Pero también es verdad que la mayoría –muy grande mayoría- de aquellas gentes, una vez en los Reinos de Indias, había asumido el cristianismo sin más. Una de las cosas que llamaría la atención de Mungo Park en el siglo XVIII,en sus viajes por la costa de África, era
precisamente que no se evangelizara a los negros. “Ni podía dejar de dolerme –traduce Blanco White327- de que estando los europeos frecuentando las costas del África por más
de doscientos años, los negros se hallen aún enteramente ignorantes de las doctrinas de nuestra religión santa.” Pero la realidad es que, en la costa atlántica, se habían ido formando Reinos cristianos, el primero y principal el del Congo, y, en todo caso, en los puertos de
325 Relación de causa contra Joseph Meneses, AHN/I, leg. 5346, exp. 3 (Trib. de Lima.- Relaciones de causas de
fe = Años: 1749), doc. núm. 3, f. 103-113v.
326 FRIEDEMANN (1994),5,reconocía paladinamente que el estudio de las religiones afroamericanas se basaba en investigaciones antropológicas y lingüísticas, no históricas –deduzco- y siendo así que, tanto de lo antropológico cultural como de lo lingüístico de 1994, no puede asegurarse que fuera lo correspondiente a 1800 o a una fecha que vaya aún más atrás.
arribo del mundo hispano, fueran bautizados o no en los puertos de embarque –como se hacía habitualmente-, los negros recibían una atención incluso esmerada en algunas ocasiones (dependía, evidentemente, del celo del eclesiástico concreto que la brindase). Aunque se puede interpretar de las dos maneras –como prueba de que no se cumplía o como punto de partida de un mayor celo-, no deja de ser significativo que, en Puerto Rico, el gobernador Bahamonde de Lugo publicara en 1569 una ordenanza en que se exigía catequizar a los esclavos cuando llegaran a la isla. Por su parte, el obispo de la Diócesis recomendó lo mismo en el sínodo de 1645 y que se les bautizara lo antes posible328.
En el puerto de Cartagena de Indias, adonde arribaba la mayoría de las naves que tenían como destino América del Sur, siempre solía haber un religioso que salía a recibirlos –los más celosos, como los jesuitas Alonso de Sandoval o Pedro Claver en la primera mitad del siglo XVII- en cuanto tenían noticia de que llegaba barco con esa cargazón; antes de que
desembarcaran, se las arreglaban para subir al barco y entrar en las bodegas donde se hacinaban los esclavos y, por medio de intérpretes, los consolaban “explicándoles que no iban al cuchillo, como les habían engañado y de que ellos estaban o persuadidos o temerosos, que en el padre tenían abogado y defensor, que obligaría a sus amos que los tratasen bien y los atendiesen: que la religión cristiana era caritativa y en prueba de ello [el religioso] les quería regalar; y efectivamente les socorría con dulces, con frutas y con agua ardiente”. Y la reacción solía ser buena.
“Pasaba después a recorrer aquella sentina y a averiguar qué enfermos había y qué niños”, a los que bautizaba y lavaba.
Y volvía a salir a recibirlos cuando los hacían desembarcar: “allí estaba con sus intérpretes, a éstos les decía lo que habían de hablar, a éstos les animaba”; cuidaba especialmente de los enfermos, y de prepararlos para el bautismo.
El mismo religioso (que no es un mero prototipo ideal, sino el caso concreto –sin duda excepcional- de san Pedro Claver) se encargaba de distribuirlos en cuarteles y, a los sanos, los juntaba en el patio y, por medio de intérpretes siempre, les enseñaba la doctrina; luego, hablaba en particular con cada negro y se fijaba en los que eran más ladinos, sin duda para que adelantaran. Hecho lo mismo en todos los cuarteles, volvía cada día e iba avanzando en la enseñanza “y como quiera que entre lo mucho malo que pueden tener los negros, tienen de bueno ser dóciles en su conversión, y gentiles sin el menor cultivo ni especies contrarias, no es difícil imprimirles la doctrina –advierte Cassani-: a pocos pasos, aun valiéndose de intérpretes, se logra instruirlos lo bastante para que conocidos los principales misterios, se les pueda bautizar; y sólo queda el cuidado de no ser debido dejarlos de la mano, porque son muy olvidadizos y ellos mismos se olvidan de si están o no bautizados, y ha sucedido muchas veces, estando el padre bautizando a unos, llegar a la pila los ya bautizados y reiterar simplemente el bautismo. Para obviar este tan grave inconveniente, [Claver] llevaba de prevención un gran número de medallas de estaño, pendientes de cordeles, que echaba al cuello a fin de que les fuesen memoria o testimonio de su bautismo.” Tenía aparte libro de bautismos, donde apuntaba además alguna seña que permitiera identificar al negro si hacía al caso.
