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LAS FILOSOFÍAS RIVALES Y EL TERRENO COMÚN

Atenas había sido el centro de la filosofía griega durante un siglo antes de la muerte de Alejandro, y siguió siéndolo incluso cuando el mecenazgo ptolemaico hizo de Alejandría el principal centro de la literatura y la ciencia (capítulos 7 y 9). Hubo interrupciones ocasionales. Después de que los Antigónidas liberasen Atenas en 307 y depusieran al tirano filósofo Demetrio de Falero, la opinión popular parece haberse vuelto contra los filósofos, haciéndose un intento de ponerlos bajo el control del estado. Sólo su partida en masse, dirigida por Teofrasto, forzó una reconsideración.67 Atenas no era el único centro de la filosofía; a finales del siglo II y en el siglo I había una notable tradición en Rodas, cuyo hijo más famoso era el estoico Panecio (c. 185- 109).

produjeron obras menos innovadoras en el período helenístico, y fueron ensombrecidas por las nuevas modas del estoicismo y el epicureismo. Estas eran dos de las llamadas «escuelas» en que los escritores modernos así como les antiguos han clasificado usualmente a los filósofos del período. Otras escuelas eran los cínicos, los escépticos y los utópicos. Sin embargo, se diferenciaban en el grado en que eran asociaciones estrictamente definidas con estructuras y adhesiones formales. Muchos de los miembros de una escuela particular eran instruidos por un filósofo y permanecían en su círculo, uno de ellos heredaría la dirección del grupo; pero en algunos casos las etiquetas aceptadas pueden oscurecer no sólo las diferencias entre los miembros de una misma escuela, sino también las yuxtaposiciones entre las enseñanzas de las diversas escuelas.

Nuestro conocimiento detallado de la obra de los filósofos posteriores a Aristóteles y Teofrasto, y de sus escritos, es intermitente. Algunos pasajes continuos de Epicuro se preservan en papiros carbonizados de Herculano en Italia, enterrados en 79 d.C. por la erupción del Vesuvio; los libros casi con toda seguridad provienen de la biblioteca de Filodemo, un maestro epicúreo que pasó tiempo en Herculano. Quedan algunas cartas y aforismos (dichos cortos, sucintos) de Epicuro. De otros filósofos sólo tenemos citas breves, o listas de títulos de sus libros,68 por lo demás, la mayor parte de lo que conocemos proviene de Diógenes Laercio. Por suerte, quizá significativamente, dedicó más espacio a los fundadores del estoicismo y el epicureismo que a cualquier otro filósofo, a excepción de Platón.

La academia, el Liceo (Peripatético) y el escepticismo

A comienzos del siglo IV, Platón fundó la Academia en Atenas. Su nombre,

Akademeia (o Hekademeia) no tenía connotaciones de escolástica en la torre de

marfil, como ocurre con nuestra palabra «académico», sino que se refería al santuario del héroe ático Academo (o Hekademos) en las afueras de los muros de la ciudad, donde el círculo de Platón solía reunirse. En sus primeros diálogos desarrolla las ideas de su mentor Sócrates, quien no dejó obra escrita y fue ejecutado por impiedad por los antenienses en 399. Platón sustenta la existencia de verdades y valores eternos, e imagina una sociedad ideal gobernada por reyes filósofos. Su «idealismo» fue moderado por sus sucesores, y bajo Polemón (director de la Academia desde 314) el acento se puso en la ética (cuestiones prácticas en torno a la conducta correcta). Platón no había descuidado este campo, pero su filosofía resultaba difícil de poner en práctica, y el énfasis principal acabó poniéndose en interpretar su obra a la luz de la filosofía ética. El platonismo tuvo una larga vida, que culminó en la obra neoplatónica de Plotino, un griego del siglo III d.C.69

Aristóteles (384-322 a.C), del pueblo griego de Estágira en Macedonia, estudió en la Academia pero la abandonó. Volvió a Atenas en la década de 330 y enseñó en el Liceo (Lykeion, el área circundante del santuario de Apolo Lykeios) o Peripatético (El Paseo, después un lugar de reunión en la misma área); este último dio nombre a la escuela peripatética de filosofía.70 Sus preocupaciones, como las de otros continuadores de Platón, eran más pragmáticas que las de éste, como lo demuestran sus obras sobre ética (tales como Eudemo y Ética nicomaquea). Antes que intentar llegar a las verdades universales y sacar reglas de conducta generales a

partir de ellas, tomó como punto de partida lo que las personas realmente hacían y por qué. Su actitud se refleja en sus numerosas obras sobre las ciencias naturales; fue, por ejemplo, el pionero de la clasificación biológica, un campo en que su trabajo resultó inmensamente importante ——quizá excesivamente—— hasta después de la Edad Media.

