4. DIMENSIONES ESENCIALES DE LA ANTROPOLOGÍA SOCIAL DE JACQUES MARITAIN
4.0. Presentación de las obras analizadas
4.1.4. Transcendencia y humanismo integral
Llegamos en este punto a un aspecto central en la obra de Jacques Maritain. Ya desde la introducción a Du régime temporel et de la liberté (Maritain, 1933), el autor plantea que este libro gira en torno a su concepción de un humanismo integral o teocéntrico que puede propiciar una renovación del régimen temporal basada en lo espiritual.
Para Maritain, todo humanismo se ocupa del desarrollo y la cultura humana: desarrollo material, moral, actividades especulativas, prácticas, artísticas, éticas... No hay cultura no humanista. Pero la cuestión es elegir entre dos concepciones del humanismo: el humanismo cristiano teocéntrico -integral- o el humanismo renacentista antropocéntrico - inhumano-:
Le débat qui partage nos contemporains, et qui nous oblige tous à un acte de choix, est entre deux conceptions de l‘humanisme : une conception théocentrique ou chrétienne, et une conception anthropocentrique (Maritain, 1933, pág. 394).19
La religión forma parte del ser humano; ¿cómo puede, por tanto, ser excluida por el humanismo antropocéntrico? Para solventar esta objeción, el humanismo antropocéntrico se ve en la necesidad de cambiar al hombre y “hacerlo ateo”. Así, para quienes comulgan con esta versión humanista, todo es inmanente, todo está contenido en la historia del hombre.
Para el humanismo integral, en cambio, inmanencia significa también que lo espiritual está necesariamente ligado a la persona. Maritain hace alusión a su idea de la presencia de Dios en cada hombre de este modo:
Dieu est cause toute-puissante parce qu‘il donne à toutes choses leur être et leur nature même, et agit en elles, plus intime à elles qu‘elles mêmes, selon le mode de leur essence, en assurant du dedans l‘agir libre de celles qui sont libres par nature (Maritain, 1933, pág.
403).
El autor plantea que la dialéctica moderna se centra en tres aspectos: 1.- El saber se tiene como fin supremo a sí mismo.
2.- Las fuerzas creadoras pertenecen a la naturaleza (materialismo mecanicista e imperialismo demiúrgico de la materia).
3.- El hombre está subordinado a las necesidades técnicas y materiales. De este modo, las condiciones de vida se hacen cada vez más inhumanas.
Hoy en día se pretende la satisfacción de los deseos, pero no se plantea una reforma interior de nosotros mismos. Los avances técnicos son positivos, pero deben subordinarse a la persona y a sus auténticos fines. Si no, la consecuencia es la infelicidad desesperanzada. También plantea Maritain que es preciso distinguir entre cultura y religión, y proclama la libertad de lo espiritual sobre lo cultural. El término “cristiandad” pertenece al orden de la cultura y lo temporal. Cuando se ha ignorado esto, se ha incurrido en el grave error de considerar el reino de Dios como si fuera una ciudad terrestre.
En la introducción a Humanismo integral (1936), Maritain plantea que todo hombre desea lo heroico, y sin embargo, el heroísmo no es nada corriente. Con Aristóteles, opina que proponer al hombre sólo lo humano es traicionarle, ya que el hombre también está llamado a lo espiritual.
El término “humanismo” es muy ambiguo, ya que debe ser puesto en relación con la concepción metafísica que lo alberga. No obstante, podemos decir que el humanismo pretende posibilitar el desarrollo de las capacidades y la libertad del hombre. Así entendido, el humanismo es inseparable de la cultura en la que nace.
¿Es compatible humanismo y heroísmo? ¿El humanismo tiene que ver con heroísmo o con decadencia? Para Maritain, humanismo y heroísmo están unidos en un humanismo de sacrificio por amor, propiciado por un desbordamiento de alegría. Plantea que el humanismo auténtico es necesariamente religioso, aunque otras concepciones defenderán
Según el autor, el heroísmo sacro-cristiano medieval se transforma, durante el renacimiento, en un humanismo con evidentes raíces religiosas.
Maritain entiende la trascendencia como la existencia de un espíritu creador del mundo, presente en cada hombre y que trasciende el tiempo, y una piedad en el centro de la vida moral. Alude para caracterizarlo tanto a fuentes cristianas como de la antigüedad clásica (Homero, Sócrates...).
La Edad Media se arraiga en una conciencia de lo sagrado encarnado; existe, de modo implícito, una cierta concepción humanista. Era aquella época un tiempo de heroísmo donde los hombres más puros desarrollaban un sentido de amor y piedad fecunda también por la naturaleza.
