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Ocaso del Humanismo español.

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El Humanismo y la Reforma

6. Ocaso del Humanismo español.

Sin embargo, este triunfo había de ser fugaz. Muerto Fonseca en 1534 y Manrique en 1538, cuyo erasmismo, en sus últimos años, ya se había entibiado bastante, los enemigos de Erasmo levantaron de nuevo la cabeza y comenzó la persecución. Se disolvió el grupo de erasmistas, cesando la actividad de los defensores de Erasmo. La Inquisición prohibió la lectura de sus escritos traducidos y expurgó cuidadosamente los latinos.

Los esfuerzos aislados de una minoría selecta, que quería crear y mantener un clima de mayor libertad intelectual, fueron arrollados por la corriente incontenible de todas las fuerzas de una monarquía y una nación que ya habían sentido y aceptado una vocación redentora: la Contrarreforma.

Este ideal habla de conseguir el reingreso de toda Europa al redil de la Iglesia. España estaba apretando compactas filas de sus huestes y, ante el peligro de la herejía, empezaba a cerrarse herméticamente a toda influencia exterior. Recuérdese que cuando se descubrió la huella de la misma en España, Felipe II, en 22 de noviembre de 1559, emitió una pragmática prohibiendo, bajo graves penas, todo contacto de los estudiosos con universidades o colegios extranjeros. España no podía malgastar sus hombres y sus energías en zarandajas humanísticas que, lejos de favorecer la unidad de pensamiento, eran, en verdad, un fermento de disgregación espiritual.

El Humanismo había sido herido de muerte en España, pero las nuevas condiciones a que tuvo que adaptarse la vida intelectual fueron también fatales para ésta. La Inquisición había establecido un rígido marco para el pensamiento, que no podía ser ultrapesado sin riesgo. Toda expresión verbal o escrita tenia que ser medida cuidadosamente, no sólo en su contenido sino que aun podía ser peligrosa en su forma. Los efectos de la censura que se estableció contaban no tanto en lo que ella expurgaba como en lo que evitaba fuera escrito; no en lo que condenaba, sino en el freno y valladar que constituía para las mentes, ya que siempre era preferible renunciar a estampar una idea atrevida que entrar por culpa de ella en conflicto con la Inquisición; era preferible seguir senderos trillados, a desbrozar los nuevos con riesgo personal. Esta servidumbre no podía conducir a otra cosa que al estancamiento y a la muerte intelectual.

Puede objetarse que el siglo XVI, cuando la Inquisición vigilaba del modo más celoso, fue precisamente el Siglo de Oro de las letras españolas. Sin duda. Pero el yugo de la Inquisición sobre la vida intelectual del país empezó a dejar sentir de veras su peso ya doblada la primera mitad del mismo. Los grandes escritores de entonces recogían todavía la savia vivificadora del despertar y la inquietud intelectual que tuvo lugar durante el reinado de Carlos, en que España estaba en verdadero contacto con el resto de Europa. Con la represión de Felipe, España perdió todo estimulo externo, en cualquier forma que pudiera llegar: libros, regreso de estudiantes de colegios o universidades extranjeras, viajes de profesores en una y otra dirección de las fronteras; en una palabra, todo intercambio de ideas en general.

Esta paralización no se manifestó en seguida, ni tampoco en todos los campos de las letras, las ciencias o las artes por un igual; hubo necesidad de renunciar a todo lo que en el terreno de la moral, filosofía o religión entrañara un peligro, de cerca o de lejos, para la ortodoxia, piedra angular de la vida de la nación, pero quedaba libre curso hacia otros derroteros menos vidriosos: la poesía, la novela, el teatro, la especulación jurídica y, de un modo especial, la renovación de la Teología Escolástica, que pasó a ser una ciencia cultivada con amplitud y profundidad; treinta y dos universidades había a finales del siglo XVI en España, pero la disciplina teológica oscurecía en ellas totalmente a cualquier otra.

Hasta fines del siglo XVI brillan en variados campos del saber lumbreras españolas de primera magnitud. Sin embargo, los efectos de los males antes citados se dejaron sentir inexorablemente y en el curso de dos generaciones la vida intelectual del país quedó sumida en la más penosa mediocridad. No hay que pensar que la inteligencia ibérica se hubiera ya agotado después de dar al mundo un puñado de genios. La libertad es una condición esencial para el espíritu. En tanto la tiranía es sólo coacción externa, cabe la rebeldía interior y la mente es capaz todavía de crear. Cuando un influjo avasallador se ha dejado sentir con bastante intensidad y duración para conformar los hábitos de pensar a los nuevos cánones restrictivos, sobreviene la esterilización, muere la espontaneidad y con ella la vida creadora del espíritu. España no pudo ser una excepción. Sin embargo, le cupo aún poder ofrecer un último fruto, su vida interior, santuario no profanado todavía, en los destellos refulgentes de su mística, espejo de la literatura universal; pero incluso ésta cayó pronto en el adocenamiento y la vulgaridad. Desde entonces el genio creador español aún no ha vuelto a deslumbrar al mundo.

Capítulo VI

Salpicaduras reformistas en los

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