Con esta breve discusión queremos mostrar la frecuente presencia de la noción de la reencarnación en los sistemas filosóficos de griegos y romanos. Como ejemplo, vamos a tomar a Plotino, uno de los últimos grandes maestros Iniciados del mundo antiguo. Podríamos decir que con la escuela neoplatónica y con Plotino se terminó un riquísimo periodo de la Antigüedad, después del cual la Filosofía se retiró de la esfera del mundo occidental por largo tiempo. Consecuentemente, la noción de la reencarnación se quedó olvidada hasta la aparición del Renacimiento.
Antes de abordar las visiones y enseñanzas de Plotino sobre la reencarnación debemos llamar la atención sobre algunos detalles importantísimos.
Plotino utiliza esta noción con frecuencia, pero no lo explica ni delibera demasiado sobre ella. Este término va siempre sobrentendido en sus discursos como un hecho infalible, y Plotino lo maneja todo el tiempo. Para él, la reencarnación es la ley fundamental del existir, obvia a los ojos de los filósofos. Podemos afirmar con certeza que si lo eliminásemos de sus enseñanzas no seríamos capaces de entenderlas.
Por otra parte, durante todo el tiempo de la lectura, tenemos la sensación de que él no nos quiere explicar ciertas cosas a fondo, sino que las indica o esconde detrás de una imagen, un cuento o un símbolo.
Leyendo a Plotino, no podemos sustraernos a la impresión de que, mirando las cosas, él no llega a las conclusiones analizándolas, aunque a menudo utiliza el análisis. Tenemos que ser conscientes de que él no nos quiere decir mucho porque lo considera inútil o no quiere «echar perlas a los puercos». De una manera general, es significativo que utilice a menudo «el lenguaje enigmático del misterio».
El alma
La reencaranción está ligada a su entorno, es decir, al viaje del alma a través de su existencia. El alma es sagrada y eterna. Periódicamente baja a la Tierra cambiando de cuerpos. Pasa por todo el cielo apareciendo en formas diferentes, sensibles, racionales o vegetales. Pero su «cabeza» se queda siempre en el cielo y nunca se separa del Logos y de la razón.
Aquí, en la Tierra, el alma se encuentra encadenada y sufre terribles tormentos por su separación del Uno.
Pero el padre Zeus tuvo lástima de las almas e hizo que esas cadenas, responsables de su sufrimiento, fueran perecederas. Dio a las almas un reposo temporal, liberándolas del cuerpo, para que pudieran irse donde está el alma del Todo. Así, el alma siempre circula alejándose y acercándose al Uno.
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Cortesía de Nueva Acrópolis España, www.nueva-acropolis.es El alma se vierte en el cuerpo
El alma se vierte en el cuerpo y lo ilumina. Igual que los rayos luminosos del Sol hacen que las nubes tenebrosas reluzcan y parezcan de oro, así el alma vino al cuerpo y le dio vida e inmortalidad. Y el cuerpo, que el alma puso en movimiento, se volvió beato ser vivo. Cuando se asentó en él, el cuerpo obtuvo la dignidad porque antes estaba muerto; era la Tierra y el agua, las tinieblas de la materia y el no ser.
Entrando en el cuerpo, ella abrazó en sí su naturaleza para pasar del estado potencial al estado concreto. Al cuerpo no le pasa nada que no fuera necesario ni sin razón, porque la verdad es, como dice Plotino, que si el cuerpo no existiese, el alma no se desarrollaría, no progresaría ni se volvería consciente de sí misma. Aunque potencialmente cada alma lo incluye todo, cada ser individual tiene esos potenciales actualizados de manera diferente.
El alma baja periódicamente en la existencia adecuada, desarrollándose y poniendo en armonía todas sus partes. Todas las almas tienen su propio lugar y su propio papel en el gran orden y todas bajan y suben a Dios.
Plotino, siguiendo el pensamiento platónico, no sitúa el alma en el cuerpo sino el cuerpo en el alma, y sostiene que existe una parte del alma en la cual se encuentra el cuerpo y otra donde no hay cuerpo, porque es obvio que existen ciertos poderes del alma que el cuerpo no necesita. Es preciso decir que en el cuerpo no se encuentran otros poderes del alma que los que el cuerpo necesita.
Nuestra alma no bajó toda al cuerpo sino que existe una parte suya que mora siempre en el dominio espiritual. Si predomina la parte que se encuentra en el mundo sensible, entonces es imposible contemplar la parte elevada del alma.
