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La Biblia en español, libro prohibido en España.

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La reforma del siglo XVI es aplastada definitivamente

6. La Biblia en español, libro prohibido en España.

Entre las diversas facetas de la represión de la Reforma que hemos ido señalando se ha podido ver que gozaba de un destacado lugar la persecución de la palabra impresa. Había, por un lado, la rigurosísima censura de los libros a imprimir, y, por otro,. el no necios severísimo control de los que entraban; había los enojosos Índices, las revisiones de bibliotecas, las licencias para poder leer los títulos prohibidos, etc. No pasó inadvertida la eficacia indiscutible que habría de tener el libro en la propagación de la doctrina reformada y por ello mereció una atención particular, como es natural y lógico. Y, de todos los libros, el que atrajo sobre sí más dardos inquisitoriales, no podía ser otro que la Biblia en versión vernácula.

A primera vista pueden parecer una calumnia las precedentes palabras, al considerar la famosísima edición de la Biblia Poliglota Complutense, hecha por Cisneros en 1517, y la reedición de la misma ordenada por Felipe II y hecha en Amberes en 1560. Basta para deshacer el equivoco recordar que la Complutense contenía las versiones latina, hebrea y griega, no la castellana, aparte de ser una obra monumental, apta para bibliotecas de universidades y conventos, no para ser adquirida y leída por particulares.

La historia de las versiones vernáculas en los reinos castellano y catalano-aragonés es la siguiente: Los valdenses del territorio catalán al norte de los Pirineos poseían una versión del Nuevo Testamento en su lengua en fecha tan lejana como 1178, y más adelante también del Antiguo. Los cátaros poseían también una traducción propia. Estas versiones dieron lugar, con motivo de la lucha contra ambos grupos religiosos, a la primera prohibición de la Biblia en lengua vulgar dictada por una corte real, la de Jaime I de Aragón, en 1234. Sin embargo, había ya sido prohibida por Inocencio III en 1199 y por el Concilio de Tolosa en 1229. En este concilio llegó a prohibirse la posesión por un laico de cualquier porción de las Sagradas Escrituras, incluso en latín.

Se sabe que Alfonso X el Sabio, de Castilla, ordenó la traducción de la Biblia al castellano en 1260, si bien probablemente tuvo muy poca circulación esta edición, ya que el objetivo de la misma era fundamentalmente contribuir a la fijación del idioma.

En 1417, Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente Ferrer, prior del convento cartujo de Portacelli, tradujo la Biblia completa al catalán, pero no fue impresa hasta 1478 por Jaime Borrell, de Valencia. Pronto fue arrojada esta edición a las llamas. Desapareció todo rastro de ella hasta al cabo de unos doscientos años, en que aún se pudo reconocer, por un fragmento de un ejemplar que se encontró, la fecha de la impresión.

A manos de Torquemada, y en el año 1490, fueron también a parar a las llamas, entre otros libros judíos, multitud de Biblias en idioma hebreo.

Según Alfonso de Castro en su obra Contra Haereses, los Reyes Católicos prohibieron a todo el mundo, bajo severas penas, traducir las Sagradas Escrituras a los idiomas vulgares o usar las traducciones de otros. Ilustra acerca de la aprensión con que eran miradas las ediciones vernáculas de la Biblia por las autoridades y la Inquisición, ya a principios del siglo XVI, el que Cisneros se opusiera a la versión que quería hacer al árabe el primer arzobispo de Granada, Fernando de Talavera, en sus esfuerzos para convertir la población musulmana de su archidiócesis. Según relata Gómez en su Vita Ximenis, Talavera había apelado al testimonio de San Pablo, «que prefería hablar en la Iglesia cinco palabras con su sentido que diez mil en lengua desconocida». Cisneros contestó que los tiempos habían cambiado... que ni aun se podía confiar este tesoro a los cristianos viejos, pues en esta edad del mundo, cuando la religión se ha apartado tanto de la pureza que prevalecía en los días de San Pablo, el vulgo se expone a tomar las Escrituras para su destrucción. Sabiendo que las gentes se inclinan a reverenciar lo oculto y a despreciar lo conocido, las naciones más sabias se han mantenido siempre apartadas de los misterios de la religión». Cisneros prefería que se imprimieran libros piadosos y devocionales, vidas de monjes, libros que en realidad publicó, cuales las Cartas de Santa Catalina de Siena, los Grados de San Juan

Climaco, las Instrucciones de San Vicente Ferrer o la Vida de Santo Tomás de Becket. Las Sagradas Escrituras

debían conservarse en los tres idiomas en que se escribió la inscripción de la cruz de nuestro Salvador, y si alguna vez se descuidaba esta norma, resultarían los más perniciosos efectos. En consonancia con este criterio, un contemporáneo suyo, Alfonso de Castro, opina que «la traducción de las Escrituras a los idiomas vulgares y su lectura por el vulgo es fuente de toda herejía.

