Presentación
El Levítico toma su nombre de la tribu de Leví, por su contenido cul- tual, que incumbe a los sacerdotes. Su origen nos sitúa en el Sinaí, aunque su redacción es del 500 al 400 a.C., en el postexilio, una vez que ha desapa- recido la monarquía y ha nacido el judaísmo, de manos de la tradición sacerdotal.
Su principio clave se basa en la santidad de Dios que nos invita a que también nosotros seamos santos,
Presenta leyes y normas referentes a ritos y sacrificios para celebrar y fortalecer la fe. Pone énfasis en la elección de Israel, para que sea santo, y para conseguirlo lo motiva intensificando la práctica del culto, integrando su piedad cultual en una moral de fidelidad y relacionando normas y ritos con la Alianza del Sinaí.
Telón de fondo teológico de este libro es el mandato: «sed santos, por-
que yo, vuestro Señor, soy santo».
Las leyes y normas ayudan a vivir la alianza con Dios: leyes de con- ducta social, de relaciones interpersonales, de vida sexual, y de ciertas enfermedades como la lepra; normas sobre el ejercicio del sacerdocio, so- bre los sacrificios y sobre las relaciones con otros pueblos politeístas.
Estudia, pues, el ritual de los sacrificios y la investidura de los sacer- dotes, la ley de la santidad y las leyes de la pureza ritual, el gran día de la expiación, el descanso sabático y calendario de fiestas, para terminar con el apéndice de los tributos y tarifas a favor del templo.
Lectura Bíblica
(A modo de síntesis.)de referencia para entender mejor el esfuerzo de Israel para evitar la influencia agobiante de las culturas religiosas contemporáneas de Egipto y Canaán.
· Ritual de sacrificios (1-5)
En los cinco primeros capítulos se ofrece el ritual del holocausto, de las ofren- das, del sacrificio de expiación y comunión.
Los sacerdotes velarán para que el fuego permanezca siempre encendido so- bre el altar, prepararían la ofrenda vegetal sin levadura. Tanto el sacrificio de ex- piación como el de reparación se harán en el altar de los holocaustos, siguiendo el ritual prescrito y en el sacrificio de comunión una porción de la víctima es para el sacerdote.
· Investidura de los sacerdotes. (6-10).
Se comienza con el rito de la consagración de Aarón y sus hijos derramando el óleo de la unción sobre las cabezas para seguir con las ofrendas de los sacrifi- cios. A continuación los nuevos sacerdotes ofrecerán sus primeros sacrificios, para finalizar con unas normas sobre la prohibición de bebidas alcohólicas y sobre la porción que corresponde a los sacerdotes.
· Leyes de pureza ritual (11-16)
Especifica que animales son puros e impuros, los que pueden comerse y los que no pueden comerse.
Prescribe la purificación a la parturienta a los cuarenta días de dar a luz y la circuncisión del niño varón a los ocho días.
Describe la enfermedad de la lepra y la responsabilidad del sacerdote de de- clarar puro e impuro al que ha sido minuciosamente examinado, y condena al enfermo a ir mal vestido, a vivir aislado y a gritar: ¡impuro, impuro! Y desarrolla el rito de purificación con todo detalle.
Pasa a estudiar las impurezas del varón y de la mujer, para después comple- tar, analizando caso por caso, las relaciones sexuales detestables.
· El gran día de la expiación.
Llevarán dos chivos a la asamblea; uno será sacrificado al Señor, y otro para Azazel sobre el que Aarón pondrá sus manos sobre la cabeza, descargando así
sobre él los pecados del pueblo y lo enviará al desierto. Esta expiación se hará una vez al año por todos los pecados de la comunidad.
· La ley de la santidad (17-26) es un código legal autónomo, sobre la
totalidad de la vida: trato a los animales, relaciones interpersonales, cues- tiones morales, cultos prohibidos, tiempo y lugares sagrados.
