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La sociabilidad: origen del comportamiento social

Las cuestiones que planteábamos en la intro- ducción hacen referencia al desarrollo de la socia-

bilidad, esto es, de la orientación hacia lo social y a un aspecto particular y específico de la sociabi- lidad: el interés por interactuar con los iguales. Entendemos la sociabilidad como la orientación inicial que nos prepara para desarrollar nuestro ser social, la plataforma a partir de la cual se constru- ye la competencia social.

1.1. Un buen punto de partida: genéticamente preparados y socialmente situados

La mayoría de las teorías clásicas del desarro- llo defienden que la capacidad de los niños más pe- queños para mantener relaciones reales con otros es muy limitada, que la capacidad para implicarse en interacciones con los iguales es posterior a la ha- bilidad para mantener relaciones con los adultos y que las primeras relaciones con los iguales no tie- nen impacto sobre el desarrollo.

En contraste con esta valoración sobre los orígenes de la sociabilidad, las teorías del desarrollo que com- parten una perspectiva de sistemas sociales defien- den que los bebés tienen un papel activo en las rela- ciones sociales con los adultos y niños de su entorno y que existen evidencias de capacidad rudimentaria para interactuar con otros y percibir a los iguales como potenciales compañeros sociales desde los primeros meses de vida (Hay, Caplan y Nash, 2009). Estos au- tores resumen los cuatro aspectos en los que estas te- orías de sistemas hacen énfasis y que son:

— La naturaleza social del ser humano. — Las habilidades de los niños para implicar-

se en múltiples relaciones.

— La complejidad de las redes sociales en las que los niños y sus familias participan. — El desarrollo paralelo de las relaciones con

los cuidadores y con los iguales.

Desde esta perspectiva, existen trabajos de inves- tigación que han demostrado que un modelo de redes de relaciones explica mejor el desarrollo socioperso- nal que el modelo de las teorías más clásicas del ape- go, planteándose que los bebés vienen biológicamen-

te preparados para las relaciones sociales en general y no únicamente para el establecimiento de vínculos de apego hacia los cuidadores (Van IJzendoorn, 2005). La perspectiva evolucionista apoya la idea de que los bebés nacen biológicamente preparados para la socialización, esto es, diseñados para:

— Mostrar especial receptividad y manteni- miento de la proximidad respecto a otros es- pecíficos (por ejemplo, las figuras de ape- go) en situaciones de estrés.

— Para el uso y reconocimiento de señales que indican poder o dominancia.

— Para diferenciar entre grupos propios y aje- nos en la vida social.

— Para responder a las obligaciones de reci- procidad de la vida en comunidad.

Podemos concluir, por tanto, que los bebés es- tán genéticamente preparados para interactuar y re- lacionarse en los contextos sociales en los que es- tán inmersos y para discriminar entre distintas formas de interacción.

1.2. Desarrollo de la sociabilidad durante la primera infancia

Equipados genéticamente e inmersos en con- textos sociales, los bebés se encuentran en una si- tuación privilegiada para desarrollar su sociabilidad desde los primeros días de vida, fundamentalmen- te a través de las relaciones con los adultos cuida- dores, pero también a través de las relaciones con iguales. Describimos a continuación los principa- les hitos en este proceso de desarrollo y aprendi- zaje de la sociabilidad, centrándonos especialmen- te en las interacciones con los iguales, puesto que la orientación de los bebés hacia la interacción con los adultos ya ha sido descrita en el desarrollo del vínculo de apego en el capítulo tercero.

Desde el nacimiento

— Uno de los indicadores más claros de la orientación inicial a los otros es el conta-

gio emocional descrito en el capítulo 7. Desde el mismo momento del nacimiento los bebés muestran una sensibilidad innata a las emociones de los otros que se pone de manifiesto en el llanto en respuesta al llan- to de otros bebés. Las investigaciones de- muestran que este contagio emocional no es casual ni fruto de la incapacidad para dis- tinguir entre el propio llanto y el de los de- más, sino que, por el contrario, es un refle- jo de la capacidad de conexión emocional con los otros (Dondi, Simion y Caltran, 1999), citado en Hay, Caplan y Nash, 2009). — Con unos días de vida los bebés se activan ante la presencia de otros y, especialmente, ante otros bebés. Como sabemos, los bebés prestan atención y reaccionan ante el ros- tro y la voz humanos. A esta atracción ge- neral hacia lo humano hay que añadir una activación especial hacia otros bebés, pues- to que existen evidencias de que los bebés prestan más atención al rostro de otro bebé que al de un adulto cuando ambos son des- conocidos.

