La «libertad griega» y los reyes
Parte del deber de un rey era dar muestra patente de respetar la libertad de las comunidades griegas en su territorio. Los documentos registran los esfuerzos de los generales y los reyes por convencer a las ciudades de que estaban luchando por su libertad. Esta reclamación, hecha en el siglo V por los espartanos y sus aliados, cuando luchaban contra la Atenas imperial, fue posiblemente expresada antes por el regente Poliperconte en 319. Diodoro (18.55) informa de que Poliperconte y sus consejeros, al hacer frente a una alianza de Casandro, Antigono y Ptolomeo, decidieron
dar libertad a las ciudades griegas y derrocar a las oligarquías establecidas en ellas por Antípatro: pues de este modo debilitarían la influencia de Casandro y también se asegurarían una mayor gloria y muchos aliados de consideración.
El cambio, no obstante, estaba redactado en términos de un decreto de los reyes, y en verdad representaba otra invasión de la independencia de la ciudad. El decreto concluye:
Los griegos hemos de aprobar un decreto de que ninguno se oponga a nosotros, y que si uno desobedece, sea exiliado el responsable junto con su familia, y sus bienes confiscados. Hemos ordenado a Poliperconte que siga de cerca este negocio así como los demás. Obedecedle, como ya os hemos escrito anteriormente; pues si alguno deja de respetar estas órdenes, no lo toleraremos.
(Diod. 18, 56)
Varios años después, en el 314, en la más famosa de tales declaraciones (pero en modo alguno la última), Antigono denunció a Casandro en una asamblea general de su ejército, mencionando los crímenes contra la familia de Alejandro y proclamando que
todos los griegos eran libres, exentos de guarniciones y autónomos. Cuando los soldados votaron la moción y Antigono despachó mensajeros a todas partes para anunciar el decreto. He aquí su razonamiento: las esperanzas de los griegos en la libertad los convertirían en aliados llenos de celo en la guerra, mientras que los generales y los sátrapas de las satrapías superiores, que sospechaban que Antigono trataba de derrocar a los reyes que habían sucedido a Alejandro, cambiarían de opinión y se someterían prontamente a sus órdenes cuando vieran claramente que emprendía la guerra en su favor...
Ptolomeo, habiendo sabido del decreto concerniente a la libertad de los griegos que los macedonios junto con Antigono habían aprobado, puso por escrito una proclama con casi las mismas palabras haciendo saber a los griegos que él no se preocupaba menos por su autonomía que Antigono. Cada parte veía que ganar la devoción de los griegos sería de no poca importancia, y de este modo rivalizaban por otorgarles favores.
(Diod. 19. 61, Austin29)
Igualmente, en una inscripción de Skepsis en la Tróade (Asia Menor noroccidental), en una de las muchas copias expuestas en diferentes poleis, hace amplias afirmaciones acerca de cómo tratará a los griegos:
Hemos escrito una cláusula en el acuerdo de que todos los griegos deberían unirse para proteger su libertad y autonomía mutuas, en la creencia de que durante nuestra vida serían en toda la expectativa humana conservados, pero que en el futuro, estando los griegos y los hombres en el poder unidos por juramento, la libertad de los griegos sería garantizada con mucha más seguridad.
(Austin 31, BD 6, Harding 132, RC 1, OGIS 5).26
Autonomía (al menos en una interpretación reciente) significaba no
meramente «autonomía», la libertad de aprobar leyes; significaba independencia real.27 En tales proclamas había una disyuntiva irreconciliable entre la libertad como beneficio del rey y la libertad desde el punto de vista de la ciudad y su clase dominante, para quienes la libertad no era real si se trataba de algo otorgado y retirado al capricho del rey, «una condición pasiva».28
Sin embargo la última frase del extracto deja claro que era un proceso doble, una observación que deriva de la fuente principal de Diodoro sobre los diadocos, Jerónimo de Cardia. Es demasiado simple ver a los reyes como embusteros; las ciudades hostiles eran en potencia sumamente problemáticas, y un rey al que se considerara estar «contra» la libertad griega estaba destinado a que no le fuera muy bien. En este sentido, en ocasiones las ciudades griegas pudieron influir en su destino con un buen resultado.