A la luz del principio «sed santos, porque yo, el Señor, soy santo», se enrique- ce todo el contenido del Decálogo.
Recuerda las exigencias de santidad del sumo sacerdote y de todos los sacer- dotes y enumera el calendario de fiestas – «sábado, Pascua, Pentecostés, Ex- piación y fiestas de las tiendas», uniendo algunas prescripciones complemen- tarias sobre la luz permanente de las lámparas del Candelabro, la masa de los panes de la preposición, la aplicación de la ley del talión y los años santos, sabático y jubilar. Todo bajo la promesa –«yo viviré en medio de vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo»–.
Apéndice: Se cierra el Levítico con el tema de las tarifas e impuestos para el cumplimiento de promesas de personas, animales, cosas, tierras patrimoniales y sacralidad de los diezmos.
Sugerencias
· El precepto del Levítico: «Sed santos, porque yo, vuestro Señor, soy santo», nos invita a vivir el pensamiento de que para ser santos hay que
hacer lo que Dios quiere, como Dios quiere y porque Dios quiere. · ¿Cómo programarías un plan de vida cristiana teniendo presente la enseñanza del Levítico y el mandato Evangélico: «sed perfectos como
vuestro Padre Celestial es perfecto en el amor».
· Analizada la función prioritaria del templo en el culto con sus pro- gramas litúrgicos y pastorales ¿crees que al potenciar su dimensión cul-
tural potenciando con exceso su valor artístico podría dar lugar a desvia-
ciones poco laudables?
· Teniendo sus raíces la doctrina social de la Iglesia en escritos veterotestamentarios, como los años sabático y jubilar, ¿cómo enmarcarías estas instituciones, que describe el libro del Levítico, en las encíclicas so-
ciales desde León XIII a Juan Pablo II, y en los distintos mensajes de los
Jubileos, celebrados en los últimos tiempos?
Historia de los Jubileos.
Como guía para escenificar estos magnos acontecimientos ofrecemos dos ricos sumarios. En el primero, por un lado, analizamos esas dos insti- tuciones: Año Sabático y Año Jubilar, como aparecen en el Éxodo, Levítico y Deuteronomio, desde esa perspectiva de conversión y proyección so- cial, con el descanso de la tierra, su devolución a sus primitivos propieta- rios, la emancipación de los esclavos y condonación de dudas; y por otro lado, profundizamos en el mensaje de Jesús que se convierte el día de gracia en tiempo de amnistía, perdón y salvación.
Y en el segundo sumario, atentos a lo que significan para la cristian- dad las peregrinaciones a Jerusalén, a Santiago de Compostela y a Roma como centro de la catolicidad, nos situamos en el año 1.300, año en que Bonifacio VIII inicia los años Jubilares que después, en el 1.500, Alejandro VI los llamará Años Santos. Eran fechas propicias para la conversión, con gran estima de la confesión, con la práctica de la caridad y las vivencias de la unidad y apostolicidad de la Iglesia.
En los albores del Humanismo y del Renacimiento y en pleno enfren- tamiento del Papa Luna y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, Dios se vale de la canonización de San Luis, abuelo de Felipe, para crear un clima de reconciliación que permite a Bonifacio VIII promulgar y celebrar el pri- mer jubileo con una fuerte explosión de religiosidad popular, en el que participó Dante.
A los cincuenta años, Clemente VI, desterrado en Avignon, convoca el segundo Jubileo que se celebrará en Roma sin su asistencia, pero gracias a Petrarca y a Santos como Santa Catalina de Siena se vive con fuerza el regreso del Papa a Roma.
Con un clima de cisma y bajo un signo de contradicción, Urbano VI convocó el tercer jubileo que no pudo presidir por morir, pero su sucesor, Bonifacio XI ratificó su convocatoria y lo celebró con la ausencia de Fran- cia y España, defensores de Avignon.
del Concilio sobre el Papa, en el s. XV a trancas y barrancas llegan a cele- brarse los jubileos.
