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Capítulo 1. El aprendizaje como construcción social

1.2. El ámbito educativo informal

1.2.3. Las características de la educación informal

Dos de los autores que más se han preocupado por definir qué es la educación informal son Jeffs y Smith (1990). Estos autores elaboraron una caracterización de la misma en base a la ubicuidad física y social, la variabilidad temporal, los actores (participantes y voluntarios), la dialogicidad y la horizontalidad, y el aprendizaje a través de la experiencia. A continuación se describe cada una de estas características.

La ubicuidad física y social.

El aprendizaje informal puede tener lugar en diversos entornos físicos y sociales. El grupo de aprendices que forman parte del proceso debe regirse por algún objetivo, o debe realizar una actividad concreta que aparentemente no tendrá relación con el aprendizaje. El aprendizaje no estará previamente diseñado sino que será, aparentemente, accidental. Las personas que se sumen al proceso adquirirán conocimientos, habilidades o valores, pero estas no son sus finalidades.

De acuerdo con Martín Barbero, los modelos educativos deben corresponderse con la actual era de la información, en la que se puede aprender a lo largo de la vida y en cualquier lugar, en la que “la dimensión educativa lo atraviesa todo: el trabajo y el ocio, la oficina y el hogar, la salud y la vejez” (Martín Barbero, 2012, pp. 106-107). A este respecto, Restrepo (2007, p. 110) afirma que además de ubicua y permanente, la educación

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informal también puede ser próxima o telemática y de este modo “derruye los muros de la escuela, ya que los medios de comunicación acercan lo distante, pero no pocas veces alejan lo próximo tornándolo insignificante”.

Variabilidad temporal.

Los procesos informales son muy variables en la escala temporal. A menudo se caracterizan por ser lentos. Normalmente, el momento de su conclusión es difuso ya que los planteamientos iniciales pueden conducir hacia otras actividades a realizar, y así sucesivamente. Estos procesos incluso pueden trascender la propia vida de una persona dado su carácter cultural, la larga durabilidad de determinadas comunidades de práctica, etc.

Los actores: participantes y voluntarios

Las personas que se involucran en procesos informales de aprendizaje son participantes que se ofrecen de forma voluntaria. Como participantes, las personas involucradas deberán establecer necesariamente relaciones entre ellas. Según Tiffany (2001), los aspectos comunicativos de las relaciones son imprescindibles para que se genere aprendizaje en el contexto informal. Una relación puede establecerse entre dos o más personas y comporta intercambios de ideas, compartir, hablar y escuchar de manera activa. Las relaciones suelen ser muy dinámicas debido a los constantes intercambios que se producen en su seno. De este modo, gran parte de la calidad de los aprendizajes en procesos informales dependerá de la fortaleza de las relaciones entre las personas y, concretamente, de tres aspectos:

En primer lugar, de la confianza y del compromiso. Esto implica que las relaciones han de tener un componente afectivo que, al mismo tiempo, conduzca hacia un compromiso en el que cada persona se responsabilice de sus tareas y se implique por igual. Puede deducirse, por tanto, que sin cohesión de grupo no puede haber un aprendizaje provechoso dentro de los procesos informales.

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En segundo lugar, de la mutualidad. Aquí se entiende que en las relaciones se ha de dar, y también se ha de recibir, conocimiento y afecto. Se ha de escuchar y se debe ser escuchado. Es entonces cuando el aprendizaje se caracteriza por ser cooperativo y compartido. La humildad es, en este sentido, un valor fundamental para que todas las personas que intervienen se sitúen en un plano de igualdad.

Y finalmente, en tercer lugar, la calidad de los aprendizajes dependerá de nuestra capacidad para valorar la vulnerabilidad de los otros, lo cual implica empatizar, conocer los anhelos y los miedos de los demás para, finalmente, comprenderlos mejor.

La dialogicidad y la horizontalidad

El aprendizaje informal es de naturaleza dialógica, opuesta a la de la discusión que permite solamente manifestar aquello que se piensa. Por tanto, es una invitación a la construcción compartida y al pensamiento crítico desde supuestos de horizontalidad. A través del aprendizaje informal, se desarrollan vías de pensamiento y de acción que encajan con las situaciones en que se encuentran inmersas las personas involucradas. Este proceso sólo puede llevarse a cabo desde una participación horizontal, cargada de humildad: “no hay, por otro lado, diálogo si no hay humildad. La pronunciación del mundo, con el cual los hombres lo recrean permanentemente, no puede ser un acto arrogante” (Freire, 2008, p. 101).

El aprendizaje se obtendrá, por tanto, mediante la cooperación. Los ingredientes necesarios para el aprendizaje cooperativos son, en primer lugar, un grupo de personas con las que poder interaccionar de forma cooperativa ya que, en una primera fase, será necesario cohesionar el grupo (Aguirre, Moliner y Traver, 2011). A través de la cohesión se genera una consciencia de grupo donde la presencia de los demás es necesaria para compartir sueños, amistad y momentos de alegría, pero también conceptos, saberes y experiencias (Pujolàs, 2008). Por otro lado, el grupo debe ser solidario. Solidaridad y cooperación son cuestiones que se aprenderán, o no,

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a lo largo del proceso a través del cultivo de ciertas habilidades: expresarse de forma adecuada y respetuosa, pedir y dar ayuda y, sobre todo, escuchar y compartir (Traver y Rodríguez, 2011). Finalmente, para fomentar tanto la horizontalidad como también la dialogicidad, el contexto de aprendizaje necesitará de una cierta organización que dé derecho a todas las personas a participar y, de este modo, hacer crecer las posibilidades de aprendizaje (Aguirre, Moliner y Traver, 2011).

El aprendizaje mediante la experiencia o a través de la asimilación de la información.

A pesar de que también existen procesos de aprendizaje informal mediante asimilación de información, la experiencia se halla en la base de este ámbito del aprendizaje. A través de la experiencia entendemos mejor quiénes somos, cómo pensamos, cómo sentimos y cómo actuamos (Blacker, 2001). En este sentido, aunque cualquier experiencia tiene el potencial de ayudarnos a aprender, no todas lo hacen. Según Kolb, (1976, 1984) aprender mediante la experiencia implica un proceso de pensamiento de cierto nivel, que se divide en diferentes fases. En primer lugar debemos tener una experiencia concreta que puede ser cualquier cosa que nos suceda en nuestra vida cotidiana. A continuación tendrá lugar un proceso de reflexión sobre la misma que nos conducirá a teorizar, mediante la conexión con otras ideas o teorías de las que ya se disponía previamente. Esto puede conducir a cambios o desarrollos en nuestro pensamiento para, finalmente, experimentar activamente las nuevas teorías y actuar consecuentemente con los nuevos aprendizajes.

Al mismo tiempo, Según Boud (1993) el proceso de reflexión intrínseco al aprendizaje mediante la experiencia se realiza en tres fases sucesivas que comprenden revivir la experiencia mentalmente para, posteriormente, conectarla con nuestras emociones y, antes de teorizar, realizar una evaluación de la misma.

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