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L A VERDAD ACERCA DE LA MENTIRA

LA VERDAD, SOLO LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD

L A VERDAD ACERCA DE LA MENTIRA

Más allá de que Dios en Su soberanía y misericordia haya decidido exonerar de culpa a personas que mintieron para extender misericordia a otro ser humano, lo cierto es que la mentira es condenable ante los ojos del Señor. De hecho, el Señor odia la mentira y los labios mentirosos son abominación para Él (Prov. 12:22). Y el motivo por el cual la mentira es tan detestable es porque no solo va en contra de todo lo que Dios representa, sino que además trae consigo un sinnúmero de consecuencias negativas. Por ejemplo, la mentira causa división entre los hombres; cuando esto ocurre en el contexto de la Iglesia, esa división le resta credibilidad al mensaje del evangelio ante el mundo que observa (Juan 17:23). De ahí que el apóstol Pablo nos exhorta en Efesios 4:25 a dejar a un lado la falsedad y a hablar verdad cada cual con su prójimo porque somos miembros de un mismo cuerpo y donde hay falsedad no puede haber unidad.

El libro de Proverbios dice que [c]omo el enloquecido que lanza teas encendidas, flechas y muerte, así es el hombre que engaña a su prójimo, y dice: ¿Acaso no estaba yo bromeando? (Prov. 26:18-19). La mentira siempre afecta a otros (Prov. 29:12) y no puede ni debe considerarse como una broma en ninguna circunstancia.

Otro dato importante acerca de la mentira es que cuando mentimos siempre es contra Dios, aun cuando usted crea que solo le miente a su prójimo (Luc. 15:21). Y como Dios no puede ser burlado, Él siempre expondrá la mentira, y esta no pasará sin ser castigada. Proverbios 19:5 dice que [e]l testigo falso no quedará sin castigo, y el que cuenta mentiras no escapará.

Esa es la verdad acerca de la mentira, pero todas estas cosas que hemos mencionado no eliminan el absolutismo graduado, pues, como ya vimos, este se encuentra claramente visible en la Palabra de Dios y, como explicamos, no se trata de excepciones a la regla, sino de exoneraciones que el Señor hace al juzgar cada caso de manera

particular. En ese sentido, no nos toca a nosotros hacer una lista y determinar en cuáles circunstancias una persona puede mentir y en cuáles no, pues este principio está arraigado en Dios y no en el hombre, de manera que solo Dios puede exonerar a alguien de culpa. Lo que sí podemos hacer es dar testimonio de lo que está registrado en la Biblia: No darás falso testimonio contra tu prójimo (Ex. 20:16). Luego debemos dejar que sea Dios quien juzgue estos otros casos.

Por último, quisiéramos concluir este capítulo citando algunos versículos que enfatizan lo que hemos explicado hasta ahora acerca de la mentira. Por un lado, tenemos el texto de Proverbios 12:22, que dice: Los labios mentirosos son abominación al Señor, pero los que obran fielmente son su deleite. Este versículo debe llamarnos a la reflexión. Si en el día de mañana usted y yo mentimos, dice la Palabra que estamos haciendo algo que es abominable ante los ojos de Dios. Mas si decidimos decir la verdad, sin importar las consecuencias que podamos sufrir, resulta que Dios se deleita en nosotros. Entonces, ¿de qué lado usted quiere vivir? ¿Del lado de aquellos que son un deleite para Dios o del lado de aquellos que son abominación delante de Sus ojos?

Cuando una persona es veraz, no escoge caminar en la verdad solo en ciertas áreas de su vida para luego andar en falsedad en el resto de ellas. De ninguna manera esto es así porque la veracidad nunca es selectiva. En una ocasión hablando en una de las conferencias de Ligonier Ministries en Orlando, Charles Colson decía: «El que engaña al gobierno engaña a su esposa». Esta declaración es muy cierta porque lo que nos conduce a engañar al gobierno es la falsedad y la avaricia que hay en nuestro corazón, y es esa falsedad la que de igual forma nos lleva a mentirle a nuestro cónyuge. Así mismo, la avaricia en nuestro corazón hace que lleguemos a codiciar no solo el dinero ajeno, sino también a mujeres que no son nuestra esposa.

Jesús expresó la misma idea pero de otra manera cuando dijo: El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho (Luc. 16:10a). Si usted acostumbra a mentir en las pequeñas cosas, mentirá también en las grandes y más significativas. Por el contrario, si alguien no se atreve a mentirle al gobierno, que es una entidad impersonal, y no lo hace porque su integridad no se lo permite, las posibilidades de que este hombre se atreva a mentirle a su esposa, que es la persona más

cercana a él, con la que vive y duerme, son mínimas. De ahí que debemos cuidarnos de mentir incluso en las cosas que parecen triviales porque son las pequeñas mentiras en diferentes áreas de nuestra vida las que luego nos llevan a mentir sobre asuntos más significativos sobre los que nunca pensamos que podíamos llegar a mentir.

