La sociedad del conocimiento y el trabajo internacional son aspectos propios del espíritu universitario, desde las primeras universidades hasta la fecha. Por esta razón, siempre han existido iniciativas políticas encaminadas a favorecer (con ma- yor o menor convencimiento) la consecución de ambos elementos definitorios: divulgación del conocimiento, movilidad interuniversitaria, revistas, cursos e ini- ciativas comunes, estilos de trabajo, etc.
En la década de 1980, no obstante, las iniciativas políticas más planetarias gene- ran un cambio de escenario. El proceso de mundialización economicista, impul- sado desde Thatcher en Reino Unido y Reagan en EEUU, se encuentra en plena expansión. Si bien el interés es únicamente económico, las consecuencias son principalmente sociales y medioambientales. Las fronteras estorban al objetivo de la libre circulación de mercancías y finanzas. Internet aparece y rompe todos los esquemas en la creación, utilización y distribución del conocimiento. Demasiados acontecimientos para que las instituciones de educación superior permanecieran impasibles. La tensión del cambio se fue acumulando a lo largo de la década. La Universidad de Bolonia15 es considerada la más antigua de Occidente16. Fue
fundada en 1088 por un jurista, Irnerio, por lo que se comprende el importante papel que tuvo esta Universidad para el Derecho en la Edad Media y aún hoy. Por sus aulas pasaron nombres como Dante y Petrarca, o siguen pasando hoy como Romano Prodi o Umberto Eco.
El año 1988 albergaría la ceremonia del noveno centenario. Uno de los actos pensa- dos para conseguir suficiente grandeza y simbolismo era citar en la Universidad ita- liana a las más antiguas de Europa y firmar un manifiesto universitario que liberara en parte esa tensión del cambio, con algunos principios generales que deberían ir guiando la transformación. La idea fue creciendo y haciéndose más ambiciosa. Con- sistía, además, en un llamamiento a la unidad europea a través de su conocimiento y su cultura, orientado hacia la conciencia de un destino común (Zanotti, 1998). En 1986 se hace la propuesta desde Bolonia a otras universidades europeas. La idea se recoge con suficiente entusiasmo como para que al año siguiente se reúnan en el centro decano los delegados de 80 universidades. Ocho representantes serían ele- gidos para redactar en enero de 1988, en Barcelona, la Magna Charta Universitatum. La iniciativa tiene todo el color del espíritu universitario heredado de la Edad Me- dia, con sus correspondientes dosis de protocolo y solemnidad, con el ondeo de togas y cargos académicos, con discursos de narrativa cuidada leídos en espacios de mármol cargados de historia. Se habla del rigor de la ciencia, la función del saber, la tradición universitaria, la academia... Pero también se hacen referencias a los momentos de cambio, a la época histórica que llama a la Universidad hacia una remodelación. Y, en medio de todo ello, la función social está presente. In- vestigaciones como las ya mencionadas de Jarab (2008), Rizvi (2006) o Stensaker et. al (2008) han señalado que el ánimo académico se ha inclinado no solo hacia
15 www.unibo.it
16 En el siglo VIII se fundó la Universidad de Córdoba, en pleno proceso de expansión del Islam en la Península Ibé-
rica. Se dedicaba, como todas las universidades de tradición árabe del momento, a la investigación y enseñanza de la medicina, de los clásicos griegos, así como otras ciencias y artes. No obstante, en la historia de las univer- sidades suele eludirse las referencias al mundo árabe y a los casos sobresalientes todavía más antiguos como los ejemplos de China o Pakistán. Los textos occidentales suelen comenzar en Bolonia y marcar como curiosidad histórica las escuelas de la Antigua Grecia.
los asuntos tópicos del saber (rigor, comunicación, progreso científico...) sino que han incluido ciertas dosis de sensibilidad social, con menciones expresas a la con- tribución social o a la transmisión crítica de la cultura.
El preámbulo de la Carta, “...ante la perspectiva de una colaboración más amplia entre todos los pueblos europeos...”, destaca tres puntos: la preocupación por el porvenir de la humanidad, la obligación de difundir los conocimientos y el respeto por el entorno natural y la vida. Siguen los principios:
1. Autonomía universitaria con “independencia moral y científica de todo po- der político y económico” y asentada en las libertades de investigación, de enseñanza y de formación.
2. Actividad orientada tanto a las necesidades y exigencias de la sociedad como del conocimiento científico.
3. Actitud de diálogo y tolerancia que hacen de la Universidad “un lugar de encuentro privilegiado” entre profesores y estudiantes.