Bajo Teofrasto (c. 371 -c. 287), ciudadano de Eresos en Lesbos y sucesor de Aristóteles, el Liceo se convirtió en un instituto filosófico regular. Además de la filosofía natural, Teofrasto se ocupó de la retórica y el estilo literario, la poesía, la comedia y (en los Caracteres) sobre la naturaleza humana; era también conocido, principalmente entre sus contemporáneos, como historiador de la filosofía.71 Uno de sus asociados fue el dictador ateniense Demetrio de Falero (Dióg. Laer. 5. 75-85), que intervino en ayudar a Ptolomeo I a organizar su biblioteca y el Museo (capítulo 7) y es notable por haber formado la primera colección de las Fábulas de Esopo.72 El sucesor de Teofrasto como jefe del Liceo, Estratón, fue un prolífico investigador de los fenómenos naturales, pero no queda ninguna obra suya. La información sobre el trabajo de Estratón y sus sucesores en el Liceo es escasa; sin embargo, en el siglo I a.C, sabemos que el redescubrimiento de los manuscritos de Aristóteles promovió un interés renovado en su obra.

Principales miembros de las «escuelas» filosóficas. La Academia

c. 369 I Platón (de Atenas) (427-347) (Dióg. Laer. 3) 347 II Speusipo de Atenas (c. 497-339)

339 III Jenócrates de Calcedonia (c. 396-314), se iría con Aristóteles en 347

314 IV Polemón de Atenas (Dióg. Laer. 4.16-20) 270 V Crates de Atenas (Dióg. Laer. 4. 21-23)

VI Argesilao de Pitane (m. 242/241) (Dióg. Laer. 4.28-45) Carneades de Cirene (c. 129/128) (Dióg. Laer. 4. 62-66)

Plotino («neoplatónico», c. 205-270 d.C), ensayos publicados por Porfirio c. 301-305 d.C.

El Peripatético o Liceo

I Aristóteles de Estagira (384-322) (Dióg. Laer. 5.1-35)

Aristógeno de Taras (c. 370-después de 322), estudió la armonía y el ritmo

322 II Teofrasto, establecimiento formal de su escuela (372/370-288/286) (Dióg. Laer. 5.36-57)

288/6 III Estratón de Lampsaco (c. 328-270/267) (Dióg. Laer. 5.58-64) El Jardín de Epicuro

307/6 I Epicuro (Epicuro de Atenas, nacido en Samos) (341- 271) (Dióg. Laer., libro 10)

Filodemo de Gadara (c. 110-40/35), quedan algunos fragmentos y epigramas

Diógenes de Oinoanda (n. c. 150/160 d.C), autor de una larga inscripción que sintetiza las ideas epicúreas

La Stoa

c. 301 I Zeno (Zenón) de Citio (c. 333-c. 261) (Dióg. Laer. 7.1-160) c.261 II Oleantes de Aso (c. 332-232) (Dióg. Laer. 7.168-176) 232 III Crisipo de Soli (c. 280-C.206) (Dióg. Laer. 7.179-202)

Esfera de Borístenes (fl. década de 220) (Dióg. Laer. 7.177-178) c. 206 IV Zenón de Tarsos

V Diógenes de Babilonia (c. 240-c. 152) Blosio de Cumas (fl. década de 130) c. 152 VI Antípatro de Tarso (m. 129) 129 VII Panecio de Rodas (c. 185-109)

Posidonio de Apamea (c. 135-C.55)

Epícteto (c. 50-120 d.C), obras publicadas por Arriano Marco Aurelio (121-180 d.C; emperador 161-180) Los escépticos

(nota bene: La Academia también adoptó el escepticismo bajo Arquesilao)

Pirrón de Elis (n. c. 365) (Dióg. Laer. 9.61-108) Timón de Fleio (c. 320-230) (Dióg. Laer. 9.109-116) Sexto Empírico (finales del siglo II d.C.)

