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LA GRAN CONFUSIÓN

sociocultura mexicana'

LA GRAN CONFUSIÓN

La confusión entre el amor y el poder en México se expresa bellamente en el mariachi, con su origen en la banda que tocaba para la boda de los fran- ceses en tiempos de Maximiliano. Allí, cuando se lleva el "gallo" a la dueña de los amores, las trompetas representan el poder y las cuerdas al amor, en musi- cal confusión. De manera dramática, el revoltijo se expresa en el machismo mexicano, el poderoso, valiente, fuerte, sin miedo; macho que rapta, seduce y a veces viola al objeto de sus amores. La confusión empieza en la familia, pre- cisamente en esa familia que tiene tantos aspectos positivos para los mexica- nos, de allí la poderosa fuerza de la confusión. Ha sido posible identificar este desconcierto, íntimamente ligado a lo que llamamos obediencia afiliativa de los mexicanos, mediante investigaciones personales y de otras llevadas a cabo por miembros del Departamento de Posgrado de Psicología Social de la UNAM.

La historia parece indicar que a partir de la Conquista y por la evolución

histórica natural de los acontecimientos, en un momento dado, y de manera no verbalizada, quedó prescrito que en la familia el hombre debería ejercer todo el poder y la mujer todo el amor. Los hijos, sin embargo, han sido tradi- cionalmente y de manera fundamental criados (deténgase el lector a consi- derar que a los sirvientes en castellano se les llama criados) por la madre. Ésta, en su espontáneo, ingenuo y generalmente bondadoso y abnegado comportamiento, ha criado los hijos en medio de un horrendo embrollo de amor y de poder. Todos los seres humanos tienen la necesidad de ejercer tanto el amor como el poder, y las madres mexicanas no podían ser una excepción. Pero corno todo lo que hiciese la madre mexicana iba a ser amor, forzosamente provocaría el desconcierto y en ocasiones la nula dife- renciación entre un tipo de comportamiento y el otro. Así, cuando la madre mexicana abraza y besa a su hijo, cuando lo alimenta, lo baña, le limpia y le plancha la ropa, y cuida que sus necesidades sean suficientemente satisfe- chas, forma un ambiente para que sea lo menos infeliz o lo más feliz posible. Cuando se preocupa por que desarrolle óptimamente sus capacidades inte- lectuales, afectivas y de personalidad, cuando lo educa para participar cons- tructivamente en la sociedad, para que sea un buen ciudadano, en todos estos casos está ejerciendo el amor y con frecuencia la madre mexicana hace muy bien varias de estas cosas.

La confusión con el poder empieza cuando la madre y el padre mexica- nos buscan la satisfacción personal o el dominio y no el desarrollo óptimo de los hijos. Esto sucede, por ejemplo, cuando el bebé muestra comportami- entos, personal o socialmente, negativos y los padres no sólo los condonan, sino que los festejan. Esto ya es ejercicio del poder, aquí se busca el placer personal. Esto es ejercicio del poder de los padres que, a la postre, va a redun- dar en perjuicio de los hijos. Pero todavía mucho más profundamente des- tructivo de las posibilidades del hijo, es otro comportamiento desgraciada- mente confundido con el amor, que es la conducta posesiva, mucho más frecuente en las madres que en los padres. Esta es, definitivamente, no expre- sión de amor, sino de una Forma muy destructiva del poder. La madre posesi- va expresa su poder anulando a sus hijos la libertad de desarrollo indepen- diente; la madre posesiva impide que los niños aprendan a valerse por sí mismos; la madre posesiva destruye la posibilidad de que el individuo des- arrolle una personalidad independiente; la madre posesiva anula en muchos aspectos el posible desarrollo de los hijos, los cuales nunca alcanzan la madu- rez, con todos los peligros que esto implica una vez que tengan que enfrentar- se a la realidad fuera de la familia y en la sociedad, Una forma que fácil y total- mente, y por desgracia con mayor frecuencia, confunden las madres con amor es la sobreprotección de los hijos; esto no es amor, es una forma des- tructiva del ejercicio del poder, que destruye, una vez más, multitud de poten- cialidades del desarrollo de la personalidad de los hijos. Destruye la capaci- dad de iniciativa; probablemente desi ruya la posibilidad de alcanzar un buen sentido de responsabilidad durante la juventud y la edad adulta de los hijos; destruye la oportunidad de que se valgan por si mismos. A menudo al desapa- recer la protección de la madre, ya sea por su muerte o por otras circunstan-

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cias, estos sujetos, terriblemente dependientes, van a buscar la protección del alcohol o de las drogas, o bien, caen en relaciones amorosas en donde encuentran, como única salvación, a una pareja también sobreprotectora. Los

estudios realizados por los psicólogos nos permiten afirmar que es más des- tructivo para la personalidad de los hijos el sobreprotegerlos que incluso igno- rarlos o ser autoritario y aun irresponsable con ellos.

