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L A REENCARNACIÓN EN LA FILOSOFÍA ESTOICA

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¿Qué es la filosofía estoica?

Para comprender la concepción de la reencarnación en la filosofía estoica será necesario, en primer lugar, exponer sus ideas y principios fundamentales. Según los estoicos uno realmente vive cuando está en concordancia con la Naturaleza y es virtuoso. El único camino para el hombre hacia la felicidad es ése. Quien concibe las leyes de la Naturaleza alcanza la sabiduría y empieza a obedecer. Su obediencia es tanto a la Naturaleza como a la parte más noble de sí mismo. Esta es una actitud que le lleva a la libertad. Cuando es así, se logra una armonía interior y exterior.

Estar en concordancia con la Naturaleza es observar su actuación y comportarse de acuerdo con con sus leyes, de las cuales la más evidente es la de los ciclos. Uno de los reflejos de esta ley es el hecho de la vida y la muerte.

La ley de los ciclos

La vida es cíclica y siempre está en movimiento, dando vueltas, pero cada vuelta es diferente de la precedente, porque la evolución se realiza gracias a la acumulación de las experiencias, o sea, a la memoria.Cada día nace con la salida del Sol. Durante el día el Sol es joven y por la noche vive la vejez. Este hecho natural nos demuestra la ley de los ciclos.

El filósofo estoico Marco Aurelio dice así: «El tiempo es un río que fluye con todos los seres que forman parte de la existencia; a la vez, es un torrente severo, pues destruye lo que se encuentra y en su lugar pone inmediamente otra cosa para también ser destruida en el futuro». O sea, cada ser, dentro de este ciclo, pasa a la siguiente cadena. Marco Aurelio defiende la idea de que el movimiento cíclico es una prueba de existencia de la evolución y lo expresa de esta forma: «Cuando algo muere no desaparece en el universo, se queda aquí despues de la muerte, aquí sufre transformaciones y se descomponen sus partes, que son los elementos que forman tanto al universo como al hombre. Estos elementos también sufren transformaciones, pero nunca se quejan». Este cambio en la realidad es la evolución.

La ley de causa y efecto (Karma)

La ley de causa y efecto es la misma justicia divina por la cual está regido todo el universo, es decir, recibe como efecto todo lo que ha causado. De esta forma el individuo forma su propio destino. Cada ser en el universo se manifiesta de acuerdo con la ley de causa y efecto (Karma). Por medio de esta ley cosechamos lo que hemos sembrado. Cada vivencia que tenemos es una consecuencia natural de nuestros acciones

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pasadas. Del mismo modo, el resultado de una vida prepara la siguiente y así, la vida presente es la consecuencia de la precedente. La Divinidad no ofrece ni infortunio ni preferencia a ningún hombre, pues en su idioma, credo, sexo, raza y país, todos los hombres son iguales para Él. El hombre tiene el libre albedrío limitado por su sabiduría y moralidad, es decir, tiene la capacidad de elegir.

«Las cosas que dependen de nosotros son libres por su naturaleza misma; nada puede detenerlas ni levantar ante ellas obstáculos» (Epicteto).

Entonces, de acuerdo con la ley de causa y efecto, tanto la bondad como la maldad radican en el hombre y jamás existe la injusticia. Cuando sufrimos no tenemos el derecho a acusar a Dios ni a otros hombres, pues es el hombre mismo el responsable de todo. Epicteto dice así sobre este tema:

«Dios creó a los hombres para que sean felices; si son desgraciados ellos mismos tienen la culpa».

La ley de causa y efecto puede relacionarse con la reencarnación, pues si la muerte fuera un fin o la destrucción total, ¿cómo nos encontraríamos con los efectos de todo lo que hicimos a lo largo de la vida? Las consecuencias de todas nuestras acciones continúan durante las cadenas de vida y muerte.

La vida y la experiencia

El espíritu no es hombre, ni planta, animal o mineral. Estos son los medios de la evolución. Es el espíritu quien utiliza los cuerpos mineral, planta, animal u hombre. Cada encarnación es un papel nuevo. Epicteto dice que la vida es un campo de experiencias.

«Si los dioses me abandonan como me han abandonado en la indigencia, en la oscuridad y en el cautiverio, no es porque me tengan odio; ¿qué amo es capaz de aborrecer a su fiel servidor? Tampoco es por descuido, pues los dioses no descuidan ni las cosas que parecen más insignificantes. Lo que quieren es ponerme a prueba para cerciorarse de si tienen en mí un buen soldado, de si soy un buen ciudadano; es decir, que éste es su fin inmediato, que les sirva de testigo ante los demás hombres» (Epicteto).