A veces uno se puede preguntar si los cacareados logros de los reyes fueran bien recibidos por las ciudades, como cuando Lisímaco refundo Éfeso. Un extenso documento de finales del siglo IV (Austin 40, BD 7, RC 3-4, Syll3 344)29 registra el minucioso planeamiento implicado en el esquema de Antígono I de «sinoicizar» — fusionar en una sola ciudad— la diminuta polis de Lebedos en Jonia con su vecina mayor de Teos, y posiblemente trasladar ésta a un nuevo lugar. Como señala Austin en su comentario: «resulta evidente que el plan era el del propio Antígono, impuesto a colectividades reacias y en efecto el sinoicismo nunca se efectuó».30 Sin duda los
motivos de Antígono eran una combinación de previsión estratégica y de deseo de engrandecer su propia fama fundando una nueva ciudad más.
Las consecuencias militares del poder real eran a menudo desastrosas.31 Las ciudades fueron saqueadas y arrasadas durante las guerras entre reyes enemigos. Los reyes podían obligarlas a devolver a los exiliados políticos si esto encajaba en sus propósitos. Las ciudades no estaban ya en posición de formar sus propios ejércitos de ciudadanos como en la etapa clásica; sólo hay ejemplos puntuales de que ofrecieran tropas de ciudadanos a un ejército real y el servicio mercenario era ahora la regla. Los soberanos macedonios invadieron su independencia estableciendo guarniciones, como hizo Filipo V después de haber arrebatado Samos a los Ptolomeos en el 200 sin mediar provocación alguna;32 en tales casos la mayor parte del costo recaía posiblemente en la ciudad ocupada, y la presencia de los soldados producía los trastornos y las interferencia habituales en la vida normal. Se puede concluir que las guarniciones y el acantonamiento de tropas generaban resentimiento, pues: «Los tasios manifestaron a Metródoro, general de Filipo [V], que estaban dispuestos a entregar la ciudad a condición de vivir sin guarnición, de que no se les impusieran tributos ni fuerzas de ocupación y pudieran regirse por sus leyes» (Polibio 15. 24). Este caso muestra, por cierto, que una ciudad-estado fuerte tenía alguna esperanza de sacar ventajas al negociar con un rey.
A veces eran impuestos gobernadores (epistatai). Podían ser ciudadanos locales nombrados para gobernar su propia ciudad; se menciona a Douris de Samos como el «tirano» de su ciudad. Era probable, efectivamente, que un epistates fuera un intermediario, que negociara con el rey en nombre de la ciudad; su papel no era forzosamente represivo por completo, pues podría haber conseguido una reducción de los impuestos reales o del acantonamiento de tropas.33
Con todo, la excepción prueba la regla: las ciudades normalmente esperaban que el rey exigiría phoros, el tributo. Entre las excepciones se cuenta Eritrea en Jonia; la inscripción pertinente sugiere que no se podía suponer que una garantía de exención hecha por un rey sería respetada por su sucesor, y que para asegurarse lo mejor para una ciudad era volver a solicitarla:
El rey Antíoco [I o II] saluda a la boulé y al pueblo de Eritrea. Tarsuno, Pytes y Botas, vuestros enviados, me entregaron vuestro decreto según el cual habéis votado las honras y trajeron la corona con la que nos han coronado, a la vez que el oro para los presentes de hospitalidad, y ellos han hablado de los buenos deseos que en todo tiempo tenéis para nuestra casa ... y además de la estima de que gozaba la ciudad durante los reyes anteriores ... Después de que por Tarsuno, Pytes y Botas quedó patente que, durante los reinados de Alejandro y Antígono, vuesta ciudad permaneció autónoma y libre de tributos ... os conservaremos la autonomía y la exención no sólo de todos los tributos, sino de todas las contribuciones a la Galática ... Os invitamos ... a recordar [a aquellos de quienes] habéis recibido beneficios...