Los cínicos

(no es una escuela formal)

Diógenes de Sinope (contemporáneo de Aristóteles) (Dióg. Laer. 6.20- 81)

Crates de Tebas (c. 365-285), influencia a Zenón (Dióg. Laer. 6. 85-93) Bión de Borístenes (c. 335-c. 246) (Dióg. Laer. 4. 46- 57)

Cercidas de Megalópolis, poeta (siglo III) Teles (probablemente finales del siglo III)

Menipo de Gadara (siglo III) (Dióg. Laer. 6. 99-101)

El escepticismo comenzó a desarrollarse con Pirrón de Elis (n. c. 365) y Timón de Flainte (c. 320-230); se remontaba al filósofo del siglo VI, Jenófanes de Colofón que manifestó su deseo de cuestionar la autoridad convencional de Homero y Hesíodo. Bajo Arcesilao de Pitane (m. 241) la Academia se acercó a esa postura; como filosofía del conocimiento el escepticismo afirmaba que la certidumbre era imposible y que el juicio debía ser suspendido. Sin embargo, un escritor cristiano del siglo III nos dice que

según Timón, Pirrón declaró que las cosas son todas por igual indiferentes, inciertas e indeterminables. Por esta razón ni nuestras percepciones ni nuestros juicios no son ni verdaderos ni falsos. Por tanto no deberíamos confiar en ellos,sino mantenernos inconmovibles, sin inclinarnos en ningún sentido, antes bien ser firmes, diciendo, respecto a cada cosa en particular, que no es más verdad que sea que que no sea, o que tanto es como no es, o que ni es ni deja de ser. Para aquellos que adoptan esta actitud la consecuencia será, primero, la reticencia a hacer afirmaciones, y, en segundo lugar, la libertad de las perturbaciones.

Si Eusebio reflejó exactamente las opiniones de Pirrón, parece que éste no era un nihilista que negaba la realidad del mundo que percibimos, sino que buscaba lo mismo que los epicúreos: la felicidad a través de la ausencia de perturbación. El lector no está obligado a dudar de la evidencia de los sentidos, sino más bien a evitar engañarse pensando que ésta sea evidencia de la realidad fundamental, la cual es incognoscible. Esto equivale a un ataque contra los intentos de los filósofos como Platón y Aristóteles de comprender la naturaleza fundamental del cosmos. Como dice Diógenes Laercio:

Admitimos que vemos, y reconocemos el hecho de pensar en algo; pero cómo vemos o cómo pensamos, lo ignoramos. Decimos descriptivamente que algo parece blanco, mas sin estar seguros por completo de que realmente lo sea.

(Dióg. Laer. 9. 103 = «Pirrón», 26)

Un filósofo actual podría comentar que es difícil saber en qué podría consistir ser blanco, más allá de ser percibido como blanco; pero establecer si el enfoque escéptico es lógicamente sostenible es menos importante para nuestros fines que ubicarlo en la cultura de su época. El escepticismo era una posición filosófica, pero implicaba determinadas actitudes por parte del ciudadano si debía ser considerada como una justificación para desentenderse de la vida pública.

Arcesilao no escribió nada, quizá para evitar la acusación de haber llegado a unas conclusiones definitivas sobre el mundo. Carneades, de la Academia del siglo II, siguió su ejemplo, pero muchas de sus ideas fueron preservadas por el político y orador romano Cicerón (en sus tratados De la naturaleza de los dioses y De la

adivinación), a quien fueron transmitidas por su conocido Antíoco de Ascalón,

miembro de la Academia; también fueron examinadas por Sexto Empírico (Contra

los profesores), un doctor filósofo escéptico de finales del siglo II d.C. Con respecto

a muchos filósofos helenísticos nos apoyamos en fuentes muy posteriores para obtener un conocimiento detallado de las concepciones escépticas. Carneades modificó su anterior escepticismo y rebatió tanto el estoicismo como el epicureismo introduciendo el concepto de probabilidad: observó que aunque las impresiones de los sentidos no pueden garantizar su propia validez, en la práctica aplicamos ciertos criterios a las observaciones reales a través de los cuales evaluamos cuan confiables son.

