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P B LAVATSKY : ENSEÑANZAS SOBRE LA REENCARNACIÓN

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L A REENCARNACIÓN COMO FENÓMENO COLECTIVO

H. P B LAVATSKY : ENSEÑANZAS SOBRE LA REENCARNACIÓN

A veces nos resulta muy útil echar una mirada hacia el fondo de la Historia. El tiempo pasa, cambian épocas y civilizaciones, cambia la gente y su visión de mundo, pero el hombre mismo, en su esencia, no cambia: durante milenios continuamente y sin cansarse, el hombre se hace las mismas preguntas, intentando revelar el gran misterio de la existencia. ¿Quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿En qué consiste el sentido oculto de la vida?

Nosotros sabemos que hemos venido a este mundo, que nacimos en el seno de nuestra familia en una época determinada, en un estado deteminado, que tenemos amigos y enemigos, que vencemos dificultades y obtenemos éxitos, que aprendemos muchas cosas; sabemos que nos quieren y nos odian, nos comprenden y nos rechazan... Pero también sabemos que un día todo esto acabará, pues todos morimos y la mano que nos trajo a la escena de la vida fatalmente nos saca de allí... Nosotros seguimos viviendo, seguimos teniendo miedo ante la muerte, pero al mismo tiempo seguimos acariciando un resquicio de esperanza de que la muerte no exista, pues si se nos corta nuestra vida así de simple, si todo lo logrado y todo lo aprendido en la vida –que nos costó tantos esfuerzos– no tiene continuación ni sentido, entonces nuestro mundo sería verdaderamente absurdo y loco.

¿Acaba todo realmente con la muerte? Y si no es así, ¿se nos ofrecerán realmente sólo dos variantes después de morir, y eso para toda una eternidad? ¿Nos veremos realmente en un precioso pero bastante monótono paraíso, donde vamos a llevar una vida eternamente beata, o –lo que es mucho peor– nos condenarán a arder en el infierno para siempre sin tener la posibilidad de redimirnos o corregir nuestros errores, cualesquiera que sean? Hay que confesar que no es una perspectiva risueña, especialmente en el segundo caso...

Sobre estos temas, eternamente actuales y muy complejos, reflexionaban los hombres más ingeniosos de todos los tiempos y todas las épocas. Las enseñanzas que surgieron gracias a este «gran enigma de la esfinge» constituyen el fundamento del conocimiento, no sólo de los grandes Maestros de las religiones, sino también de los célebres filósofos y sabios de la Antigüedad. Estas enseñanzas se transmitían de generación en generación a través de tradiciones, mitos y leyendas de todos los pueblos del mundo. En el silencio de los templos y santuarios, los Maestros revelaban los secretos de este conocimiento sagrado a sus discípulos, a través de los ritos de Iniciación en los Misterios de Egipto, Grecia, Roma, India, el Tíbet y otras grandes civilizaciones antiguas. El estudio comparativo del pensamiento filosófico y religioso de las obras, escrituras y tradiciones que pertenecen a las más variadas culturas, épocas, creencias y pueblos, demostró la sorprendente coincidencia en una idea fundamental: todo no acaba con la muerte y nosotros no vivimos una sola vida. Todos nosotros ya hemos vivido en la Tierra antes en muchas encarnaciones pasadas y seguiremos

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viviendo así: nosotros morimos y renacemos de nuevo, cada vez en un nuevo cuerpo y con una nueva personalidad.

Esta constatación es el fundamento de la famosa enseñanza sobre la reencarnación que se transmitía de una época a otra por los grandes sabios y filósofos de la Antigüedad.

Sus ideas clave son las siguientes: el alma del hombre es inmortal. A imagen y semejanza de un peregrino a través la eternidad, nuestra alma inmortal realiza «un gran viaje» pasando por una larga cadena de reencarnaciones, donde –como las cuentas de un collar– los ciclos de «vida» se alternan con los ciclos de «muerte».