El cuerpo entero es sólo un instrumento del alma. Fue creado bajo su influencia antes de que ella entrara en él.
El alma sufre en el cuerpo
El alma tiene muchos poderes y la materia casi le ruega y le importuna para que ella entre en su interior. La materia se vuelve iluminada pero no llega a alcanzar a lo que la ilumina. Ofreciendo al alma la existencia y la razón de entrar en ella, la materia se mezcló ensombreciéndola y manchando así su radiación y su luz. Y justamente eso, entrar así en la materia, representa la caída del alma, porque todos sus poderes ya ni se pueden expresar ni se pueden realizar.
Alejándose del Dios el alma baja en cuerpos diferentes, ya sean ellos de fuego (razonables), de aire (sentimentales) o de tierra (físicos). Cautiva del cuerpo, ella sufre por las limitaciones y dolores que le vienen a través de él, pero sobre todo porque está serparada del Uno. El cuerpo es un gran impedimento para poder pensar pura y claramente y la llena de placeres, deseos y dolores. De esta manera el alma se vuelve irracional y llena de temores.
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El alma tiene un anhelo espiritual elevado hacia el Logos del que proviene, pero tiene también otra aspiración dirigida hacia lo bajo.
Como cambia, se separa de la unidad y se hace cada vez más propietaria de sí misma. Cada alma se retira en lo suyo. Cuando durante largo tiempo huye del Todo, el alma se separa de él por completo y no lo mira más. Así, llega a ser una parte separada, autónoma, debilitada, y le importa sólo lo que es suyo. Empieza a olvidar su propia inmortalidad y su propia esencia.
Cuando se separa del conjunto y empieza a dirigir esta parte separada y su entorno, ella penetra profundamente dentro de ella y se une con ella.
Exactamente en este punto ella pierde sus alas y cae en las cadenas del cuerpo porque perdió su inocencia que existía sólo en lo elevado. Su eficiencia se redujo sólo a la observación y ya no puede actuar mediante su parte espiritual.
En resumen, Plotino dice que el alma está enterrada, que el cuerpo representa sus cadenas y su tumba, que el mundo es su caverna y su gruta.
A pesar de todo, el alma siempre posee en sí misma lo más elevado. Y cuando se vuelve hacia el espíritu, se libera de las cadenas y sube, porque empieza a acordarse de su verdadera naturaleza. Y si huye rápidamente de su cuerpo, no sufre ningún daño, porque conoció la naturaleza del vicio y del mal, desarrolló y confirmó sus poderes y se volvió consciente de sí misma.
Sin la bajada del alma al cuerpo, el mundo material permanecería quieto y no tendría razón de existir porque no habría eficiencia. A ella misma le quedarían velados su esencia y sus poderes.
El alma puede llegar al cuerpo de dos formas: mediante la primera, el alma que se encontraba en otro cuerpo pasa desde el plano de aire (sentimientos) o de fuego (razón) al plano terrestre (físico). En la segunda, el alma desde un estado inmaterial (espiritual), llega a cualquiera de estos planos o cuerpos.
De la salida del alma
El tiempo que nos es dado a cada uno de nosotros para vivir esta vida, es determinado y no sería útil salir antes, excepto si fuera necesario. Por difícil que sea la posición en la que se encuentre el alma, no podrá salir mientras exista la posibilidad de progreso.
Pero ¿qué pasa si alguien acelera la decadencia del cuerpo? Ha echado su alma del cuerpo todavía ensuciada por el mal. Lo ha conseguido por la fuerza y no la dejó irse sola. Se separa de él, pero no lo libera de pasiones; se va, pero con una sensación de insatisfacción, dolor y rabia. Algo así no se debe hacer porque el alma caerá en el cuerpo de nuevo.
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Cortesía de Nueva Acrópolis España, www.nueva-acropolis.es El actor en la escena cambia de papel
Nuestra vida no es más que una obra de teatro. Y si la muerte nos alcanza, es como si en la escena un actor ya muerto cambiara de vestido y volviera a entrar, con otro personaje, representando otro papel. «¡Pero éste murió de verdad!», dirá alguien. Si la muerte es el cambio de cuerpos como aquella mudanza de vestidos, entonces, ¿por qué sería tan terrible este cambio?
Todo lo grave que a los hombres sucede es sólo un juego de niños. Morir en la guerra o en la batalla significa experimentar, un poco antes, algo que pasa normalmente en la vejez; irse antes para antes volver.
