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LA ANTIGUA GRECIA: LA ERA ARCAICA (700-500 A C.)

El final de la Edad Oscura se caracteriza por el surgimiento de una nueva forma de organización política y social, la ciudad-estado o pólis. Los ciudadanos pasaron de jurar lealtad a monarcas divinos a servir a su ciudad-estado, que comprendía una pequeña ciudad y algunos kilómetros cuadrados de territorio alrededor de la misma,

y que eran gobernadas por sus ciudadanos en vez de por un rey. Las póleis marcan el inicio del poder del pueblo, aunque ninguna de ellas podría considerarse como una democracia tal y como la concebimos actualmente. Para gozar de la ciudadanía era necesario cumplir con numerosos requisitos: sólo a los hombres nacidos de ciudadanos se les consideraba ciudadanos; las mujeres y los esclavos quedaban excluidos de la ciudadanía. En todas las ciudades-estado, especialmente en la rica Atenas, había muchos no-ciudadanos (a los que se denominaba metecos) que nunca podrían llegar a ser ciudadanos. Aristóteles, uno de los más famosos filósofos de Atenas, era uno de ellos. Además, los antiguos valores de la areté de los guerreros continuaban vigentes en las póleis, si bien con una forma distinta. Las póleis no eran monarquías ni tiranías, pues en ellas regía el derecho, pero nunca llegaron a ser democracias liberales (Rahe, 1994).

El contex to social: el auge de la pólis La falange y la pólis

Los griegos eran guerreros y las póleis surgieron a raíz de un cambio en su manera de luchar que alteró los valores y las actitudes de la areté o virtud de los guerreros (Green, 1973, Pomeroy et al., 1999; Rahe, 1994). Los guerreros

de la Edad de Bronce luchaban individualmente. A los grandes guerreros aristócratas los llevaban en carros hasta el campo de batalla, donde se enfrentaban en combate individual a sus enemigos personales. Esta forma de guerra se describe en un pasaje de gran belleza al final de La Ilíada, en el que Aquiles se enfrenta con una serie de héroes troyanos a quienes vence. Los carros eran realmente costosos, al igual que su mantenimiento, por lo que fueron un símbolo de estatus aristocrático durante siglos (Pomeroy et al., 1999). Los guerreros de la Edad del Bronce llevaban además unas magníficas armaduras que, al igual que las de la Edad Media, denotaban su pertenencia a la aristocracia o a la realeza. Durante la Era Arcaica, en cambio, los griegos desarrollaron una nueva forma de guerra radicalmente distinta basada en la falange, que estaba integrada por los hoplitas o soldados de armaduras ligeras provistos de largas picas. Así se democratizó la guerra, ya que los hoplitas no necesitaban caballos ni carros ni la costosa armadura de los aristócratas. Todos los ciudadanos, ricos o pobres, luchaban a pie en una única formación meticulosamente coordinada. Los aristócratas perdieron el monopolio de las proezas militares y, consecuentemente, el del poder político. Los ciudadanos corrientes, que ahora luchaban por la p ó l i s codo a codo con los aristócratas, reclamaron su participación en el poder político y se convirtieron en la clase social decisiva en la toma de las decisiones políticas.

La mentalidad de la falange repercutió significativamente en los valores y la psicología de la Grecia arcaica y clásica. Este nuevo ejército luchaba prácticamente como si fuera un solo hombre; la clave de su éxito era una absoluta coordinación de movimientos entre los hoplitas. Este énfasis en la cohesión de la unidad ha perdurado hasta hoy como uno de los principios fundamentales de la eficacia militar. En la película Arenas sangrientas (1949), en la que colaboraron los marines, el rudo sargento John Stryker (John Wayne) les dice a sus nuevos reclutas: « Antes de que termine con vosotros os vais a mover como un solo hombre y vais a pensar como un solo hombre. Quien no lo haga así, es hombre muerto» . Ése era también el lema de la falange.

Los valores y las actitudes de la falange generaron un énfasis enorme en la igualdad económica en las póleis. Su objetivo final era la homónoia, un estado