Para los sabios antiguos los conceptos de vida y muerte, tal como los entendemos hoy nosotros, no existían. Nada ni nadie muere. Todo cambia, todo se transforma. El nacimiento y la muerte son dos caras de la vida-una. La muerte no es el fin, sino un nuevo inicio, la transición de un estado de conciencia a otro: después de morir, el alma inmortal del hombre pasa a otro plano de existencia, sigue viviendo en «el otro mundo» y al pasar un cierto tiempo, de nuevo vuelve a la Tierra. El hombre renace a la vida, no sólo con un cuerpo nuevo sino también con una nueva personalidad y nuevas potencias a desarrollar. Cada muerte y cada nuevo nacimiento son sólo una transición de una forma de existencia a la otra, cada vez más perfecta y más integra. En el origen de este misterioso «viaje a través la eternidad» está la gran ley de la evolución: nada la interrumpe y nunca se detiene. Todo en el universo sigue existiendo dentro de un proceso infinito de desarrollo, transformación y perfeccionamento, y el hombre no es una excepción de esta regla. A todo lo largo de la cadena de las encarnaciones y con cada estancia en «este mundo» o en «el otro mundo» su alma se enriquece con nuevas experiencias, nuevos conocimientos y nuevos estados de conciencia.

Sobre el tema de la vida, la muerte y la teoría de la reencarnación fueron escritas miles de obras, no sólo por los antiguos autores sino también por los contemporáneos. Entre todo lo que fue escrito sobre este tema durante los dos últimos siglos destacan las obras de la gran filósofa y escritora rusa Helena Petrovna Blavatsky, llamada por sus contemporáneos «la esfinge del siglo XIX».

Sus obras se consideran como el más ilustrativo y amplio tratado referente no sólo al tema que nos interesa sino también a muchos otros conocimientos sobre el universo, la Naturaleza y el hombre. En su tiempo estas obras provocaron una verdadera conmoción entre sus contemporáneos, pues los conocimientos expuestos por H. P. B. necesitaban una revisión más profunda de todos los viejos y arraigados conceptos sobre el hombre y el universo. Estos conocimientos estaban lejos de ser apreciados por todos y, al ser publicados, provocaron una tormenta de debates, emociones y comentarios, en su mayoría acerbos e injustos.

Pero, a pesar de todo, un hecho indudable detiene nuestra atención: las obras de Blavatsky han atraído un enorme interés, y muchos filósofos y científicos –tanto del siglo XIX como del XX– tomaban los conocimientos expuestos allí como base de sus propias teorías e hipótesis. Así, aunque es un hecho poco conocido, su obra La doctrina

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secreta fue uno de los libros predilectos del mismo Albert Einstein. Quizás, lo más

valioso en los libros de H. P. Blavatsky es el hecho de que en ellos no se exponen sus propias hipótesis ni su propia filosofía. Sus obras son el fruto de un minucioso estudio comparativo de las más variadas concepciones filosóficas y religiosas, tradiciones y culturas del mundo. Como dice la propia escritora, lo más importante en sus libros es que ellos representan un intento de exponer los principales ideas de la «divina sabiduría universal» o «Teosofía», que se transmite desde los tiempos inmemoriales –a través de las Iniciaciones en los Misterios– por las cofradías de los grandes sabios, guardianes de estos conocimientos sagrados. Se sabe que la misma señora Blavatsky estudió durante muchos años en uno de estos centros escondidos en el Tíbet, en los Himalayas.

Conversando sobre el misterio de la vida, la muerte y la reencarnación, presentamos un breve resumen de las ideas y enseñanzas más interesantes sobre este tema, expuestas por H. P. Blavatsky en su libro La clave de la teosofía en forma de diálogo sobre las verdades eternas.

