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4. DIMENSIONES ESENCIALES DE LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL DE JACQUES MARITAIN

4.0. Presentación de las obras analizadas

4.1.3. Libertad y Ética

Otro tema clave en la concepción antropológica de Jacques Maritain tiene que ver con su reflexión sobre la libertad. En la obra Du régime temporel et de la liberté (1933) plantea que, con la Crítica de la razón práctica de Kant, quedó firmemente establecida la oposición entre naturaleza y libertad. Así, la naturaleza era entendida como un entramado de hechos puros, deterministas, matemáticos, sin encaje con lo trascendente ni ley ordenadora alguna. La libertad y la moral quedaban, de este modo, separadas del orden natural.

Este planteamiento deja a la ética en una situación precaria. Todo contacto de la moral con la naturaleza no podría desembocar más que en un eudemonismo, en el que la felicidad sería el fundamento de la moral. Así pues, después de Kant, existen éticas formales (como la del propio Kant) y éticas materiales (a la postre, eudemonísticas).

Maritain plantea que el sistema tomista, en cambio, constituye una auténtica filosofía de la libertad:

Notre dessein, dans le présent essai, est de montrer brièvement que la philosophie de saint Thomas n‘est pas seulement une philosophie de la nature ou plus généralement de l‘être, mais aussi, et cela avant tout dans la perspective de la vie morale, une philosophie de la liberté (Maritain, 1933, pág. 326).

En Santo Tomás, naturaleza y libertad están unidas; para él, la libertad es esencial a la naturaleza racional del hombre. Así, la libertad queda fundamentada sobre la naturaleza (Hegel intentará también esta unión, aunque acabará por identificar ambas).

Según Tomás de Aquino, la voluntad humana deriva de su propia naturaleza, e incluso se puede decir que la constituye. Esta voluntad se inclina naturalmente hacia el bien de dos maneras:

- En primer lugar, se inclina a “lo que es bueno para mí”.

- En segundo lugar, se inclina a la búsqueda de algo superior que colma todo deseo, a lo cual tiende de forma necesaria.

Por tanto, Santo Tomás distingue entre un bien absoluto, al que la voluntad tiende de forma necesaria, y un bien particular, hacia el cual el ser humano es libre de tender o no, y que es denominado “libre arbitrio”; es decir, el ser humano es capaz de ser indiferente a todo bien particular. Podemos decir por ello que para Santo Tomas la libertad es la naturaleza de la voluntad y de la inteligencia.

Pero este libre arbitrio no es concebido como una especie de divinidad incuestionable, sino que está condicionado por la afectividad, los instintos, las pasiones y los deseos sensibles y espirituales. ¿Cómo entiende Santo Tomás que estamos llamados a navegar entre esta determinación necesaria de la voluntad hacia el bien absoluto y el libre arbitrio condicionado? Para él, la inteligencia despierta nuestra capacidad infinita de amar (determinación necesaria). Desde

condicionamientos. Es decir, la declaración especulativa de la inteligencia debe ser completada con una decisión práctica de la voluntad. De este modo, inteligencia y voluntad juntas propician un acto libre. La voluntad se guía por la eficiencia del amor: amando las cosas, la voluntad las considera amables.

Así pues, para Santo Tomás, ser libre significa ser dueño del propio juicio, siendo la libertad una propiedad esencial de nuestra naturaleza espiritual, cuyo presupuestos son la inteligencia y la voluntad.

Para algunos filósofos, como Descartes, la libertad es la esencia divina. También para Santo Tomás el acto creador de Dios es libre, y esta libertad se fundamenta sobre la propia naturaleza divina.

Tomás hace referencia a la importancia de la espiritualidad en la infancia, donde se alumbran los primeros atisbos de libertad. A partir de ahí, toda la vida humana se plantea como la posibilidad de optar por amar el bien que hay en sí, lo cual significa optar por Dios y buscar en él la felicidad. Esta opción es, al mismo tiempo, la obligación moral principal, nacida de nuestra condición de seres libres.

Conectando la libertad con la moral, Santo Tomás distingue dos tipos de saberes: - Especulativos (conocer por conocer).

- Prácticos (conocer para actuar), como la moral.

Así pues, para Santo Tomás, la moral requiere, además de la metafísica, la experiencia, ya que la moral no es un conocimiento especulativo sino un saber práctico (planteamiento derivado de la Ética a Nicómaco). Por ello la moral no es considerada una parte de la metafísica, sino una línea propia fuera de todo orden especulativo.

En la moral, los fines humanos juegan el mismo rol que los principios en el saber especulativo. Es decir, no existe moral sin atención a los fines del hombre. La moral no busca constatar hechos, sino saber lo que hay que hacer. Jacques Maritain la considera como la ciencia de la libertad.

