CAPÍTULO 2: LA FORMACIÓN DE UN MODELO DE INVERSIÓN INTERNACIONAL EN ESPAÑA, C.1800 1914.
2.2. La formación de un modelo político en España, siglos XVIII XIX.
2.2.2. L OS PROTAGONISTAS DE LA INVERSIÓN FRANCESA EN ESPAÑA
La Guerra de Independencia desmanteló, pero no destruyó, la red de intereses franceses en España. Sin embargo, el cambio de siglo sí que comportó un cambio de actores. El siguiente epígrafe establece una tipología dual del inversor francés en España en el siglo XIX. Por un lado, los empresarios familiares; y, por otro, los banqueros, auténticos protagonistas del periodo. En nuestra reconstrucción, basada en la abundante bibliografía sobre el particular, se destaca la interacción entre el poder político y el capital francés. Más que cooperar, los distintos tipos de entidades financieras francesas compitieron por los favores de la Hacienda española para lograr sus objetivos. Estos objetivos están en la base del modelo de inversión que estudiamos en este trabajo.
La escasez de fuentes disponibles dificulta la reconstrucción de las inversiones directas francesas en la España de la primera mitad del siglo XIX. Muchos empresarios franceses, sin embargo, dejaron rastro en el tejido industrial del país. La comunidad francesa era lo suficientemente numerosa como para editar un periódico francés en Madrid en las primeras
215 Zylberberg (1993), p. 552. 216 Tedde de Lorca (1988).
décadas del Novecientos. En Zaragoza, representaba casi el 7% de la población217. El francés que probaba fortuna en España solía poseer un pequeño capital para iniciar un negocio o tenía una sólida formación, o ambas cosas a la vez218.
Tomaremos como ejemplos significativos de este tipo de inversión individual cinco familias francesas que se implantaron con éxito en España: los Cros, Delclaux, Mahou, Rivière y Lebon. El empresario individual francés se aventuró en España por un cierto determinismo geográfico. Así, François Cros estableció en Barcelona su base de operaciones, en 1818, para construir una de las primeras fábricas de productos químicos del país. Charles Lebon también implantó en la ciudad condal la primera de sus fábricas de gas en 1842, gracias a su Compañía Central de Alumbrado por Gas219. Por su parte, Louis Delclaux se trasladó a Vizcaya, en 1843, para desarrollar un alto horno en Begoña (Bilbao), al que se le dio el nombre de Santa Ana de Bolueta220. Otras familias se establecieron en Madrid. Francisco Rivière instaló aquí una fábrica de cables y alambres hacia 1854 y Casimiro Mahou hizo lo propio con una fábrica de pintura en 1860221. Es de reseñar el éxito y la longevidad de estas empresas en el mercado español. Más aún, destaca su adaptación al medio, basada en una escasa inversión y en el carácter familiar del negocio. En efecto, ninguno de los casos citados aportó demasiado capital ni pretendió buscarlo mediante emisión de acciones. Sin embargo, todas las empresas mantuvieron su carácter familiar. Así, los Cros, Delclaux, Rivière y Mahou controlaron sus negocios hasta bien entrada la década de los sesenta del siglo XX222. El crecimiento fue unido a la diversificación. Isidoro Delclaux, hijo de Louis, eligió el vidrio y la compra-venta de materiales, los hijos de Casimiro Mahou, cambiaron la pintura por la cerveza antes de finales de siglo, Francisco Rivière se trasladó de Madrid a Barcelona y tanto la empresa Cros como la Lebon aumentaron sus capacidades productivas. Nótese que la de los Lebon era una empresa a escala europea con intereses de gas desde España hasta Egipto, pasando por Francia y Argelia pero estaba liderada por un empresario que contaba con excelentes capacidades técnicas y escasos recursos financieros. Con el tiempo, no obstante, este tipo de empresas perdieron su naturaleza francesa.
Otros ejemplos también merecen ser citados. La Sociedad de los Cuatro Puentes Colgantes, con capital de Jules Seguin et Cie, obtuvo la licencia para fabricar los cuatro primeros puentes
217 Cameron (1971), pp. 99-101. 218 Chastagnaret (2000), pp. 540-545. 219 Tortella (2000): pp. 48-49 220 Torres (Dir.) (2000), pp.345-346.
221 Sobre los Rivière, Fernández Pérez (2004), pp. 67-92 y sobre los Mahou, García Ruiz y Laguna (1999),
pp.19-22.
colgantes del país, siendo el primero de ellos el de Fuentidueña del Tajo223. En 1844, la Compañía de Minas de Asturias, con Lambert et Cie. a la cabeza, fue la primera en construir los primeros altos hornos españoles224. También en este sector, comenzó a destacar, en 1846, la Siderúrgica de Villayana de Tena con capital vasco- francés (Arteaga y Jacques) y dirección gala. Algunos autores también han identificado algunas peticiones de licencia para construcción de ferrocarriles que tuvieron escaso impacto225.
En el siglo XIX llegaron a convivir tres tipos diferentes de bancos franceses en el mercado español, asemejándose bastante la cronología a lo ocurrido en Francia. Ya se ha hecho referencia a los representantes de la Haute Banque parisina. Entre ellos destacan las familias de banqueros protestantes (Mirabaud o Ardoin), católicos (Laffitte), judíos (los Rothschild, además de Worns o Fould)226. Desde 1820, todos ellos estuvieron dispuestos a socorrer financieramente a la Hacienda española. Esta importante actividad de los financieros franceses en la economía española se plasmó, a mediados de los años 1830, en la apertura de una agencia estable de los Rothschild en Madrid, bajo la dirección del alemán Daniel Weisweiller227. Fue la primera representación oficial de la familia en España, muy útil para la defensa de sus intereses, en particular las minas de Almadén228.