En la medida en que podía, no sólo les daba la instrucción necesaria para el bautismo, sino que los introducía en devociones, especialmente las marianas y, en particular, la del rosario, que procuraba rezar con los más adelantados; además, les regalaba uno con que pudiesen persistir en la devoción.
“La función del bautismo, en este tiempo de armazones, la hacía muy lucida –explica Cassani-: armaba en un patio de uno de los cuarteles un altar, que para este fin le dio un devoto penitente suyo, sobre la mesa tenía un cuadro de Cristo en la cruz, de cuyas cinco llagas salían cinco fuentes de sangre, que todas vertían en un cáliz grande, de donde un jesuita, con una concha, sacaba licor, con que bautizaba a unos negros, que estaban pintados al pie del altar, sobre la mesa del cual había luces, y al pie, como en la tarima, una paila o pila con agua bendita: en los lados del patio ponía tales cuales asientos, como encontraba o como podía, y todo ajustado, llamaba a los negros que tenía señalados, por estar más instruidos; y juntos, los explicaba la doctrina en común, la significación de la pintura, y luego repasaba a cada uno en particular, para informase y asegurarse de estar instruido el negro en la doctrina, y capaz de la intención y dolor necesario; y hecho este juicio de cada uno en particular, le apartaba a un lado, y repasados todos, se vestía con sobrepelliz y estola y celebraba los bautismos, al fin de los cuales despachaba a los nuevos recién nacidos a Cristo y se quedaba largo tiempo en el altar, dando gracias a Dios por la función y suplicándole le diese gracia y fuerzas para otras muchas”329.
El problema es que los mercaderes tenían prisa en vender a los negros, y los compradores, en llevárselos a las minas, haciendas o trapiches, y eso impedía con frecuencia que llegasen todos a estar preparados así para recibir el bautismo. Compradores y vendedores solían alegar sobre esto que allí, en el trapiche o en la hacienda, se arreglaría la cuestión. Y así podía ser. Uno de los problemas planteados en los días de los que hablamos radicó en que los mineros de Popayán querían acabar precisamente con la carga económica que eso les suponía. Al comenzar la minería de oro en aquellas montañas, que era zona entonces desierta de la Audiencia de Quito, habían contratado sacerdotes para que administraran los sacramentos a los esclavos; luego habían llegado gentes libres y se habían creado curatos fijos, pese a lo cual mediado el siglo XVIII aquella primera obligación seguía
en vigor330.
Pero el razonamiento no convencía a los religiosos porque temían que la atención doctrinal que se les iba a dar allí no fuera suficiente. Claver solía cargar la conciencia de los amos muy severamente, para que dispusiesen lo necesario a fin de que pudieran ser bautizados en el lugar de destino. Pero el éxito ya no dependía de él, sino del cura que debía encargarse de ellos allí donde pararan. “No se ha podido tomar providencia en este punto – reconocía Cassani hacia 1741-, viéndose precisado el celo a contenerse en los términos de la posibilidad, en el regular curso de las cosas.” “[...] en la realidad –aseguraba el mismo jesuita- siempre fueron pocos [los que salieron gentiles de Cartagena de Indias], pues sólo aquellos que por ser demasiadamente rudos no podían acertar a recibir, acordarse, ni penetrar la doctrina, eran los que faltaban, pues por lo general, no tienen esta mala partida los negros: llegan todos bozales, pero en el fondo son capaces y reciben la instrucción” 331.
Ya he dicho que los esclavos que se quedaban en la ciudad, dedicados al cuidado doméstico, recibían mejor instrucción. El obispo de Puerto Rico, que tenía entonces jurisdicción sobre buena parte del territorio venezolano, ordenó en 1760 en Cumaná que, en adelante, todos los domingos y días de fiesta por la mañana, de nueve a diez, en la ermita de Nuestra Señora del Carmen, se enseñasen las oraciones y el catecismo a todo los muchachos, mulatos y negros, libres o esclavos, que deberían asistir so penas pecuniarias
329 Las referencias de CASSANI (1741),en nota posterior.
330 Vid. representación de don Pedro Agustín de Valencia, sin fecha, AGI/Q, leg. 284. Valencia se dice, en otro papel, minero y vecino de Popayán.
que establecía332. Y el viajero británico Stevenson, que vivió veinte años en la América
andina a principios del siglo XIX, decía de los negros de Lima que el primer cuidado del
comprador consistía en enseñarle las oraciones de la religión cristiana; los más jóvenes miembros de la familia solían encargarse de ello; en seguida, se ponía gran cuidado en hacerlos bautizar333.