En el discernimiento práctico concreto es necesaria la prudencia, que regula de forma inmediata el uso de la libertad. Por eso plantea Santo Tomás que para actuar bien no sólo es precisa la metafísica y la moral, sino también la prudencia en la inteligencia.

Nuestra libertad se orienta al fin último de participar de la naturaleza de Dios. En el plano de la comunidad humana, se orienta a construir la ciudad, cuyo bien común será el de la persona. De este modo, la libertad para elegir el bien es la condición para el progreso del alma.

Aún en Du régime temporel et de la liberté (1933), Jacques Maritain hace referencia a lo que denomina el “dinamismo de la libertad”. Según el autor, el ser humano está dotado de libertad inicial o libre arbitrio, lo cual es un don metafísico. Pero desde ahí, y como consecuencia de la propia naturaleza humana, el hombre está llamado a conquistar la libertad de autonomía, que debe fructificar en lo psicológico y en lo moral. A esto es a lo que llama “dinamismo de la libertad”.

Maritain entiende la búsqueda espiritual de todas las tradiciones como un camino de conquista de la libertad, entendida como condición sobrehumana de la persona. No obstante, un error habitual ha sido confundir libre arbitrio y libertad de autonomía. Dicho error consiste en entender que el ser humano no debe limitar su voluntad adhiriéndose a ningún fin último de su vida. De este modo, el libre arbitrio queda desarraigado, tiene a diluir la personalidad, la libertad propiamente dicha y la capacidad de amar.

La libertad no es ni esencia ni forma de la moral, sino un pre-requisito de ésta. Es la consonancia con la razón lo que constituye formalmente la moral. Para Maritain, la libertad perfecta es la total unión con Dios, la santidad, y la libertad para hacer siempre el bien. La adhesión a Dios comporta dos aspectos:

- Inteligencia (libertad de exultación, sabiduría). - Voluntad (libertad de autonomía, amor).

En la libertad de exultación existe indiferencia hacia todo lo creado, pero no hacia Dios. Así pues, todo el misterio de la conquista de la libertad tiene que ver con la relación con Dios. Sigue en esto a San Pablo y a San Juan de la Cruz. Para éste, Dios es más nosotros mismos que nosotros mismos, y constituimos “dos naturalezas en un sólo espíritu de amor”.

Cuando hacemos el mal o cuando obedecemos la ley sin adherirnos a ella, estamos actuando desde la falta de libertad. La función de la ley moral es pedagógica; una vez acabado el proceso pedagógico, no es necesario obedecer leyes, sino que se hará por propia inclinación.

También la filosofía política se basa en la libertad. Según el autor, existen tres filosofías de la libertad:

1.- La primera entiende la libertad como libertad de elección, y la considera como fin en sí misma. Se trata de una filosofía liberal - individualista cuyo único límite es la libertad del otro y que no atiende a la justicia ni al bien común. Desemboca en una disolución anárquica de la sociedad.

2.- La segunda se basa en una comprensión de la libertad como libertad de autonomía, pero encarnada en el fin supremo del Estado (Hegel), entendido como un Leviatán que esclaviza a los hombres entregados a él. Se produce así una búsqueda de los fines temporales y el olvido de los intemporales.

3.- La tercera es la que defienden Santo Tomás y Maritain. Su planteamiento consiste en que es necesario dotar a los hombres de condiciones más humanas, pero con el fin último de avanzar hacia la libertad final completa. De este modo es posible construir la ciudad, basada en la justicia y la amistad.

En resumen, la filosofía política de Maritain es comunitaria (porque se orienta hacia el bien común) y personalista, y concibe al ser humano como ser dotado de libertad de elección y llamado a la conquista de la libertad de autonomía.

En Lettre sur l‘indépendance (1935) también hará mención al tema de la libertad. En esta obra plantea que, si la independencia del filósofo proviene de la libertad intelectual, la libertad del cristiano proviene de la fe. De este modo, el cristiano debe responder según sus convicciones a sus obligaciones políticas, siendo así testigo de lo espiritual. Más concretamente, en referencia al filósofo cristiano, Maritain afirma que su objeto de atención deben ser los cambios reales contemplados desde las verdades inmutables, permaneciendo firme en una total libertad.

En Humanismo integral (1936), Maritain retoma también el tema de la libertad y la moral. En esta obra afirma que, para el fariseísmo o el supermoralismo, la moral es un código de fórmulas puras a las que debe acomodarse la acción humana. Son, por tanto, fórmulas aisladas de todo contacto con la vida.

