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Las monjas reformadas de Valladolid.

In document urroz-97 (página 115-117)

Segundo auto de fe reformado de Valladolid

5. Las monjas reformadas de Valladolid.

Entre los relajados al brazo secular en este auto de fe hay varias monjas, casi todas del convento de San Belén, de la orden del Cister. De ellas dice Illescas que: «No contentas con ser luteranas, habían pido dogmatizadoras de aquella maldita doctrina.» Vamos á enumerarlas:

Eufrosina Ríos, monja de Santa Clara. Estuvo impenitente hasta que fue atada a la estaca. Allí confesó, por lo que fue agarrotada antes de quemada.

Catalina de Reinoso, de veintiún años, monja de San Belén. Era hermana del obispo de Córdoba. Se la acusaba, entre otras cosas, de que cuando las demás monjas cantaban en el coro ella decía: «Gritad y dad voces altas a Baal, quebraos la cabeza y aguardad a que os remedie»

Margarita de Santisteban, Felipa de Heredia, Marta de Miranda y Catalina de Alcaraz, las cuatro, monjas de San Belén, fueron también ajusticiadas como las anteriores.

Marina de Guevara, monja de San Belén. Era también parienta cercana de un obispo, el de Mondofiedo. Fue detenida el 15 de mayo de 1558 en el mismo convento. Doña Marina confesó inmediatamente haber aceptado casi todos los veintitrés puntos de que la acusaba el fiscal, si bien alegó en su descargo que «no habla dado entero asenso a la doctrina. Insistió el fiscal para que aceptase todo lo que resultaba de la «publicación de testigos», a lo que doña Marina declaró que «no la osa leer porque el demonio no le encaje algo en la memoria, y, por amor de Dios, que le den crédito en lo que ha dicho, porque ha dicho toda la verdad delante de Dios..., y que de otra cosa no se puede acordar.

Dado que doña Marina ya había confesado, era prurito inútil querer hacerle aceptar más cosas, por cuanto lo que faltaba se refería a cuestión de detalle, que no aumentaba el número de errores. Es más, intervino el inquisidor general, amigo de sus padres, en su favor, pero los inquisidores ordinarios se mantuvieron inconmovibles. Como concesión especial se le mandó a un primo suyo para que tratara de persuadirla, pero en vano. Ante esto la congregación del Santo Oficio estuvo en desacuerdo entre relajarla ya al brazo secular o someterla a tormento, como proponía uno de los inquisidores. Marina tuvo la fortuna de no pasar por este trance y fue condenada directamente. Aún fue entrevistada otra vez por su primo, por ver de convencerla, pero se mantuvo firme en que cualquier palabra que añadiera a lo dicho seria mentira.

Su sentencia, que llena muchas páginas, termina con las edificantes palabras que siguen: «por ende que debemos declarar y declaramos a la dicha doña Marina de Guevara haber sido y ser hereje apóstata luterana, e haberse hallado en muchas juntas e ayuntamientos con otras personas donde se enseñaban los dichos errores, e ser ficta y simulada confítente, y por ello haber ocurrido en sentencia de es comunión mayor y en las otras censuras y penas en que caen e incurren los que se apartan de la creencia de nuestra santa fe Católica, e que por ser cristiana vieja descendiente de muy noble sangre, e monja profesa, tiene obligación de tener firmeza y relajamos a la justicia y brazo seglar del magnífico caballero Luis Osorio, corregidor por Su Majestad en esta dicha villa, y a su lugarteniente en dicho oficio, a los cuales encargamos que se hayan con ella piadosa y benignamente. E por esta nuestra sentencia definitiva así lo pronunciamos y mandarnos>. Siguen a continuación las firmas de loas jueces.

Otras tres monjas del convento de San Belén fueron condenadas a cárcel perpetua en su monasterio. Una de ellas, doña Francisca de Reinoso, tenia a una hermana suya en el número de los que se habían mantenido firmes en la profesión de fe reformada.

La familia de los Rojas, a la que pertenecía Domingo, quemado en este auto de fe, había ofrecido cinco reos para el primero. También de otra familia que en 22 de mayo de 1559 había dado a la hoguera tres víctimas y a la cárcel cuatro, los inquisidores se habían reservado un miembro para el auto de fe del rey. Se trataba de Pedro de Vivero Cazalla, hermano del Dr. Agustín y del valiente don Francisco. Como ellos, era también sacerdote católico, cura párroco de Pedrosa, y permaneció en su ministerio aun después de su conversión a la fe reformada, no desperdiciando ninguna oportunidad para difundirla.