en el que todos y cada uno de los ciudadanos compartían los mismos pensamientos y servían sólo a los intereses de la pólis, nunca a los suyos propios. Se desaconsejaba la acumulación de riquezas y los alardes en este tema eran motivo de oprobio. Llamar a alguien « comedor de pescado» era insultarle, ya que el pescado era un bien que escaseaba en el Mediterráneo oriental y, por lo tanto, quien lo comía estaba alardeando de su riqueza (Davidson, 1998). Existían leyes suntuarias que regulaban las prendas que se podían vestir, para garantizar la uniformidad de la apariencia. Cuando una ciudad-estado fundaba una colonia (el mundo griego se expandió desde sus ciudades-estado iniciales hasta incluir Sicilia, el sur de Italia y la costa mediterránea de la actual Turquía), ésta se dividía geométricamente en lotes de tierra de idéntica superficie que se readjudicaban a los ciudadanos de la colonia. También se aprobaban leyes que dificultaban la acumulación de muchas tierras. Por encima de cualquier otra, los griegos valoraban una virtud que ellos llamaban sofros´yne. Esta palabra es realmente difícil de traducir: su significado más sencillo es autocontrol, pero se trata de un autocontrol que emerge de la sabiduría y que honra las máximas griegas « conócete a ti mismo» y « nada en exceso» . No es el autocontrol de un cristiano

o de un asceta budista que rechaza el mundo, la carne y el mal, sino el autocontrol de una persona que acepta y disfruta los placeres del mundo pero que no se deja atrapar por ellos.

Cualquiera pensaría que en un orden político tan igualitario, los antiguos valores de la areté perecerían. No fue así. Simplemente pasaron a estar al servicio de la pólis en vez de al servicio de la gloria individual.

La pólis hizo que fuera posible para cualquier ciudadano alcanzar la areté, no sólo a los ricos aristócratas. Aristóteles escribió: « La ciudad existe por amor a las acciones nobles» (citado en Rahe, 1994, p. 184). Al igual que la falange exigía la participación activa de todos los hoplitas, la p ó l i s exigía la participación activa de todos los ciudadanos. Pericles, el mayor líder ateniense de todos los tiempos, hablando de aquellos que no participaban en la política y preferían llevar una vida tranquila en sus casas —los griegos los llamaban idiotas— dijo: « los juzgamos absolutamente despreciables» . Aún se perseguía

la fama y la gloria. Pericles también dijo: « El amor al honor es lo único que nunca envejece… Conseguir un beneficio no se puede comparar con disfrutar del respeto de los demás» (citado en Rahe, 1994, p. 185). En la antigüedad, la motivación de los individuos no era la generación de riqueza ni la productividad económica. Lo más importante, por encima de todo lo demás, era la grandeza de las acciones y la fama que ésta conllevaba.

La pólis llevada al extremo: Esparta

Los espartanos llevaron hasta el extremo los valores de la pólis (Rahe, 1994). A cada joven espartano varón se le asignaba una granja en la que trabajaban esclavos espartanos, los hilotas. Así, los varones espartanos podían dedicarse exclusivamente al servicio de la pólis en la guerra. Se les entrenaba para que, desde muy temprana edad, demostraran una actitud fuerte, varonil y belicosa. A cada guerrero se le daba cada año un uniforme que llevaba en todo momento, hiciera el tiempo que hiciera. Los guerreros espartanos se denominaban a sí mismos hoi hómoioi, « los iguales» . Cuando los niños se convertían en jóvenes, se iban a vivir a cuarteles donde vivían como guerreros y perfeccionaban su destreza militar atacando por la noche a cualquier pobre hilota que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. De hecho, uno de los principales motivos de la actitud beligerante de los espartanos era el hecho de que los hilotas les superaban en número, en una proporción de al menos diez a uno, por lo que vivían con la amenaza permanente de una revuelta de esclavos. Incluso cuando en Grecia empezaron a acuñarse monedas de oro y plata, alrededor del año 600 a. C., los espartanos prohibieron su posesión y utilizaron unas pequeñas barritas de hierro como única moneda de cambio. El desprecio griego por la riqueza y la pasión por la igualdad y el servicio al estado eran la verdadera esencia del modo de vida de los espartanos, una sociedad en la que, como podemos comprobar, igualdad no equivalía a democracia.

Un aspecto importante de la vida espartana que también ilumina los valores de los griegos en general era la tensión que se generaba entre las exigencias de la pólis y los atractivos del hogar, el oikos. El hombre tiende naturalmente hacia su esposa e hijos, pero los espartanos, al igual que el resto

de los griegos, intentaban limitar o incluso eliminar el oikos. Por ejemplo, todos los niños griegos eran examinados al nacer y se dejaba morir al que presentara alguna deformidad física. En las demás póleis y colonias griegas era el cabeza de familia quien examinaba al niño, pero en Esparta la responsabilidad era de un oficial del gobierno. Aunque un hombre podía casarse alrededor de los veinte años, seguía viviendo con sus compañeros, y hasta los 30 años sólo mantenía con su esposa breves relaciones a escondidas durante la noche. El éxito en la guerra era el mayor valor al que aspiraban los espartanos. Hay una historia que narra cómo un soldado regresó a su hogar para contarle a su madre que todos sus compañeros habían muerto en la batalla. En vez de alegrarse por el regreso de su hijo, ella lo mató de una pedrada en la cabeza por haber sobrevivido.