En el humanismo actual perviven ideas de dignidad y libertad heredadas del cristianismo. No obstante, la confusión y desorientación del mundo actual derivan de la pérdida de raíz de esos ideales. Es tarea del cristiano hacer que esos ideales regresen a su fuente para que puedan ayudar a los hombres; para ello es preciso generar un nuevo humanismo, un humanismo integral. Esto sería para los cristianos una nueva cristiandad (no ya sacra, sino profana -temporal-).
Este humanismo integral difiere enormemente del éthos de la sociedad liberal - burguesa (cuyo carácter cristiano es sólo aparente). Sería la encarnación del ideal evangélico de fraternidad, por el cual es posible realizar sacrificios (de ahí su carácter heroico) y que está llamado a concretarse en el orden social mediante la comunión entre los hombres.
Para Maritain, el problema filosófico del ateísmo es que éste es imposible. Y lo es porque la voluntad humana siempre se orienta hacia una plenitud infinita, hacia un bien supremo que la colme. Es decir, toda voluntad busca a Dios. Si el ateísmo pudiera ser vivido hasta en la raíz del querer, mataría metafísicamente la voluntad, y se produciría la disolución psíquica de la persona.
¿Cómo es posible, entonces, que exista el ateísmo marxista? Para Maritain, en realidad, no existe un ateísmo metafísico radical en el comunismo. Los comunistas elaboran una metafísica propia en la que atribuyen a la materia algo así como el alma y la libertad (Maritain, 1936, pág. 93). Lo que hace el marxismo es vivir el ateísmo en su traducción ética, rechazando a Dios como regla de la vida humana. Esto, para el cristianismo, es el caso de todo pecador. ¿En qué situación quedan los comunistas? Para Maritain, la gracia está permanentemente presente en el alma humana. De este modo, Dios estará en todo acto bueno, aunque se rechace su nombre. La gracia propone a toda alma buscar y amar la realidad absolutamente buena con independencia del nombre que se le dé. Si se acepta esta gracia, el hombre puede creer oscuramente en Dios y estar adherido a fórmulas ateas (normalmente por una cuestión de educación). Por este motivo, según Maritain, no sería impensable que la Rusia comunista se dé cuenta del error y, manteniendo sus logros sociales, rectifique sus equívocos en lo espiritual.
También plantea Maritain si es posible crear en Rusia un Estado ateo, dada su tradición religiosa. Según el autor, la juventud rusa va experimentando cada vez mayor indiferencia religiosa a fuerza de transferir el sentimiento religioso a otros objetos. Es decir, se trata de una religiosidad tradicional paganizada, desviada, ya que allí no hubo Edad Media ni Renacimiento.
Pero insiste Maritain en que del comunismo puede surgir una recuperación de la razón, aún bajo la forma aberrante del humanismo antropocéntrico, de modo que el pueblo ruso afronte un paso por el fuego como proceso de purificación. Y es que el humanismo antropocéntrico procede de fuentes religiosas que podrían ser de nuevo estudiadas y revitalizadas en Rusia. Esta es la opinión y la esperanza de muchos cristianos rusos, que aguardan el surgimiento de una nueva cristiandad, recuperada por el heroísmo espiritual y desde una nueva concepción humanista integral.
En el opúsculo Confesión de fe (1939) vuelve a referirse al ideal humanista integral. En este texto plantea que el bien común de la sociedad apunta a la idea de que toda persona logre la independencia, las garantías económicas del trabajo, los derechos políticos, las virtudes
sobrenatural, y que no limita la presencia divina en el hombre. Es un humanismo de la encarnación, que no pide sacrificarse a la raza, clase o nación, sino por una vida mejor para los hermanos. Por eso Maritain lo llama “humanismo heroico”:
Estas ideas están directamente asociadas con una visión más amplia que, según me parece, puede ser designada más propiamente con la expresión ―humanismo integral‖, la que envuelve una filosofía global de la historia humana. Tal humanismo, en cuanto considera al hombre en la integridad de su ser natural y sobrenatural y que no pone límites a priori a la presencia divina en el hombre, puede ser llamado también ―humanismo de la Encarnación‖
(Maritain, 1939).
De este modo -continúa en Les droits de l‘homme et la loi naturelle (1942)- los hombres pueden encontrar en su común vinculación a su centro trascendente su camino de desarrollo, su ley suprema y su capacidad de amarse. Esta idea de la vocación histórica de la humanidad es de origen cristiano. Es extraño, por tanto, que muchos cristianos, aun arraigados en su fe, dejen de lado la inspiración evangélica cuando se trata de juzgar las cosas temporales. En ese movimiento de progreso histórico están contenidas las aspiraciones de florecimiento humano, ya que tiende a concretar la aspiración de cada hombre de ser considerado como un todo, aun siendo parte de la sociedad.
