Hace algunos años, visité el British Museum en Londres. Cuando aún era estudiante, me había costado decidir entre la arqueología o la psicología, optando finalmente por estudiar esta última, pero estaba ansioso por visitar el famoso museo británico para descubrir los valiosos tesoros del pasado que en él se conservan. Entre las más extraordinarias riquezas del museo se encuentran los
mármoles del Partenón que en inglés (Elgin Marbles), reciben su nombre de Lord Elgin, amante de la cultura helénica que los llevó a Inglaterra para su conservación en el museo. Los mármoles del Partenón son grandes placas de piedra esculpida que formaban parte del friso decorativo del frontón del Partenón, templo que se erigía en la Acrópolis ateniense. En el museo disfrutan, con justicia, de una enorme sala dedicada exclusivamente a ellos, donde se han colocado en las paredes a una altura suficiente como para que los visitantes las vean desde una perspectiva similar a la que tendrían en el propio Partenón. Son magníficas obras de arte, pero me decepcionó su descripción en las placas informativas del museo. Hacían referencia a los aspectos formales y estéticos de los relieves, indicando por ejemplo cómo las figuras de uno de ellos eran un reflejo simétrico de las del relieve colocado en la pared de enfrente. No hacían mención alguna al significado de las figuras, a lo que esos personajes, objetos o animales representan. Al principio creí que este enfoque formal se debía simplemente a que en Europa la arqueología se considera una rama de la historia del arte y, por lo tanto, se centra en la apreciación estética, mientras que en Estados Unidos la arqueología es una rama de la antropología y concede mayor importancia a la interpretación cultural. El enfoque con que se trataban otras obras del museo confirmó mi hipótesis.
Posteriormente descubrí que, en realidad, la explicación era mucho más sencilla: nadie conoce realmente el significado de los mármoles del Partenón. Tradicionalmente se creía que representaban la Procesión panatenaica, un gran desfile hacia el Partenón que organizaban una vez al año los líderes y ciudadanos de Atenas para honrar a la diosa de su ciudad, Atenea. Sin embargo, sigue sin existir una interpretación más detallada (Biers, 1987) y algunos estudiosos creen que los relieves conmemoran el legendario heroísmo de una madre que sacrificó a sus dos hijas
para conseguir una victoria militar para Atenas. Si hubiera dado a luz a dos varones, habrían muerto en la batalla, por lo que entregó a sus dos hijas (Adler, 1995). Es realmente sorprendente que el significado de estos relieves sea, en cierto modo, un misterio, ya que no son especialmente antiguos. El Partenón cuyas ruinas vemos hoy día se construyó en la época de máximo apogeo de la era griega, durante el liderazgo de Pericles (495-429 a. C.) y bajo la dirección del gran escultor Fidias (500-432
a. C.), para reemplazar las estructuras que habían sido destruidas por los invasores persas. Entonces los griegos empezaban a inventar la filosofía, la ciencia y la historia, pero aun así no tenemos constancia de ninguna interpretación del friso del Partenón. Normalmente no se pone por escrito aquello que un pueblo da por sentado.
Mi experiencia con los relieves del Partenón es una lección importante para empezar nuestro recorrido histórico. La tarea de cualquier historiador es hablar del pasado para sacar a la luz pensamientos y hechos de los pueblos de épocas anteriores, para ver el mundo tal y como ellos lo veían. Pero, como nos dice el título del libro de Foster (1988) The Past is Another Country, el pasado es un país diferente. A menudo, nuestro estudio del pasado se queda algo cojo, ya que muchos detalles de la cotidianidad de los pueblos se han perdido para siempre. Intentaremos pensar como los griegos o como los mandarines alemanes del siglo XIX, enriqueciéndonos así personalmente igual que cuando viajamos. El esfuerzo que requiere la búsqueda del conocimiento histórico merece la pena, pero nunca se alcanzará la meta que se persigue: un completo conocimiento del pasado. Nadie conoce el verdadero significado de los relieves del Partenón.
La psicología de cualquier época, científica o popular, se ve afectada de forma inevitable por la sociedad y la cultura que la produce. Cuando el hombre intenta comprender y explicar el
alma, la mente y el comportamiento humanos, sus ideas se basan en hipótesis y suposiciones no demostradas sobre la naturaleza humana y sobre cómo debería vivir el ser humano. Por ejemplo, en este capítulo estudiaremos que los griegos de la Grecia clásica pensaban que el mayor objetivo en la vida era alcanzar el honor eterno sirviendo a su ciudad-estado y despreciaban a quien persiguiera su beneficio personal. Como he dicho, las teorías psicológicas reflejan cada una su propia época y origen, por lo que en este libro situaré los conceptos psicológicos dentro de su contexto, evitando aislarlos como grandes ideas independientes. Resulta por lo tanto apropiado comenzar este recorrido con los griegos, ya que fue en Atenas donde Sócrates comenzó a estudiar las hipótesis y suposiciones de su cultura, que no se habían cuestionado hasta ese momento.
La historia de la vida intelectual de Occidente comienza, pues, en la antigua Grecia. Las ideas griegas fueron adoptadas por los romanos, que las difundieron por el Mediterráneo y hacia las Galias (actualmente Francia), Germania y Britania. La historia de la antigua Grecia comienza con la Edad del Bronce, una civilización monárquica que se derrumbó repentinamente alrededor del año 1200 a. C., dejando un vacío en la historia denominado Edad Oscura. Se conservan documentos escritos desde la Era Arcaica, época en la que se creó el orden político y cultural griego definitivo, la pólis. A continuación llegó el gran florecimiento cultural de la Era Clásica, deteriorado por guerras internas y externas y finalmente destruido por la conquista macedonia. A esta Era Clásica le siguió la Era Helenística, que se transformó en la Era Romana cuando los romanos, como ya se ha dicho, fueron conquistados culturalmente por la ya derrotada Grecia.
LA ANTIGUA GRECIA: LA EDAD DEL BRONCE (3000-1200 A.