Don Pedro de Vivero-Cazalla no tenia más que treinta y cuatro años cuando fue arrestado, el 25 de abril de 1558, y durante los dieciocho meses de su prisión jamás ocultó sus convicciones. Algunos pretenden que había pedido la reconciliación, pero, sea verdad o no, los mismos documentos de la Inquisición acreditan que se negó pertinazmente, la misma noche antes de su muerte, a renegar de su !e en punto alguno. Con la mordaza en la boca, igual que los otros que no se habían retractado, fue Pedro Cazalla al auto de fe. Cuando fue atado a la estaca de la hoguera compró la gracia del garrote con una confesión, o por lo menos los sacerdotes que estaban a su lado así lo proclamaron, por lo cual fue estrangulado antes de ser quemado.

Domingo Sánchez había sido sacerdote como Pedro. La indicación de su domicilio anterior en Villamediana, cerca de Logroño, nos hace adivinar que era uno de tantos que habían llegado al conocimiento del Evangelio por los trabajos de Seso. Si hemos de dar crédito a los escritos de los inquisidores, pidió también ser reconciliado, por lo que sufrió el garrote antes de que las llamas devoraran su cadáver.

Estas relaciones de arrepentimiento al pie de la misma hoguera merecen poca confianza: los inquisidores consideraban como` una victoria estruendosa el obtener un simple movimiento de cabeza de las pobres víctimas, que pudieran ellos atribuir a una retractación, fuera porque creían que así se salvaban y para ahorrarles sufrimientos, o simplemente porque así se demostraba la utilidad y provecho del rigor inexorable con que las trataban.

Todavía hay otras dos personas relajadas al brazo secular: Pedro Sotelo, vecino de Palo, diócesis de Zamora, y Francisco de Almazara, vecino del pueblo del mismo nombre, en Soria.

En este auto de fe fueron presentados dieciséis reos que habían pedido reconciliación. Uno tras otro, cuando su nombre fue citado, tuvieron que ponerse de rodillas y, colocada la mano encima del misal, abjurar de sus errores, hecho lo cual los absolvió solemnemente el inquisidor general. Algunos de ellos fueron conducidos de nuevo a la cárcel.

Entre los reconciliados más destacados encontramos algunas personas ya conocidas, como la esposa de Carlos Seso, Isabel de Castilla, pariente lejana del rey, y su sobrina Catalina de Castilla, condenadas las dos a cárcel perpetua y a llevar el sambenito; además fueron despojadas de su hacienda por la Inquisición. Isabel había confesado francamente que participaba de la fe de su marido, y no sabemos si por su linaje o por haberse mostrado delante de los inquisidores menos firme que su noble esposo, recibió un castigo más leve que la pena de muerte. Ella misma había instruido en las doctrinas reformadas a su sobrina, la cual fue condenada a la misma pena.

Como en el auto anterior, hubo también en éste un cadáver para ser entregado a las llamas. Juana Sánchez, beata de Valladolid, había sido encarcelada con algunos compañeros cuando empezó la persecución. Después de larga prisión, no habiendo podido los inquisidores apartarla de su fe, fue condenada a la hoguera. Ahora bien, se supone que la sentencia, o bien le fue comunicada con mayor anticipación que la acostumbrada, o de una u otra forma llegó a sus oídos. En todo caso, la prolongada espera de una muerte tan horrible acabó trastornando el juicio de la infeliz Juana, la cual, obnubilada la claridad de su conciencia, se hizo una profunda herida en la garganta con unas tijeras. Los guardas de su celda la encontraron viva todavía, y si bien los inquisidores hicieron todo lo posible para hacerla confesar y abjurar, todo fue en vano, pues ella los rechazó siempre con indignación. A los pocos días falleció a consecuencia de la herida. Su cadáver fue llevado con su estatua al auto de fe y de allí al quemadero, donde fue consumido por las llamas.

En la relación de los documentos inquisitoriales se encuentra solamente la siguiente noticia: «La estatua de Juana Sánchez, vecina de Valladolid, quemada», sin referencia al hecho, lo que no afirma ni niega este supuesto suicidio. Cabe, con todo, que fuera cierta la noticia, pero, en este caso, el impenetrable secreto de lo

que ocurría dentro de aquellas celdas hace imposible esclarecer los motivos que la impulsaran a tan desgraciada resolución.

Los demás reos del auto de fe lo fueron por delitos ajenos al luteranismo.

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