Por ejemplo, considerando que en el lugar del juicio [esto es, en un tribunal] están presentes el sujeto que juzga y la cosa que se juzga y el medio a través del cual se realiza un juicio, y la distancia y el intervalo, y el lugar, el tiempo, el humor, la disposición y la actividad, de modo que distinguimos la naturaleza de cada uno de estos factores: el sujeto que juzga, a menos que su vista sea borrosa (porque una vista de este tipo es incompetente para hacer un juicio); la cosa a ser juzgada, a menos que sea demasiado pequeña; el medio a través del cual el juicio se realiza, a menos que el aire esté en una condición opaca; la distancia, a menos que sea demasiado grande; el intervalo, a menos que esté comprimido [que sea demasiado corto]; el lugar, a menos que no se pueda medir; el tiempo, a menos que sea (demasiado) rápido; la disposición, a menos que sea considerada insana; y la actividad, a menos que sea inaceptable.

(Sexto, Adv. math. 7. 183 = Contra los lógicos, 1. 183)

Carneades era muy consciente de las implicaciones prácticas de sus argumentos; como observa Long: «No hay razón para pensar que el escepticismo de Carneades tenga el fin de recomendar un comportamiento exageradamente prudente en los juicios cotidianos»;73 como otros filósofos helenísticos tenía como objetivo

brindar a las personas educadas un marco conceptual para lograr la felicidad.

El énfasis en formular filosofías susceptibles de aplicación práctica, antes que en desarrollar modelos universales seguros, puede haber reflejado las circunstancias políticas. No todas las personas estaban necesariamente temerosas en los momentos de incertidumbre, como algunos historiadores aducen; antes bien, quizá, los ciudadanos de la élite ——aquellos que participaban en la vida pública—— tenían que encontrar nuevos conceptos con los cuales definir la actividad política a la que se consideraban con el derecho y la habilidad para asumir. En momentos de crisis existían, sin duda, riesgos de exponerse; también en las épocas de paz, el poder de que disponía un hombre activo en la política local estaba más circunscrito que antes, y el centro de la ambición se trasladó a la diplomacia inter-polis, las negociaciones con el rey y sus amigos, y el cultivo del talento retórico para el debate político y las ceremonias de la polis. Otro eje de las rivalidades podría haber sido la promoción de cultos religiosos particulares, que puede explicar en parte la aparente acento pluralista en los cultos adoptados recientemente, incluyendo aquellos que concernían al destino personal, junto con los de las deidades olímpicas oficiales.

Es difícil saber si realmente la reputación de la Academia y el Liceo disminuyó, como se afirma con frecuencia; lo que quizá es revelador es que las generaciones posteriores tenían mucho que decir sobre las otras dos «escuelas» que no se desarrollaron hasta después de la muerte de Alejandro: el epicureismo y el estoicismo, el Jardín y el Pórtico.

El epicureismo

Epicuro (Epikouros en griego) era el hijo de uno de los colonizadores atenienses que ocuparon la isla de Samos durante cuarenta y tres años hasta 322. Nacido en 341, emigró a Atenas después de la expulsión de la colonia, estudió filosofía, y estableció su propia escuela aldedor de 307/306.

El principio central de la escuela epicúrea fue que para lograr la felicidad es necesario evitar la agitación; el mayor placer es «la ausencia de perturbación» (ataraxia). La carta, elegantemente escrita, de Epicuro a Menoiko, conservada por Diógenes Laercio (10. 121-135), da una buena idea de esto pero es fácil ver cómo sus ideas podían ser distorsionadas:

Así que, cuando decimos que el deleite es el fin, no queremos entender los deleites de los disolutos ni los que consisten en la fruición, como se figuraron algunos, ignorantes de nuestra doctrina, o contrarios a ella, o bien que la entendieron siniestramente; sino que unimos el no padecer dolor en el cuerpo con el estar tranquilo en el ánimo. No son los convites y banquetes, no la fruición de muchachos y mujeres, no el sabor de los pescados y de los otros manjares que tributa una mesa magnífica

quien produce la vida suave, sino un sobrio raciocinio que indaga perfectamente las causas de la elección y fuga de las cosas, y expele las opiniones por quienes ordinariamente la turbación ocupa los ánimos.

(Dióg. Laer. 10. 13-132 = Epicuro, 97)

El énfasis en el placer (hêdonê), aunque en una forma bastante enrarecida, dio lugar al reproche de «hedonismo» lanzado por los adversarios de Epicuro; esto era injusto, pues Epicuro abogaba por una vida tranquila, pero cívica. Justificaba su concepción refiriéndose a la teoría atómica del universo, que afirmó era un sistema impersonal y mecánico; incluso los dioses, aunque existen, eran remotos e indiferentes en los asuntos humanos. La muerte es meramente el fin de la sensación, una disolución de los átomos:

Así que es un simple quien dice que teme a la muerte, no porque contriste su presencia, sino la memoria de que ha de venir; pues lo que cuando presente no conturba, vanamente contrista al ser esperado. La muerte, pues, el más horrendo de los males, es nada para nosotros; pues mientras vivimos, no está presente; y cuando está presente, ya no vivimos nosotros.