El espíritu investiga y estudia las leyes de Dios presentes en todo el universo, a través del cuerpo humano. Pero este conocimiento no se adquiere en una vida sola porque el conocimiento no tiene límites. Los espíritus nacen una y otra vez en cada parte del universo, y con cada una de las encarnaciones las almas se elevan un poco más. Epicteto habla así sobre la acumulación de la experiencia y la necesidad de la reencarnación por esta razón.

«Ni cosas tan pequeñas como una uva o un higo maduran de una vez. Si me dices: «ahora quiero un higo», te contestaré: «¡Esto exige un tiempo. Espera hasta que

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uno nazca, crezca y llegue a la madurez!». No obstante, tú quieres que las almas maduren de una vez. ¿Es esto posible..?».

La justicia divina

La verdadera justicia se establece por medio de la reencarnaación, porque el control del universo no está en manos de un Dios que concede a unos una vida larga, riqueza, salud, belleza, suerte y a otros una vida breve, pobreza, enfermedades, fealdad y desgracia, ya que la casualidad no existe. En el universo todo actúa de acuerdo con las leyes establecidas por Dios. Así, la vedadera justicia se proporciona por la ley de causa y efecto. La providencia siempre está en juego.

Las cosas que a primera vista nos parecen desgracias o malas son, en realidad, experiencias. O sea, hay que ver en todo y en cada persona a un maestro y así vamos caminando hacia delante. Si la muerte fuera la desaparición, esto no tendría ningún sentido, pero como existe la continuidad, las experiencias siempre lo tienen.

Como vemos las cosas desde una estrecha ventana, los hechos nos parecen desgracias, injusticias o males, pero desde el plano unitario de la Divinidad la situación es totalmente diferente. Por ejemplo, Epicteto se consagra a Dios, pero su dedicación no es pasiva. Todo depende de a qué nos dedicamos. Por eso él nunca deja de obedecer.

Expresa su dedicación con estas palabras: «Me complace todo (sufrimientos) lo que me pasa y lo asumo todo, pues lo que quieren los dioses para mí es más favorable que mis propios deseos».

La muerte: el fin de algo y el comienzo de algo

El hombre es un conjunto de cuerpo y espíritu. Como dice Epicteto: «Nos componemos de dos esencias distintas, las cuales son el cuerpo que compartimos con los animales y el espíritu, compartido con los dioses. Unos tienen cariño a sus parientes primeros, que son perniciosos y pasajeros, y otros mantienen el parentesco con lo bello y divino».

La muerte es la separación de los dos. De la misma forma que nuestro cuerpo físico no muere porque se convierte en tierra, tampoco muere el alma.

Marco Aurelio decía que el presente, el futuro y el pasado son parientes, y expresa que la muerte sólo es una transición:

«Nuestra naturaleza universal es la que se expande por toda la existencia; todo lo que existe hoy está emparentado con todas las cosas que existirán en futuro».

Marco Aurelio, citando la muerte como un fenómeno natural, dice que el temor a ella es inadecuado. «No tengas miedo a la muerte; por el contrario, enfréntala con

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alegría, pues la muerte viene de la Naturaleza. Tal como uno es joven y luego llega a su madurez y se hace mayor, o como cuando nos sale la barba o los dientes y nos encanece el pelo, de la misma forma que empieza a desarrollarse nuestra mente, nos embarazamos, damos a luz a nuevas vidas y como todos los otros sucesos experimentados en varios periodos de la vida, la muerte es una parte natural de ella».

Además, la muerte no es un fin, sino una expresión del ciclo presente. El ciclo es la forma en la que la Naturaleza se expresa. Según Marco Aurelio, «cuando sea la hora de morirme, voy a enfrentarla con felicidad, ya que las cosas no se destruyen aunque cambien de forma. ¿Por qué tener miedo al cambio y a la descomposición de mis propias partes? Así es el método de la Naturaleza y nada procedente de ella puede ser malo».

La unidad universal o Dios

En el estoicismo a Dios se le concibe como la suma de las cosas que son. Se acepta que no sólo abarca el aspecto espiritual sino también el alma y el aspecto físico. Así, para responder a la pregunta: ¿qué es Dios?, podemos formular otra pregunta: ¿qué no es?, o decir: es «la suma de todo movimiento», o sea, «todo consiste en el movimiento de Dios que forma sus partes». Tal como Dios no puede disminuir o desaparecer, la muerte no es la desaparición sino la transformación.

