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Capítulo 4. La identidad cultural

5.1. Primera invitación

Cuatro de octubre de 2014. Es el día de la Eid al Adha, la Celebración del Sacrificio, el día más importante en el calendario musulmán. Mustafa me ha invitado a acudir a la mezquita para observar cómo se desarrolla la fiesta. He llegado un poco tarde, y la oración ya ha comenzado. Ha acudido tanta gente que el suelo del vestíbulo no se ve. Está lleno zapatos de todo tipo. Me descalzo, y paso al haram, la sala donde se realiza la oración. Busco un hueco y me dispongo de rodillas, como el resto de los presentes, en dirección hacia La Meca.

La mezquita está tan llena que difícilmente cabría alguien más, aunque algunas personas llegan más tarde que yo, y todos se apretujan para concederles un poco de espacio. No sólo está presente la comunidad de Sant Mateu. También han venido musulmanes de poblaciones vecinas: de la Salzadella, de les Coves de Vinromà, de Tírig… Todo el mundo viste con túnicas de color blanco y la escena, en general, se corresponde totalmente con aquello que me describieron días atrás algunos miembros de la comunidad. Hay quien ha acudido a realizar la oración acompañado de sus hijos varones. Yo no he realizado la oración con ellos. Simplemente he tratado de imitar las genuflexiones y el resto de gestos que se llevan a cabo durante el rezo. Finalizada esta parte del ritual Mustafa se ha dirigido al

minbar, el púlpito desde el que el imán realiza la predicación, para hablar a

los fieles. El discurso es en árabe y, evidentemente, no entiendo absolutamente nada de lo que dice, pero el lenguaje no verbal, sus gestos, su actitud, no dejan de recordarme bastante a la oratoria y la gesticulación de un cura católico. Finalizado el parlamento, y con él la parte más solemne del

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acto, todo el mundo se dedica a saludarse de un modo muy cordial y afectuoso. También algunas personas se acercan a mí para saludarme, estrechan mi mano, se interesan por mi estado de salud, por el de mi familia, y me desean lo mejor. El momento dedicado a intercambiar saludos se prolonga durante mucho más tiempo del que yo, o cualquier otro occidental, podríamos esperar. No es sólo una cuestión de cortesía o una formalidad. Hay algo más, relacionado con el sentido mismo de la fiesta. Alguien me explica que la comunidad musulmana entiende este gesto de cordialidad como una especie de “borrón y cuenta nueva” entre los que se saludan. Es un modo de olvidar las rencillas que la convivencia haya podido generar a lo largo del año, y de reforzar así los lazos con que se teje la comunidad. Además un sentido de purificación impregna la fiesta, simbolizado en las ropas blancas y en la meticulosa limpieza corporal a la que se somete todo el mundo antes de acudir a la mezquita.

A continuación todos se marchan a sus casas, a prepararse para sacrificar al cordero, como en el pasaje coránico, y bíblico, en que Abraham ofrece sacrificar a su hijo como acto de obediencia a Dios. Esta parte de la fiesta, sin embargo, difiere en gran medida del modo en que se celebra en Marruecos. Dadas las normas en materia de sanidad, los fieles se ven obligados a sacrificar al cordero en el matadero de Vinaròs si no quieren enfrentarse a una multa. Esto implica que deben desplazarse unos treinta kilómetros para completar el ritual, y una vez finalizado el mismo tienen que esperar a que la temperatura del cordero baje lo suficiente como para poder retirarlo de las instalaciones. Por mi parte, acuerdo con Mustafa que por la tarde le acompañaré a Vinaròs para observar cómo continúa la fiesta. De momento, él y Omar me acompañan a casa de éste último, sólo unos metros más abajo del templo, en la misma calle.

El domicilio, por fuera, parece bastante viejo, como la mayoría de los inmuebles de esa zona de Sant Mateu. Omar coge el pomo y abre la puerta. No está cerrada con llave. Unas escaleras suben a la primera planta donde, inmediatamente, se accede al salón comedor. A la izquierda una puerta

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cerrada da paso al resto de la vivienda. Adam, hijo único de Omar, está delante de la pantalla del ordenador portátil de la familia. Omar enciende el televisor de pantalla plana. Calculo que debe tener unas 50 pulgadas. Entre el mobiliario destacan dos sofás: uno corrido de tradición marroquí y otro con brazos, de estilo occidental. Omar bromea sobre este hecho, diciendo que su comedor recoge lo mejor de las dos culturas. Bouchra, la esposa de Omar, nos sirve unos dulces y té mientras miramos la televisión. Omar hace zapping, mostrándome todos los canales que sintoniza gracias a su antena parabólica. Desde Marruecos hasta Siria e Irak, recibe la señal de un buen número de cadenas de habla árabe. En el rápido viaje por estos países, vemos como en la mayoría de las cadenas emiten actos relacionados con la fiesta del sacrificio.

Pasado un rato Mustafa tiene que marcharse precipitadamente. Su jefe le ha llamado al teléfono móvil para decirle que hay un problema con la calefacción en la granja de pollos donde trabaja. A pesar de que es sábado y de que, teóricamente, no trabaja, no tiene más remedio que ir. Se lamenta diciendo que ya le han fastidiado el día. No obstante, acordamos vernos nuevamente en la mezquita a las cinco de la tarde para continuar charlando. Me quedo con Omar, pero poco después me despide amablemente porque tiene que marcharse a por su cordero.

Tras comer en mi casa regreso a la mezquita a la hora acordada, pero Mustafa no aparece. Sí lo hace en cambio Omar que se disculpa porque el imán ha tenido más trabajo del esperado en la granja. Omar me invita de nuevo a su casa donde Bouchra está limpiando y preparando el cordero. Toda la casa está impregnada de un olor a vísceras hervidas que me resulta muy familiar porque, cuando era un niño, mi madre solía cocinar callos bastante a menudo. Nos sentamos en el sofá de estilo marroquí, ante una mesa camilla. Bouchra, nuevamente, nos sirve té. Omar me explica que debe beberse muy caliente, a sorbos. La primera vez que fui invitado a beber té en la mezquita ya me explicaron que se bebía así, pero a pesar de ello me quemé la lengua y los labios. En esta ocasión, dejo que se enfríe un poco.

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Omar empieza a contarme que es bereber y que se enorgullece de ello y de la hospitalidad de su pueblo. Me muestra por Internet el video de un pobre pastor del Atlas a cuya casa llega un exhausto viajero francés. El pastor lo acoge en su casa y le ofrece todo lo que tiene, que es poco: comida y un sitio para dormir. El francés se muestra perplejo ante su actitud. No puede entender cómo un hombre es capaz de abrir su casa de ese modo a un extraño.

Omar sigue charlando sobre el vídeo, sobre su pueblo a los pies del Atlas y sobre su vida. De pronto me doy cuenta de que debería estar registrando la conversación y le pido permiso para grabar su voz con mi teléfono móvil. Omar accede amablemente. La conversación se prolonga hasta pasadas las ocho de la tarde y finaliza porque me siento agotado. Omar en cambio parece encantado y con muchas ganas de continuar explicándome detalles de su vida. Me despido amablemente y acordamos seguir con la conversación, de un modo más pautado, a través de una entrevista, en otra ocasión.

Ese día entendí que me encontraba totalmente inmerso en la investigación y que necesitaba registrar todos los contactos que mantuviese en el campo con los informantes. Ese día fue mi primera entrada al campo.