(Dióg. Laer. 10. 125 = Epicuro, 92).

Epicuro no era un revolucionario (participaba en las festividades de la ciudad, a la vez que sostenía que los hombres debían evitar la política), pero sus opiniones sobre la sociedad no eran convencionales. Exhortaba a las personas a liberarse de la camisa de fuerza de la paideia («educación», i. e. cultura griega), y el compromiso de sus seguidores con determinadas concepciones implicaba un estilo de vida correspondiente, verdaderamente libre. Su casa, situada entre Atenas y El Pireo era llamada el Jardín y acogía a una devota comunidad de seguidores, incluidos las mujeres y los esclavos; era más una sociedad de amigos que una institución de investigación, una comuna antes que una escuela. Parece haberse sostenido durante generaciones después de su muerte, en parte observando rituales comunales en memoria suya. Como otros filósofos, Epicuro parece haber otorgado gran valor a dar ejemplo a los demás con la propia conducta y a vivir de acuerdo con los valores que se predicaban.74

Se asegura a veces que el epicureismo fue un esquema de valores sin influencia; un autor llega a decir que «nunca llegó a ser totalmente respetable (excepto durante un corto tiempo en Roma hacia el final de la República)», y que «tanto en popularidad como en influencia fue superada por las enseñanzas de la Stoa ('columnata')», que se convirtió en «la filosofía más popular» bajo el Principado.75 La idea de que el estoicismo fue «popular» será examinada en la siguiente subsección; en cuanto a la opinión de una fase «respetable» del epicureismo, puede sustentarse señalando que los romanos de clase alta como Lucrecio a finales del siglo II d.C. deseaban convertir a sus lectores (o confirmar a los epicúreos en sus creencias) con un enunciado razonado de la filosofía materialista y moral en la forma de un poema largo. Sin embargo, es improbable que el epicureismo tuviera una mala reputación en algún momento, excepto a los ojos de sus adversarios filosóficos; en efecto, Antíoco IV lo convirtió en el culto oficial de su corte.

pertenecían a los estratos superiores de los propietarios de tierras de la sociedad griega.76 Ese culto del retraimiento político sólo podía ser abrazado por una clase social que tenía la opción de ser políticamente activa; los pobres no tenían tiempo para cultivar la tranquilidad.

La prescripción epicúrea no abogaba por una vida de indolencia; presuponía la organización social, las comodidades y el deseo de perfeccionarse.77 Dio mucho menos justificación moral y social a los grupos e individuos poderosos para explotar a los demás, mientras que el estoicismo contenía elementos que podían ser utilizados para justificar el ejercicio del poder. Ambas filosofías reflejaban, de modos diferentes, los cambios que tenían lugar en la política y la sociedad; pero la magnitud y la profundidad de dichos cambios no debería exagerarse.

El cinismo y el estoicismo

Antes de examinar el estoicismo, debemos ser conscientes de que tenía sus orígenes en una ideología mucho menos «respetable», el cinismo, que no fue nunca una filosofía formal, pero existen figuras clave que compartieron concepciones similares. El primero fue Diógenes de Sínope (404-323 a.C), que era llamado

kanykos, «canino», porque rechazaba las convenciones de la sociedad, trataba de

vivir sin propiedad y promovía que se ignorasen las normas habituales de conducta. Hoy podríamos definir a tal persona como uno que predica un antimaterialismo extremado. Diógenes Laercio preserva numerosas anécdotas, algunas de las cuales (o todas) podrían no ser históricas (6. 22-80). Entre ellas, el famoso encuentro con Alejandro en que el rey le dice que le pida cualquier merced que desee, a lo que el cínico replica: «Puedes apartarte para no taparme la luz del sol». Muchas historias lo representan como un desmitificador, que usaba expresivas bromas para hacer mella en la pretensión.

Las concepciones de Diógenes fueron retomadas por su discípulo Crates de Tebas en poemas que atacaban la ostentación. Crates a su vez enseñó a Zenón, el fundador del estoicismo, y aunque por razones ideológicas los escritores antiguos