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LA PSICOLOGÍA MEDIEVAL

La Alta Edad Media: la psicología islámica

Quien conoce su alma, conoce a su creador (Proverbio de los Hermanos de la Pureza).

Este proverbio podría considerarse como el lema de la psicología tanto de la Alta como de la Baja Edad Media. San Agustín, como ya hemos visto, quería conocer a Dios y el alma humana. Creía que si uno estudiaba su alma de manera introspectiva, podía llegar a conocer a Dios, que está presente en todas las almas. Según la concepción agustiniana de la unidad entre el creador y lo creado, las tres facultades mentales — memoria, entendimiento y voluntad— son un claro reflejo de las tres personas de la Santísima Trinidad. La psicología introspectiva es característica de los primeros años de la filosofía cristiana. Los filósofos estudiaban su alma introspectivamente, no para comprenderse a sí mismos como seres humanos individuales, sino como medio para llegar a conocer a Dios, para encontrar un orden externo, el orden de Dios, que les sirviese de guía en sus vidas. El individualismo, tal y como entendemos este término actualmente, no apareció hasta la Baja Edad Media, y en la cultura popular mucho más que en la filosofía.

De todos modos, en el mundo islámico se desarrolló una psicología de las facultades naturalista y basada en Aristóteles en vez de religiosa. En un principio esta psicología se construyó a partir de un marco neoplatónico desde el que se interpretó a Aristóteles. Era una psicología que combinaba una elaboración de la psicología aristotélica con la medicina romana tardía y la medicina islámica. Durante los dos siglos posteriores, Aristóteles empezó a ser más conocido en Europa y esta psicología naturalista de las facultades terminó reemplazando por completo a la anterior psicología neoplatónica agustiniana.

Según el esquema neoplatónico, el ser humano ocupa un lugar intermedio entre Dios y la materia. Como animal racional, el hombre se asemeja a Dios, pero como ser físico el hombre se asemeja a los animales y demás criaturas puramente físicas. Si combinamos esta perspectiva con la psicología aristotélica de las facultades, la propia mente humana mostrará esta ambigüedad: los cinco sentidos corporales están atados al cuerpo animal, mientras que el intelecto agente —la razón pura— está cerca de Dios. La persona es un microcosmos que refleja el macrocosmos universal neoplatónico.

Algunos autores retomaron la psicología de Aristóteles reelaborando el conjunto de facultades del alma sensitiva aristotélica. Estas facultades procesaban las imágenes sensoriales recibidas de los sentidos específicos, o externos, por los que se las denominaba sentidos internos. Se pensaba que constituían el punto exacto de la transición entre el cuerpo y el alma en la cadena del ser. Este mismo esquema está presente en el pensamiento islámico, judaico y cristiano de la Alta Edad Media. La contribución específica de los musulmanes fue situar el problema dentro de un contexto fisiológico. La medicina islámica continuó con la tradición médica de la época clásica y, así, los médicos musulmanes buscaron las estructuras del cerebro donde se localizan los distintos aspectos del intelecto estudiados por los filósofos. El autor de la revisión más completa de la perspectiva médica aristotélica fue Ibn Sına (980-1037), conocido en Europa como Avicena, que era tanto médico como filósofo y cuyas obras ejercieron una gran influencia en la filosofía y la psicología de la Baja Edad Media.

Antes de que Avicena escribiera sus obras, otros estudiosos de Aristóteles habían elaborado distintas listas de facultades mentales. Los cinco sentidos corporales y el intelecto no se consideraban facultades mentales, término que se reservaba para los sentidos o facultades internos. Aristóteles había propuesto la existencia de tres facultades, el sentido común, la imaginación y la memoria, pero la línea divisoria entre ellas no había quedado muy claramente definida. Autores posteriores propusieron la existencia de entre tres y cinco facultades, aunque Avicena elaboró una lista de siete facultades que llegó a convertirse en la

norma. Esta lista presentaba una jerarquía neoplatónica, en orden ascendente, desde la facultad más cercana a los sentidos (y al cuerpo) hasta la facultad más próxima al intelecto divino. Podemos ver un resumen de su sistema en la Figura 3.1.

El sistema de Avicena recoge, en primer lugar, el alma vegetativa, común a las plantas, los humanos y los animales, que se concibe, igual que en Aristóteles, como la responsable de la reproducción, el crecimiento y la nutrición de los seres vivos. A continuación, el alma sensitiva, común al hombre y los animales, que incluye, en su nivel inferior, los cinco sentidos externos o corporales (coincidiendo de nuevo con Aristóteles). En su segundo nivel, comprende los sentidos internos, las facultades mentales que se encuentran justo en el límite entre las naturalezas animal y angélica humanas. Estas facultades también aparecen ordenadas según una jerarquía. En primer lugar, está el sentido común que, como para Aristóteles, recibe, unifica y hace conscientes las distintas cualidades de los objetos externos percibidos sensorialmente. Dichas cualidades percibidas se retienen en la mente gracias al segundo sentido interno, la imaginación retentiva, lo que les permite ser recordadas o consideradas posteriormente. Los dos siguientes sentidos internos son la imaginación compositiva animal y la imaginación compositiva humana, ambas responsables del uso activo y creador de las imágenes mentales, que relacionan entre sí (componen) las imágenes conservadas por la imaginación retentiva, formando objetos imaginarios tales como, por ejemplo, el unicornio. En los animales, este proceso