El mismo Bonifacio IX opta por una nueva celebración de los grandes éxitos. Su novedad fue la aparición nutrida de penitentes, después flagelantes, que con su penitencia pública imploraban el perdón de Dios para purificar su Iglesia.
Ahora es un laico de la familia Colonna, quien tras recibir las órdenes sagradas se sienta en la silla de San Pedro, con el nombre de Martín V, pacificador y humanista; en el ecuador del siglo XV, celebra el Jubileo en Pro de la paz interna de la Iglesia. Fue el Jubileo de la reconciliación. Uno de los actos más emotivos fue la canonización de San Bernardino de Siena, y entre sus logros están la creación de la Biblioteca del Vaticano y el mece- nazgo de los grandes hombres del arte y las letras, que convierten a Roma en foro religioso y de cultura.
En la nueva celebración jubilar interviene Pablo II, que después de convocarlo, muere; su sucesor, Sixto IV lo lleva a cabo, dejando como tes- timonio la construcción de la capilla Sixtina, en la que trabajan los mejores artistas del momento.
Entramos en el Siglo XVI, con su tendencia a la mundanidad. El grito unánime de la Reforma se extiende por doquier.
Las consecuencias de la Reforma Protestante y los frutos de la Contrarreforma se harán presentes. Alejandro VI, con la marca de los Borja, en clave de fastuosidad y poco esfuerzo por la reforma, celebrará el Jubi- leo en 1.500. Le seguirá Clemente VII, con la Iglesia dividida, con el Jubi- leo del Silencio… Llegará después Julio III bajo el signo de la reforma tridentina, con poca asistencia, pero con la creación de confraternidades de laicos y el trabajo de un Felipe Neri, un Ignacio de Loyola y un Francis- co de Borja.
Pronto las experiencias jubilares se beneficiarán de la renovación de Trento. Gregorio XIII, con la palabra de grandes predicadores, el trabajo de las confraternidades y un Carlos Borromeo, crea una nueva imagen y conciencia cristiana.
Y con la nostalgia de una unidad perdida por la guerra de los treinta años y por el auge de herejías como el Jansenismo, Clemente VIII, en el siglo XVII, sangrando aún la llaga de la ruptura protestante, presenta un
jubileo por la unidad y la conversión, con la asistencia de tres millones de peregrinos y con más de 400 conversiones al catolicismo. Urbano VIII, a su mecenazgo artístico une la intensificación de la piedad, afirmando que Cristo es el verdadero jubileo… El jubileo de Inocencio X fue el jubileo de las mujeres, capitaneado por Olimpia, viuda del hermano mayor del Papa… y Clemente X, coronado a los 80 años, prohíbe las corridas de toros duran- te la celebración de los Jubileos.
Y llegamos al Siglo de las Luces, el siglo XVIII, con su espíritu antidogmático y antirreligioso, con su punto de mira en la supresión de la Compañía de Jesús, baluarte de la fe.
Serán Inocencio XIII y Clemente IX quienes lleven adelante un nuevo Jubileo, con el telón de fondo de la guerra de Sucesión en España.
Benedicto XIII, no el antipapa de Peñíscola, sino el Dominico celoso, más fraile que Papa, desterrará la fastuosidad en los Jubileos y los reves- tirá de austeridad.
El jubileo de Benedicto XIV fue impecable, tal vez el mejor organiza- do; fueron invitados cismáticos y no creyentes y asistieron todas las órde- nes religiosas.
Cuando se fraguaba el huracán de la Revolución Francesa, Clemente XIV disuelve la Compañía de Jesús y convoca un nuevo jubileo, que lleva- rá a cabo Pío VI, sin perfil de especial interés. El cónclave de su elección duró 133 días y sus 24 años de pontificado fueron muy duros, muriendo en el destierro.