En torno a los 6 meses

— La capacidad e interés precoz por interac- tuar con los iguales se manifiesta a los po- cos meses de vida de diferentes maneras. Los bebés llevan a cabo acciones comuni- cativas explícitas, buscando activamente lla- mar la atención e iniciar comunicación con otros y se muestran sensibles a las conduc- tas de los otros, respondiendo a ellas con mucho interés y expectación y coordinando, incluso, sus acciones con las de sus «com- pañeros». Algunas de las conductas que po- nen en marcha con sus iguales son tocar, vo- calizar, mirar, sonreír y también conductas en las que hay objetos implicados, como ofrecer o recibir juguetes. Sin embargo, du- rante el primer año la capacidad de los be- bés para mantener interacciones contingen- tes con otros bebés es mayor en ausencia de objetos.

— Todo ello parte de una importante limita- ción: los bebés dependen totalmente de que los adultos los pongan en contacto y les fa- ciliten la interacción.

1-2 años

— Con la capacidad de desplazamiento autó- nomo y la aparición de las primeras pala- bras se incrementa enormemente el reper- torio de conducta social de los bebés, así como la frecuencia, complejidad y duración de sus interacciones, que giran frecuente- mente en torno a «temas» o «juegos» con- cretos, como la manipulación e intercambio de objetos (Rubin, Bukowski y Parker, 2006). Es a esta edad cuando aparecen las tres formas de interacción social más im- portantes, no sólo durante la infancia, sino también en la vida adulta: intercambios pro- sociales (compartir recursos, responder a las necesidades del otro, etc.), conflictos sociales (situaciones en las que la existencia de obje- tivos opuestos les lleva a actuar defendién- dose y protegiendo los propios recursos) y si- tuaciones de «influencia social», con las que aprenden tanto a convencer y persuadir a los otros como a ajustarse y aprender de los de- más (Hay, Caplan y Nash, 2009).

— Pueden observarse, por tanto, en torno al primer cumpleaños conductas de comple- mentariedad y reciprocidad como guardar turnos, adoptar papeles complementarios, mantenerse implicados en un juego común y compartir objetos en respuesta a las peti- ciones de los otros. Las conductas de imi- tación mutua aumentan significativamente durante el segundo año de vida y también son un reflejo de esta complementariedad, pues representan las primeras evidencias de significados compartidos entre iguales y son los cimientos sobre los que se constru- ye la actividad cooperativa (Rubin, Bukowski y Parker, 2006).

— De la misma manera, poco antes del primer cumpleaños aparecen los primeros conflic-

tos, aunque no muy numerosos y casi siem- pre relacionados con la posesión de obje- tos y la invasión del espacio físico. El atrac- tivo de un objeto aumenta cuando otro bebé lo toca o lo coge, aun cuando haya otro idéntico a ése disponible. Las situaciones de conflicto en torno a objetos constituyen un espacio privilegiado para el desarrollo, prác- tica y perfeccionamiento temprano de es- trategias de negociación. En cualquier caso, es importante saber que ya a estas edades los bebés tienden, en general, a evitar los conflictos, de manera que en dos de cada tres situaciones potenciales de conflicto los bebés mantienen la calma, pudiendo tener un papel importante en la reducción de los conflictos la capacidad de los bebés para el juego en paralelo, aquel en el que perma- necen en compañía de otros, pero implica- dos en su propio juego. Igualmente, se en- cuentra que la conducta de usar la fuerza contra otros bebés para arrebatar o defender un objeto es significativamente más baja que la conducta de ofrecer o compartir ob- jetos (Hay, Caplan y Nash, 2009).

— En cuanto a los procesos de influencia so- cial, se observan tanto en las situaciones de reciprocidad e intercambio de objetos como en las situaciones de conflicto. La imitación también tiene un papel muy importante en estos procesos de influencia mutua. Es lo que ocurre, por ejemplo, en las situaciones de juego en paralelo que acabamos de des- cribir, en las que, a pesar de que los bebés parecen concentrados en su propio juego, prestan cierta atención a las actividades de- sarrolladas por los otros niños y niñas, rea- lizando juegos más elaborados en presencia de otros que cuando están realmente solos. En torno a los 2 años

— Los niños y niñas se muestran ya capaces de resolver problemas de forma cooperativa en situaciones experimentales. La conducta es- pontánea de compartir se consolida.