Con la fiebre del ferrocarril llegó al país y un nuevo marco legislativo a mediados de siglo, se produjo la implantación de nuevas entidades de crédito229. Eran herederas de los intentos de Laffitte y los Péreire años antes en Francia230. En España, los genuinos protagonistas de este modelo de inversión fueron los franceses Isaac y Émile Péreire con su Crédito Mobiliario Español (CME, la versión española del Mobilier) y el grupo formado por Alfred
223 Tortella (2000), p. 195, Sardá (1998 [1948]), p. 263 y Costa Campí (1983), p. 30.
224 Con personal francés y la mayoría de accionistas en Londres, su periplo español duró hasta 1849. Costa
Campí (1983), p. 30.
225 Costa Campí (1983), p. 31.
226 Broder (1977), p. 164, Sardá (1998[1948]), p. 227 López Morell (2004), p. 605.
228 Gilles (1965- 1967), p. 414.
229 Por orden cronológico, la Ley de Sociedades por Acciones (1848) y las Leyes de Bancos de Emisión (1849
y 1851) no lograron los efectos deseados pues la mayoría de empresas prefirieron seguir como comanditarias. A mediados de la década, el proceso pareció acelerarse: se promulgó la Ley de Ferrocarriles (1855), gracias a la llegada de nuevos gobiernos más progresistas, con una clara influencia francesa en su redacción. Siguiendo lo emprendido en el año anterior, se aprobaron dos leyes al mismo tiempo: la Ley de Bancos de Emisión y la Ley de Sociedades de Crédito (1856). Estas dos últimas, con la de ferrocarriles, permitieron la llegada del capital extranjero en la banca, el ferrocarril y la minería. La Ley de Minas (1859), con influencia inglesa, reforzó lo mencionado anteriormente, y finalmente la Ley de Sociedades (1869) completó el marco legal. Costa Campí (1983), pp. 87-89 y pp. 153- 156. Tortella (1995[1973]), p. 168.
Prost y los hermanos Louis y Numa Guilhou: con su Compañía General de Crédito (CGC). Ambos encabezaron una intensa y variada política inversora231.
Por su parte, los Rothschild no sólo dominaban las finanzas públicas españolas desde el segundo tercio del siglo, sino que aprovecharon la legislación favorable de mediados de siglo para crear su Sociedad Española Mercantil e Industrial (SEMI). Era esta una entidad alejada de los preceptos saintsimonistas. Aunque se vendió como una oportunidad para dar un giro a su política inversora (de las finanzas públicas a las inversiones industriales, con la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y a Alicante, MZA, como mayor exponente), lo cierto es que se trató de una estrategia para “aislar política y económicamente a los Péreire en el mercado de Madrid”, tal como argumenta López- Morell232. Con la SEMI o sin ella, los Rothschild continuaron practicando una intensa política de participaciones financieras, siguiendo la ortodoxia francesa y guardando reputación233.
La irrupción de este tipo de bancos ni impidió la creación de nuevos establecimientos, ni excluyó a las entidades financieras presentes en España. De hecho, la batería legislativa de mediados de siglo procuró un primer impulso a la industrialización del país, pero no solucionó los problemas financieros del Estado. Seguían existiendo muchas oportunidades de lucro y nadie estaba dispuesto a dejarlas escapar. El refugio del CME en sus posesiones españolas, debido a su refundación en Francia a partir de 1867, posibilitó la llegada de las nuevas entidades creadas en el país galo para colmar el vacío dejado por el banco de los Péreire234. Así el mercado bancario español también se completó con los llamados bancos de depósitos (el CL, el Comptoir National d’Escompte de París y la SG), llegados a España desde mediados de los 1860. El más emprendedor fue el CL que se había instalado con una agencia de representación en Barcelona en 1864, para dar salida hacia Francia a los productos agrícolas españoles235. Su gran apuesta, que llegó probablemente un poco tarde, fue la sucursal de Madrid en 1876236. La llegada al poder de Alfonso XII en 1874, las necesidades financieras de la Corona, las disponibilidades del banco tras el cierre de la agencia de Constantinopla y la experiencia acumulada en las operaciones con el Estado,
231 Sobre los orígenes y desarrollo del CME, Sánchez Albornoz (1977), pp. 179- 181.
232 López- Morell (2005), pp. 155- 156. Broder y Tortella coinciden en que la SEMI fue creada para drenar
ahorro local en la financiación de MZA. Broder (1982), pp. 690- 699 y Tortella (1995[1973]), 73- 75.
233 Mckey (1990), p. 119.
234 Cameron (1971), p. 175, Delaunay (2002) y Bonin (2006b). 235 Arroyo Martín (1999), pp. 91-98.
aconsejaron a Henri Germain, el fundador, el asentamiento del establecimiento en la capital.
El resto de bancos no tuvo representación oficial, aunque algunos sí fueron muy activos. Es el caso de la Banque de París, devenida Paribas desde la fusión del Banco de París con el de los Países Bajos en 1872. La entidad primitiva compitió, en España, con el resto de los bancos por los favores de la Hacienda mientras que los objetivos de la segunda, desde su creación, se centraron en negocios industriales en el extranjero. En España, de hecho, buena parte de las empresas creadas en la segunda mitad del siglo XIX con capital extranjero contaron con la participación financiera o promotora de esta banca de negocios pura. De la mano del financiero francés, arquitecto de las operaciones españolas del banco, Adrien Delahante Lucien Villars y Edmont Joubert, Paribas intentó competir con los Rothschild en las finanzas públicas para poder introducirse en los sectores tradicionales de la inversión francesa: banca y, sobre todo, ferrocarriles237.