¿Cómo articula Jacques Maritain la necesaria apertura del ser humano a lo trascendente con la vida sociopolítica? Responderá a esta cuestión en Christianisme et démocratie (1943) al afirmar que el cristianismo no está vinculado a ninguna forma política, ya que distingue entre “asuntos de Dios” y “asuntos del César”. Lo único importante a este respecto es que la forma política elegida respete la ley natural.20
Maritain señala que lo importante no es que la Iglesia obligue a sus fieles a ser demócratas, sino constatar que la democracia está ligada al cristianismo, y que su inspiración es
evangélica. En esta cuestión, el filósofo no se refiere al cristianismo como camino hacia lo eterno, sino al cristianismo como fermento de la vida temporal.
También señala que un trabajo hecho por católicos es distinto, y reivindica implicarse en la tarea temporal desde la inspiración del Evangelio.
Maritain insiste en que, a pesar de que la filosofía se ha ido emancipando de la fe, la democracia tiene su origen en la inspiración evangélica. En esa misma línea se pronunciaba Roosevelt cuando afirmaba que la democracia, el respeto del hombre y la libertad tienen su origen en la religión, y que la ONU debe trabajar por instaurar un orden internacional en el que el espíritu de Cristo guiara los corazones de los hombres y las naciones. Del mismo modo, el vicepresidente Wallace expresaba su idea de la democracia como concrección política del cristianismo.
Para Henri Bergson, la fraternidad es la esencia evangélica. Concluye Maritain que el Estado de espíritu democrático viene del Evangelio (porque nadie lo propuso como Jesús) y no puede subsistir sin él. Lo necesita para tener sentido de la dignidad del hombre y para guardar los ideales de igualdad, autoridad, justicia política y fraternidad.
Por ello se precisa una maduración de la sociedad para que alcance su mayoría de edad, proceso en el cual se necesita del fermento evangélico para que la democracia pueda realizarse y subsistir. No basta que una parte de la población tenga fe; si no existe experiencia política, tampoco existe capacidad crítica ni posibilidad de ver por uno mismo. Entonces surge el riesgo de ser manipulado por los poderes públicos.
Sin amor, bondad, fe, caridad y justicia (es decir, sin “instinto evangélico”), no es concebible un ideal histórico de fraternidad y generosidad. En ese caso, la experiencia política queda indefensa frente a las pasiones humanas que tienden al egoísmo y al miedo. En cambio, el amor convierte a todo hombre en nuestro prójimo y nos permite franquear las puertas cerradas de nuestro grupo para abrirnos a todo el género humano.
Maritain que el principio más profundo de la democracia es el nombre profano del ideal cristiano, ya que la democracia es de esencia evangélica y su motor es el amor.
La democracia va a contracorriente de las tendencias naturales propias de la debilidad y el egoísmo humanos. Es, en suma, un desarrollo de la razón y la justicia bajo influencia del fermento cristiano.
Del mismo modo que las grandes conquistas técnicas requieren de un “suplemento de alma” para ser instrumento de liberación, así sucede también con la democracia, cuyo progreso está vinculado a la espiritualización de la existencia profana.
Desde la certeza sobre la dignidad del hombre, la fuerza de la verdad y del amor, el respeto del alma y de la libertad, y la convicción de que la felicidad nace del sacrificio propio, es posible contemplar el mal y la debilidad humana sabiendo que en cada persona existen recursos para alzarse sobre ello.
La filosofía política humanista parte de la existencia de derechos inalienables (igualdad, derechos políticos, primacía de la ley y el Derecho, emancipación, fraternidad), que son obra de civilización y de cultura para todos los hombres, y no sólo para las clases privilegiadas. Desde esa perspectiva, el Estado no es un órgano trascendente, sino que emana de la comunidad civil y está al servicio de su bien común. Esta filosofía sostiene que cada persona está llamada a participar en la vida política, y considera el sufragio universal y la república como expresión natural de sí misma.
Se suele decir que la democracia es el régimen de la soberanía del pueblo; pero en una democracia no existe soberano. Es más bien -como dijo Lincoln- el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
En el liberalismo individualista, cada uno debía obedecer sólo a sí mismo. Es decir, no existía autoridad. Este es el gran error del liberalismo burgués, que ataca y destruye la democracia y que ha preparado el camino a los totalitarismos.
Maritain entiende la guerra como una renovación de la que surgirá una nueva y auténtica democracia. Para ello es preciso eliminar todo veneno anterior a la guerra, todos los errores, privilegios y ambiciones.