Pero la idea de que todos los negros eran catequizados en América es falsa. “Nosotros toleramos y hemos tolerado siempre –declaraban los del Ayuntamiento de La Habana en 1811- que vengan negros infieles, e infieles se mueren muchos”334. “No es
verdad que alcancen tal bien los negros –insistía Armas y Céspedes en 1866, refiriéndose al bautismo-. No todos son bautizados, y muy pocos o ninguno suficientemente instruidos en los dogmas de nuestra santa religión.” Lo exigía la ley, en efecto, pero no se cumplía335.
De todas formas, los más afortunados –en punto a cristianar- eran los esclavos que se quedaban en haciendas de los puertos de arribo, como Cartagena de Indias, porque, durante el año, entre feria y feria y entre arribada y arribada de cargazón de negros, iban los jesuitas a verlos de hacienda en hacienda, los instruían y los confesaban; “y aquí fue donde encontró muchos –escribe Cassani volviendo a san Pedro Claver y a comienzos del siglo
XVII- que pasaban por cristianos sin estar bautizados, y sólo tenían de cristianos el nombre
y el saber la doctrina”.
“Estos negros -insiste-, por lo general, son suaves y reciben tan gustosos la ley, que basta que su amo les mande que sean cristianos, para que ellos se den por tales, reciban la doctrina y se miren obligados a guardar los preceptos; y de aquí nace aquel gravísimo inconveniente, que hemos dicho arriba, y tocó con las manos el padre Claver, hallando en las haciendas mismas y trapiches, muchos que se tenían por cristianos y no estaban bautizados, y su misma docilidad les era impedimento a su salud espiritual: esta suavidad es muy común, nacida de su simpleza y falta de especies; pero esta misma simpleza ocasionaba otro daño, porque iban algunos influidos del común enemigo en que los españoles, en llegando a América, los degollaban para teñir de colorado con su sangre las banderas de sus navíos: y que luego los freían para carenar las naves con la manteca. Esta bárbara imaginación cavó tanto en algunos bozales, que llegó a desesperación; y no hallando venganza, no fue uno solo el que quería más morirse, que el vivir hasta que le matasen: como que a lo menos él perdía la vida, que miraba perdida, y conseguía con morirse que no se aprovechasen de su cuerpo los españoles: [...] estaban tan ciegamente desesperados, que no teniendo cuchillo con que derramar su propria [sic] sangre, o convenidos entre sí, o instigados del mismo demonio, tomaron el medio de no comer ni beber para acabar con el hambre”.
A éstos, Claver los hacía llevar al hospital y, allí, con caricias o, si hacía falta, con amenazas, los procuraba reducir. Para los más reacios y contumaces, hizo pintar un condenado, a quien estaban asidos dos demonios y del cual colgaban culebras, sapos, alacranes y otros bichos, y les decía por medio de intérprete que se condenarían si no reaccionaban. “[...] fueron muchos los que por este medio redujo a juicio”, asegura Cassani (de manera que hace pensar, en consecuencia, que hubo otros que no se redujeron).
332 Cfr. TROCONIS (1987),núm. 64. 333 STEVENSON (1828),I,303. 334 Cit. BLANCO (1814),126. 335 ARMAS (1866),365.
En cuanto a los convencidos, ocurrió a veces lo contrario: el horror suscitado por la pintura de la condenación indujo al jesuita a hacer pintar otro cuadro con la Gloria, para sosegarlos con este medio.
También quedaban en Cartagena, claro está, los enfermos, de quienes, hospitalizados o no, se preocupaba asimismo el jesuita. “Padecen mucho los negros de enfermedades asquerosas, llenándose de postemas, que se les revientan y forman costras: es en ellos frecuente y epidémico el mal de viruelas, y aun después de haberlas padecido les queda fomes [...] para producir segunda vez, ya que no viruelas formales, una especie de ellas: no sé si diga más penosa, por ser postemas, o llagas grandes de materia más copiosa e igualmente pestilentes”; “[los que iban] acompañando al padre en estas visitas a los negros enfermos, no podían entrar en las piezas o cabañas donde yacían, por no poder sufrir el fetor, el asco y la inmundicia de los sitios y de los enfermos: y quedándose ellos afuera, Claver no sólo entraba, sino que los halagaba, abrazaba y limpiaba con su mismo pañuelo, los daba de comer por su mano; y hincado de rodillas, recibiendo su apestado anhélito, los confesaba, y como cuidadoso médico repetía muchas veces las visitas, aunque se aumentasen con la enfermedad y el tiempo los motivos del horror.” “[...] limpio ya, en cuanto podía, con su pañuelo, iba a la cocina de la casa y, tomando unas brasas, volvía al aposento del enfermo y le perfumaba con anime u otros semejantes bálsamos”.