4. Compromiso con la producción y transmisión crítica de la cultura, lo que deriva en que “la Universidad, para asumir su misión, ignora toda frontera geográfica o política y afirma la necesidad imperiosa del conocimiento recí- proco y de la interacción de las culturas”.
Como medios para garantizar la realización de una actividad basada en tales prin- cipios, la Carta defiende los instrumentos que garanticen las libertades mencio- nadas para todos sus miembros, la indisociabilidad de enseñanza e investigación, el incentivo para las actividades internacionales comunes, la movilidad de sus miembros y la equivalencia de títulos.
El 18 de septiembre de 1988, el año de la conmemoración, se leyeron escritos de universitarios célebres. Bajo la música, el protocolo, las togas y las insignias, 388 rectores de universidades de todo el mundo firmaron la carta. La adhesión sigue abierta, alentada por una fundación específica que tomó forma en 200017, lo que
ha derivado en más de seiscientos firmantes hasta el momento.
En ocasiones puede llegar a escucharse que el llamado Proceso de Bolonia co- mienza en la Magna Charta Universitatum pero que no encuentra el impulso po- lítico hasta diez años después con la Declaración de La Sorbona. Es importante señalar que ambos eventos corresponden a dimensiones diferentes.
La iniciativa de 1988 nace desde la academia, toma forma en la academia y se centra en los valores de la academia, con tintes humanistas asociados a ciertas tradiciones europeas. El proceso que se pone en marcha en 1998 nace desde la
política profesional, toma forma entre citas de políticos y se centra en la política hoy habitualmente orientada hacia las necesidades del mercado como vehículo de articulación de la sociedad. No hay unión entre los dos marcos más que la coinci- dencia de que ambos tratan de la Universidad y abordan cuál debe ser su papel en este momento histórico. Con el tiempo, ciertamente, la confusión tiene sus frutos, junto con la tendencia a unir esfuerzos, lo que provoca más bien el acercamiento del espíritu de 1988 a las prácticas que se diseñan a partir de 1998. En este senti- do, sospecho incluso que muchas de las adhesiones que han ido recogiéndose a la Carga Magna por parte de universidades del mundo, tienen más bien la inten- ción, por parte de las instituciones firmantes, de montarse en el barco que se está fabricando para el Espacio Europeo de Educación Superior. Este tomó de la Carta, si tomó algo en concreto, el marco de justificaciones para lo que realmente intere- sa en una iniciativa de nombre economía y de apellido del conocimiento.
Frente al objetivo de convertir a Europa en la economía más competitiva del mun- do, articulador del Proceso de Bolonia, la Carta utiliza el referente de la autonomía y libertad universitarias, el conocimiento científico, el humanismo, el deber para con la sociedad, la vida y las generaciones futuras. Por mucho que se fuerce, no es lo mismo.
La facilidad con que cualquier persona de la calle o líder político, empresarial o mediático suscribe una declaración que defiende el compromiso con la sociedad es un buen indicador de que “compromiso social” puede significar cosas muy di- ferentes, ya que los actos que siguen a las declaraciones no muestran puntos de partida coincidentes.
No es lo mismo hacer referencias directas y protagonistas al bien común que a la buena marcha de los mercados como vía para crear riqueza y empleo. No es lo mismo dar por sentado que las decisiones y acciones han de surgir de los líderes políticos que promocionar directamente una ciudadanía activa implicada en lo co- lectivo. No es lo mismo insistir en que vamos por el buen camino que mantener una posición crítica y promover dinámicas alternativas.
Desde una visión centrada en el conocimiento, es imprescindible entonces luchar contra la ignorancia, promover la construcción, utilización y distribución (demo- cratización) del conocimiento en todos los rincones y participar decididamente en la construcción de una ciudadanía sabia y, por ello, comprometida con el bien común. Dado, a su vez, que el panorama de pensamiento y acción actual es clara- mente global, la lucha contra la ignorancia, la democratización del conocimiento y la construcción de ciudadanía se definen en términos planetarios.
Cabría esperar pues que la institución más asociada con el conocimiento, la Uni- versidad, estableciera un compromiso explícito, público y productor de acciones coherentes en los términos de compromiso con el ideal liberador del bien común. Salvo en el caso de la Declaración Mundial sobre la Educación Superior, no hay
constancia de que tales objetivos sean protagonistas. Sin embargo, en 2005, en la ciudad francesa de Talloires, un grupo de rectores y representantes de diversas universidades firmaron y publicaron una declaración que parece añadir luz al pro- pósito de poner a trabajar a la institución del conocimiento en la dirección de la Universidad comprometida.