En cambio, Maritain concibe los principios morales como reglas sobre la actividad concreta que no pretenden devorar la vida, sino construirla. De este modo, la política y el bien común pueden aceptar un mal menor, ya que se ocupan de entes encarnados; es decir, actúa en la existencia real, no en el mundo de las esencias puras. Maritain acepta que este planteamiento puede conducir a comportamientos distintos a los que llevarían las consideraciones puramente abstractas, pero es el único modo práctico de lograr que la política quede subordinada a la moral, lo cual la convierte en humana.

Maritain considera que es difícil manejar la moral, especialmente “desde que se ha vuelto kantiana”.16 Sin embargo, el autor considera que la ética17 debe tener siempre en cuenta los fines de la vida humana, ya que puede causar grandes males una ética impuesta desde fuera. La moral exige evitar el mal, o deshacerlo; y, si ninguna de las dos cosas es posible, al menos reconocerlo.

Maritain entiende la moral como un entramado de leyes y principios universales que nos impelen a buscar el bien, lo cual supone concretar un testimonio de Dios.

16 Es decir, desde que se ha vuelto procedimental; o sea, que ya no busca los fines de la vida, sino que debe

Decíamos que la política está encarnada en la realidad concreta; las vicisitudes y la complejidad de la realidad a menudo exigirán aceptar el principio del mal menor. Este principio se suele usar mal, ya que frecuentemente se toma como pretexto para no actuar. Sin embargo, Maritain considera que se trata de un importante principio ético.

Otro error frecuente consiste en pretender castigar al que obra mal; sin embargo, esto no es misión de cada uno de nosotros, sino de los jueces y educadores (y, en última instancia, de Dios): no eres su juez sino su hermano (Maritain, 1936, pág. 272). Esto no significa que no haya que denunciar la injusticia, pero no tenemos que retribuirla, a menos que tengamos jurisdicción sobre el asunto.

En Confesión de fe (1939) Maritain plantea que Grecia creía en la contemplación como superior a la acción, pero erró al creer que la raza humana existía para beneficio del filósofo. La esclavitud y el menosprecio del trabajo son consecuencia de esta actitud. La cristiandad, en cambio, operó una profunda transformación sobre este planteamiento al declarar la superioridad del amor sobre la inteligencia. De este modo, para el cristianismo, la contemplación se centra en el amor de Dios que conduce al servicio a los demás; así se salva la idea griega, pero se la libera del error. El cristianismo rehabilita de este modo al trabajo, al que da valor de redención.

Para el cristianismo, el conocimiento se hace fructífero por el amor, ya que se transforma en acción y en entrega por abundancia de amor. De este modo, la acción proviene de y es vivificada en la contemplación. Por ello, la más alta contemplación conduce a la más alta libertad, ya que libera al hombre de toda servidumbre, incluso de la ley, cuya obediencia le surge de modo espontáneo.

La libertad a la que podemos aspirar en el orden temporal debe estar en consonancia con nuestra condición humana y terrestre. A esta libertad la llama Maritain “libertad de expansión”. El autor considera que la sociedad política debe ofrecer a cada hombre las condiciones de vida que posibiliten la conquista de su libertad de expansión y su florecimiento en la vida moral y racional, siendo la justicia y la fraternidad los fundamentos de la vida social.

Maritain continúa tratando el tema de la libertad en Principes d‘une politique humaniste (1944). En esta obra da por conocida la diferencia entre libertad de independencia y de elección, aunque la expondrá de forma sucinta. Plantea que la libertad de independencia (o de exultación, autonomía, florecimiento) presupone la de elección (o libre arbitrio), aunque son distintas:

a) El libre arbitrio o libertad de elección supone la existencia de múltiples condicionantes (instintos, tendencias, disposiciones físico-psíquicas, hábitos, carga hereditaria...). El libre arbitrio supone elegir en cada momento si se opta o no por las inclinaciones naturales. Maritain propone la metafísica tomista como vía para conocer el libre arbitrio. Según ésta, el espíritu comporta una cierta forma de infinitud, el deseo de un bien sin límites que le colme absolutamente, y que puede ser entendido como inclinación a la felicidad. Cuando nuestra inteligencia se sitúa frente a bienes que no son el Bien absoluto, se guía según un juicio práctico proveniente de la voluntad. Es decir, por un juicio que es especificación eficaz de la voluntad. Por tanto, en el acto libre están implicados inteligencia y voluntad, aunque la voluntad (energía espiritual de capacidad infinita) ostenta el dominio sobre la inteligencia y sus juicios.