En cuaresma, o inmediatamente después de ella –para que sirviera de suerte que la gente cumpliera con pascua-, solía predicar misiones en Cartagena y en las haciendas de los alrededores, siempre cerca de la ciudad por si llegaba armazón de negros y tenía que acudir a recibirlos al puerto. Solía predicar al atardecer y luego se ponía en el confesonario, a veces durante muchas horas. En la ciudad, “salía por las calles después de la hora de comer y, con una campanilla que tocaba de cuando en cuando, hacía silencio y convidaba a su confesonario a todos los negros, ofreciéndoles estar pronto y agradable a oír de confesión a todos, exhortaba a los amos y los obligaba a que se los enviasen, y así lo hacía toda la mañana, y por la noche, durante el tiempo de la cuaresma”.
Algunos testigos del proceso de beatificación de san Pedro Claver declararon que, en los treinta y seis años que se dedicó a este menester, bautizó a más de trescientos mil negros336.
Pero no caben idealizaciones. A los treinta y ocho años de dedicación a los negros, el también jesuita Alonso de Sandoval afirmaba que su “rudeza, desnudez y mal olor suele arredrar al obrero más fervoroso: y siento ésta tan grande, no es la mayor dificultad desta empresa, sino las que se ofrecen (aun a los muy teólogos) en el ejercicio exacto de sus catecismos, en el averiguar sus bautismos, y revalidar los inválidos, en el administrarles los demás Sacramentos, y hacerles capaces para que válida y provechosamente los reciban”337.
Dos siglos después, a comienzos del siglo XIX,el viajero francés François Depons –
suspicaz ante todo lo religioso- sentenciaba:
“los españoles [...] ponen una especie de amor propio en hacerles aprender más oraciones y más catecismo, que lo que saben la generalidad de los cristianos. Ello no implica que los esclavos lleguen a comprender la doctrina; pero lo que se les exige es la articulación de ciertos sonidos, lo cual logran realizar a fuerza de tiempo y conservar a fuerza de repetirlos. El amo es el inquisidor del esclavo; le obliga a practicar todos los piadosos ejercicios prescritos por el fervor o establecidos por la costumbre, y le priva, hasta
336 CASSANI (1741),345-54,358, 360-2, 376.Más sobre Claver, en BRIOSCHI (1889). 337 SANDOVAL (1647),s.f.
donde le es posible, de toda ocasión de entregarse a la incontinencia. En el campo, y lo mismo en la ciudad, encierran de noche, y bajo llave, a las muchachas esclavas, desde que cumplen diez años hasta que se casan. Espían todos sus pasos y las pierden de vista lo menos posible; pero esta incómoda vigilancia se halla muy distante de ser eficaz. Contrariar los deseos es excitarlos en lugar de apaciguarlos; a pesar de la aparente vigilancia de los amos, el libertinaje de los esclavos españoles no es menor que el de los esclavos de otras colonias”338.
¿Era así? Más que los testimonios voluntaristas a favor o en contra, vale lo que revelan situaciones concretas cuya descripción no ha tenido intención demostrativa ninguna. Y, en este sentido, hay que decir que casi todo nos habla de creencias cristianas reales, por más que compatibles con los mayores desatinos. Cuando aquel negro esclavo de Lima que se llevaba mal con su amo –don Cristóbal Lozano- pidió a María Vicenta – esclava de doña Simona de Molina- que le comprara un poco de veneno para matar a don Cristóbal, lo que le respondió María Vicenta es que ella era cristiana y no podía practicar tal cosa. Y, como puso en guardia a don Cristóbal, y éste quiso darle dos pesos en prueba de gratitud, la esclava se negó a tomarlos “por decir que sólo lo hacía en caridad y por ser cristiana”. Esto en 1764339. En agosto de 1802, cuando los esclavos y criados libres de la
hacienda lambayecana de Tumán hicieron frente a la tropa que iba con el alcalde de la Santa Hermandad a capturar a los cimarrones que aquéllos amparaban, comenzaron por hincarse de rodillas en el puente de la hacienda, santiguándose, y partir inmediatamente al combate; combate en el cual echaban bendiciones sobre los atacantes, “prueba de su ánimo que era acabar con todos”, arguye un testigo340.
Siete años después, en la vecina hacienda de Pomalca, cuando los esclavos correspondientes decidieron acabar con los malos tratos del mayoral, se atumultuaron y fueron a prenderlo después de rezar en la capilla. Y lo mataron, cierto es que sin proponérselo341.