Concluimos este epígrafe con algunas reflexiones contenidas en Pour la justice. En esta obra plantea Maritain que el humanismo antropocéntrico de la modernidad ha buscado rehabilitar al hombre en su separación de Dios, en lugar de buscar esta rehabilitación en Dios. Tras la decepción del humanismo antropocéntrico y la atrocidad del antihumanismo actual, Maritain reivindica un humanismo teocéntrico o integral que haga penetrar el fermento evangélico en las estructuras temporales y que llevará a la mayoría histórica a las clases obreras. Se requiere para ello una democracia personalista y la renovación profunda de la consciencia religiosa.
El autor considera que en el tiempo en el que él escribe se mantiene una separación radical entre lo temporal y el fermento evangélico, y que se precisa un trabajo de regeneración social orientado por el amor y la amistad cívica.
Nos parece muy importante la caracterización que hace Maritain en esta obra de la imagen del hombre para el humanismo integral:
L‘image de l‘homme liée à l‘humanisme intégral est celle d‘un être fait de matière et d‘esprit, dont le corps a pu émerger de l‘évolution historique des formes animales, mais dont l‘âme immortelle provient directement de la création divine. Il est fait pour la vérité, capable de connaître Dieu comme cause de l‘Être, par sa raison, et de le connaître dans sa vie intime, par le don de la foi. La dignité de l‘homme est celle d‘une image de Dieu, ses droits comme ses devoirs dérivent de la loi naturelle, dont les exigences expriment dans la créature le plan éternel de la Sagesse créatrice (Maritain, 1945, pág. 668).
Para el filósofo parisino, es el amor fraterno quien aporta a la tierra el fuego de la vida eterna; él pacifica y vivifica la virtud natural de la amistad, que es el alma de la comunidad social. La vida imperecedera del hombre le convierte en un dios por participación; mientras más se entrega el hombre, más intensa es esta vida en él.
El hombre del humanismo integral sabe que el bien común es superior a la suma de los bienes individuales, que la obra común debe mejorar la vida humana, que toda autoridad proviene de Dios, lo que obliga a ser justo, que debemos hacernos dignos de la libertad, que la igualdad, el respeto y la fraternidad son la base de la vida social, y la justicia es la fuerza de conservación que permite la amistad cívica. Esta es la civilización humanista integral de inspiración evangélica que plantea Maritain, en la que el fin último del hombre es Dios.
El camino humano, por tanto, consiste en tender a la perfección del amor en Dios y la conquista de la libertad perfecta (como movimiento vertical). Pero también, en el plano temporal (movimiento horizontal), su camino consiste en la emancipación progresiva tanto de la miseria humana como de las limitaciones de la naturaleza material. Este movimiento horizontal es soportado y ayudado por el movimiento vertical del alma.
El ideal político del humanismo integral es la ciudad fraterna y la democracia auténtica, lo cual requiere del fermento evangélico.
Maritain afirma que hay que reconocer que la modernidad obtuvo grandes logros (el sentido de la dignidad y la autonomía del hombre, los avances científicos, el desarrollo técnico que ofrece grandes posibilidades de emancipación...). Y, sin embargo, ha roto con su raíz cristiana. Se trata de una ruptura fatal que ha desembocado en un colapso. Nos corresponde hacer que este colapso desemboque en una nueva edad hacia la conquista de la libertad.
La causa radical de esta ruptura está en la secularización del hombre y la civilización cristiana, que ha reemplazado el Evangelio por la razón humana; una razón que sólo sirve para la lectura matemática de los fenómenos sensibles.
El hombre moderno conoce verdades, pero no la Verdad supratemporal por el esfuerzo metafísico de la razón. Es decir, cree en una dignidad sin Dios, en la paz y la fraternidad sin Cristo y en la adoración de la vida humana sin alma ni don de sí.
En el Estado burgués existe una vida común sin bien común ni obra común. Hay libertad para acumular riquezas, gozar de la propiedad y buscar el placer, pero sin responsabilidad moral. Hay igualdad sin justicia, técnica sin sabiduría para ponerla al servicio del hombre, búsqueda de felicidad sin fin último al que tender, en un movimiento sin término cada vez más bajo. Busca la democracia, pero sin tarea de justicia ni de amor fraternal que cumplir. Debido a la secularización racionalista, la razón es la única regla del ser. Esto desemboca en un humanismo antropocéntrico en el que la razón se cierra en sí y se aísla de lo supra- racional. Así nace el hombre del fariseísmo burgués que autores como Marx desenmascaran pero también desfiguran.
El racionalismo ofrece la promesa de que la ciencia y la razón liberarán al hombre y le darán felicidad. Es decir, promete el reino del hombre. Pero la consecuencia es que, al