La confusión, dentro de la familia y la sociedad mexicanas, entre el amor y el poder hace que adolescentes y adultos muchas veces consideren amor lo que son, una vez más, muy negativas expresiones del poder. Así, cuando un joven estudiante deja que sus queridísimos amigos le copien para pasar los exámenes, esta ejerciendo el poder y no el afecto. "Yo que sí sé, te permito a ti, que no sabes, copiarme". Los efectos de este ejercicio del poder son des- tructivos para el futuro del amigo, que saldrá de la escuela tan ignorante como entró. El amor de los padres y madres adultos por los hijos se expresa en ter- nura, mimos, en comprensión de sus problemas, pero no en regalos. Cuando se regala un automóvil a un hijo o a una hija, se está ejerciendo el poder y no el amor. Se puede argüir que regalos anteriores como juguetes, una bicicleta, un auto de pedales, permiten que los hijos desarrollen sus capacidades físicas y a veces sus capacidades mentales. Esto será cierto en la medida en que los juguetes que se regalen permitan que el niño desarrolle sus capacidades y que no se le den cosas ya hechas y que sólo lo divierten. Aun en estos casos, el buscar la diversión de los hijos parecería ser más bien expresión de amor que de poder. Lo será siempre que redunde en un crecimiento, en un desarrollo, en una oportunidad más para los hijos y no en una expresión de que ayo, que tengo dinero, y que todo lo puedo, te regalo eso para que no tengas que hacer tus propios esfuerzos por obtenerlo". Cuando no se permite que los hijos obtengan las cosas por sí mismos, se les priva de la enorme satisfacción perso- nal de hacerlo y, sobre todo, de madurar, con lo cual quienes están gozando son los padres.

Pero mucho más perjudicial y hasta nefasto es cuando se confunde una vez más el amor con el poder y se le regala poder a los hijos, a los compadres y a los amigos incurriendo en el nepotismo, y en eso que se dice que es impo- sible de curar en México: la corrupción. Naturalmente que será incurable mientras siga esta nefasta confusión entre el amor y el poder. Como quiero tanto a mi amigo, a mi compadre y a mi hijo, les voy a dar un «hueso". Lo tre- mendamente pernicioso de este ejercicio del poder, bajo la máscara del amor, es que no resulta dañino sólo para aquellos a quienes se les da, impidiendo que por sí mismos alcancen todas esas prerrogativas y, por tanto, coartando su desarrollo personal, sino que afecta a todos los demás, la inmensa mayoría que no son amigos ni familiares ni compradres. Es decir, aqui lo pernicioso es que se afecta a toda la sociedad, a la nación y a su futuro. De allí que en esto se tenga que insistir —la diferenciación del amor y del poder— desde la educación temprana de los hijos, en la educación oficial, en los medios masivos de comu- nicación: no se debe confundir con actos de amor o de amistad el regalar el poder. A quienes se quiera o ame, se les debe dar afecto y comprensión. En casos extremos se les podrá ayudar con recursos personales, siempre para

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sacarlos de un atolladero, nunca para hacerlos dependientes o vasallos. El ejer- cicio adecuado y cuidadoso del poder es fundamental para el crecimiento de los individuos, para el desarrollo óptimo de las familias, de las comunidades, de las sociedades y de las naciones.

El poder es tremendamente importante, ya que significa la posibilidad de que un individuo haga lo que quiera con todos los demás y, por tanto, su ejer- cicio exige muchísima más sabiduría, mucho más desarrollo intelectual, mu- chos más conocimientos que el ejercicio del amor, aun cuando ya vimos que, para que se pueda realmente ejercer el amor apropiadamente, también se necesita conocimientos y diferenciarlo del poder.

La forma óptima del ejercicio del poder sería la de ejercitarlo exclusiva- mente en el bien, y en el propiciar el desarrollo de las potencialidades de los demás. ¿Qué resultaría cuando una persona ejerce el poder en esta forma? Quizá los lectores puedan adelantarse a lo que en seguida diremos: cuando una persona ejercita el poder exclusiva o preponderamente para propiciar el desarrollo de las capacidades y potencialidades de todos los demás, el poder por definición se convierte en amor. Como sería probablemente utópico pe- dir que el poder siempre se ejerciese así, al menos podemos tratar de de- finir una forma de ejercicio del poder que también sería benéfica y, en este caso, tanto para el individuo que la ejercita como para los demás. Esto es lo que podríamos llamar egoísmo altruista. Ejercitar el poder de tal manera que uno se desarrolle y quede satisfecho, pero que, cuando menos, no interfiera en la satisfacción y el desarrollo de los demás. Un egoísmo altruista más pro- gresista y maduro practicará el poder de-tal modo que las acciones redunden tanto en placer y desarrollo del actor como de los demás. Ésta no sería sola- mente la forma más efectiva y realista del ejercicio del poder, sino la forma más eficiente que resulta humanamente posible. En este caso el que tiene el poder goza, crece, y su goce y crecimiento se deben parcialmente al hecho de que hay goce y crecimiento en todos los demás.