Europa arde por los cuatro costados en el incendio de la Revolución Francesa. El siglo XIX se abre con Pío VII en el destierro y Pío IX en el destierro en los Estados Pontificios, pero con estas pruebas se acrecienta la credibilidad de la Iglesia.
De los cuatro jubileos de esta centuria, dos no pueden celebrarse. Pío VII, Benedictino, da quince días de perdón para toda la Iglesia como jubi- leo sin jubileo, y Pío IX, con sus 32 años de pontificado, acudió al mismo recurso, concediendo un periodo de indulgencias en forma de jubileo.
En un clima de Restauración y con la devolución de los Estados Pontificios, tras un cónclave complicado por la práctica del veto, es elegi-
do León XIII, quien, buen diplomático y estimado por todos, celebra el jubileo de la restauración espiritual, con resultados positivos.
Y será el mismo Pío IX quien después de sufrir tantos ultrajes se ve arropado por toda la cristiandad, sobre todo al definir el Dogma de la Inmaculada Concepción, celebra el jubileo a puerta cerrada ante la usur- pación de los Estados Pontificios por los ejércitos de Garibaldi, quedando como prisionero de Víctor Manuel II.
Entramos en el siglo XX con su amalgama entre lo magnífico y lo ho- rrendo: dos guerras mundiales, la plaga del hambre, el holocausto del pueblo judío, los avances científicos y técnicos, la conquista del espacio, la declaración de los Derechos Humanos y con el desfile de los Papas Nobiliarios, desde León XIII a Juan Pablo II.
Los jubileos recobran fuerza: León XIII, a pesar de sus noventa años, tiene energía para ofrecer una experiencia jubilar renovada. Pío XI supo dar fin a la situación del Vaticano con el Estado Italiano en 1.929 con el Tratado de Letrán y se caracterizó como Papa de las Misiones y de la A.C. instituyendo la fiesta de Cristo Rey al clausurar el jubileo de 1.925 para pedir por la paz mundial, la unión de Cristianos y la normalización de la Tierra Santa. En el año 1.933 vuelve a convocar el Jubileo de la Redención. Ahora sobre la tumba de Pedro aparece un hombre polifacético, Pío XII, con su aureola de actividad magisterial y humanitaria como Buen Sa- maritano que grita sin cesar que nada se pierde con la paz y que todo puede perderse con la guerra. La presencia del Papa en las calles en los bombardeos de Roma y el abrir las puertas del Vaticano a judíos y refugia- dos son preliminar del jubileo del Perdón. Como ápice ahí está la defini- ción dogmática de la Asunción y el ruego del Papa a los gobernantes hacia una amnistía generosa con el fin de mitigar las llagas sangrantes del conflicto mundial.
La apostolicidad de la Iglesia cuadra con su romanidad al confirmar las excavaciones arqueológicas que allí está el Sepulcro de San Pedro.
Cuatro años después, en 1.954, vuelve a convocar un jubileo Mariano al cumplirse el primer Centenario de la definición Dogmática de la Inmaculada Concepción.
Tras la renovación del Vaticano II, Pablo VI unirá a toda su labor espi- ritual, magisterial, misionera y canónica la celebración en 1.975 del Año
Santo, la Renovación y la reconciliación, con la asistencia de diez millones de peregrinos y con más de 350 millones que le siguieron por radio y televisión.
Su sucesor Juan Pablo II, polaco con un ejemplar currículo personal como obrero, actor, dramaturgo, sacerdote y sus veinte años de pontifica- do lucha por romper barreras entre el mundo eslavo y occidente con la caída del muro de Berlín. Viajero incansable que en sus correrías apostóli- cas tiene tiempo para convocar el Año Santo de la Redención con el subtí- tulo de Jubileo para los Jóvenes, en concentraciones multitudinarias, ca- nonizaciones y congresos, anuncia el 1 de Enero de 1.987 un nuevo Jubileo Mariano como preámbulo al tercer milenio, que tendrá lugar en Roma y en muchos santuarios Marianos desde Pentecostés a la Asunción.