Muchos momentos en la enseñanza sobre la reencarnación no son susceptibles de ser interpretados por la lógica racional y parecen inaccesibles a la comprensión, pues necesitan una visión de las cosas fuera de lo común y un profundo estudio de tales problemas metafísicos, como por ejemplo, la constitución del hombre, la diferencia entre el «alma» y el «espíritu», el concepto del «ego», la existencia de otros planos en la Naturaleza y en el hombre, el tema de lo que nos pasa a nosotros y adónde nos vamos después de morir, del papel que desempeña la ley del Karma en las reencarnaciónes y muchos otros. Pero todo aquello hace nuestro estudio aún más interesante y quizás pueda llevarnos hacia insospechados descubrimientos.

Citemos a H. P. Blavatsky: «...Porque entonces verá que, por lógica, coherencia, filosofía profunda, misericordia y equidad divinas, esta doctrina de la reencarnación no tiene igual en la Tierra. Es la creencia en un progreso perpetuo para cada ego encarnante, o alma divina, en una evolución desde lo externo a lo interno, desde lo material a lo espiritual. De una fuerza a otra fuerza, de la belleza y perfección de un plano a la mayor belleza y perfección de otro, con acceso a nuevas glorias, a nuevo conocimiento y poder en cada ciclo...».

En este breve resumen no podemos ofrecer un panorama completo de nuestro bastante complejo y multifacético tema. Por esta razón, siguiendo el ejemplo de H. P. B. proponemos exponer sus ideas principales en forma de breves preguntas y respuestas. Este diálogo no pretende dar una explicación detallada de nuestro asunto, pero quizás pueda ofrecer una base para su estudio más profundo y más extenso. Tal vez las enseñanzas aquí expuestas puedan ayudar al aspirante novato a orientarse un poco más en su camino a través de este complejo laberinto que lleva a los Misterios de la sabiduría divina.

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Cortesía de Nueva Acrópolis España, www.nueva-acropolis.es ¿Por qué es imposible entender a fondo

la teoría de la reencarnación sin un conocimiento

básico de las enseñanzas antiguas sobre la constitución del hombre?

La respuesta es simple: por razón de que nos será muy difícil entender entonces cuál es la parte perecedera del hombre que muere, y cuál es la parte que sigue existiendo después la muerte.

Según las enseñanzas antiguas, el ser humano no está limitado sólo a su cuerpo físico; en realidad, el hombre se compone de siete «principios», o «planos», o «cuerpos»,o «vehículos». Con excepción del cuerpo físico, los demás «cuerpos» no pueden ser percibidos mediante nuestros sentidos físicos porque se trata de sustancias y estados muy sutiles, desconocidos por la ciencia moderna. En diferentes culturas estos «principios» llevan diferentes nombres. En su libro H. P. Blavatsky menciona sus denominaciones en sánscrito:

1 STULA SHARIRA,cuerpo físico.

2 PRANA, «principio vital» o energía de vida, proporciona las corrientes vitales

al plano fisico.

3 LINGA SHARIRA, plano astral, el vehículo de sentimientos y emociones.

4 KAMA RUPA o KAMA MANAS, «mente inferior» o literalmente «mente de los

deseos», el vehículo de los pensamientos y procesos lógicos, actuando sólo dentro de las limitaciones del plano material y de la vida física. Por esta razón la «mente inferior» es subjetiva y sometida a la ilusión y deducciones erróneas. También y, ante todo, la «mente inferior» sigue siendo el centro de deseos y pasiones que nacen de ilusiones.

5 MANAS, «inteligencia» o «mente superior», plano y vehículo de «ideas puras»,

es también el centro de nuestra conciencia y de nuestra «memoria eterna». La mente superior actúa más allá de las limitaciones del plano material, mas allá de la vida física. A lo largo de la vida terrestre, este principio comúnmente existe como una «potencia oculta» en el hombre; pero si la mente superior se despierta, ante el hombre se revelan los verdaderos conocimientos y el profundo sentido de la existencia de todas las cosas.

6 BUDDHI, «alma divina» o «el vehículo de la pura luz divina». Este principio

también existe en el hombre en calidad de una poderosa y muy profunda «potencia oculta»; pero si se despierta el Buddhi, su manifestación no se puede describir con palabras; es el gran poder de la intuición, del amor divino y de la «sabiduría del Amor».