Desde luego que este ejercicio se puede hacer exclusivamente con los miembros de la familia y ya, en sí, es bueno; pero sería mejor si la acción resul- ta en goce y crecimiento de un grupo mayor: la comunidad, la sociedad, de todos los miembros de la nación o de la humanidad. Aquí se podrían clasificar acciones que abarcan desde una buena relación matrimonial hasta una mejor relación en la familia, con la comunidad, en la escuela y en la industria, etc. Habría que contrastar este ejercicio del poder por medio del egoísmo altruista con el ejercicio del poder mediante el egoísmo-egoísmo. Aquí lo único impor- tante sería la satisfacción del actor, y en este caso dudamos de que haya creci- miento del individuo que lo ejerce.

Ahora bien, al ejercicio del poder para satisfacer exclusivamente al indivi- duo, sin importar lo que suceda con los demás, podemos llamarlo egoísmo estúpido, ya que no sólo impide el crecimiento de las potencialidades del individuo que lo ejerce, sino que lo disminuye. Los psicólogos sabemos que la conducta constructiva vigoriza y amplía al yo, mientras que el egoísmo estúpi- do lo debilita y constriñe.

80 PRIMERA PARTE CAPÍTULO 5. EL AMOR Y EL PODER 81 jor, exclusivamente a partir del hecho de que se manejen mejor el amor y el

poder. Nos permite, por ejemplo, saber que cuando un marido tiene relacio- nes sexuales con su esposa solamente para satisfacerse, está ejerciendo no el amor, sino el poder; y que un marido que busca que tanto él como su esposa gocen en la relación sexual, está en verdad ejerciendo el amor. Sin embargo, es necesario que logremos reconocer esa diferencia en todas las conductas de amor y de poder. ¿Hay entonces algo, además de todo 19 dicho, que enal- tezca este esfuerzo? Tengo importantes noticias al respecto. Recientemente un psicólogo holandés llamado Frijda, fundado en un gran número de estu- dios acerca de las emociones humanas, estableció un buen número de leyes que se vinculan con las emociones. En una de ellas señala que las emociones son ciegas y absolutas y no permiten que se niegue su absoluta verdad. El amor, tal como ahora se practica, la cólera, el miedo, etc., son ciegos; nada hay que pueda disuadirlos, una vez que se han apoderado de la persona. La única forma de evitar esa ceguera es por medio deuna muy fuerte educación previa, precisamente acerca del hecho de que una vez que se apoderen de uno, las emociones son ciegas. Solamente si las personas están convencidas y recuerdan, una y otra vez, que al caer en una emoción ésta va a ser ciega, podrán, en tal caso, hacer valer el previo hábito y entrenamiento, toda esa prevención; y podrán considerarlas relativas y temporales, así como que actuar exclusivamente a partir de ellas, sólo puede llevar, por lo general, a decisiones funestas.

Esto nos conduce precisamente a la enunciación, el adagio, máxima, apotegma o axioma de toda esta historia. Desde la infancia, a través de toda la vida escolar, se debe insistir en esclarecer la naturaleza, las potencialida- des, las limitaciones y las consecuencias de las conductas humanas, en este caso los comportamientos del amor y del poder. Los ejercicios y las prácti- cas que en la educación formal pueden convertirse en talleres no están fuera del alcance ni de los padres ni de los educadores ni de los medios masivos. Simplemente el hacer repetidamente conscientes a los niños de qué tipo de comportamiento es el que están desarrollando, las limitaciones del mismo y las posibles consecuencias y hacer esto con consistencia, bastarán para que en el futuro los seres humanos actúen más sabiamente no sólo por su propia conveniencia, sino por la de los demás que, a la postre, es su propia conve- niencia.

E] establecer pues, definiciones psicológicas de todos los conceptos in- dispensables al desarrollo individual y social y de los comportamientos que los ilustran, de las características de los mismos y de sus consecuencias, es una de las misiones futuras de la psicología, y no sólo de la psicología, sino la misión futura de todos los seres humanos, si es que queremos en verdad un México y un mundo mejores. Esto significa necesariamente esfuerzo, esfuer- zo personal, constante realización de que uno puede, de que está en el poder de uno, y no en la suerte ni en el destino, el mejorar sus propias acciones y las acciones de los demás. Exige que seamos bondadosos y blandos con todas las conductas constructivas de los demás y a la vez duros y estrictos en toda conducta negativa destructiva, sea ésta la de nuestros hijos o la de cualquier

otra persona. Es esencial para nosotros mismos y para todos los demás que caigamos en esta importantísima realización_ Será naturalmente importante, respecto al tema de este artículo, que en lo futuro se establezcan programas desde la infancia y mediante la primaria y la educación media, que a través de ejemplosse me ante al psicodrama de Moreno, se insista en distinguir entre conductas ,por una parte y, por la otra, de participación en talleres con algo de poder y conductas de amor. Mientras en México se tenga el maravilloso pretexto de "hago esto por amor" (conductas destructivas de poder), perpe- tuaremos el nepotismo y la corrupción.

SEGUNDA