El asesinato y la muerte, la destrucción de las ciudades y el pillaje, deben ser tomados como algo que pasa en un escenario; como unos cambios, unas transformaciones, un fingimiento de lágrimas y lamentaciones. Porque no es el alma, lo interior del hombre, sino su sombra exterior la que se lamenta, la que llora, la que actúa en el escenario. Y este escenario es la Tierra entera. El hombre que vive exclusivamente en la vida inferior y externa, no ve que juega con lágrimas, aunque sean verdaderas. Sólo un hombre noble puede quedarse fijo en la seriedad de sus acciones; otros parecen juguetes del destino.
El alma es la que juega, y su papel se lo dio el Creador. Como los actores obtienen sus máscaras, sus vestidos, sus túnicas verde-doradas y sus trapos, de la misma manera ella obtiene su destino, no por casualidad. Fue escogido de acuerdo con sus deseos y su vida anterior.
El destino y cómo hacer justicia
Pasando por el círculo de existencias sucesivas, el alma hace muchas cosas malas morando en el cuerpo. Por esto tiene que pagar sus faltas hasta que se haga justicia. El castigo justificado de los hombres malos tenemos que dejarlo al orden divino porque él hace lo que es justo.
Pero ¿qué decir de todo lo injusto que pasa a la gente buena?, por ejemplo, castigos, pobreza, enfermedades. Debemos decir que esto pasa parcialmente por causa de faltas previas, porque todo ya fue tejido en la justicia divina y puesto de acuerdo con ella.
Por ejemplo, cuando a uno se le cae la casa encima, él morirá sea quien sea. O si los caballos le pisan a uno saldrá muy malherido. Aunque eso sea injusto para el que lo sufre, no representa nada de malo, tomando en consideración la validez y la justicia del Todo. Pero esto tal vez no sea injusto si encuentra su justificación en lo que ha sido cometido antes. Porque no debemos creer que unas cosas estén incluidas en el orden común y otras abandonadas al azar. Aun las cosas mínimas y las más insignificantes tienen que estar incluidas en el orden de la justicia.
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Las diferencias entre las almas existen por causa de su anterior estado concretizado y no por causa de la justicia que debe ser satisfecha. Nadie puede evitar lo que debe sufrir por causa de sus obras injustas. La ley divina es inexorable y tiene la propiedad de hacer inmediatamente lo que ha sido decidido.
El que tiene que sufrir en la vida nueva fue llevado, sin saberlo, hacia lo que debe padecer. Él yerra despistadamente perdido e inseguro, confrontando el castigo del destino, y, al fin, totalmente exhausto, cae al punto que le estaba asignado por sus vidas previas.
En esta ley divina también está decidido cuándo y por cuánto tiempo el alma tiene que sufrir, y también que, cuando lo cumple, tiene la posibilidad y la fuerza de huir de allí.
La injusticia de un hombre hacia otro es para el que lo comete injusticia también; él no puede huir del castigo que le espera. Y mirando al que sufre, él está también incluido en la justa red común del Todo y obtuvo su sufrimiento según la justicia. Así tiene que ser. Si el que sufre es bueno, todo le sale bien. Porque no debemos pensar que esta organización sea injusta o privada de la presencia divina; es ordenada con justicia y cuidado en su deber de repartir lo atribuido. Pero las causas de los castigos son ocultadas a la gente común y, a base de esto, ella se enoja contra el destino o contra el mismo Dios.
El hombre que sufre, sufre porque lo merece. Pero el sufrimiento y aun la muerte no nos aportan nada terrible.
Ya que cada uno obtuvo lo que merecía según la justicia no tiene sentido rogar a los dioses para que nos liberen de algo. Por eso la ley divina dice que los frutos no deben colectarlos los que ruegan sino los que cultivan la tierra, y de las guerras hay que salvar a los bravos y no a los que rezan. Por la misma razón cuando un Estado está dirigido por gente mala, es consecuencia de la colaboración de los sujetos cobardes y no por injusticia.
Nuestro futuro no es determinado solamente por nuestro presente sino también por los círculos anteriores del nacimiento, por los planes y las necesidades del futuro.
Para el alma es necesario volver a los cuerpos hasta que se limpie de todo lo terrestre. En la vida nueva entra dependiendo de cuáles eran sus deseos y obras previas.