7 ATMA, el gran misterio, «espíritu divino», «Yo supremo» o «Dios dentro de

nosotros mismos»; «Observador Silencioso», inmortal y omnisciente. Cualquier manifestación suya, aunque sea muy pequeña, se puede describir como el gran poder de la Voluntad pura, como manifestación de la Ley oculta del hombre que rige toda nuestra existencia.

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Cortesía de Nueva Acrópolis España, www.nueva-acropolis.es Si la constitución del hombre es septenaria,

¿cómo podemos entender dónde se encuentra

el espíritu y dónde está el alma y cuál de los dos es inmortal?

Antes de contestar a esta pregunta, proponemos un «rompecabezas» filosófico y metafísico más: ¿qué piensan Uds. sobre la afirmación de los filósofos antiguos según la cual los siete principios del hombre se pueden dividir al mismo tiempo en dos, tres o aun cinco «partes» dependiendo de los criterios con los que los contemplamos?

Citemos a H. P. Blavatsky: «...Ante todo, encontramos dos seres distintos en el hombre: el espiritual y el físico, el hombre que piensa y el hombre que de estos pensamientos graba todo cuanto es capaz de asimilar. Por lo tanto, dividimos al hombre en dos naturalezas distintas; la superior o ser espiritual, compuesta de tres «principios» o aspectos; y la inferior o el cuaternario físico, compuesta de cuatro; en total, siete...».

Los cuatros principios inferiores, es decir, cuerpo físico, energía vital, cuerpo astral y mente inferior, en los tiempos antiguos se denominaban «la personalidad». La palabra «persona» literalmente se traduce como «máscara» y ya con esto se se puede entender cuál es la propiedad principal de este cuaternario inferior del hombre. La «personalidad» del hombre es perecedera y pasadera. No sólo el cuerpo físico sino también los otros tres principios de nuestro «cuaternario» se desintegran después de la muerte fisica. En realidad, nuestra «personalidad» es sólo una herramienta que el hombre utiliza durante su vida terrestre, es solo una «máscara» o una «vestidura» con la cual no vale la pena identificarse. Esta máscara esconde al «hombre verdadero», nuestra esencia espiritual, «la tríada divina» –Atma-Buddhi-Manas– con sus ocultos poderes de voluntad pura, amor-intuición e inteligencia. Nuestra tríada divina es inmortal y después de la muerte del cuerpo fisico sigue existiendo en «otros» planos. Con cada nuevo nacimiento en la Tierra, recibe una nueva personalidad como si se pusiera la nueva «vestidura».

En los tiempos antiguos se consideraba que, en realidad, en el hombre coexisten tres «mundos» paralelos o tres planos:1 mundo físico –cuerpo físico y Prana–, lo que Platón llamaba «soma», y los místicos cristianos «cuerpo»; 2 mundo psíquico –Astral y Kama-Manas–, lo que Platón llamaba «psyche» y los místicos cristianos «alma»; 3 mundo espiritual –Atma, Buddhi y Manas–, lo que Platón llamaba «nous» y los místicos cristianos «espíritu», y que en muchos trabajos también llamaban el «alma inmortal» (no se debe confundir el alma inmortal con el «psíquico» –«astral» y mental inferior–, pues la unión de estos dos muchas veces también recibe el nombre de «alma»).

¿Existen semejantes "planos"

o "principios" también en la Naturaleza?

Evidentemente, ya que en el hombre –el «microcosmos»– no podría existir nada que no existiera ya en la Naturaleza y en el universo. Citemos a H. P. Blavatsky: «...No se imagine que, por el hecho de que al hombre se le cataloga como septenario, luego

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quíntuple y como tríada, se componga de siete, cinco o tres entidades; o bien, como lo expresó muy bien un autor teosófico, de capas superpuestas, como las pieles de una cebolla. Los «principios», como ya se dijo (...) son simplemente aspectos y estados de conciencia...».