(Austin 183, BD 22, Burstein 23, RC 15, OGIS 223)
Las menciones pasajeras de impuestos regulares y especiales y de cupos monetarios son reveladoras, pues el hecho es que la ciudad, irónicamente, tenía que comprar su exención fiscal; es presumible que se considerara que había un ahorro
fuente segura de metálico antes que arrendar la recaudación de impuestos a un empresario cada año. El donativo de coronas (con frecuencia de oro, un costo mayor para la ciudad) es otra característica común de los tratos de las ciudades con los reyes.34
Los acompañantes y los consejeros
El aura que rodeaba a los reyes se veía realzada por la presencia de acompañantes y soldados. La palabra que se usa en castellano para referirse al círculo de oficiales y partidarios de un rey es «corte» que, sin duda, es exacta para denominar al grupo de adeptos no vinculados a un lugar fijo que suelen viajar con el rey. Aunque esto evoca a la monarquía persa, egipcia y medieval más que algo específicamente griego, también se parece al entorno culto y elegante de los antiguos aristócratas griegos, en particular de los tiranos del período arcaico. Hay diferencias: la «corte» abarca una compleja gama de administradores que a menudo estaban a cargo de grandes territorios, lo cual no era un rasgo de las antiguas tiranías. Con todo, la semejanza es importante, pues nos recuerda que aunque el poder real era, en teoría, absoluto o ilimitado, dependía de un apoyo robusto y leal.
Además de los ayudantes más o menos funcionales, el rey estaba acompañado por «amigos» (philoi), a veces de origen macedonio, pero a menudo de otras ciudades, que le eran leales. Eran escogidos por él, y su sucesor podía no retenerlos. La tradición tenía su origen en la monarquía macedonia, pero era útil para administrar los nuevos territorios y satrapías. Aquellos que eran reclutados entre la élite de una polis tenían un papel mediador importante entre el rey y la ciudad, como cuando ésta tenía que hacer una demanda.35 Los atenienses en esta situación fueron
Filipides de Cefale y probablemente el político Democares. La investigación reciente ha demostrado que, con el tiempo, los atenienses hacia mediados del siglo III llegaron a ver a los amigos de los reyes que eran ciudadanos atenienses como personas bien situadas no sólo para garantizar la buena voluntad del rey hacia Atenas, sino para ejercer una influencia positiva sobre él para satisfacer los deseos de los atenienses.36 A veces los amigos actuaban como una junta de consejeros que podía reunirse formalmente; cuando Polibio dice que el synedrion de Antíoco III se reunió para debatir sobre la revuelta de Molón (5.41; Austin 147), probablemente se está refiriendo a ellos. Después de un servicio distinguido un amigo podía ser premiado, por ejemplo, con un cargo sacerdotal en las ciudades controladas por el rey (véase Austin 175, BD 132, RC 44, OGIS 244; Austin 176, RC 45, ambos referidos a Seleucia de Pieria).37
A veces la relación era informal, como en el caso de Demetrio de Faros, el consejero con quien Filipo V evaluó cómo reaccionar ante la victoria de Aníbal sobre los romanos en 217 (Polibio 5. 101). Algunos consejeros se ganaron una tenebrosa reputación. Se dice que Agatocles de Samos y, especialmente, el tutor del rey Sosibio ejercieron una siniestra influencia sobre Ptolomeo V debido a su inmadurez (Polibio 15, 34-35). Polibio, quien de hecho se oponía a los reyes, advierte que pocos reyes escogían a sus consejeros con cuidado (7. 14. 6).38 Sin embargo, la influencia de los amigos, podía ser presentada de modo benigno, como en un documento que transcribe las deliberaciones de Átalo, hermano de Eumenes II de Pérgamo, junto
con «Ateneo y Sosandro y Menógenes, pero también otros de mis parientes» (anangkaioi, literalmente «personas intrínsecamente vinculadas»; RC 61, líneas 3-5), un cumplido interesante aunque quizá hiperbólico.39 Desde el punto de vista de una ciudad griega, una vinculación especial con un amigo del rey ofrecía una vía incomparable de comunicación con la esfera superior.
