2.2 INSTAURACIÓN DE LA MONARQUIA : SAMUEL Y REYES
2) Libro segundo (24 capítulos)
Al recibir la noticia David de la muerte de Saúl y de su hijo Jonatán hizó duelo por ellos y entonó entre llantos una lamentación, porque habían caído dos héroes.
Bajó a Hebrón y los hombres de Judá lo ungieron como rey, mientras en Israel reinaba Isbaal, hijo de Saúl.
vencidos en Gabaón, aunque Abner cada vez se hacía más fuerte en la familia de Saúl, y por eso fue matado como venganza. Desalentado Isbaal por esta muerte, Baná y Recab lo hirieron de muerte en su misma casa. Estos fueron castigados por David. Todas las tribus en Hebrón ungieron a David como rey, quien con sus hombres conquista Sión. Enfrentado en un duro combate vence a los filisteos.
Se dirige a Baalá de Judá para tener el arca: David y todo Israel iban danzan- do al son de arpas y platillos; y ante la muerte de Uzá por tocar el arca, tuvo miedo y en vez de llevarla a su casa, la llevó a casa de Obededón, cuya fortuna acrecentó en los tres meses, que permaneció allí. David mandó buscarla entre gritos de júbilo. Establecida el arca en su casa, Natán le invita a hacerle un lugar digno, pero aquella misma noche el Señor comunicó al profeta que no será David el que le construya una casa, sino que él ha sido llamado para crear una dinastía y una realeza que subsistirían para siempre.
Después de derrotar a los filisteos, edomitas y a otros reyes David adquiere gran prestigio; se entrevistó con Meribaal, hijo de Jonatán, a quien entrega todo lo que pertenecía a Saúl... Vencidos los amonitas, los arameos hacen la paz con Is- rael. Mientras Joab y sus oficiales desbastaban el país de los amonitas y sitiaban Rabá, David se quedó en Jerusalén y al contemplar la belleza de Betsabé, mujer de Urias, la mandó llamar, quien quedó embarazada. A Joab le mandó que pusiera Urias en primera fila de combate, donde murió. Terminados los días de luto, Da- vid se llevó a Betsabé a su casa, donde dio a luz un hijo.
El Señor envió al profeta Natán a David: y le dijo: «había en la ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas, mientras que el pobre solo tenía una oveja que comía de su comida y dormía junto a él; era como una hija para él. Un día llegó un huésped a casa del rico y éste no quiso despren- derse de una de sus ovejas, sino que robó al pobre la oveja y la preparó para el huésped».
David se enfureció y dijo: Vive el Señor que quien hizo tal cosa merece la muerte y pagará cuatro veces más.
Entonces Natán dijo a David: «¡Ese hombre eres tú! Hiciste matar a Urias y te apoderaste de su mujer. Has despreciado al Señor, haciendo lo que le desagrada.» David reconoció ante Natán que había pecado contra el Señor. Natán le res- pondió: el Señor perdona tu pecado y por haber ultrajado al Señor morirá tu hijo. Rogó por su hijo con ayunos y penitencias. Después consoló a Betsabé, quien le dio otro hijo, que llamó Salomón.
Se reunió con Joab y atacando a Rabá, capital de los amonitas, se apoderó de ella. Absalón odiaba a Amnón por violar a su hermana Tamar, a quien mató. Ce- sada la ira del rey contra Absalón le abrazó. Después Absalón se rebeló, consi- guiendo que todas las tribus de Israel lo nombrarán rey en Hebrón. Informado David tiene que huir con toda su corte por el torrente Cedrón hacía el desierto.
Sadoc y todos los levitas llevaban el arca de la alianza, que la trasladaron hasta Jerusalén. Apenas había traspasado la cumbre, Sibá, servidor de Meribaal, salió a su encuentro con dones para el rey y sus seguidores. También salió a su encuentro un hombre de la familia de Saúl, Semey, maldiciéndolo y tirándole pie- dras. ¡Vete, vete malvado! Aquí tienes la desgracia que mereces. Déjame, dijo Abisay que vaya y le corte la cabeza. ¡No! Dejadlo que me maldiga, tal vez el Señor cambie esta maldición por bendición.
Absalón entró en Jerusalén aclamado por todos: ¡Viva el rey, viva el rey! Pronto se encontró frente a frente con los hombres de David; iba montado en un mulo y al pasar por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza se la enredó entre las ramas, quedando colgado, mientras el mulo seguía, y tomando Joab tres flechas se las clavó en el corazón y diez jóvenes lo golpearon hasta rematarlo, echando su cadáver en una gran fosa . Un cusita, por orden de Joab, fue a dar la noticia a David. El rey se estremeció y se lamentaba entre sollozos; ¡Hijo mío ¡ ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar! Aquél día la victoria se convirtió en luto.