Según Zenón, el fundador de la filosofía estoica, el espíritu divino y el espíritu humano son uno en su origen y absolutamente inmortal. Dice que el hombre, como parte integrante del mundo, es igualmente un ser material, pero también tiene una parte del fuego divino. De forma parecida, Séneca dice que en todas las cosas existe algo de lo divino. «¿Qué puede ser la Naturaleza más que la mente divina de Dios, que penetra todo el universo, hasta sus partes más pequeñas?

El espíritu mantiene unido el cuerpo orgánico y penetra hasta sus partes más pequeñas. El espíritu universal es uno, y el espíritu humano es un todo integral. Ésta es la enseñanza fundamental en la filosofía estoica y es la respuesta a varias preguntas. El espíritu humano, como parte del espíritu universal, continuamente cambia de forma, tal como lo hace el agua convirtiéndose en hielo o en vapor. La vida y la muerte son dos estados semejantes.

Basándonos en la enseñanza de que todas las cosas en el universo están interpenetradas unas con otras, se explica cómo se expande el espíritu en todo el universo. Por ejemplo, el aire que respiramos es un todo en todas las partes. Así, el aire en Nueva York no es diferente del aire en Estambul, y este aire rodea el mundo entero. De la misma forma, el espíritu universal lo comprende y abarca a todo.

El espíritu es inmortal, porque es inmortal lo que siempre está en movimiento. Algo que es movido por otra cosa, o algo que mueve a otra cosa, no puede sobrevivir cuando para este movimiento. Solamente el Ser que se mueve por sí mismo, como no

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puede abandonarse a sí mismo, siempre está en movimiento; además para todos los demás seres es el origen y el principio de movimiento.

No se puede especular sobre el nacimiento de un principio, pues tenemos que aceptar el hecho de que todo lo que nace tiene su principio, pero el principio mismo no tiene su origen en nada. Como el principio no tiene un comienzo, tampoco tendrá un fin. Entonces, el ser que se mueve por sí mismo es el pricipio del movimiento y no es posible que este ser desa-parezca ni renazca. Por lo tanto, el espíritu no tiene un comienzo ni un fin.

Lo uno e inmóvil

Para definir lo uno e inmóvil Epicteto dice así: «el alma es como una piscina llena de agua. Sus alas son la luz que ilumina esta piscina. Al agitarse el agua parece como si también se agitara la luz. Pero, en realidad, la luz es como era antes. Lo mismo ocurre con el hombre. Cuando está confundido y triste sus virtudes no están confundidas ni agitadas. Sus poderes interiores no se mueven. Cuando estas fuerzas se paralizan todas las cosas también se paralizan». O sea, lo uno e inmóvil es nuestra verdadera esencia.

Zenón apoya la enseñanza de Parménides, que menciona lo uno como la única verdad, y la multiplicidad y el movimiento como no existentes, intentando demostrar que tal concepción llevaría a conflictos. Lo hace con sus famosas comprobaciones sobre la multiplicidad y el movimiento. Con estas comprobaciones Zenón intenta contar los múltiples conflictos a los que nos llevaría confirmar el espacio y el tiempo que acepta la división constante. Él llega a esta conclusión: si aceptamos lo que «es» como la multiplicidad y el movimiento nos contradecimos; lo que «es» solamente puede ser lo uno e inmovil.

Pero, si lo que «es» es uno e inmóvil, ¿cómo puede ser el no-ser? O sea, la evolución y la reencarnación es una ley necesaria.

El retorno a lo uno o reencarnación

Con la «rueda de Samsara», que es un símbolo de los ciclos de reencarnación en las filosofías de las religiones orientales, se acepta la iluminación como la liberación de ésta. Cuando ocurre esto el espíritu está libre y es aceptado en el paraíso eterno. Epicteto concibe la iluminación de una forma similar. Para él consiste en vivir en armonía con la Naturaleza y con la mente, liberarse de todo tipo de deseos, querer las virtudes, creer en la grandeza de la divinidad; en suma, mantener la libertad del alma y elevarla.

Él concibe la mente y la Naturaleza como la misma cosa; por eso defiende la necesidad de obedecer las leyes de la Naturaleza. Por otro lado, esta obediencia no es

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como una hoja arrastrada por el viento, sino superar los problemas con nuestras potencias.