Las negociaciones con los reyes y entre las ciudades
Las ciudades no estaban forzosamente reducidas a la impotencia, pues los reyes dependían de su apoyo práctico e ideológico, y a veces era posible un intercambio. Uno puede dar por sentado que las ciudades rivalizaban entre sí en ofrecer regalos y alabanzas a los reyes; de igual modo los reyes podían realzar su reputación de modo más pronunciado al ser considerados como benefactores de las ciudades. El siguiente pasaje proviene de una carta fragmentaria de Seleuco I y su hijo enviada a un funcionario en el santuario de Plutón y Core en Nisa, en Caria:
El rey Seleuco y Antíoco [saludan a] Sopatro.
Los atimbranios [nos envían] en representación a Yatrodos, Artemidoro y Timoteo sobre el tema de los privilegios de poder recibir suplicantes, el derecho de asilo y la exención de tributos. Te hemos escrito para que les favorezcas lo más posible. Pues preferimos siempre agradar a los ciudadanos de las ciudades griegas, haciendo beneficios y no menos contribuir a aumentar piadosamente [las honras] de los dioses para obtener siempre su favor con nosotros.
(RC 9, Syll2 467) A veces el proceso es descrito de modo que se deduce una transacción mutuamente beneficiosa, como en la larguísima inscripción de mediados del siglo III de Esmirna (246-226/225 a.C), cuyo inicio es el siguiente:
Resolución del pueblo, a propuesta de los generales.
Desde antes, en el tiempo en que el rey Seleuco (II) pasó a Seleucis, y muchos y graves peligros amenazaron a nuestra ciudad y su territorio, el pueblo mantuvo su buena voluntad y amistad hacia él, y no fue intimidado por la invasión del enemigo y no pensó en la destrucción de sus posesiones, sino que consideró que todo era secundario al mantenimiento de la política de amistad y a defender los intereses del rey con lo mejor de su capacidad tal como había prometido al inicio:
y como el rey Seleuco, que muestra su piedad hacia los dioses y afecto por sus padres, siendo generosos y sabiendo cómo corresponder con gratitud a sus benefactores, honró nuestra ciudad por la buena voluntad y el celo manifestado por su pueblo hacia sus intereses...
(Austin 182, BD 29, OGIS 229)
¡Es asombroso que la ciudad se presente como la benefactora del rey! Dar por hecho la existencia de lo que se desea realizar es una retórica eficaz.
el período arcaico, las ciudades griegas que entraban en conflicto solían llamar a una tercera ciudad en calidad de árbitro. A juzgar por la creciente frecuencia con que se documenta la acción de la justicia entre los estados, se había convertido en una suerte de industria en el siglo III, tomando en cuenta incluso la mayor regularidad con que los documentos se grababan en piedra. No hay prueba de que se tratara de un procedimiento exitoso generalmente, pero su popularidad implica que era a veces efectivo y en verdad era ampliamente alabado.40 Una razón puede ser que para todos los efectos y fines las ciudades no podían ya levantar ejércitos en el campo para combatir entre sí.
Con frecuencia se agradecía a una ciudad por haber enviado a un grupo de
dikastai (jurados o jueces) para resolver las disputas internas en otra ciudad. El rey
podía aprovechar el sistema: en una ocasión el almirante ptolemaico Filocles de Sidón dispuso que Miletos, Mindos y Halicarnaso enviaran dicastas a Samos para resolver los pleitos entre los ciudadanos. El decreto samiano subsiguiente en honor de los dicastas mindianos se conserva y nos ofrece un panorama de la administración de una ciudad-estado en este período.