Quien salvó a Israel de los filisteos tuvo que huir del país a causa de su hijo; se puso en camino de regreso a Jerusalén y los de Judá y Meribá salieron a su encuen- tro. Un hombre malvado, Sibá, sedujo a los hombres de Judá y empezaron a aban- donar al rey, pero Joab le atravesó el vientre con su espada.
Hubo tres años de hambre y mueren ahorcados los siete hijos de Saúl. Estalló de nuevo la guerra entre los filisteos y estos gigantes mueren a ma- nos de David, que entonó un canto al Señor, porque los había librado de todos sus enemigos.
Y se cierra el libro con las últimas palabras del ungido del Señor, reconocien- do todas las gracias que ha recibido y la estabilidad de su dinastía.
Sugerencias
· Dos ejemplos de ayer que son válidos hoy para todos los que os- tentan alguna autoridad.
En tiempos difíciles para la Iglesia, siglo de hierro del Papado, recor- damos con cariño la figura de un pagano convertido al cristianismo, que llega a ser rey de Hungría, San Esteban. Se distingue por su espíritu justo y pacífico, y su coherencia con sus convicciones cristianas. A su hijo le aconseja que sirva de ejemplo a todos sus súbditos por su fe y justicia, por su entrega al servicio y acogida de los extranjeros, y que la misericordia y la firmeza en la defensa de los valores que construyen la persona sean las perlas que compongan su corona real.
No menos aleccionador fue el testamento espiritual de San Luís, rey de Francia, a su hijo, en los años en que en la Iglesia aparece una gran
pleyade de sabios y santos, instituciones sociales con universidades y cen-
tros de acogida para pobres y enfermos.
Ama a Dios, a Cristo y a la Iglesia hasta el punto de morir antes que pecar. En los días de aflicción confía en el Señor, y en los días de triunfo no te vanaglories. Sé generoso con los pobres y está siempre a su lado. Con tus súbditos obra con rectitud y justicia, sin favoritismos. Aleja de tu terri- torio la blasfemia y la herejía. Haz que tus súbditos vivan en paz. Te ben- digo como padre que quiere lo mejor para su hijo y para su pueblo…
Sirven de ejemplo para nuestro tiempo la figura de Shuman, padre de la Europa moderna, y de Balduíno, rey de Bélgica.
El hilo conductor de los libros de Samuel –La vida y sus manipulacio- nes– ofrece datos suficientes sobre la vida como don de Dios y sus múlti- ples manipulaciones en mano del hombre: concepción y mantenimiento de Samuel, constantes enfrentamientos entre David y Goliat, David y Saúl, Anmón y Absalón, filisteos y amalecitas y ejecución de los descendientes de Saúl.
Tu vida es de gran precio a los ojos de Yahvé (Samuel 26) Culturas de vida y de muerte frente a frente.
Defensa de la vida.
Ya en el primer libro de la Biblia el autor sagrado presenta a Dios haciéndonos el gran regalo de la vida como el don más preciado de su obra y transmitiendo al hombre la misión de amar, promover y defender la vida, viviéndola en plenitud, desarrollándola en su totalidad y comuni- cándola con generosidad.
¡Cómo debemos mimarla al ser frágil como vaso de arcilla en manos del alfarero¡
Muestrario de una cultura de muerte.
La nefasta destrucción de la vida cuenta con la aprobación de un gran sector de la sociedad, incluso de los parlamentos, es perpetrada por mu- chos profesionales de la salud, que deberían ser defensores de la vida y reviste características sin precedentes
La divulgación de la eugenesia o planificación de seres superiores con la eliminación de los inferiores, el mito de la sobrepoblación de Malthus, las técnicas de reproducción artificial, los anticonceptivos , la clonación, el aborto, la manipulación de embriones, la eutanasia, guerras, armamentismo, drogadicción, violencia doméstica, la eliminación de en- fermos terminales, etc., son algunos de los rostros de la muerte hoy.
Encíclica «Evangelio de la vida» de Juan Pablo II.
En la cultura de muerte se ha impuesto más la razón de la fuerza que la fuerza de la razón. Este documento es una llamada al compromiso de los dos mandatos bíblicos «crecer y multiplicaos., no matarás», recordan- do el juramento de Hipócrates en defensa de la vida. En resumen, la Encí- clica habla del valor y carácter inviolable de la vida humana y de su defen- sa contra todas las amenazas desde una auténtica libertad.