Otro texto bíblico que queremos resaltar en la medida en que llevamos a cierre este capítulo es Amós 5:10, que dice: Ellos odian en la puerta al que reprende, y aborrecen al que habla con integridad. En otras palabras, cuando usted hace un compromiso de vivir por la verdad, aquellos que están a su alrededor no siempre aplaudirán su decisión. Por el contrario, es muy probable que en ocasiones quizás hasta lo aborrezcan, pues lo genuino e íntegro de su caminar muchas veces pone en evidencia la falsedad que hay en los demás. Esa es la razón por la que algunas personas, al ver a alguien caminando en integridad, responden de manera negativa con expresiones como: «¡Este se cree más santo que cualquier santo!». Y no necesariamente la persona está haciendo alarde de su íntegro caminar, aunque en ocasiones caemos en ese pecado, sino que la manera en la que ese individuo se conduce pone en evidencia la falta de integridad en los demás.

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EFLEXIÓN FINAL

En su libro La santidad de Dios, R. C. Sproul cuenta la historia de un jugador profesional de golf que en una ocasión fue invitado a participar en un partido especial junto a Gerald Ford, el entonces presidente de Estados Unidos, Jack Nicklaus, otro jugador profesional de golf, y Billy Graham, reconocido predicador y evangelista norteamericano. Sproul relata:

Después de que terminó la ronda de golf, otro de los jugadores profesionales se le acercó al golfista y le preguntó: «Oye, ¿qué se siente jugar con el presidente y con Billy Graham?». El jugador profesional desató un torrente de maldiciones y de manera disgustada dijo: «Yo no necesito a Billy Graham metiéndome la religión por la garganta». Entonces se volvió sobre sus talones y salió corriendo en dirección al tee de práctica. Su amigo siguió al enojado jugador hasta la práctica. El jugador sacó sus palos de golf y comenzó a darles a las pelotas con furia. Su cuello lucía rojo

carmesí, y parecía como si saliera vapor de sus orejas. Su amigo no dijo nada. Se sentó en el banco y lo observó. Después de unos minutos, la ira del profesional se había aplacado. Su amigo le preguntó en voz baja: «¿Fue Billy un poco áspero contigo allá afuera?». El profesional exhaló un suspiro avergonzado y dijo: «No, ni siquiera mencionó la religión. Es solo que tuve un mal partido».70

La integridad y la santidad que emanaban de la mera presencia de Billy Graham pusieron en evidencia la pecaminosidad de este hombre, y eso lo llevó a enfurecerse y a mentir por un momento sobre lo que en verdad había sucedido durante el juego, pues, como dijimos, el impío aborrece al hombre que anda en integridad.

Ahora bien, como a nadie le gusta ser despreciado por los demás, lamentablemente en ocasiones las personas buscan congraciarse con aquellos que andan por el camino de la falsedad para sentirse aceptados y amados. El problema es que tenemos que elegir de quién preferimos recibir la aprobación: ¿de Dios o de los hombres? Pero como a Dios no lo podemos escuchar audiblemente, por lo menos no hasta que entremos en gloria, preferimos entonces recibir la aprobación de parte de los hombres antes que esperar la de Dios. Y esto es así porque no valoramos la verdad ni nuestra propia integridad lo suficiente. No obstante, necesitamos ser aborrecidos si fuese necesario con tal de mantener nuestra integridad. El creyente debe procurar y desear de manera especial la integridad en su vida; y si la consecuencia de andar en integridad es que los demás nos aborrezcan, pues que así sea. Nuestro llamado es a andar en la verdad, en toda la verdad y nada más que en la verdad.

Recuerde que, mientras más abrace el concepto de verdad, más cerca estará de Dios y más deleite traerá a su Señor. Y a aquel en quien Dios se deleita, Él desea llenar de sabiduría, de discernimiento, de mansedumbre, de dominio propio, de paciencia, de gracia, de amor, de paz y de toda buena dádiva. No olvide que en la medida en que usted se deleita en Dios y en Su Verdad, Él le concede los deseos de su corazón (Sal. 37:4). Pero la condición es que nos deleitemos en la Verdad, no en la mentira.

«En una sociedad en que el engaño y la falsedad se han convertido aparentemente en una parte esencial de la vida personal, el

comercio y la industria, la publicidad, la política y las relaciones internacionales, los cristianos son llamados a demostrar, en su vida y su forma de hablar, una verdad que refleje la naturaleza del propio Dios».71

7.

MI CARÁCTER DETERMINA MI