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La hacienda: asentamiento humano y centro laboral

In document Economia Colonial Tardio III (página 50-52)

“composiciones”, herencia y mercado de tierras

8. La hacienda: asentamiento humano y centro laboral

La hacienda es una institución de muchos aspectos; enfocaremos aquí su ca- rácter de centro laboral y de asentamiento humano. En lo referente a las cate- gorías laborales pueden distinguirse dos estratos: por una parte, el personal de supervisión y el personal técnico auxiliar; por otra, los trabajadores sometidos a distintos regímenes de trabajo y remuneración.

En una hacienda grande, el primer grupo estaba dirigido por un adminis- trador, generalmente, con un salario superior (más o menos 500 pesos). Seguía en esta escala el mayordomo, con un salario que no llegaba a la mitad; según fueran las necesidades del proceso productivo en la hacienda, podía haber va- rios mayordomos: en las de caña había mayordomo de chacra, otro de pailas y otro de pampa. En las haciendas con un buen número de esclavos era impor- tante contar con un médico o cirujano, encargado de atenderlos en caso de accidentes y dolencias diversas. Asimismo, según el número de población esta- ble, había propiedades que contaban con un capellán dedicado a los servicios religiosos. En las haciendas de mayor envergadura (sobre todo las de caña), se incluía en planilla de modo permanente a un carpintero, un herrero, un des- pensero, un panadero y sus respectivos auxiliares, según el caso. En una postura intermedia, se encontraban los caporales o capataces, encargados de vigilar el cumplimiento de las tareas en cada momento y área de la producción. En el 50. Laviana Cuetos 2004.

personal auxiliar de una hacienda esclavista, era indispensable la presencia de uno o varios guardias dedicados a evitar la huida de esos trabajadores. La remu- neración del personal administrativo y técnico combinaba dinero en metálico y especies, y a veces se les concedía derechos a cultivar en una parcela.

Los trabajadores de la hacienda presentaban una variedad de situaciones fundadas tanto en el carácter estacional del ciclo productivo rural, como en los distintos regímenes de trabajo existentes. En las grandes haciendas costeñas y aun en las de menor dimensión, estaba presente la esclavitud; lo mismo ocurría en algunas haciendas serranas donde se cultivaba caña de azúcar. Su número dependía estrictamente de la capacidad económica del propietario. La dieta de los esclavos tenía un alto contenido de calorías: maíz, arroz, frijol, a veces palla- res, y necesariamente debía incluir carne de res o carnero como fuente de pro- teínas. En las haciendas jesuitas se agregaba un complemento de tabaco, miel y aguardiente que, por lo general, se entregaba a los esclavos en los días de fiesta. Los esclavos no recibían remuneración alguna, pero ciertas haciendas permitían que, dentro de sus linderos, los esclavos cultivaran hortalizas y granos y criaran puercos y aves de corral en pequeñas chacras. Los esclavos vivían en el galpón y eran atendidos en la enfermería en caso necesario. Este sistema de trabajo se apoyaba en la amenaza de la violencia, por lo que había espacios destinados al castigo de los esclavos rebeldes al trabajo o que intentaran huir.

Otros regímenes de trabajo afectaban a la población indígena. La media- ción de la autoridad política —corregidores, caciques y mandones— era inevi- table, sobre todo, si se trataba de mitayos. El sistema de la mita tuvo incidencia

en la explotación agraria, aunque fue disminuyendo en el siglo XVIII. El repar-

timiento de mitayos, es decir, la adjudicación de trabajadores indígenas era un derecho que podía ser arrendado y hasta dado en herencia por su beneficiario original. El mitayo rural o séptima del campo prestaba un servicio temporal. Su número nunca debía exceder la séptima parte de los tributarios registrados en la matrícula, en la que no se incluía a los funcionarios indígenas civiles y religiosos: caciques, alguaciles, regidores, cantores, maestros de capilla, sacris- tanes. A los hacendados les interesaba fundamentalmente emplear mitayos en la ganadería, pues los jornaleros no acudían voluntariamente a cuidar ganado; sin embargo, no se autorizaba el uso de mitayos para determinadas ramas de la

producción agraria, como la extracción de coca.51

Las haciendas, especialmente en la sierra, contaban con trabajadores in- dígenas permanentes que se establecían en ellas mediante diversos arreglos con el propietario: los arrendatarios, que pagaban al propietario en trabajo y parcialmente en especies; los yanaconas, que trabajaban para la hacienda a 51. Macera 1977b: 200.

cambio de un “salario” compuesto de ropa, dinero, alimentos (papas, legum- bres, granos, sal), y podían recibir pequeños lotes de tierra de cultivo para complementar este ingreso. Por tanto, el salario rural, aunque tuviera un valor monetario, estaba formado básicamente por especies, convirtiéndose así en un vínculo contable de deudas y alcances que permitía retener a los trabajadores en la hacienda, de forma que los días trabajados se valorizaban como pago de dichas deudas. Dentro de esa deuda, se incluía también el tributo que pagaban obligatoriamente los indígenas.

Aunque no estaba libre de encontrarse atado por deudas y otros mecanis- mos de coerción, existía también la figura del jornalero libre que percibía un salario de 4 a 6 reales diarios en moneda contante y sonante, más tres comidas. Este trabajador se empleaba temporalmente en momentos en que las labores

del campo lo exigían, principalmente de mayo a septiembre.52 La deuda era un

mecanismo de retención del trabajador que podía aplicarse tanto para inmovi- lizar al trabajador, como para atraerlo con la perspectiva de un pequeño crédito, mediante el enganche. También, como en el caso de la esclavitud, la resistencia posible y real de los trabajadores generó empleos de “buscador”, el encargado de perseguir a los hombres huidos de la hacienda y hacerlos regresar para que trabajaran en pago de sus deudas.

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