Aunque el modo de vida de los espartanos era duro —así debía ser para que de él nacieran soldados invencibles— ha sido admirado y ensalzado por pensadores de épocas posteriores como una práctica de ingeniería social aparentemente eficaz (Pomeroy et al., 1999). Platón se inspiró en « los iguales» para crear la clase de los Guardianes de su utopía (véase el siguiente apartado al respecto) y, durante la Ilustración, Jean Jacques Rousseau (véase el capítulo 5) escribió que Esparta « no era una república de hombres, sino de semidioses» (citado en Pomeroy et al., 1999, p. 235). El ejercicio espartano de ingeniería social no fue un éxito absoluto. Si bien Rousseau admiraba a los espartanos, también reconocía que su modo de vida violentaba la naturaleza humana (Rahe, 1994). Además, éstos se ganaron una justificada reputación de hipócritas entre los historiadores posteriores, ya que en público se comportaban con austeridad, pero en privado acumulaban y escondían el oro y la plata que tan prohibidos estaban. Los intereses personales del hombre, así como el reclamo que suponen el hogar, la esposa y los hijos, no pueden anularse fácilmente.

Política, debates, leyes y naturaleza: el comienzo de la filosofía y la psicología

La democracia griega y la tradición crítica

desde un punto de vista crítico. Por lo tanto, muchos sistemas de pensamiento son sistemas cerrados. Los partidarios de un sistema de pensamiento cerrado se creen en posesión de la verdad, más allá de la posibilidad de criticarlo o mejorarlo. Si se hace alguna crítica al sistema, éste no se defenderá aportando pruebas o razones, sino atacando a quien realiza la crítica y afirmando que no está capacitado para ello. A menudo las religiones se convierten en sistemas cerrados porque se basan en dogmas revelados por la divinidad y persiguen a los críticos como herejes e injurian a los disidentes por infieles. Los sistemas laicos de pensamiento también pueden ser sistemas cerrados. En el campo de la psicología, el psicoanálisis ha mostrado a veces signos de intolerancia, atacando a las críticas y calificándolas de neuróticas en lugar de considerarlas como objeciones potencialmente legítimas.

En la Grecia de la Era Arcaica, cuando los ciudadanos de a pie pudieron opinar sobre la conducta de sus póleis, la vida intelectual dio un giro, único en la historia de la humanidad, al que frecuentemente nos referimos como « el milagro griego» . Los antiguos filósofos griegos fueron los primeros pensadores que buscaron el progreso a través de la crítica. Con Tales de Mileto (ca.* 585 a. C.) nació una tradición de crítica sistemática cuyo objetivo era mejorar las ideas existentes acerca del mundo natural. Como escribió el filósofo Karl Popper (1965, p. 151): « Tales fue el primer maestro que les dijo a sus discípulos: “ Así es como yo veo las cosas, como yo creo que son las cosas. Intentad mejorar esto que yo os enseño”» . Tales no enseñaba sus ideas como si fueran la Verdad recibida que debe preservarse, sino como un conjunto de hipótesis que había que mejorar. Tales y sus seguidores sabían que sólo cometiendo errores y corrigiéndolos después se puede progresar. Este enfoque crítico de la filosofía es lo que Popper denominó un sistema de pensamiento abierto. Además, las democracias griegas sentaron la base fundamental de todo debate libre: la separación de la condición de las personas y el valor de sus ideas. En un sistema abierto de pensamiento, las ideas han

Ésta es la plataforma desde la que los oradores se dirigían a la Asamblea ateniense. La democracia griega, gracias a que rechazaba los dogmas monárquicos o teocráticos y disfrutaba con la confrontación de ideas discordantes, creó un espacio social en el que pudieron nacer y florecer la ciencia y la filosofía.

* Nota de los revisores: Abreviatura de circa, « alrededor de» o « en torno a» . Indica la fecha aproximada de la madurez de un autor cuando no se conocen, o son inciertas, las fechas de su nacimiento y muerte.

de valorarse por sí mismas, independientemente de la personalidad, el carácter, los antecedentes étnicos o la fe de la persona que las expone. Si no se hace esta separación, la discusión degenerará hasta convertirse simplemente en un intercambio de insultos y la persecución de herejías. La actitud crítica es fundamental, tanto para la filosofía como para la ciencia, pero exige superar la pereza intelectual y el rechazo natural del hombre a las críticas. El mayor logro de los inventores griegos de la filosofía fue fundar una tradición crítica de pensamiento.