Según la filosofía estoica, «la unidad primordial» se puede dividir en energía y tiempo; espíritu y cuerpo. Y aparte de esto, según las diferencias individuales. Pero esas distinciones se originan en el tiempo. El tiempo puede poner fin a estas distinciones. Estos fragmentos están en una evolución continua y cada fragmento es parte de la unión de los elementos. El ciclo presente absorberá toda la materia y se realizará un regreso a la materia primordial (a Dios). El cambio de forma de todo, nuevamente, es el punto de comienzo de un ciclo. En este ciclo nuevo se encontrarán presentes todas las fases del mundo y todos los hechos se repetirán de una forma completa y perfecta. Este hecho es como un futuro puro y feliz para el mundo.

Según Séneca, en el hombre existe un aliento procedente de Dios. El espíritu, despues de la muerte, se aparta de la cárcel del cuerpo y alcanza la vida eterna. El hombre, después de la muerte, liberándose de las tinieblas del mundo, alcanza el cielo luminoso. Su origen le llama hacia allí, pero aun en la cárcel del cuerpo, liberándose de los defectos y elevándose con los pensamientos divinos, de nuevo se encontrará en el mismo nivel sublime; allí le espera una libertad sin límite y una tranquilidad de alma. El espíritu (del sabio) no acepta cualquier patria para sí; su patria es el espacio que ya ha recorrido, es decir, el universo. El espíritu del sabio, después de la muerte, logra la unión con Dios. El espíritu, después de abandonar el cuerpo, ya no piensa más en él porque el cuerpo es una carga, una penalidad sobre el espíritu. Por eso, el hombre no debe dejarse llevar por los apetitos del cuerpo, los cuales son buenos solamente para los animales. Despreciar los apetitos del cuerpo es la libertad absoluta.

Marco Aurelio también está de acuerdo con la idea de que el hombre va a regresar al origen de su parte inmortal, y dice que es la ignorancia lo que hace que esté ocupado con lo pasajero: «El movimiento y el flujo renuevan el mundo sin cesar, tal como el tiempo que fluye continuamente, manteniendo activa la eternidad. ¿A qué cosas daremos valor entre todo lo que pasa rápidamente, en este río de fuertes corrientes donde nadie permanece de pie?

Esto se parece a estar enamorado de un gorrión que desaparece en un abrir y cerrar de ojos. La vida de un hombre es, sin duda, tan pasajera como el aire que se respira o como el alma que se separa volando del cuerpo. Tal como rutina es tomar aire para los pulmones y expulsarlo después, hay que devolver el poder esencial (que te permite el aliento), que se te ha concedido en el nacimiento, a la fuente de donde procede».

Séneca dice que un espíritu sabio alcanza la unidad, la vida eterna despues de la muerte. Entonces, ¿qué ocurrirá con los que no han llegado hasta el nivel de la sabiduría? Si reflexionamos un poco más, la respuesta es aparente. Los que se hacen sabios, ¿lo logran en una vida sola o después de muchas experiencias y reencarnaciones? En realidad, lo que se enseña es que los hombres nacen una y otra vez en la Tierra hasta convertirse en sabios.

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Según Séneca, «una de las muchas penalidades que experimentará el ignorante es la siguente: ¡cada vez empezar a vivir de nuevo! ¡Qué embarazosa es la estupidez de la gente que cada día hace nuevos planes para la vida y aún a la hora de la muerte se abre a nuevas esperanzas! Obsérvales uno por uno y verás viejos que se preparan para intrigas, viajes lejanos y comercio. ¿Qué puede ser más embarazoso que un viejo que se prepara para nuevos errores?».

Empezar a vivir otra vez es volver a encarnarse por no haber extraído el conocimiento necesario de las vivencias. Si uno no aprende y no cambia, siempre se queda en el mismo lugar y vuelve a vivir la misma experiencia. ¡Cuán ignorantes son las personas que aún en el momento de la muerte no abandonan el cuerpo y la materia!

«Desdeñad la muerte, os lleva al fin u os traslada a otro sitio...» Con estas palabras Séneca expresa que la muerte no es un fin sino que lleva al hombre a uno de los dos caminos: el unirse con la gran unidad (tal como la gota que cae al mar y se une con el todo), o experimentar otra vida en otro sitio.

¿Cuál es el camino por el que se alcanza la unidad? Séneca lo explica así: «un

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