b) Libertad de independencia. Es esencial en toda civilización el respeto a la dignidad humana; ese respeto implica estar dispuestos a dar la vida por la libertad y los derechos humanos. ¿Cuál es el valor de la personalidad humana para merecer esos sacrificios? ¿Qué es, en definitiva, la persona humana? La libertad de espontaneidad supone poder actuar en virtud de la inclinación natural interna sin sufrir restricciones o coacciones externas. Cuando esta libertad de espontaneidad está referida a la naturaleza espiritual, se convierte en libertad de independencia (que, como sabemos, presupone el ejercicio del libre arbitrio). Ser una persona independiente significa ser dueña de sí; es decir, la personalidad es inseparable de la libertad de independencia. Ambas crecen juntas, de modo que el movimiento principal de toda la historia humana es el de la conquista de su ser, su libertad de independencia. Dios es libertad e independencia en acto puro. Su existencia equivale a su acto puro de conocer y amar. Dios es creador increado en el que esencia es igual a existencia. Aunque el ser humano es un espíritu sometido a una condición carnal, su aspiración de conquista de la libertad subsiste indefectiblemente.

Así, las aspiraciones de la personalidad provienen tanto de su condición humana como de su condición de persona que participa de la perfección trascendente. Se trata, por tanto, de una aspiración de libertad compatible con las condiciones terrestres.

Con otras palabras, tendemos a una libertad pura que sólo pertenece a Dios. Es crucial distinguir la verdadera libertad de la falsa:

- La falsa libertad es univocista e inmanentista. Esta falsa libertad considera que sólo existe autonomía si las reglas provienen de la propia persona. Esto es tanto como reclamar para el hombre una libertad divina; es decir, es como pretender tomar el lugar de Dios.

- La verdadera libertad se entiende a través de los conceptos de analogía y trascendencia divina: en Dios existe libertad absoluta. En nosotros existe libertad relativa en la medida en que interiorizamos por el conocimiento y el amor la ley a la que obedecemos. No existe, por tanto, una imposición violenta de Dios. Así, la autonomía de un ser inteligente no consiste en rechazar toda regla, sino en conformarse voluntariamente a las reglas justas y verdaderas. El hombre no nace libre, sino que se va haciendo libre a medida que ejerce su libertad.

Tras analizar brevemente el tema de la libertad, Maritain plantea ahora algunos los problemas a los que éste conduce, derivados de un falso concepto de emancipación política:

La conquista de la libertad ha sido el ideal histórico socio-político en los dos últimos siglos. La falsa emancipación política se basa en una falsa manera de entender la conquista de la libertad. Los grandes movimientos democráticos modernos han buscado la emancipación desde falsos presupuestos que han olvidado su raíz evangélica, desde una falsa filosofía que ha propiciado errores y negaciones de su principio vital. Un testigo claro de esto es la catástrofe totalitaria; la 2ª Guerra Mundial ha sido su prueba de fuego y sangre, y está propiciando una purificación radical y una renovación necesaria.

La falsa idea de emancipación política se basa en la concepción antropocéntrica de Rousseau y Kant, según la cual el hombre es libre si sólo se obedece a sí mismo. Esta

divinización del hombre conduce a un ateísmo práctico, a la desaparición del bien común y a la destrucción de la idea de autoridad. Del mismo modo, la divinización social del hombre conduce a la divinización social del Estado, que se convierte así en monstruo inhumano y totalitario.

En cambio, para Maritain, la verdadera deificación del hombre consiste en abrirse al don que Dios hace de sí mismo al descender a la criatura. Ahí es todo obra del amor, y la ley es entendida sólo como educadora de la libertad. Cuando el amor sigue a la ley, libera al hombre de toda servidumbre -incluida la propia de la ley-. Por eso escribe Santo Tomás que el espíritu nos mueve como a personas libres, ya que el espíritu nos inclina a actuar según nuestra voluntad auténtica.

La voluntad se ordena naturalmente hacia lo que es bueno. Por esto Maritain -siguiendo a Santo Tomás- entiende que quien actúa bajo el dominio de una pasión, vicio o mala disposición, no es libre. El Espíritu inclina la voluntad al auténtico bien, al deseo más profundo del hombre. Se produce así una doble liberación: de la pasión y el pecado que someten su voluntad, y del servilismo a una ley heterónoma que también somete su voluntad.

Por eso afirma San Pablo que, si somos conducidos por el Espíritu, no estamos sometidos bajo la ley.18

En conclusión de todo lo anterior, lo sociopolítico permanece diferenciado de lo espiritual, pero es elevado por la savia que proviene del alma. Esa es la marcha histórica de la civilización hacia la libertad relativa, en consonancia con el movimiento suprahistórico del alma hacia la aspiración transnatural de conquista de la libertad absoluta.