El demonio
El que el alma pase todo según la justicia, es cargo de su demonio, al que obtuvo por nacimiento y al que escogió de acuerdo con sus inclinaciones.
Cada alma tiene su demonio mientras more en el cuerpo. Él lo vigila todo, pero sin actuar. Él se encuentra siempre por encima de nuestra naturaleza activa. Si nuestras obras son sensibles, el demonio es razonable, pero si vivimos de acuerdo con la razón el
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demonio está por encima de ella. Así que «nosotros vamos a elegir» porque con nuestra vida elegimos al demonio supervisor.
La elección del demonio y de la vida nueva es una decisión libre universal y general; es la actitud misma del alma. Pero nuestra alma toma las decisiones sobre la base de las vidas anteriores. El demonio es el ejecutor de lo que el alma ha escogido. Él, que es superior a nosotros, no nos deja bajar ni subir más de lo que nos fue determinado.
La vida futura
Cómo será la vida nueva del alma depende de cómo el alma vivió su vida anterior. De los que antes fueron malos amos, Dios hace esclavos porque esto es útil para ellos. A los que se sirvieron mal de sus riquezas, les hace pobres (que, dicho sea de paso, para la gente buena también es útil ser pobre). A los que han matado injustamente, hace que sean matados (injustamente, desde su punto de vista, pero con justicia desde el punto de vista de la víctima). Al que tiene que sufrir, Él ata con el que es apropiado y capaz de hacer que éste sufra. Porque es cierto que el hombre no se vuelve esclavo o cautivo por azar, ni hacen violencia a su cuerpo sin razón, sino que él hizo antes lo que está padeciendo ahora.
Si alguien mata a su madre, en otra vida será mujer y le va a matar su propio hijo; y si alguien viola a una mujer, se volverá mujer para ser violado a su vez.
De ahí proviene que, según la revelación divina, a esta estructura le dieron el nombre de Adrastea («a la que no se puede escapar», lo que es atributo de la diosa Némesis). Ella representa de verdad la mayor justicia y una sabiduría asombrosa.
Plotino sigue sosteniendo de una manera enigmática que el alma puede volver a nacer como animal. Es obvio que está hablando de una forma metafórica porque en esta parte su manera de hablar empieza a disentir con el resto del texto. Aquí ya no utiliza su estilo filosófico tan pesado, sino un estilo simple, simbólico y mítico. Volver a nacer como animal, tomado alegóricamente, no quiere decir que el alma vuelva en el cuerpo de un animal, sino que actúe solamente con su parte animal y no con su parte humana.
Así que todos los que han preservado al hombre en sí volverán a nacer como humanos; los que han pasado su vida en la sensualidad van a nacer como animales. Pero si su sensualidad ha sido imbuida de pasión nacerán como fieras. Los que han vivido en la lascivia y los deleites se volverán alimañas voraces insaciables. Aunque no hayan vivido de una manera voluptuosa con todas sus codicias, sino en la torpeza de su sensualidad, serán plantas, porque lo único que es o era activo en ellas es el principio de crecimiento.
Por lo que se refiere a los enamorados de la música o a los virtuosos, serán aves cantoras; los que gobernaron ilegalmente, si no tenían otros vicios, serán hechos águilas. Los astrónomos que siempre aspiran al cielo, pero sin sabiduría, se convertirán en pájaros que vuelan en las alturas.
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Los que tienen valores sociales serán hombres mientras los que participan menos en la sociedad serán vueltos animales sociables, como abejas o algo así.
¿Quién será hecho demonio? El que vive como tal. ¿Y quién será dios? Seguramente, el que lo es en su vida, porque lo que es actualizado en el hombre lo guía, lo dirige, lo gobierna y determina su vida futura.
Conclusión
Con un análisis moderno y una valoración nueva de las enseñanzas clásicas, es necesario volver a actualizar ciertos temas que el hombre necesita tanto para entender su existencia. Uno de ellos es la noción de la reencarnación, que se ha vuelto tan lejana y extraña para el hombre actual. Pero si, como un filósofo verdadero, uno quiere conocerse a sí mismo y al mundo, es necesario que se enfrente al desafío de su entendimiento, porque hay una lógica de la Naturaleza en la que la reencarnación es la ley fundamental del existir.
Quisiéramos terminar este artículo con un bello pensamiento de Plotino que da sentido a nuestros sufrimientos durante estos numerosos círculos de la vida.
«Aunque sufra, al hombre noble no le harán pobre sus dolores; la luz arde dentro