Blavatsky sigue: «Nuestra filosofía nos enseña que, puesto que en la Naturaleza existen siete fuerzas fundamentales y siete planos de existencia, de la misma manera hay siete estados de conciencia en los que el hombre puede vivir, pensar, recordar y tener su ser.

Enumerarlos aquí es imposible, y para esto tenemos que remitirnos al estudio de la metafísica oriental (...) Lo que quiero indicar por «estrato» es aquel plano del espacio infinito que, por su misma naturaleza, no puede incluirse en nuestras percepciones vigílicas ordinarias, mentales o físicas, pero que existe en la Naturaleza aparte de nuestra mentalidad o conciencia normales, aparte de nuestro espacio tridimensional y aparte de nuestra división del tiempo. Cada uno de estos siete planos fundamentales (o estratos) del espacio tiene su propia objetividad y subjetividad, su propio espacio y tiempo, su propia conciencia y serie de sentidos...».

Si volvemos a la teoría de la

reencarnación, la pregunta es: ¿cuál de los principios

del hombre se reencarna en la cadena de "vidas" y "muertes"?

Citemos a H. P. Blavatsky: Se reencarna «...el ego espiritual pensante, el principio permanente en el hombre, o aquello que es el centro de Manas. El hombre individual o divino no es Atma, ni siquiera Atma-Buddhi, considerado como la mónada dual, sino Manas...».

En la larga hila de «vidas» y «muertes» se reencarna precisamente Manas, el principio de la inteligencia superior en el hombre. En la Antigüedad recibía el nombre de «ego espiritual», «hombre divino». En sánscrito le llamaban «Manas-Taidzhasi» («resplandeciente»). Ahí es donde se encuentra nuestra verdadera IDENTIDAD, ya que

nuestras distintas e innumerables «personalidades» sólo representan sus máscaras superficiales. H. P. Blavatsky compara nuestro ego espiritual con un actor, y sus múltiples y variables encarnaciones se comparan con los papeles que él interpreta. En este eterno «escenario teatral» de la evolución a lo largo de muchas encarnaciones todos nosotros interpretamos los más distintos papeles: cambian actos y épocas, cambian decorados, máscaras y disfraces, pero nuestra identidad, nuestro ego espiritual siempre sigue siendo el mismo. Citemos a H. P. Blavatsky: «El ego espiritual del hombre se mueve en la eternidad como un péndulo entre las horas del nacimiento y de la muerte. Pero si estas horas que marcan los periodos de la vida terrenal y de la vida espiritual son limitadas en su duración, y si bien el mismo número de esas etapas en la eternidad entre el sueño y el despertar, la ilusión y la realidad, tiene su principio y su fin, en cambio el peregrinaje espiritual es eterno».

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Precisamente este ego espiritual nuestro es responsable de todos los pensamientos y acciones que realizamos en cada nueva personalidad a todo lo largo de la cadena de encarnaciones.

Existe un gran misterio más de nuestra existencia, que no se explica con la lógica de la mente y es muy difícil de entender, pues no olvidemos que en el hombre existen otros dos principios divinos, supremos e inmortales. Si Manas (quinto principio) representa nuestra identidad, nuestro ego, y es precisamente este principio el que reencarna, ¿cuál es entonces el papel que tiene «Atma», nuestro espíritu divino (séptimo principio), y Buddhi, nuestra alma divina (sexto principio), sobre los cuales podemos decir que son dos principios verdaderamente inmortales?

Es un gran misterio. Como explica H. P. Blavatsky, «Atma», el «espíritu fivino», «observador silencioso» o nuestro «Yo supremo», en realidad no debería considerarse como un principio puramente «humano» por no ser la propiedad individual de ningún hombre. Es la esencia divina, «Dios dentro de nosotros mismos», el rayo de la omnipresente luz divina que ilumina al hombre mortal y penetra en él. Buddhi (sexto principio) es el vehículode Atma, conductor de su luz divina, al igual que la Luna transmite la luz del Sol: sin su mediación y ayuda nuestro ego, Manas, nunca podría

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