La tradición crítica de la filosofía y la ciencia fue producto de la pólis democrática (Vernant, 1982). En lugar de limitarse a obedecer las órdenes de un rey, los democráticos griegos se reunían para decidir cuál era la acción que se debía emprender en cada momento, dejando el debate abierto a todos los ciudadanos. Como todos ellos eran considerados iguales, las acusaciones de mala fe o mal carácter ya no procedían, y las ideas se valoraban por sus propios méritos (Clark, 1992). Las leyes ya no las dictaba un rey que podía cambiarlas o incumplirlas a su antojo, sino que se consensuaban y se redactaban pasando a ser de obligado cumplimiento para todos los ciudadanos por igual. Como escribió Eurípides en Los suplicantes, « ... cuando las leyes están escritas, los débiles / disfrutan de la misma protección que los ricos» . La idea de que la ley gobierna a todas las personas por igual terminó reflejándose en una importante idea científica: las leyes de la naturaleza gobiernan los fenómenos naturales, unas leyes que la mente humana podría descubrir. Esta extensión de las leyes desde la pólis hasta la naturaleza aparece por primera vez en la mitología griega, en la que el dios Zeus está sujeto a ciertas limitaciones de las que ni él mismo puede zafarse (Clark 1992). La filosofía y la ciencia sólo pueden florecer en una sociedad libre basada en leyes.

Los primeros filósofos de la naturaleza

La comprensión del universo: los físicos. Los primeros filósofos griegos estudiaron la naturaleza fundamental de la realidad. Tales proponía que aunque el mundo parece hecho de muchas sustancias diferentes (madera, piedra, aire, humo, etc.), en realidad sólo existe un elemento, el agua, que adopta

múltiples formas. El agua puede encontrarse en estado líquido, gaseoso o sólido y era, según Tales, el elemento constituyente de todas las cosas. La palabra griega para este único elemento del que provenían todas las cosas era f´ysis, motivo por el que a aquellos que siguieron a Tales en la búsqueda de un elemento universal se los llamó físicos. Los físicos modernos continúan esta búsqueda y afirman que todas las sustancias que conocemos por experiencia están compuestas, en realidad, por unas pocas partículas elementales.

Además de inaugurar una tradición crítica, Tales inició una línea de investigación física. Para ello se apartó de las interpretaciones teúrgicas o sobrenaturales del universo para intentar dar explicaciones naturalistas de cómo están constituidas y cómo funcionan las cosas. Así, Tales afirmaba que los humanos pueden comprender el mundo porque éste se compone de materia y los caprichos de los dioses no pueden manipularlo. El naturalismo es el compromiso esencial de la ciencia, ya que ésta intenta explicar los objetos y los acontecimientos sin hacer referencia a poderes ni entidades sobrenaturales de ningún tipo. En el campo de la psicología —el estudio del alma— el naturalismo supone todo un desafío a las concepciones dualistas de la vida y la personalidad humanas. Como científicos, los psicólogos intentan explicar el comportamiento animal y humano sin hacer referencia al alma o al espíritu, lo que los confronta con una tradición antigua y duradera, admitida además por muchos psicólogos, de creencia en un alma sobrenatural. En las demás ciencias reina el naturalismo de Tales; en psicología, éste parece empatado con el dualismo. Deshacer este empate y acabar con la tensión que conlleva supone un grave problema para la psicología contemporánea.

La tradición de Tales como físico continuó con su discípulo Anaximandro de Mileto (ca. 560 a. C.), que criticó la hipótesis de Tales de que la f´ysis era agua y propuso en cambio la existencia de una f´ysis, el ápeiron, que no era un elemento reconocible sino algo indefinido que podía adoptar muy diversas formas. Anaximandro también anticipó el concepto de evolución adaptativa elaborado más adelante por Darwin. Observó que los bebés humanos son frágiles y requieren un largo período de cuidados y dedujo que los primeros seres humanos, en su forma primitiva, debieron de ser diferentes, más resistentes

y, presumiblemente, con un menor período de dependencia de los progenitores, al igual que la mayoría de los animales. Para apoyar esta tesis, Anaximandro recurrió a fósiles de criaturas ya extinguidas en su época.

Aunque más que filósofo era poeta, Jenófanes de Colofón (ca. 530 a. C.) amplió las tradiciones crítica y naturalista haciendo una crítica de la religión griega. Jenófanes sostenía que los dioses del Olimpo eran construcciones antropomórficas, que se comportaban como seres humanos: mentían, robaban, asesinaban y coqueteaban. Jenófanes afirmaba que si los animales tuvieran dioses, los crearían a su imagen y semejanza, inventando dioses leones, dioses gatos, dioses perros, etc. La crítica de Jenófanes fue el primer ataque en la guerra entre la ciencia y la religión.

Pero fue Pitágoras de Samos (ca. 530 a. C.) quien influyó más