Los judíos editaron en español, en 1497, en Venecia, el Pentateuco, y Ferdinando Jarava, en 1543, en Amberes, los siete Salmos penitenciales, el Cantar de los Cantares, las Lamentaciones de Jeremías y los Salmos para el Oficio de Difuntos. El libro de Job lo había editado tres años antes.

Una traducción del Antiguo Testamento al castellano famosa en su época fue la llamada Ferrariense, a causa de haber sido impresa en Ferrara, en el año 1553, por judíos españoles huidos de la Península.

AL aparecer la Reforma, ninguna de las traducciones castellanas citadas era prácticamente asequible, por lo que los reformados decidieron cubrir la necesidad con esfuerzos propios. Ya hemos podido seguir en capítulos anteriores las vicisitudes que sufrieron sus traducciones.

Aparte de las severas prohibiciones que ya privaban a los españoles de la Biblia en su propia lengua, la Inquisición la incluyó en 1551 en su primer Índice para cualquier versión en una lengua vulgar. Con ello daba un paso más del que habría de dar el Índice Tridentino de Pío N, en 1564, en su regla 4.e, que todavía concedía autorización a los obispos e inquisidores para permitir la lectura de la Biblia en lengua vernácula a los fieles cuyos párrocos y confesores recomendaban como dignos de confianza, si bien señalaba que de la lectura indiscriminada -por el pueblo de la Biblia había resultado más mal que bien.

Sin embargo, las versiones latinas no estaban prohibidas en España. Cuando la fase de intensa propaganda reformada empezaron a circular por la Península ejemplares de varias ediciones en esta lengua que contenían notas y comentarios de inspiración protestante, que habían sido introducidas clandestinamente. Estas ediciones fueron cuidadosamente reseñadas en el Índice de 1551, y todo ejemplar de ellas que pudo ser encontrado fue expurgado, es decir, se le borraron las notas y comentarios (se tachaban con tinta de imprenta), pero luego era devuelto el libro a su legítimo dueño.

En 1559 se extendió la prohibición a los Libros de Horas de la Virgen, por contener numerosos pasajes de la Escritura, y en 1583, en el Índice de Quiroga, se prohíbe toda porción de la Escritura en romance, excepto las que se hallan en el Canon de la Misa y los textos contenidos en sermones impresos y libros devocionales, que les sirvan de base o sean citados en los mismos, siempre que sean, a su vez, explicados.

Tal era el horror que se sentía por la Biblia que en algunos Edictos de Fe, como en el publicado en Méjico en 3 de noviembre de 1571 y copiado del original por H. C. Lea, llega a colocarse la Biblia al lado del Corán: «... y si saben que alguna o algunas personas hayan tenido y tengan libros de la secta y opiniones del dicho Martín Lutero y sus secuaces, o el Alcorán otros libros de la secta de Mahoma, o Biblias en romance o

otros cualesquier libros de los reprobados por las censuras y catálogos dados por el santo oficio de la Inquisición.

Pasaban los siglos y no sólo no era corrido el recio velo que separaba las Sagradas Escrituras de los fieles, sino que aún se hacia más firme: en 1640 el Índice de Sotomayor prohíbe incluso sumarios y compendios de las mismas. En 1747 el inquisidor general, Francisco Pérez del Prado, ve contrariado que no se había apagado aún el interés por leer las Sagradas Escrituras, y se lamenta de que «algunos llevan su audacia al execrable extremo de pedir permiso para leer las Sagradas Escrituras en el idioma vulgar, no temiendo hallar en ellas el veneno más mortíferos.

Sin embargo, poco más adelante, en 1757, la Congregación del Índice, en Roma, concede autorización para imprimir versiones en lengua vulgar, previa aprobación de la Santa Sede. En 1782 el inquisidor general, Beltrán, adapta la legislación de la Inquisición a las nuevas disposiciones y autoriza el año siguiente el libre curso de una edición francesa. En 1790 aparece la primera versión moderna católica de la Biblia en español: es la de Felipe Scio de San Miguel.

No obstante, ello no significó un cambio radical de política por parte de la Iglesia Católica desde tan temprana fecha; ni una apertura a la libertad de pensamiento, con acceso del pueblo a la Sagrada Escritura. Las autoridades vaticanas sabían bien que muy pocos españoles adquirían una Biblia de seis tomos, y se revolvieron contra las ediciones populares y económicas que publicaban en aquel entonces tan sólo las sociedades bíblicas evangélicas.4

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