Y, por fin, cerramos nuestro recorrido por el mundo de los jubileos con el gran jubileo del año 2.000. La Carta Apostólica Tertio Millenio Adveniente es como el Vademécum del catecismo o programa de este gran- dioso acontecimiento que se sintetiza en la bula Convocatoria Incarnationis Mysterium.
· Apólogo «El ciego y la flor». Érase un ciego, que al entrar en un jardín pisa una flor. ¡Cieguecito, cieguecito! ¡Por amor de Dios no me hieras!
¿Eres un jazmín…, una rosa…, una azucena...?. ¡No!, ¡no! Soy una flor silvestre, que ha nacido en este jardín y así recibo el aroma de todas las plantas.
También nosotros, sencillas flores silvestres, hemos nacido y crecido junto a Cristo en su Iglesia y por eso despedimos el buen olor de Cristo.
1.3.2.- NÚMEROS
(36 Capítulos)Presentación
El nombre lo toma de tantos números, censos y listas que presenta, y se divide en tres partes:
En el Sinaí, con censos y leyes. (I-X) / Itinerario del Sinaí a Moab. Exploraciones, rebeldías, intercesión (XI-XXI). / Historia de Balaán y Josué, sucesor de Moisés (XXII-XVI).
Se repite el proceso pecado-castigo, conversión-gracia.
Relata la estancia en el Sinaí y su marcha hacia Canaán, entremez- clando episodios con prescripciones legislativas. Al final se abre hacia el futuro con la profecía de Balaán, la sucesión de Moisés con Josué y la ins- talación en la tierra prometida.
Su autoría hay que buscarla en los exiliados de Babilonia para fortale- cer su fe, recordando su peregrinar a la tierra prometida como si fuera una procesión litúrgica con el arca y las tablas de la alianza.
Desaparecidos los monarcas y casi el profetismo, el protagonismo pasa al colectivo sacerdotal con sus representantes en los escribas y fariseos. Se destaca la tribu de Leví por sus funciones de velar por la santidad de este pueblo, a pesar de sus pecados.
Su fondo es mosaico, que pasa oralmente de generación en genera- ción, y se hace tradición escrita en las fuentes Yahvista, Elohista, Sacerdo- tal, que Esdras redacta definitivamente.
Como parte de la carta magna del Pentateuco su teología se centra en el significado de la teología del pueblo de Dios y en la Teología del desierto como pueblo teocrático, llamado a ser Santo y sometido a prue- bas continuas.
Lectura Bíblica
Habló Dios a Moisés en el desierto del Sinaí: «Haz un censo general de toda la comunidad israelita por clanes y familias».
El número total de aptos para la guerra entre las once tribus ascendió a seis- cientos tres mil quinientos cincuenta. Los de la tribu de Leví no se incluyen y se les confía el servicio de la morada. De los hijos de Aarón, dos mueren y los otros dos, Eleazar e Itamar, ejercen el sacerdocio.
Los leprosos serán expulsados del campamento. Quien peca contra el prójimo restituirá el daño causado. Si la mujer es acusada de infidelidad por celos: si es verdad será objeto de maldición, y si no lo es quedará ilesa.
Quien hace voto de nacir, por el que queda consagrado al Señor, se abstendrá del alcohol, se cortará el pelo y ofrecerá un cordero.
Así será la bendición de los israelitas. El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestra su rostro y dé la paz.
Los levitas fueron pacificados, según el ritual prescrito, rociaron con agua e imponiendo la comunidad sus manos sobre los levitas y éstos sobre las cabezas a sacrificar.
Los israelitas debían celebrar la Pascua de acuerdo con sus ritos; si alguno dejaba de celebrarla cargaría con su pecado.
Instalada la morada, una nube la cubría y mientras permanecía no se movían y cuando se levantaba, partían.
Dos trompetas convocarían a la comunidad y daban la señal de partida. La