Resuelto por el consejo y el demos a propuesta de los prytaneis: Referente a las cosas sobre las que el consejo pidió un parecer preliminar, de modo que los dicastas que vinieron de Mileto y Mindos y Halicarnaso sobre los contratos no resueltos pudieran ser cumplidos:
Mientras, cuando los ciudadanos tengan diferencias entre sí sobre contratos no cumplidos, Filocles rey de los sidonios, queriendo estar en concordia con la polis, escribió que el demos de los mindios debería enviar una corte para conciliar los contratos no resueltos; y los mindios, permitiéndose toda buena voluntad y deseo hacia la reconciliación de los ciudadanos, seleccionaron hombres respetables (kalous k'agathous) y los enviaron a la polis, (a saber) Teocles hijo de Teógenes (y) Hierofanto hijo de Artemidoro; y estos hombres (solucionaron) bien y con justicia todos los casos que les trajeron, juzgando algunos y reconciliando otros, prefiriendo que aquellos de los ciudadanos que habían tenido diferencia fueran reconciliados y llevar sus asuntos públicos en libertad de cargos levantados entre sí.
El consejo y el demos han resuelto que el demos de los mindios sea elogiado por enviar a estos hombres y que estos hombres que vinieron sean también elogiados, (a saber) Teocles hijo de Teógenes (y) Hierofanto hijo de Artemidoro, por haber reconciliado bien y apropiadamente algunos de los casos y juzgado otros; y coronarlos con una corona de oro y proclamar la corona en el festival trágico de las Dionisíacas, y que sean ellos proxenoi de la polis y benefactores, y que la ciudadanía les sea otorgada en términos similares e iguales, y asignarlos en una tribu y mil cien y genos41 exactamente como otros samios; y que
el privilegio de sentarse delante esté a su disposición en cualquiera de las luchas que la polis organice; y que el acceso al consejo y al demos les sea dado en primer lugar después de los sacrificios y los rituales reales; y que tienen el derecho de navegar dentro y fuera, en tiempos de paz y de guerra, sin sylé y sin tregua; y que las autoridades establecidas después velen por sus necesidades.
Y de este modo el demos de los mindios puede saber que ha sido votado (ha sido resuelto) escoger un emisario que, viniendo de Mindos, lleve el decreto al consejo y al demos; y lo inscriba en una piedra stêle
(pilar) y la erija en el santuario de Hera; y que el secretario del consejo cuide la inscripción, y el tesorero procure el gasto de la stêle y la inscripción. Y que tales gastos sean disponibles para el emisario como el
demos determine.
El emisario escogido fue Esquilo hijo de Ampélides.
(Austin l35, SEG i. 363)42
Podemos determinar los diversos magistrados de los samianos y sus funciones, así como ver la manera en que una polis mediana infla su importancia con un lenguaje florido, legalista y repetitivo. Muchas de las frases del documento son parecidas a las de decretos similares de Samos y otros lugares y se convirtieron en cumplidos habituales en las relaciones diplomáticas. La manera en que el documento pasa de la voz activa a la pasiva, no obstante, sugiere que es obra de un comité en funciones o que se presentaron una serie de enmiendas de los asistentes a la asamblea, donde cada orador trataba de sobrepujar al previo en generosidad.
En Creta en el siglo II pudo haber existido un sistema de arbitraje ordinario, el koinodikion, para arreglar las disputas particulares entre miembros de diferentes poleis.43 A veces una ciudad arbitraría o mediaría entre otras dos, como cuando un tribunal de jueces de Mileto fue llamado para resolver una disputa fronteriza entre Esparta y Mesenia (Burstein 80, Syll2 683,1. Olympia, 52; cf. Tácito, Anales, 4. 43. 1-6).44 En otros casos un rey podría ser llamado a arbitrar. En la década de 280, Samos y Priene recurrieron a Lisímaco en relación a su antigua disputa sobre el territorio de Anea en Asia Menor continental. Cada parte citó precedentes históricos y parece que el rey en persona escuchó a sus emisarios y expresó irritación con los prienenses al decir a los samios: «Si hubiera sabido que habíais tenido esta tierra en posesión y la habíais ocupado por tantos años nunca habríamos aceptado oír el caso» (BD 12, Burstein 12, RC 7, OGIS 13, líneas 4-6), y les dio la razón. Es digno de