eran sus creencias sobre todos los temas sobre los que se le han atribuido opiniones. No obstante, la línea general de su pensamiento está clara. Su objetivo fue elaborar una filosofía cristiana sistemática basada firmemente en la Biblia. Pero también estuvo profundamente influenciado por el platonismo que dominaba el entorno intelectual de Alejandría, y puede ser considerado propiamente como un platónico cristiano.

128 Según: Reincarnation - an east-west anthology, de Silvia Cranston. quest, 1961, p.36. 129 bid, p.37.

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Con toda seguridad Orígenes enseñaba la preexistencia del alma. Según él, el alma no sólo tenía una existencia antes de adquirir un cuerpo humano, sino que la muerte no termina con su progreso ni excluye la posibilidad de regreso. Al contrario de las generaciones anteriores de cristianos, que habían esperado un final inminente al mundo actual, Orígenes previó una larga evolución, que se prolongaba durante varios eones.

Sin embargo, aunque era de esperar que Orígenes hubiera abrazado las teorías de la reencarnación, no encontramos ninguna afirmación clara al respecto en los textos existentes. Por el contrario, habla de «la falsa doctrina de la transmigración de las almas en los cuerpos130». Parecía pensar que la reencarnación, en la forma pitagórica que fue transmitida a Platón, implicaba una concepción fatalista del destino del alma y lo rechazaba aparentemente por esa razón131. Mientras ataca la noción generalizada en su época de que el alma de un ser humano podría ser encarcelada en el cuerpo de una bestia (lo que considera inapropiado para una criatura hecha a semejanza de Dios132), sí reconoce que la idea de la reencarnación es muy convincente133.

Podemos tener la impresión, en repetidas ocasiones, de que Orígenes se siente atraído por las teorías acerca de la reencarnación, pero que algunas variantes con las cuales estaba familiarizado le parecen dudosas. Consi-de-ra en profundidad la identidad alegada de Juan el Bautista con Elías (Juan, 1.21), cuyo regreso se esperaba (Malaquías 3.23 y sig.), y aquí, después de exponer opiniones en ambos lados, destaca la dificultad de la materia y la variedad de problemas que implica. Señala que no sólo debemos preguntarnos qué le pasa al alma cuando parte de esta vida, sino que también debemos considerar si es posible que entre en un segundo cuerpo y, si es así, si el proceso tarda lo mismo en cada caso y si la forma en que ocurre es siempre igual. Al final, sin embargo, después de exponer tales posibilidades y señalar las dificultades inherentes en las mismas, Orígenes concluye reafirmando la complejidad del tema y aseverando que una solución de las dificultades requeriría el análisis de una gran variedad de pasajes dispersos por las Escrituras. Propone, por tanto, no decir más sobre el tema, ya que

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