— El uso de la fuerza en situaciones de con- flicto experimenta su nivel máximo en tor- no a los 30 meses.

— La mayoría de los niños y niñas a esta edad se muestran más dispuestos a imitar e ini- ciar interacciones con compañeros de juego socialmente habilidosos. Empiezan a mos- trar conductas diferentes hacia diferentes compañeros de juegos conocidos y mues- tran preferencia por interactuar con algunos niños frente a otros. Este logro indica el es-

tablecimiento de las primeras relaciones con iguales; esto es, en torno a los 2 años niños y niñas no sólo interactúan con otros niños y niñas, sino que empiezan a establecer re- laciones particulares con algunos de ellos. — A esta misma edad comienzan a interactuar

con alguna frecuencia en tríadas en lugar de en díadas, fenómeno que podemos identi- ficar como el origen de la formación de gru- pos, que desarrollaremos más ampliamen- te en el capítulo 9.

1.3. Diferencias interindividuales en la sociabilidad inicial

Determinadas características tempranas de los be- bés relacionadas, sobre todo, con el temperamento configuran una predisposición inicial y propia a in- teractuar con otros. De todas ellas, las que mayor impacto tienen sobre la sociabilidad parecen ser las relacionadas con los niveles de actividad, la regula- ción de la atención y la emoción y la tendencia a la aproximación/evitación (Hay, Caplan, Nash, 2009).

Las disposiciones emocionales iniciales contri- buyen a la calidad del funcionamiento social y de las interacciones entre iguales. Es esperable que ca- racterísticas emocionales como la tendencia a la irritabilidad, la intensidad emocional y la baja to- lerancia a la frustración afecten a la frecuencia con la que los niños se ven implicados en situaciones de interacción con los iguales y aumenten la probabi- lidad de participar en conflictos. Por su parte, la emocionalidad positiva tiende a favorecer la parti- cipación en interacciones con los iguales positivas y satisfactorias. Así, por ejemplo, se encuentra que la alta reactividad emocional se relaciona con la

timidez. En cuanto a la regulación emocional, ni- veles bajos de ésta se relacionan con la hostilidad y niveles excesivamente altos con miedo, ansiedad social, evitación y retraimiento; niveles moderados de autorregulación, sin embargo, se relacionan con la capacidad para hacer frente a situaciones socia- les estresantes (Eisenberg, 2006).

Tal y como vimos en el capítulo 7, las predis- posiciones temperamentales influyen en el desa- rrollo de la personalidad, de manera que podemos también identificar características de personalidad que afectan a la frecuencia y calidad de las inter- acciones con los iguales. Así, por ejemplo, el hu- mor positivo se relaciona con características de ex- traversión y amabilidad, y la tendencia a la evita- ción de los estímulos novedosos se relaciona con bajos niveles de extraversión (Eisenberg, 2006).

Estas disposiciones tempranas, junto con otras variables como el atractivo físico del bebé, podrí- an suscitar diferentes respuestas de socialización por parte del entorno, que condicionarían de algu- na manera las oportunidades de interacción con los otros. En cualquier caso, no podemos olvidar que, como hemos visto que ocurre en otros contenidos RECUERDA

En la primera infancia se construyen las bases de importantes habilidades sociales como dirigir in- tencionalmente sonrisas, vocalizaciones y otros gestos a los compañeros de juego, la observación cuida- dosa de los iguales, la respuesta ajustada a la conducta de los otros y coordinada en una secuencia de tur- nos, así como las primeras manifestaciones de ayudar, compartir y cooperar.

de desarrollo, los procesos de socialización son re- cíprocos y que las experiencias de afecto y socia- lización en el entorno familiar pueden ocupar un papel amortiguador o modulador de estas tenden-

cias o disposiciones iniciales. Así, por ejemplo, la expresividad emocional en el entorno familiar fa- vorece la sociabilidad y las reacciones sociales po- sitivas (Eisenberg y Fabes, 2006).

2. APRENDIENDO A CONVIVIR:

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